Pequeña Luna. Crónica de febrero de 2006

Juan-Ramón Capella

Por las barbas del Profeta

La tremenda reacción suscitada entre los musulmanes de numerosos países por la publicación de unas caricaturas de Mahoma por un periódico danés de extrema derecha invita a la reflexión.

Diré, para empezar, que nosotros, los laicos occidentales, no estamos tan lejos de ellos, los musulmanes. Basta recordar, y es sólo un ejemplo entre millares, las indignadas limitaciones a la libertad de expresión promovidas por católicos de extrema derecha contra el film de Buñuel L’Âge d’Or, que sólo se pudo proyectar ¡en Francia! casi treinta años después de su realización. O la separación de sexos en las iglesias españolas, donde además las mujeres debían cubrirse con un velo o mantilla, nuestro modesto chador. O las tocas de las monjas: nadie les exigía quitárselas en la universidad. Si nos sorprenden las procesiones de flagelantes musulmanes, hay que recordar que las flagelaciones sangrientas también formaban parte del ritual cristiano de la Semana Santa en bastantes pueblos españoles. Que darse golpes en el pecho ha sido también aquí una forma de expresión religiosa. El Islam, como el cristianismo, es una religión internacional: es mayoritaria en la nación árabe, una nación con numerosos estados, pero es también la religión de poblaciones no árabes.

En los países con mayorías religiosas musulmanas se usan las mismas tecnologías que aquí: hay automóviles, tele, armas (fabricadas muchas veces aquí), internet.

No estamos pues tan lejos. Pero es preciso examinar qué nos diferencia, qué nos separa.

Hay un hecho cultural importante: nosotros venimos de la Ilustración, del Siglo de las Luces, que acantonó la religión (en España imperfectamente) en la esfera de la privacidad personal. Nada parecido entre los musulmanes.

E incluso en el ámbito religioso católico, el menos interiorizado de los cristianismos, el Concilio Vaticano II acabó con prácticas religiosas contra las que había protestado ¡cuatro siglos atrás! Juan de la Cruz.

Nada de dimensiones comparables hay en la religiosidad islámica. La base cultural del fundamentalismo religioso está ahí. El Islam sigue siendo una religiosidad particular de sociedades tradicionales en un mundo emparentado tecnológicamente con el nuestro. Y, todo hay que decirlo, en las sociedades tradicionales, que se están disolviendo rápidamente al contacto con el capitalismo de la globalización, hay espacio para la amistad, para las familias extensas, para la solidaridad, para la risa y la fiesta, y no sólo capitidiminución de la mujer, penas inhumanas y mutilaciones rituales; conviene recordar por otra parte que el país más avanzado de la tierra es también el país de la horca y la castración química, de la silla eléctrica, el fusilamiento, la cámara de gas y la inyección letal. Barbarie hay en todas partes. Y en todas partes hay que hacerla retroceder.

Emparentados, pues. Hay que poner atención en el emparentamiento. Pues nuestros ordenadores personales proceden de Occidente o de Extremo Oriente, pero no de los países islámicos. Al igual que los automóviles. Y no vienen de ahí porque los países islámicos no son atractivos para la inversión de capitales. No se puede encontrar en ellos la mano de obra barata, prácticamente esclavizada, que hace las delicias de los inversores. La cohesión cultural de los países islámicos ahuyenta al capital extranjero, que únicamente acude si tienen petróleo o gas bajo los pies, y sólo para llevárselos.

El resultado es la diáspora, la emigración. En Europa hay minorías árabes o islámicas importantes en todas partes.

¿Qué pueden pensar los musulmanes y más en general los árabes y otras poblaciones del trato dispensado por los anglosajones a los pueblos palestino e iraquí? La respuesta a las caricaturas de Mahoma está emparentada con la reacción masiva de tantas poblaciones occidentales contra la guerra de Iraq, que ha destrozado a la sociedad iraquí. Está emparentada con el problema de la población palestina, a la que desde todas las cancillerías occidentales se ha querido ver votar democráticamente, y que cuando ha votado democráticamente ha producido una mayoría que los poderosos de Occidente no quieren ni ver.

