Ermessenda Capsigrany

Victoria de las izquierdas en Catalunya

Después de haber pasado tres meses en la UVI por culpa del virus maldito, volví a mi casa bastante recuperada. La covid 19, sin embargo, me había dejado secuelas tales como pérdidas del olfato y el gusto, lagunas de memoria y lentitud en mi capacidad de razonar. 

En plena convalescencia, retomé mis viejas costumbres (que, estas sí, recordaba perfectamente) de estar pendiente de las noticias y seguir la actualidad política. Haciéndolo, me llevé una sorpresa fantástica: resultaba que, mientras me debatía entre la vida y la muerte enchufada a un respirador, se habían celebrado unas elecciones en Cataluña que había ganado ampliamente el bloque de las izquierdas (PSC, ERC, En Comú Podem, CUP). El conjunto de fuerzas de izquierdas había obtenido casi medio millón de votos más que el bloque neoliberal compuesto por Vox, Ciudadanos, PP y la antigua Convergencia que ahora se hacía llamar con otro nombre cuyo significado, la verdad, me resultaba incomprensible.

Me dije: ¡qué buena noticia para Cataluña y para toda España!, ¡qué buena noticia para los inmigrantes pobres, para los trabajadores del área metropolitana de Barcelona (eternamente ninguneados por el nacionalismo catalán) y para los compañeros de Córdoba, Jaén, Granada, Cáceres, Madrid, Sevilla, Bilbao o Gijón! Y también para el resto de la izquierda europea, ¡qué carajo! A las puertas de una recesión de campeonato, teniendo que afrontar una situación de desempleo masivo e incremento espectacular de la pobreza, la mayoría de la población catalana había lanzado al mundo un potente mensaje de esperanza: «¡la crisis no la pagarán los de siempre!, ¡esta vez no!, ¡vamos a repartir los costes de esta crisis con criterio igualitario!». Y también: «¡aquí estamos nosotros, los rojos catalanes, dispuestos a solidarizarnos con todas las causas justas de España y del mundo!».

No obstante, tanta euforia y alegría se vieron empañadas enseguida por las noticias sobre los pactos que se estaban cocinando entre partidos que se hacían llamar independentistas, a pesar de que la independencia ni estaba ni se la esperaba. Había una mayoría social y parlamentaria de izquierdas, pero no se iba a formar un gobierno de izquierdas. ¡Qué cosa más extraña!. En los periódicos se decía que el futuro gobierno independentista, ni de derechas ni de izquierdas (por tanto, de derechas), iba a convocar otro pseudoreferéndum de autodeterminación para tener contenta a su parroquia y desviar su atención de las corruptelas protagonizadas, entre otras y otros, por la nueva presidenta del Parlamento. Todo eso me sonaba mucho, aunque no era capaz de relacionarlo con nada en concreto.

De vez en cuando quienes estaban negociando el susodicho gobierno aludían a una hoja de ruta para el procés sin que yo pudiera, a continuación, darle un sentido preciso a dicha expresión. ¿Procés para qué?, ¿procés hacia qué?, ¿procés de procesar a alguien?, ¿procés tipo anem fent camí xino-xano?. No entendía nada. Todo era muy confuso. En todo caso, sobre los planes de ese futuro gobierno a favor de los desheredados, algunos afirmaban que consistirían en aprobar leyes muy revolucionarias para las que no se tenían competencias, con lo cual el Tribunal Constitucional las acabaría tumbando y eso daría pie a unos discursos muy floridos del estilo ¡Oigo, Patria, tu aflicción! trufados con la célebre cantinela de dia i de nit, la culpa és de Madrit!. Así pues, todo parecía anunciar poco pan y mucho circo.

Entonces, como en una ráfaga, me vino a la memoria lo que me había dicho un viejo amigo hacía muchos años: «en Cataluña hay mucha gente que dice que es de izquierdas, pero al final siempre gobierna la derecha». Eso me llevó a preguntarme sobre el porqué de tan singular fenómeno. Le di vueltas y vueltas al asunto sin saber qué contestar. Sigo en ello. Cuando encuentre una respuesta convincente, prometo comunicársela de inmediato.

26/3/2021

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