Sadam Hussein: un juicio tramposo

Joaquim Sempere

Bajo la ocupación estadounidense y antes, incluso, de votarse la Constitución, se constituyó un “Tribunal especial iraquí” para juzgar al exdictador Saddam Hussein. Sorpresa: el dictador tan denostado por su feroz represión contra kurdos, chiíes y disidentes y por haber emprendido una guerra mortífera contra el vecino Irán está siendo juzgado por “la ejecución de 143 ciudadanos, el secuestro de 399 familias y la destrucción de sus casas y tierras” en 1982 en Dujail, a 60 km. al norte de Bagdad.

Saddam Hussein merecía un juicio por algo más. Entre 1981 y 1988 desencadenaba una guerra contra Irán cuyo balance se estima en torno al millón de víctimas en ambos bandos. En 1987-1988 causó unas 182.000 víctimas kurdas (cifra estimada) en la zona de Halabja, en el Kurdistán iraquí, utilizando masivamente armas químicas. En 1991, los chiíes de la región sudoriental del país, que tras la primera guerra de Irak habían sido alentados a sublevarse contra el dictador por el gobierno de George Bush senior, fueron abandonados a su suerte cuando la represión de Hussein se abatió sobre ellos. Por no hablar de la liquidación física de miles de oponentes comunistas y otros demócratas. ¿Por qué todos estos delitos de lesa humanidad no aparecen en el juicio en marcha? La razón es evidente: en todas estas matanzas genocidas y crímenes contra la humanidad Saddam Hussein actuaba en connivencia o cubierto por el silencio cómplice de los gobiernos estadounidenses. Entonces el dictador era una pieza “amiga” en el tablero de la zona. La guerra contra Irán interesaba a los Estados Unidos para debilitar o destruir el régimen adverso de los ayatollahs. La causa de los kurdos no interesaba a Estados Unidos: podía complicar el control del petróleo de Kirkuk. Un proceso de verdad podía poner en evidencia todas estas complicidades y revelar el nefasto papel de la potencia americana en la región. Podía poner en evidencia que el “ángel exterminador” de antes se había transmutado en “demonio” al compás del dictado de Washington. Por esto no debía someterse a Hussein a ningún tribunal internacional independiente.

Muchas cosas podían salir a la luz. ¿De dónde provenían las armas utilizadas en Irán y el Kurdistán? ¿Qué actitud tuvo la diplomacia yanqui en todos los episodios mencionados? ¿Qué papel tuvieron los servicios secretos yanquis en el fracaso de los varios intentos endógenos –por parte de oficiales iraquíes– de derrocar a Saddam Hussein en el curso de su largo mandato?

Otra escenificación engañosa, que revela una vez más la prepotencia y el desprecio a los iraquíes (y a la opinión mundial) por parte del gobierno estadounidense, y la voluntad de socavar toda tentativa de erigir una justicia internacional independiente.

11/2005

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