Ana Almirón Mengíbar

La pandemia del coronavirus, una crisis del sistema con los cuidados en el centro

 

Como activistas pro derechos humanos, andábamos más que atareadas los meses de enero y febrero tratando de dar respuesta a la situación de las personas refugiadas en los CIES, con los campamentos de Lesbos acaparando nuestra atención y nuestras acciones de solidaridad y denuncia de la vulneración de derechos humanos. Y más que atareadas también como activistas feministas, en la organización de la huelga, acciones y manifestación del 8M de este año. Pero ya por aquellas fechas, las noticias que habían ido llegando de China y luego de Italia, sobre el número de personas infectadas por el coronavirus y su letalidad, así como su imparable extensión a otros países y tan particularmente a España, paralizaron cualquier otra actividad. En apenas una semana se identificó la situación como de Pandemia y se inició el confinamiento de la población en todo el país.

Desde entonces y hasta hoy, el activismo pro derechos humanos y feminista, vía teléfonos móviles, redes sociales y todo tipo de recursos telemáticos, no ha parado, ante una situación de emergencia social sin precedentes, informando de las medidas aprobadas a las que poder o no acogerse (desempleo, vivienda, alquileres,..), de los medios disponibles en algunas instituciones y ONGs (alimentos, ropa, duchas,…), organizando redes de ayuda mutua (compras, gestiones,..), abriendo cajas de resistencia, suscribiendo demandas en defensa de los colectivos más vulnerables, como los sin techo, los asentamientos en los que habían cortado el agua, los barrios más pobres y estigmatizados, las limpiadoras, las cuidadoras del hogar, los inmigrantes y refugiados, con y sin papeles, las personas mayores y/o con dificultades de movilidad, las encarceladas, las prostitutas que de un día para otro se encontraban sin nada al no tener reconocido ni un solo derecho y un largo etcétera. No, el coronavirus no nos ha afectado a todos y a todas por igual, cebándose en la población más pobre, con menos recursos y derechos, de aquí y llegados de fuera, con una sobrecarga brutal sobre las mujeres, familiar y profesionalmente (Joana G. Grenzner. Pikara Magazine 15/4).

Pero la crisis del coronavirus, pese al confinamiento, no nos ha dejado ciegos ante lo que estaba pasando, ni acríticamente mudos ante la situación de emergencia social de los sectores más afectados, ni insolidariamente sordos a sus demandas y reivindicaciones, sino que ha habido una reacción de defensa, soporte y ayuda, movilizando todos los recursos a nuestro alcance. Las iniciativas han sido múltiples y a una velocidad de vértigo. Las primeras cuya situación nos dejaron heladas a las propias feministas fueron las prostitutas callejeras, vecinas, cercanas, con familias e hijos a su cargo, que de un día a otro se quedaban sin nada, esa fue la primera caja de resistencia que se abrió para lo más urgente, a nivel estatal, hasta que sus propios colectivos orientaron la negociación de los alquileres en clubs, pensiones u hoteles y derivaron hacia los servicios públicos y redes de apoyo, otras necesidades de comida, ropa, etc. Al mismo tiempo, las trabajadoras domésticas, internas, limpiadoras, cuidadoras migrantes sin papeles ni contrato, etc., para las que también se abrieron cajas de resistencia y se impulsó la campaña “Cuida a quien te cuida”, llamando a no dejar sin alojamiento a las internas y a intentar mantener los sueldos durante el confinamiento, mientras sus colectivos analizaban las medidas aprobadas por el Gobierno y reivindicaban algunas medidas imprescindibles más. Y así, rápidamente, fueron organizándose las Redes de Apoyo Mutuo (RAMUCA) en barrios y pueblos cercanos, recopilando información sobre los recursos disponibles, ofreciendo ayuda a personas mayores solas, para compras, gestiones, etc., incluso ayuda en los deberes de los niños y niñas.

Múltiples han sido igualmente las iniciativas desplegadas por las asociaciones y plataformas pro inmigrantes, como la APDHA, Somos Migrantes, etc., pidiendo por ejemplo el cierre de los CIES y una Regularización urgente, con papeles, para garantizar la seguridad de las personas internadas, pudiéndose acoger a algunas posibilidades de trabajo, en la agricultura, etc. Particularmente necesaria está siendo la Campaña de Ayuda a las Trabajadoras Marroquíes de la Fresa en Huelva, trabajando sin las medidas de prevención exigidas para la población de aquí, hacinadas en chabolas sin las suficientes condiciones de salubridad e higiene, especialmente exigibles en esta situación. También se ha impulsado otra campaña de ayuda para el alquiler a las personas migrantes, dedicadas a la venta ambulante, en los semáforos, etc. Y una Caja de Resistencia Antirracista, para aquellos casos más urgentes por necesidades económicas, de acogida y protección, por violencia, abuso o discriminación. Quisiéramos destacar aquí cómo el coronavirus afecta especialmente a la población inmigrante y racializada. Aunque el coronavirus no haya hecho más que empezar en Latinoamérica, India o África, afectando especialmente a China, Europa y EEUU, ya hay datos de cómo está afectando en mayor medida a la población negra y latinoamericana en estos otros continentes, fruto y resultado de la historia de su llegada a los mismos (Manuel Ruiz Rico. Público. 15/4 y 18/4) y de sus condiciones de vida y de trabajo, desde entonces, hasta los actuales procesos migratorios, con peligrosísimo viaje, difícil entrada y precariedad posterior de trabajo, vivienda, salud, etc.