De modo que en vez de hablar de la libertad de expresión a propósito de las caricaturas de Mahoma más nos valdría hablar, en términos tradicionales, de la paja en el ojo ajeno. Y tratar de tender la mano a las poblaciones islámicas con humildad, sin la prepotencia del tolerante, sin pensar que todo lo nuestro vale.

La cristalería

El caso del establecimiento de cristalería ahora embargado al ex-preso etarra Kandido Azpiazu, a quien no se le ocurrió mejor idea que instalar su negocio en los bajos de la casa de la viuda de su víctima, a la que además adeudaba una indemnización, es una muestra de lo lejos que está el País Vasco de la paz y la reconciliación.

Y un caso que causa una tristeza menor pero infinita. Porque ciertamente el asesino ha sufrido por causa de sus propias acciones: los largos años de cárcel son una pena aflictiva que le habrá causado un tremendo sufrimiento, y ese tiempo perdido un sufrimiento de por vida. Recordemos el crimen, pero también la pena. Y a la viuda no tenía por qué añadírsele a su injusta y dolorosa viudedad la nueva herida del inevitable encuentro cotidiano con el causante de su mal. A quien el embargo puede privarle ahora, cumplida la pena, del medio de ganarse la vida. En una palabra: todos salen perdiendo.

Y no es eso lo que necesita el País Vasco. Necesita no sólo el final de la violencia, sino la reconciliación. Cierto que ésta no podrá venir sino con el final del inmundo terrorismo etarra, puro y simple chantaje de una minoría políticamente delirante. Pero es necesario anticipar la paz y buscarla para que ese final, si se produce, sea definitivo.

¿Qué podemos hacer? La cultura y el simbolismo de los etarras (bastante de tebeo, a decir verdad; precisamente de El Guerrero del Antifaz) augura un peligro de división entre ellos que no facilitaría la paz. La sed de venganza de algunas víctimas, que recuerda la obscenidad de esas personas que en los EE.UU. se complacen en contemplar los asesinatos legales, en nada contribuye a la reconciliación: más bien trata de convertirnos a todos en rehenes de sus sentimientos comprensibles pero obsesos. Es en cambio la generosidad de muchas víctimas y allegados de las víctimas la que permitiría avanzar por el camino de la paz y de la reconciliación. El camino que la izquierda española hizo transitable para toda la sociedad tras la muerte de Franco.

La paz en Euskadi necesita el impulso de actos concretos de reconciliación.

Técnica política y objetivos políticos

Desde un punto de vista técnico, hay que descubrirse ante la jugada política maestra de Zapatero al acordar con Convergència el apoyo al proyecto paccionado del Estatut catalán.

Zapatero alcanzó varios objetivos políticos de una sola tacada: desembarrancar la negociación de la ley; asegurarse un socio político eventual para esta legislatura y/o la siguiente; remachar una cuña entre Convergència, la derecha catalana, y el PP, la derecha del Parlamento español, reforzando el aislamiento de ésta; liberarse de la deslegitimatoria —en términos reales— necesidad de ser apoyado por un partido independentista como Esquerra; situar a esta formación en una posición incómoda ante el propio Estatuto catalán y limitar su margen de maniobra; apoyar las posiciones socialdemócratas frente a las nacionalistas en el seno del PSC. Todo eso es mucho, dicho sea sin juzgar más que técnicamente, para un solo quiebro.

