Comentarios en la muerte de Pinochet

Albert Recio Andreu

Se murió el criminal. Ha muerto en la cama. Sus crímenes son ahora reconocidos por casi todo el mundo, en sus últimos años ha estado cercado por un acoso judicial más o menos efectivo y se le ha forzado a mostrar su catadura de cobarde y corrupto. Un pobre consuelo para los miles de asesinados, desaparecidos, torturados, presos, exiliados y represaliados que su golpe puso en marcha. Los años que ellos perdieron son irrecuperables. No hay nada que celebrar.

Estos días hemos oído que Pinochet fue uno de los mayores criminales de nuestro siglo. En España esto suena a sarcasmo. Aunque todo crimen vale lo mismo, la represión pinochetista parece peccata minuta comparada con la de Franco. Al fin y al cabo el dictador chileno empezó a marcharse cuando perdió un referéndum. Aquí, ni hubo marcha ni ha sido posible un proceso abierto de revisión de los crímenes del franquismo, hubo muchos más miles de muertos y represaliados, y la dictadura se alargó durante un período de tiempo inusitado. Pero ya sabemos cuáles han sido los procesos históricos que han permitido a este país ignorar colectivamente el significado de la represión franquista. Y que impiden, casi treinta años después del fin de la dictadura, revisar colectivamente el proceso. En este sentido la derecha española es la más afortunada del planeta: no se ha visto envuelta en engorros judiciales, ni ha tenido que hacer siquiera una revisión moral de su comportamiento. Por ello sigue siendo tan osada y tan cruel: en realidad sigue viviendo de los réditos de una guerra que nunca ha perdido.

La operación de sacar a la luz los crímenes en Pinochet puede resultar útil para muchas cosas. Sin duda su figura ayuda a convertirlo en gran chivo expiatorio. Y a sacar fuera de campo a las fuerzas que le dieron su apoyo. En primer lugar, a las internas de la derecha, interesadas en bloquear el cambio que abría la Unidad Popular, así como a amplios partidarios del golpe cuando fracasaron sus intentos de insurrección civil (la huelga de transportistas) o de victoria electoral. Y en segundo lugar, a las fuerzas del imperio mundial. La otra cara de Pinochet fue Kissinger. El papel de la CIA y el ejército estadounidense en el golpe está fuera de duda. Porque el 11 de Septiembre de 1973 no sólo acabó con un modelo progresista en un pequeño país sudamericano. También puso fin a todo proceso de transformación radical por vía democrática en cualquier parte del mundo. En Latinoamérica la dictadura pinochetista fue un experimento más, quizás no el más cruel, de romper el espinazo a todas las fuerzas de izquierda. Fue el punto de inicio de una represión que bañó de sangre y sufrimiento a gran parte del continente con objeto de mantener inalterados los privilegios de las castas dominantes y los intereses norteamericanos. Pero también en Europa generó un giro de moderación en la izquierda, avisada de lo que iba a ocurrir si tenía el mal gusto de ganar las elecciones y propugnar transformaciones radicales. Mucho de ello tiene que ver con la transición española. El golpe de Pinochet que sepultó las esperanzas del pueblo chileno fue también el punto de partida de un giro bastante radical en las dinámicas políticas.

Pinochet fue además el que abrió la primera experiencia neoliberal. No deja de ser paradójico que su muerte coincida en el tiempo con la de Milton Friedman, su principal ideólogo. Sus Chicago boys fueron los primeros asesores económicos del dictador (y por cierto llevaron al país a una grave crisis hacia 1983) e inauguraron un cúmulo de reformas que sólo son aplicables en dictadura. De hecho, su sistema privatizado de pensiones —un verdadero mecanismo de exclusión social y generación de pobreza— sólo pudo llevarse a cabo en Latinoamérica, en un contexto de ausencia real de libertades donde las clases populares no pudieron impedir su implementación. Y desde entonces el neoliberalismo ha alcanzado una clara hegemonía en el pensamiento y en la política económica. Causando tanto sufrimiento como las políticas dictatoriales que le han acompañado en muchos países del tercer mundo.

Ciertamente Pinochet fue un gran criminal. Pero su talla resulta menor cuando se la compara con los poderes económicos y políticos que favorecieron su golpe y con cuyos apoyos ha conseguido llegar hasta el final sin juicio penal. A Pinochet, Franco, Kissinger o Friedman sólo los juzgará la historia. Y como vemos a diario ésta no suele tener una voz unívoca. Especialmente cuando la capacidad de discurso sigue estando dominada por sus herederos.

1/2007

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