La pandemia del coronavirus, dado su alcance, extensión y gravedad, supone un dolor inconmensurable, por todas esas muertes de personas mayores y tantas otras más, por tantísimas personas sufriendo la enfermedad, por tan amplios sectores de la población que lo están pasando rematadamente mal en las más diversas y precarias situaciones, de empleo, vivienda, salud, en China, Europa y EEUU, y por el terror que nos invade solo de pensar qué puede llegar a pasar en Latinoamérica, India o África… Un dolor inmenso que nos lleva también a la inmensa necesidad de querer informarnos y conocer la respuesta a no pocas preguntas, como la “Causalidad de la pandemia, cualidad de la catástrofe” (Ángel Luis Lara. El diario.es 29/3) constatando que guarda estrecha relación con la imposición de los modelos intensivos industriales agrícolas y ganaderos, pese a comprometer seriamente la seguridad y soberanía alimentaria de los pueblos y su hábitat (Nuria Rius. Público 19/4). No es por tanto un fenómeno aislado, sino que las señales ya estaban ahí, en esos otros brotes del Virus SARS capaz de pasar de una especie a otra, en 1994, 1998, 2000, 2012 y el último del Ebola en 2014 (Richard Horton. El diario.es 11/4) y, pese a todo, se aplicaron contra viento y marea las políticas de austeridad, de recortes en sanidad y gasto público en general, debilitando los sistemas sanitarios y las condiciones de vida de las personas.

La pandemia global del coronavirus está dejando al desnudo nuestro sistema de vida, mostrando todas sus vergüenzas. Un sistema profundamente injusto, desigual y cada vez más peligrosamente incapaz de solucionar los problemas que genera, pudiéndonos llevar al colapso total y acabar con todo (Eudald Carbonell. Público 12/4). Una desnudez que muestra a su vez su fragilidad, económica, política y social. Fragilidad económica de su producción y de su consumo, basados en el mayor beneficio y los menores costes, cuyo resultado es un planeta enfermo sin poder disponer de las mascarillas necesarias, donde convive mucha gente hambrienta con otra extremadamente despilfarradora, perdiéndose de vista que el fin último económico era ser capaz de abastecer de lo necesario al conjunto, con la imprescindible calidad, partiendo de que los recursos disponibles no son infinitos ni inagotables. Fragilidad política de los estados y sus gobiernos impregnados de esa misma filosofía económica, capitaneados hoy por los Trump, Boris Johnson o Bolsonaro, y una UE, con fantasías inmunitarias y sueños de omnipotencia en su gestión de la epidemia (Paul P. Preciado. El País 28/3), más pendiente de poder sostener el crecimiento económico que de asegurar la vida misma. Y ahí va China, en su ascenso como potencia hegemónica del s. XXI, tejiendo su tela de araña sobre el África negra (Alexis Rodríguez Rata. La Vanguardia 15/4) pero cuyo autoritarismo, censura y represión, nos alertan de que no sería tanto el modelo a seguir sino del que huir (Ángel Munarriz. Infolibre 31/3). Antes tendríamos que plantearnos qué mundo queremos y poder elegir entre vigilancia totalitaria o empoderamiento ciudadano y entre aislamiento nacionalista o solidaridad europea y mundial, sin dejarnos llevar por el determinismo histórico, gestión dictatorial o democrática, y más nos vale saber qué están decidiendo los políticos en este preciso momento, porque nuestros enemigos no son los virus, sino la codicia, el odio y la ignorancia (Yuval Noah Harari. La Vanguardia 5/4 y 19/4). Este es un sistema cuya fragilidad social ha ido creciendo crisis tras crisis, a base de políticas de austeridad, llegando a una situación de emergencia social sin precedentes nada más estallar la pandemia, como hemos explicado, y la que nos espera…

