El discurso de la tiranía

María Rosa Borrás

Una de las cuestiones más preocupantes del actual contexto político es el abuso del lenguaje por sus efectos destructivos en la conciencia crítica; es un abuso que tiende a confundir, que generaliza la desinformación y provoca la corrupción de la función principal del lenguaje.

Es éste un síntoma grave, porque indica un proceso de decadencia y degeneración del pensamiento hacia el cual se pretende arrastrar a la gente de modo insidioso, sin más explicaciones que la imposición de un lenguaje engañoso, de una retórica maniquea e imperial. John Berger, en "Où sommes-nous?" (Le Monde Diplomatique de febrero de 2003), lo define así: "La nueva tiranía, a diferencia de otras tiranías recientes, depende en gran medida de un abuso sistemático del lenguaje. Juntos, necesitamos reconquistar las palabras que han tergiversado, y rechazar los eufemismos criminales de la tiranía. Si no lo hacemos, sólo nos quedará una palabra, la de la 'vergüenza'".

Efectivamente, si reflexionamos veremos que el actual discurso de la tiranía recurre a imágenes, a la asociación de ideas, a expresiones evasivas, a sobreentendidos y sobre todo a falsos argumentos, a la arbitrariedad en el razonar. El abuso de la natural y creativa característica de las palabras, la polisemia, conduce hoy a desnaturalizar, unas veces, o a vaciar de sentido, otras, palabras cuya larga tradición e historia de significados están estrechamente vinculadas a contextos y trasfondos amenazados de destrucción: democracia, justicia, libertad, derechos humanos, paz. A su vez, se pretende tergiversar o esconder el sentido habitual de otras palabras: guerra, bomba, terror, invasión, expolio. Habrá que exigir, ciertamente, que nos devuelvan las palabras, sabiendo que todo diálogo con la tiranía es imposible. Y quizá habrá que pedir que se deje de adjetivar con ánimo de confundir y desorientar, con ánimo de incorporar, subrepticiamente, un pseudorazonamiento mediante falsedades y falacias implícitas o recurriendo a hipótesis inverificables y premisas no declaradas ("¿desde cuándo no llevas cuernos?" era un ejemplo de los griegos para referirse a implícitos capciosos).

También será necesario rebelarse en contra de tantos eufemismos que pretenden disimular intenciones disfrazadas de "lo necesario e inevitable", intenciones de imponer intereses parciales por la fuerza en las relaciones sociales e internacionales. Ese discurso de la tiranía se funda en frases engañosas y en apariencias de razonamientos; en el doble lenguaje, aunque al final, con una sonrisa cínica, quienes representan el poder absoluto terminan por quitarse la máscara: "Nosotros no necesitamos una nueva Resolución, quien la necesita para mantener su función dentro de la política internacional es el Consejo de Seguridad", dijo Condolezza Rice, el 25 de febrer de 2003.

De todas estas formas degenerativas del lenguaje, citaremos aquí algunos ejemplos. Algunos tienen qué ver con un modo de adjetivación sistemática que violenta el lenguaje, por su contrasentido, e induce a engaño impidiendo una comprensión correcta de los hechos, según muy bien explica M. Ángeles Maeso en "Los adjetivos mercenarios" (El Grano de Arena, núm. 179). Guerra preventiva, pacificadora, justa, humanitaria, limpia, rápida, ecológica; libertad duradera; justicia infinita; catástrofe humanitaria; bombas inteligentes; daños colaterales; política posible (la que se está dispuesto a tolerar); contabilidad creativa (por balances falsos); amenaza creíble (como si no bastara con amenazar cuando se tiene clara superioridad militar).

En otros casos se recurre a palabras engañosas: flexibilidad (por rigidez para los otros); desregulación (por imposición de otras reglas); deslocalización (por traslado en función de intereses propios); defensa de la seguridad (por aumento del poder); democratizar y pacificar (por destruir, invadir, ocupar y apoderarse de recursos ajenos); seguridad y estabilidad de nuestro mundo (por imposición de los propios objetivos, aunque sea a costa de crear caos en determinadas zonas); guerra para la paz.

Está claro que el paradigma de ese lenguaje es la publicidad, las campañas de promoción para vender productos, la pura propaganda. Pero los conceptos y las ideas no son productos para consumir irreflexivamente. Hay que rechazar el lenguaje de la tiranía. Hay que generalizar el lenguaje que aspira a ser fiel a la verdad y a decir las cosas por su nombre. Lleva razón John Berger: que nos devuelvan las palabras. Debemos defendernos de la agresión verbal a fin de impedir que unos pocos se conviertan en los dueños del lenguaje y sean los únicos capaces de saber decir, poder decir y silenciar.

4/2003

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