Mark Weisbrot

El Banco Mundial: un problema que va más allá de Wolfowitz

La elección del secretario de Defensa Paul Wolfowitz por parte de la Administración Bush para presidir el Banco Mundial ha iniciado una tormenta internacional de controversias. Justo después de la nominación del anti-ONU John Bolton como Embajador en las Naciones Unidas, la elección de Wolfowitz se percibe como un fuerte mensaje al resto del mundo.

Y ese mensaje no es amistoso. Wolfowitz es el principal arquitecto y símbolo de la guerra en Irak de la Administración Bush y también de su desprecio hacia las instituciones multilaterales y de la absoluta despreocupación por la opinión pública mundial.

Pero ¿qué significará para el futuro del Banco Mundial? Aquí, en Washington, hay un profundo sentimiento de temor y malestar entre el personal de Banco Mundial. Naturalmente no quieren ser vistos simplemente como otro instrumento de la política exterior americana.

Pero la mayoría no es consciente de hasta qué punto juega ese papel el Banco Mundial. En primer lugar, casi toda la política de préstamos del Banco Mundial está subordinada al Fondo Monetario Internacional (FMI). En otras palabras, el Banco inutiliza su política de préstamos siguiendo las políticas macroeconómicas del FMI, negándose, en la mayoría de los casos, a otorgar préstamos a menos que cuente con la aprobación del FMI. El FMI, a su vez, está dominado casi completamente por el Departamento del Tesoro americano. Y aunque los europeos y los japoneses teóricamente podrían desbancar a Estados Unidos, en los últimos sesenta años todavía no lo han hecho.

Esto da al Tesoro americano el mando sobre este cartel de poderosos acreedores, ya que el Fondo y el Banco juntos pueden persuadir a otros prestamistas multilaterales, a los gobiernos de los países ricos, e incluso al sector privado para que no presten a un país que no cuente con la bendición del FMI y el Tesoro americano. En los últimos años este poder se ha debilitado un poco, ya que Argentina, uno de los receptores más importantes de estas instituciones, los puso en evidencia y ganó. Después de reconvertir cien mil millones de dólares de deuda privada, Argentina amenazó con la mora en los pagos al propio FMI, un acto inaudito de desafío, y ha sorprendido a los expertos con un salto hacia la recuperación con un crecimiento rápido y una disminución de la deuda.

Pero el FMI y el Banco Mundial todavía tienen una influencia enorme sobre la política de la mayoría de los países en desarrollo. Un análisis de los últimos veinticinco años indica que esta influencia ha sido abrumadoramente negativa: sin contar Asia, la inmensa mayoría de los países con ingresos bajos y medios han sufrido una punzante disminución en su crecimiento económico. El Banco Mundial y el FMI no pueden apuntarse éxito alguno. Apenas puede atribuirse la explosión del crecimiento chino desde 1980. Más bien al contrario: en las zonas donde estas instituciones han estado muy involucradas, el fracaso económico es galopante: en América Latina, la renta per capita sólo ha crecido aproximadamente un 12% en los últimos veinticinco años, comparada con el 80% de las dos décadas anteriores (1960-1979). África ha ido a peor y el Banco Mundial y el FMI han sido lentos y tacaños en la cancelación de la deuda de los países más pobres, cuando podrían haberlo hecho de inmediato.

Por consiguiente, Wolfowitz va a tomar el control de una institución que, desde todos los puntos de vista económicos, ha fracasado. Pero el Banco se niega incluso a considerarlo. Gran parte de sus investigaciones económicas están políticamente dirigidas. Por ejemplo, el año pasado, en la víspera de una importante votación en el congreso sobre comercio, el Banco publicó un estudio demostrando que el NAFTA había aumentado el crecimiento de México. Los principales resultados económicos que muestra son fruto de un error, pero el informe todavía sigue sin corregir en su página web.

Para abreviar, a pesar de los sentimientos liberales de su personal, el Banco Mundial no es una institución liberal. De hecho es tan antiliberal en la práctica que algunas de las Fundaciones de Inversión más importantes de Estados Unidos, preocupadas por las cuestiones sociales (por ejemplo, el grupo Calvert), los mayores sindicatos y diez ayuntamientos, están empeñados en boicotear las obligaciones del Banco Mundial, normalmente adquiridas por inversionistas institucionales, hasta que cambie sus abusivas políticas hacia los países en vías de desarrollo.

Es improbable que Paul Wolfowitz haga estas necesarias reformas. Pero hasta que los otros 183 países miembros de esta institución tengan voz en sus decisiones, es poco probable que el Banco Mundial lleve adelante su misión de reducir la pobreza y mejorar el nivel de vida de los países en desarrollo, independientemente de qué americano sea su director.

Mark Weisbrot es co-director del Center for Economic and Policy Research, en Washington, DC (http://www.cepr.net/). [Traducción de Víctor Cassi. Texto suministrado por Agustí Roig]

1/4/2005

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