La pandemia del coronavirus ha desnudado el sistema mostrándonos, como decíamos, sus feas vergüenzas y no creo que debamos, asombrados, taparnos los ojos con miedo o pudor, sino muy al contrario, deberíamos tratar de abrirlos de par en par, no perdiéndonos ni un solo detalle, porque nos va la vida en ello. Y lo que más ostensiblemente ha mostrado y podemos observar horrorizados por la tragedia, es que este sistema no ha puesto nunca la vida en el centro, como venimos señalando las feministas. Este sistema ha venido despreciando, desconsiderando y desvalorizando el cuidado de las personas, de los demás seres vivos, de los territorios y de su hábitat común. El cuidado de todo ello ha venido siendo un coste importantísimo a evitar, no un deber ni mucho menos una obligación publica ineludible, en defensa del bien común, de partida, no ya por amor o solidaridad sino por pura supervivencia. Y desde la defensa del bien común, en igualdad, los cuidados no pueden ser un negocio en manos privadas, sino un servicio público, universal, gratuito y de calidad. Pero los cuidados en general se han considerado un coste innecesario, una carga que no había porqué soportar públicamente, reduciendo vía impuestos las ganancias de las élites, una carga atribuida obligatoria y unilateralmente desde siempre a las mujeres, para que fuera gratis, en calidad de buenas amas de casa sin derechos, invisibilizándolo como trabajo, prohibiéndolo si eres migrante, haciéndolo clandestino si eres trabajadora sexual, o pagándolo al menor precio posible en todas y cada una de las profesiones en las que destacamos (docentes, sanitarias, limpiadoras, cuidadoras, agricultoras manuales de la tierra o pescadoras artesanales del mar, entre muchas otras).

La gestión de los cuidados siempre ha sido un tema central por tanto en la filosofía capitalista de nuestro modo de vida, que es además machista, antiecológico, xenófobo. Y la tragedia del coronavirus ha puesto de manifiesto más que nunca su centralidad en la injusticia y las desigualdades que padecemos, entre grupos sociales y étnicos, géneros, territorios y hábitats, asignándonos unilateral y obligatoriamente el papel que cada cual debe jugar en el tablero de la vida en el mundo. Unos países y territorios soportando el extractivismo de sus recursos naturales y el éxodo masivo; otros, derrochando sin ser capaces de fabricar las mascarillas ni los respiradores imprescindibles para salvarse de la pandemia. Las mujeres, soportando heroicamente los cuidados de una humanidad envejecida, enferma y aislada, que nos ha convertido en víctimas pero también nos ha hecho más humanas, más fuertes y capaces emocionalmente de sobrevivir a casi todo; otros, incapaces de cuidarse ni cuidar, arremetiendo violentamente contra sus cuidadoras en caso de sentirse abandonados o al caer por el tobogán del descenso social y no poder sostener su papel de productores y abastecedores, ni haber sabido desarrollar esos imprescindibles lazos de sociabilidad emocionalcuya ausencia los hace tan particularmente débiles, frágiles y vulnerables.

Sí, la trágica pandemia del coronavirus ha desnudado el sistema mostrándonos toda la fealdad de nuestro modo de vida, tan falto de cuidados a todos los seres vivos, territorios y hábitat común. Pero también ha resaltado la importancia de la belleza que aún nos queda, la valentía incansable de quienes nos cuidan, sanitarias y sanitarios; limpiadoras de hogares y hospitales; cuidadoras migrantes con y sin papeles ni contratos; cajeras y reponedores de supermercados, taxistas, basureros y barrenderos, etc. La belleza de la solidaridad en tantos activistas, pro derechos humanos, feministas, vecinales, ecologistas y muchos otros, organizando el apoyo y la resistencia en el territorio, desde la cercanía comunitaria. La belleza de la empatía y el agradecimiento, en esos aplausos colectivos, con canciones, música y actuaciones en los balcones de barrios, pueblos y ciudades, cada día a las ocho. La belleza de los lazos de amistad, compañerismo y cariño, de familiares, vecinos y conocidos, en ese ir y venir de teléfonos móviles y redes, comunicándonos el estado de salud y de ánimo, de las peores y las mejores noticias. La belleza también está siendo inconmensurable y esperanzadora. La belleza pondrá, sin duda, la vida en el centro.  

En esta pandemia mucha gente hemos perdido a seres muy queridos, a quienes ni siquiera pudimos abrazar para despedirnos. En estos días nos dejó también, entre otros, Luis Eduardo Aute, quien nos acompañó con sus canciones en “la noche más larga”. Con él quisiera terminar, feliz y esperanzada, porque es cierto que sufrimos, pero rozamos la belleza:

mercaderes, traficantes,

mas que náusea dan tristeza,

no rozaron ni un instante

la belleza...

 

Sevilla, 20 de Abril de 2020

 

[Fuente: espaciopúblico]

 

[Ana Almiron Mengibar es feminista y activista pro derechos humanos; miembro de la Red LIESS-UPO (Laboratorio Iberoamericano Estudios Sociohistóricos de las Sexualidades)]



28/4/2020

Sitio elaborado con Drupal, un sistema de gestión de contenido de código abierto