Luna de abril

Juan-Ramón Capella

República

Finalmente se ha conmemorado modestamente un 14 de Abril, y ya aparecen gentes dispuestas a denigrar a la República. Pero no mencionan sus lados sombríos: el Bienio Negro, por ejemplo, o su final, cuando Besteiro y Casado dieron un golpe anticomunista para rendir Madrid a Franco, en contra de la política de Negrín y roja de aguantar y aguantar hasta el estallido de la guerra mundial, que estaba en el aire, y aliarse entonces con las democracias. Al traidor Besteiro le han dado boleta de prócer los intelectuales del Psoe. Porque estamos en España, que decía el poeta.

Lo que importa ahora es la Tercera, la República Soñada. No vendrá si sus símbolos no se hacen visibles. Recuérdalo tú, recuérdalo a otros. O sea: pásalo.

El Gran Hermano

La Unión Europea se dispone a gastar mil millones de euros anuales en tecnología de vigilancia y control. Orwell ya es un profeta del pasado.

Tropas en Afganistán

Se veía venir y ha ocurrido ya: tiros contra las tropas españolas, y por tanto más tropas. Pero los soldados están decorosamente en Afganistán: integrados en una misión caritativa de la ONU que de paso da cobertura legal a los invasores norteamericanos. ¿Por qué les pegarán tiros los afganos a las tropas españolas, si solo protegen la recuperación del país? Y ¿no nos soltarán más bombazos aquí los amigos de los desagradecidos liberados?

Si estás contra la guerra, también hay que estar contra la guerra en Afganistán. Vivimos en la época de las “guerras asimétricas”, llamadas ‘operaciones de pacificación’ por la prensa libre.

Gran guiñol

Maragall abre una crisis de gobierno para aparentar que manda. Y le obsequian imponiéndole a Vendrell el Recaudador. Iniciativa, inasequible al desaliento, se mantiene impasible. Toca poder. Coloca a los suyos.

La estela cultural del terrorismo

Los años de terrorismo han dejado su poso cultural. Alguien descerebrado aporta unos incendios. El Presidente de Navarra dice que “Hay que detener el proceso de paz”. Es un presidente que quiere detener el proceso de paz. Una eminencia, sí. En cambio Díaz Usabiaga, el capo del sindicalismo abertzale, pide ahora que el Estado no detenga a nadie. Ínclito sindicalista.

¿Votar tapándose la nariz?

Pues mirad: yo ya no. Ya no más. Votar el blanco es decirles simplemente que no es eso. Mejor moral sin política que política sin moral.

Sociedad de la Información

Los “expertos” nos lo repiten cada día: vivimos en la sociedad de la información. Difusión instantánea de la noticia: ha volcado un lanchón en Indonesia, descarrila un tren en la Argentina. Sin embargo, nada, casi nada, sobre Iraq, salvo las cotidianas explosiones. Nada de informes o entrevistas, como si ese país no tuviera sus cineastas, sus escritores, sus historiadores, sus profesores universitarios (por cierto: alguien los va matando). Mucha opinión y nada de información. Lo que significa que la guerra sigue, que hay dos bandos, que los americanos van a lo suyo, proteger oleoductos, y que el caos no lo arregla nadie. Antes gobernaba un sátrapa asesino; ahora, las hermanitas de la caridad de las barras y estrellas. Piezas del museo arqueológico de Bagdad se subastan en Londres.

Córdoba: ejemplo y contraejemplo

Córdoba ha sido siempre una de las ciudades más bellas de España. Y tras más de veinte años de gobiernos municipales de izquierda lo es mucho más. Los trabajos arqueológicos, la remodelación de espacios, la apertura de nuevas plazas, fuentes y jardines, la rehabilitación para uso público de viejos palacios y conventos la han convertido en una joya. Córdoba es lo contrario de Marbella: la especulación inmobiliaria se ha frenado en seco en la ciudad, que crece con orden y sin romper la limitación de alturas en su enorme y paseable parte antigua. Se impide la urbanización ilegal en la Sierra cercana. Merece la pena, lector, una visita que será inolvidable. Córdoba no es sólo, ni mucho menos, su maravillosa mezquita.

Pero ¡ah, la mezquita! Al viejo vandalismo que destruyó parcialmente ese monumento para insertar en él una anodina catedral cristiana —que hoy sólo produce tristeza y rabia— se le ha añadido una ignominia nueva. Hasta no hace mucho se visitaba sin más y gratuitamente, pero ahora el obispado, mediante unos conserjes y unas taquillas, ha inventado el negocio del siglo. Entrar en la mezquita, bautizada de catedral, vale 8 euros —1.331 pesetas—, y según las publicaciones la visitan más de tres millones de personas al año. El angelical cabildo catedralicio se embolsa así, por la cara, unos cuatro mil millones de pesetas cada ejercicio. Para “culto y pastoral”, y —dicen— “restauración”. ¡Restauración! ¿Van a irse con su catedral a otra parte?

Acerquemos el día republicano de secularizar todo eso, que es patrimonio nuestro.

5/2006

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