La crisis laboral: Covid y estructura

Cuaderno de augurios: 14

Albert Recio Andreu

I

La economía española vive instalada en una historia de grandes altibajos cíclicos. Crece más que ninguna otra en Europa en las fases de expansión y se desploma en las recesiones. Por hacer un símil deportivo, se parece a ciclistas míticos como Bahamontes, capaz de dejar a todo el pelotón descolgado en una subida y perderlo todo en la bajada o en el llano. Cuando esta historia se repite, lo más sensato es pensar que subyace algún elemento estructural explicativo.

Hace tiempo que los economistas neoclásicos del país, siempre tan dogmáticos y clasistas, insisten en que la causa es la regulación laboral, la existencia de un mercado dual con unos empleos fijos muy protegidos y otros temporales fáciles de crear y de destruir. A este análisis simplista le correspondería una solución igual de sencilla: el contrato único de empleo, con todos los trabajadores fijos pero con un despido fácil y barato (pues ya se sabe que si queremos una economía flexible no hay que ponerles muchas trabas a los empresarios). La movilidad laboral entre sectores es esencial para la dinámica económica, y si la gente está muy protegida se apalanca en empleos innecesarios. Todo este análisis es más que discutible. Llevamos incontables reformas laborales en las que se han debilitado los mecanismos de protección al empleo (el despido de los empleados fijos es ahora más fácil y barato), y la mayoría de los contratos temporales incluyen una modesta indemnización. O sea que nos hemos acercado al modelo de contrato único, pero las cosas no han cambiado. Todo parece indicar que las explicaciones hay que buscarlas en otros elementos estructurales, sobre todo teniendo en cuenta que el empleo es siempre el resultado de las decisiones de los empresarios, algo que Keynes y sus seguidores ya explicaron hace muchos años (por no citar corrientes de pensamiento más radicales).

Puestos a buscar candidatos, parece más lógico empezar por analizar la actividad económica del país, su estructura sectorial y su especialización productiva. Esta, al fin y al cabo, es el resultado de una serie de elementos que tienen un carácter estructural: las condiciones naturales, el nivel de desarrollo tecnológico, la estructura de las empresas, el modelo de financiación, las políticas públicas, los condicionantes externos. Es algo que se puso de manifiesto, hace ya décadas, al analizar las economías de los países más pobres, con su historia colonial, sus élites depredadoras, su habitual especialización en materias primas sujetas a grandes vaivenes de precios y su dependencia tecnológica. La economía española es mucho más compleja, pero padece también de problemas de especialización.

Esto resultó evidente en la crisis de 2008. En aquel momento el elemento principal fue el boom de la construcción, alimentado a la vez por una enorme burbuja especulativa en el mercado residencial y por una política económica dominada por la obra pública. La construcción es siempre un sector espasmódico, y la caída fue inevitable cuando se puso de relieve la existencia de un enorme stock de viviendas invendibles (especialmente de promociones de vivienda turística) y los problemas fiscales del Estado pusieron fin a las grandes obras públicas. Al analizar la evolución de la economía española, es bastante evidente que los avatares de la construcción tuvieron un peso importante y creciente en las fluctuaciones del empleo hasta 2010.

La construcción había alcanzado un peso tan importante por una suma de elementos concomitantes que tenían que ver con el proceso de apertura e internacionalización de la economía española a partir de 1975. Es una historia que no puede explicarse sólo por las presiones de la competencia exterior y de Bruselas. Tenía también que ver con decisiones estratégicas de las élites económicas —empezando por la banca— y políticas, y con las oportunidades que ofrecía la nueva situación; una situación marcada, además, por el triunfo de las ideas neoliberales, que se tradujo, entre otras cosas, en la renuncia a la intervención pública sectorial, en la privatización de empresas públicas, en el énfasis en el papel subsidiario del Estado con respecto al capital y en un enfoque fiscal favorable a los ricos. El resultado de todo ello fue el abandono de buena parte de las políticas industriales, sustituidas por medidas de atracción de la inversión foránea y la búsqueda de alternativas de alta rentabilidad, que acabaron por ser encontradas en la banca, la internacionalización de las grandes empresas y el binomio construcción-turismo; un binomio que por su magnitud permitía el juego de mucha gente, que favorecía tanto a la banca como a mucho empresario mediano y grande, hasta que el modelo se desplomó por méritos propios, por la crisis financiera y el alto endeudamiento de la banca local y por los enormes desequilibrios de la balanza de pagos, que facilitaron la adopción de las políticas de ajuste que todos conocemos.