Pues, en efecto, Esquerra ha tenido que capitalizar a toda marcha una manifestación nacionalista —unas 70.000 personas— convocada con anterioridad para recuperarse del golpe. Lo que no impide que siga en una situación delicada: se va a aprobar un Estatut que amplía considerablemente las competencias de las instituciones autonómicas, aceptado por sus socios en el gobierno de la Generalitat. ¿Qué puede hacer Esquerra? ¿Coincidir con el PP en el voto en contra? Evidentemente, no. Los techos del nuevo Estatut son mucho más altos que los del anterior, y la coincidencia en el “no” con el PP desprestigiaría a Esquerra por muchos años. Sólo puede, si acaso, abstenerse, para practicar luego el victimismo made in Pujol, o votar finalmente en sentido afirmativo tras arrancar si puede alguna última concesión “para la galería”. Su exceso de maximalismo parece un error táctico de su estrategia independentista. Error determinado por una evaluación errónea de la potencia actual del independentismo en el seno de las relaciones sociales reales en Cataluña y entre Cataluña y el resto de España. Y, como todo partido con base militante, Esquerra tiene dificultades para virar.

Finalmente: habrá nuevo Estatut, con poder acrecentado para las instituciones locales. ¿Será eso bueno? Depende: si esas instituciones son gestionadas como lo vienen siendo hasta ahora por equipos políticos procedentes de la burguesía y con valores esencialmente burgueses a la hora de la verdad, será bueno sobre todo para las multinacionales catalanas y para los tenderos en general. Pues tratarán de seguir siendo lo que son ahora: instituciones autoritarias, incontroladas y caras, herméticas para los currantes, distantes para la mayor parte de la ciudadanía, con sólo casual investigación de la corrupción.

Contra los crispadores

Las afirmaciones de los dirigentes del PP, ampliamente secundados por sectores de los medios de masas directa o indirectamente controlados por ellos, parecen haber calado en una parte de la ciudadanía. Este país ha experimentado una serie de cambios muy rápìdos, y muchos de ellos tienen disgustadas a las gentes más tradicionales y culturalmente primitivas. El PP adopta ahora una posicición de extrema derecha al haber ocupado el centro político el Psoe. Los mensajes del PP abren un abismo entre las gentes de este país, pues no tienen nada que envidiar al discurso de la extrema derecha antes de la guerra civil: el país se fragmenta, el gobierno adopta políticas ilegales, acusaciones varias a los demás “según la actualidad” carentes de fundamento. Estamos ante una fractura de la confianza política elemental. No se ha traducido en una fractura social intensa pero sí en una fractura cultural de la sociedad en relación con los nacionalismos periféricos. La ceguera criminal de Eta y el extremismo verbal de algunos nacionalistas cargan de falsa razón a las pretensiones del PP ante muchas personas. Pero no hay que descuidarse: si el PP dice ahora que “se rompe España”, el paso siguiente puede consistir en incitar directamente a un “golpe de timón”. Y ya se sabe a qué lleva eso.

Ésa es la estrategia de la tensión. En la Italia de finales de los setenta y principios de los ochenta la derecha también practicó la estrategia de la tensión. Allí llegaron a realizar grandes atentados —que los tribunales atribuyeron años después a altos cargos de los servicios secretos— para endosárselos a la izquierda y preparar el camino al golpe de estado. También la extrema derecha practicó esa estrategia en la España de los años de la transición —ahí está el incendio de la discoteca Scala de Barcelona, p. ej.—, siempre para atribuir los atentados a la izquierda. No tuvieron éxito entonces pues fueron descubiertos. Ahora no hay, por fortuna, atentados de la derecha; sin embargo la reaparición de algunos personajes de la extrema derecha como Sáez Inestrillas en la televisión y en la manifestación “de las víctimas” auspiciada por el PP resulta sintomática. Como Aznar, manifestándose contra el diálogo con Eta, él que dialogó. El PP no puede permitir que sean otros quienes solucionen el problema de la violencia. Por eso pisotea la veracidad política: para abrir paso a la pasión, a la obnubilación.

En esta situación, hay dos respuestas posibles. La actitud habitual de la socialdemocracia es encogerse y aguantar los golpes. La tradición de la izquierda de verdad consiste en contratacar y devolverlos. La conmemoración, el próximo 14 de abril, del 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República puede ser una buena ocasión para reafirmar la cultura cívica de la democracia, las libertades políticas, los valores republicanos y la pura y simple decencia. Es la respuesta social más inmediata que se le puede dar al PP.

3/2006

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