Vallas asesinas

Albert Recio Andreu

Ceuta y Melilla han vuelto a estar en el centro de la tragedia. Un drama que como una obra teatral de éxito se repone cada temporada, generando una sucesión de muertos, desaparecidos, detenidos, expulsados... Esta vez la dimensión ha sido mayor y ha generado una respuesta en cadena que muestra a las claras el grado de barbarie que contiene el actual “orden mundial”.

Algunas cosas son obvias. El pretendido mundo sin fronteras que predican los globalizadores es, paradójicamente, un mundo repleto de vallas edificadas para evitar los movimientos de las personas. Éstas no sólo se encuentran en la frontera exterior del mundo rico (Israel, Ceuta y Melilla, frontera mexicana), sino que se repiten por doquier en su interior, en forma de espacios excluyentes protegidos por barreras físicas y guardias de seguridad (urbanizaciones exclusivas, centros comerciales, etc.). Más que un mundo sin fronteras, nos encaminamos a un espacio fragmentado por murallas y peajes que dejan fuera a los social y económicamente débiles.

Ceuta y Melilla forman parte de esta red de barreras orientada a frenar la entrada desde África. España, Italia y Grecia se han convertido, por su ubicación geográfica, en los gendarmes de la frontera Sur europea, lo que les lleva a protagonizar los episodios más violentos como el de las muertes y apaleamientos de los pasados días o el trato inhumano del gobierno Berlusconi a los recluidos en Lampedusa. No es sólo un problema de voluntad política. Aunque hay diferencias en el discurso de los políticos (y tienen su importancia, por el impacto que generan en la población que los recibe) están confrontados a mantener políticas parecidas. Nacidas tanto del propio temor a los efectos que la inmigración pueda tener en el propio país, como por las presiones que reciben de sus socios del Norte.

Lo que los últimos sucesos han hecho visible es el papel que en esta tragedia se les asigna a los países transfronterizos. Lo que la políticamente correcta Europa pretende es desplazar el juego sucio al otro lado de la valla y que sean los gobiernos norteafricanos los que se encarguen de la tarea. El malo de la película ha sido Marruecos, que al actuar con su tradicional estilo represivo (tiros, malos tratos, abusos policiales, deportaciones al desierto, etc.) ha puesto en evidencia que la valla es sólo una estación más del calvario que representan las migraciones. Y que encargamos las tareas más inhumanas a regímenes corruptos y despóticos a los que toleramos con tal que nos alivien la presión. Tal como en el mundo empresarial lo que priva es la subcontratación en cadena y las peores condiciones laborales se concentran en la base, en el control de la población mundial se da un proceso parecido entre estados que aplican dosis crecientes de brutalidad. O ¿no fue esto lo que le pidió Juan Carlos I a su primo Mohamed, que hiciera de gorila de discoteca para aliviar nuestros problemas? Esto es lo que lleva tiempo propugnando Blair, la construcción de campos de concentración (“centros de acogida”) de demandantes de asilo político en los países de la periferia, para evitar que puedan venir a casa a pedirnos un derecho que les hemos prometido. El camino que va de la valla de Melilla al desierto del Sahara es un camino que señala la estructura desigual, neocolonial, sobre la que se asienta el actual sistema mundial.

Constatar dónde estamos siempre es útil. Aunque, como es el caso, nos produce más intranquilidad que respuestas. Lo ha entendido bien Julián Marías al indicar que nuestra respuesta colectiva es la de impotencia y mala conciencia. Y tiene razón. Estamos en la misma situación que aquellas ramas médicas que saben distinguir los síntomas de enfermedades terribles (por ejemplo la esclerosis lateral amiotrófica) pero tienen poca o ninguna respuesta para su curación. Sin duda, hay una respuesta posible, la de “papeles para todos”, la de exigir igual trato para los movimientos de personas que para los de mercancías y capitales (de hecho algunas personas, como los ejecutivos y los turistas adinerados, ya lo tienen). Y sin duda la libertad de movimientos debe constituir un elemento del futuro de la humanidad. Pero se trata de una demanda difícil de conseguir en el momento actual. Necesitamos sin duda esta requisitoria moral, pero también de políticas intermedias que avancen en este camino.

La cuestión crucial es el modelo económico que tenemos. Un modelo productivo cuyo impacto ecológico impide su generalización y fuerza exclusiones. Eliminar los graves desequilibrios mundiales pasa por el desarrollo del sur, pero también por cambios profundos en las sociedades desarrolladas. Por esto no se trata de propugnar que nos copien, sino de llevar a cabo una, sin duda difícil, transición. Y ésta es una tarea cada vez más urgente y que obliga a replantear los objetivos no sólo a las castas políticas, sino también a buena parte de las organizaciones sociales (sindicatos, ONGs, etc.). La historia de los migrantes es en parte una huida a un mundo insoportable (a menudo provocado por intervenciones asociadas a la explotación de materias primas para el norte, o resultado de las políticas económicas impuestas desde el centro). Pero es también la aspiración por alcanzar la forma de vida opulenta que difunden los medios de comunicación (y en la que también sueña una inmensa mayoría de la clase trabajadora de los países ricos). No es sólo nuestra represión la causa del sufrimiento, también nuestra forma de vida, nuestro consumo de bienes naturales, nuestras normas de producción e intercambio.

Una segunda línea de actuación tiene que ver con el trato humanitario. Si no vamos a dar entrada a todo el mundo, hay que exigir con fuerza a nuestros gobiernos que se hagan cargo del trato humano en “toda la cadena”. Que se comprometan tanto a cambiar las pautas actuales en materia económica, como a evitar toda la cadena de abusos que se producen en los procesos de ida y vuelta de las migraciones, incluyendo el apoyo a los movimientos sociales que luchan por la democratización de estos países y que realizan una verdadera labor de sostén a esta población flotante. Y en paralelo seguir desarrollando la acogida a los que han saltado la valla y son ya vecinos nuestros. Porque tampoco podemos olvidar que la altura de la valla es también producto del miedo colectivo a que los “bárbaros del sur” acaben con nuestro estado de bienestar y nuestra opulencia, y cuanto más ajenos consideremos a nuestros nuevos vecinos más insensibles seremos con los que aún no han llegado. Estas propuestas son utópicas y difíciles de practicar en el corto plazo. Se trata de buscar una vía desde la impotencia (que puede conducir a la inacción y al cinismo) actual, orientada a vincular nuestras acciones en muy diferentes planos frente a un problema sobre el que gravita una parte importante del futuro. Y sugerir que en esta respuesta, como en casi todo, es necesario combinar buenos proyectos utópicos y éticos con campañas concretas, denuncias y exigencias de mejora en el corto plazo, para minar el suelo sobre el que se erigen las vallas asesinas.

11/2005

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