En la crisis de 2010 resultó patente que la enorme especialización en la construcción era un factor esencial para explicar la singularidad de la crisis española, y que el país necesitaba urgentemente un cambio de especialización. Sin embargo, a menudo lo que parece más racional no es siempre lo que acaba haciéndose, pues de por medio están las decisiones de los grandes agentes, con sus intereses y sus ideologías, están las inercias heredadas del pasado y están, también, las dificultades reales que todo cambio de opción implica. Hay que tener en cuenta que para el núcleo central del gran capital español, esto que ahora se confunde con el Ibex 35, la economía española juega un papel relativamente menor: el 64,6% de las ventas de las empresas del Ibex 35 en el primer semestre de 2020 se han hecho en otros países. Solo para algunas empresas con participación pública (Aena, Enagás, Red Eléctrica), algún banco (La Caixa, Bankinter) y unas pocas más (la inmobiliaria Merlin Properties y la eléctrica Endesa, filial de la italiana Enel) España sigue siendo la parte sustancial de sus negocios. Hay que tener también en cuenta que los años de recuperación económica han sido pilotados por el PP y que en las grandes instituciones económicas predominan las diferentes versiones neoliberales (incluida buena parte de los cuadros del PSOE).

No hay nada que ayude tanto a no cambiar como contar con una alternativa más simple, y esta coyuntura ha sido posible, sobre todo, porque en la última fase de crecimiento se han dado diversas circunstancias favorables: un bajo precio del petróleo, que aligera la factura exterior, crédito barato y, sobre todo, un éxito espectacular de la orientación del país hacia el turismo, que ha aportado divisas, actividad y empleo... hasta que la Covid ha puesto al descubierto su fragilidad, pues si a algo afecta el virus es a la movilidad. Más o menos lo mismo que le ocurre a una economía agraria especializada en un cultivo afectado por una plaga específica (como le ocurrió a la economía de la vid con el mildiu).

II

Es fácil percibir la importancia de la cuestión cuando se analiza la estructura del empleo en España respecto a otros países. Por motivos de simplicidad, en la tabla 1 muestro la estructura del empleo en España y en la Unión Europea en 2019. El dato de la UE no corresponde a ningún país real, es simplemente el resultado de combinar las diferentes economías nacionales teniendo en cuenta el peso de cada una. Como la economía española es relativamente grande, influye más en la media que naciones más pequeñas, y aun así las diferencias son significativas y elocuentes (y en muchos casos se mantienen a lo largo del tiempo).

 

Tabla 1. Estructura sectorial del empleo (2019)

UE 28

España

Agricultura y pesca

2,3

4,0

Minería

0,2

0,2

Industria manufacturera

14

12,7

Energía

0,6

0,5

Agua y saneamiento

0,7

0,7

Construcción

6,5

6,5

Comercio

13,5

15,5

Transporte

5

5,2

Hostelería

6,2

8,7

Inform. comunicación

3,4

3,1

Finanzas y seguros

3

2,2

Inmobiliaria

0,8

0,8

Profesionales y técnicas

6,3

5,1

Administrativa, auxiliar

4,6

5,2

Administración pública

6,9

6,8

Educación

7,9

6,9

Sanidad, servicios sociales

12,7

8,5

Artísticas y recreativas

1,8

2,0

Otros servicios

2,6

2,4

Servicio doméstico

1,1

3,0

Extraterritoriales

0,1

0,0

Total

100

100

Fuente: Eurostat, elaboración propia

 

Hay dos rasgos que conviene destacar. En primer lugar, la economía española muestra una clara especialización ocupacional en agricultura, comercio, hostelería, servicios administrativos y auxiliares (incluidos los servicios de vigilancia, limpieza, etc.) y servicio doméstico. Son sectores en los que sabemos que predomina la precariedad (cuando no la informalidad y el abuso) y que explican también la fragilidad del proceso. Si analizamos lo ocurrido en los últimos años, es fácil detectar que el núcleo del crecimiento, los sectores con un mayor nivel de crecimiento, ha pivotado en torno al turismo: la hostelería y las actividades recreativas han crecido por encima del 25% en el período de crecimiento, y, en la fase final, a ellas se han unido la construcción y las inmobiliarias, que se empezaban a recuperar tras la debacle de 2008. En el otro extremo, la economía española tiene un menor peso relativo en industria manufacturera, actividades profesionales y técnicas, finanzas, educación y, sobre todo, sanidad y servicios asistenciales. Quizás aquí esté una de las claves de por qué también estamos a la cola en la respuesta a la crisis sanitaria.

Si en lugar de compararnos con el conjunto de la UE lo hacemos con los otros grandes países —Alemania, Francia, Italia—, el resultado es también elocuente. Alemania e Italia tienen una especialización industrial muy superior a la española (19,2 y 18,7%, respectivamente), y Francia posee menos industria pero mucho más sector público y tecnológico. En cualquier caso, en ninguno de estos países es tan grande como en el nuestro el peso de la especialización en sectores inestables y de empleo precario.

III

La última Encuesta de Población Activa refuerza la importancia de estos indicios y permite también analizar otras cuestiones relevantes. Para entender la situación, he comparado los resultados de la encuesta del tercer trimestre de 2020 con los de la del año anterior. Como históricamente la actividad presenta una elevada estacionalidad, siempre es aconsejable comparar las situaciones parecidas.

Aunque las cifras son muy malas, la reducción de la ocupación de un año para otro ha sido de 697.400 personas, un 3,5%, una caída realmente moderada habida cuenta de que la de la actividad rondará el 10%. El paro ha crecido en 508.000 personas, un 15%, una cifra modesta dada la situación. Los milagros no existen. Como es sabido, hay dos fenómenos que contribuyen a moderar las cifras. Por una parte, la aplicación de los ERTE, que permiten no sólo que los trabajadores sigan percibiendo ingresos al tiempo que mantienen sus derechos sobre una eventual prestación por desempleo, sino que además los cuenta como ocupados aunque estén en sus casas; es una buena forma de entender la diferencia entre trabajo y empleo. Por otra, la salida del mercado laboral de 189.000 personas, que en lugar de computarse como desempleadas se cuentan como inactivas.

Cabe llegar a una conclusión bastante clara: las medidas protectoras del Gobierno han conseguido paliar una debacle del empleo y proteger a quien ya lo tenía, pero son insuficientes para proteger a la enorme cantidad de población que todos los años se movilizaba en época turística; una población desprotegida que habitualmente ocupa los puestos más bajos de la jerarquía laboral y que ahora engrosa una brutal masa de pobres, desempleados y superprecarios.

Volviendo al hilo argumental anterior, la estructura productiva cuenta. Más de la mitad de los empleos perdidos lo han sido en hostelería (355.000), a lo que debería sumarse parte de la destrucción de empleo en sectores relacionados con la actividad turística, como las actividades recreativas (39.000), el transporte (47.000), las auxiliares (59.000) y el comercio (20.000), sin contar el impacto indirecto sobre otras actividades que suministran bienes y servicios al sector.

Si se quiere entender la enorme volubilidad de la economía española, hay que empezar por los problemas de un modelo de especialización que es el resultado de un largo proceso en el que las élites económicas han desempeñado un papel predominante, en el que mucha gente se ha enriquecido a costa de generar situaciones de una enorme vulnerabilidad colectiva y en el que las debilidades del sector público salen a la luz en toda su crudeza en los momentos en que más falta hace. Y ello por no mencionar otras cuestiones, como los elevados costes ecológicos y las enormes desigualdades que son la otra cara de este modelo.

Es obvio que es necesario un cambio en la estructura económica del empleo, y que este debe orientarse hacia una mayor diversificación, una mayor sostenibilidad ambiental y un reforzamiento del sector público, también lo es. Pero la travesía entraña grandes dificultades y exige una visión a largo plazo que demanda también organizaciones políticas y movimientos sociales construidos de manera diferente. No podemos esperar que la respuesta provenga de los que se han beneficiado del desarrollo pasado ni que existan autopistas de oro fáciles de transitar. Los cambios sólo pueden venir si se forja una alianza social fuerte y con planes bien pensados de transformación social y económica.

30/10/2020

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