Dejémosles que se ahoguen

Joan M. Girona

Pero ¿qué linaje de hombres es este?
¿Cuál es esa bárbara nación que tolera tales costumbres?
¡Se nos impide refugiarnos en la costa!
¡Nos mueven guerra, y no nos permiten detenernos en la primera tierra que vemos!

Virgilio, 'La Eneida'

La odisea del Open Arms el pasado mes de agosto fue seguida ampliamente por los medios de desinformación y por las redes sociales. Habrá sido un ejemplo paradigmático de lo que estamos viviendo en Europa. Pero sólo un ejemplo, porque continuamente hay otros ‘Open Arms’ que no aparecen en los medios, otros barcos y otras pateras con personas que llegan a puerto o se ahogan por el camino.

Han sido, y continúan siendo, odiseas de unas personas que son refugiadas, que huyen de su país, de su tierra, debido a los desórdenes provocados por el cambio climático, por el calentamiento global; causa y consecuencia de los desbarajustes que padecemos. O bien familias que huyen por los desórdenes producidos por las guerras de reparto de recursos tecnológicos, por las luchas por el acceso a agua potable, de los conflictos para conseguir energía de residuos fósiles, cada vez más escasa...

Y constatamos que gran parte de la opinión pública y la publicada en toda Europa no quiere admitir más personas en su país, con el falso argumento de que no hay suficiente espacio, trabajo o comida. Con el egoísmo del primero los de casa, muchas personas aceptan tácitamente que mueran antes que acogerlos; la grave ideología del ¡primero nosotros! (¿Quiénes somos nosotros?).

¿Cómo cambiar estas percepciones?

Rechazar las personas migrantes rescatadas del agua significa que las desechan porque piensan que son pobres. Si un yate tiene problemas navegando, ¿no lo rescatarán? Desde una perspectiva clasista, se tiene la idea de que las personas pobres no son útiles a la sociedad, que no pueden aportar nada bueno, que no son personas con plenas capacidades. Se está construyendo una ideología donde el principal valor es la utilidad, la productividad. Las relaciones humanas, la amistad, tienen poca valoración desde este desagradable punto de vista. Y, además, es una consideración producto de un prejuicio: ¿quién ha dicho que todas las personas refugiadas son pobres? Casi todas han vivido unas experiencias que las han hecho crecer y madurar más rápido que las que hemos tenido una vida tranquila. Los adolescentes que llegan, solos y sin familiares, tienen unas capacidades y una autonomía superiores a los hombres y mujeres que no han tenido que moverse de su país.

Este rechazo también tiene componentes racistas. Podemos ayudar a repensar muchas ideas hablando de los migrantes que ponen en riesgo su vida intentando atravesar el mar en barcazas sin condiciones de seguridad.

Porque el Open Arms, en medio del Mediterráneo, y las personas que intentan ganarse la vida vendiendo por las calles o las playas son dos caras del mismo problema. Cuando hablamos de acoger debemos explicar en qué condiciones. Y deberíamos ser beligerantes frente una opinión pública animada por la Unión Europea, que niega el derecho a migrar a las víctimas, propiciadas por el crecimiento de los llamados países desarrollados.

Nos encontramos ante una indignidad; ante un cambio de los valores que, al menos de palabra, defendían los estados europeos. Se ha llegado a decir que es necesaria una autorización para recoger náufragos. Salvar vidas nunca puede ser delito, es una obligación. Las multas las deberían pagar todos los gobiernos que dejan morir ahogadas personas indefensas.

La pregunta no es cómo es posible este horror, la pregunta es mediante qué cambios ideológicos, qué informaciones deformadas, han conseguido que una parte de la población europea o mundial llegue a pensar y creer que hay personas sin derechos, que hay personas que pueden morir impunemente, que se puede permitir que se ahoguen. Y que estos comportamientos, hoy día, no sean considerados delitos. Desde 2014, se han contabilizado 17.755 personas ahogadas en el Mediterráneo [1]. Y, en lo que va de 2019, la cifra ya alcanza los 933; más de dos mil si contáramos los migrantes muertos en todo el mundo entre enero y septiembre [2].

Viendo y leyendo lo que ha pasado los últimos meses en el Mediterráneo, se puede establecer una terrible hipótesis: los gobiernos de los estados de la Unión Europea, incluyendo el español, han decidido que debe ahogarse un número importante de migrantes para desanimar a otros a seguir el mismo camino. Parece horroroso, fruto de una pesadilla. Pero cuando sabes que barcos que salen de Libia (no está claro quién manda allí) pagados por los gobiernos de la UE bombardean pateras llenas de personas [3], que todos los gobiernos europeos lo saben y ninguno levanta un dedo para denunciarlo o evitarlo, parece que desgraciadamente nuestra hipótesis se confirma.

Esta derrota de los valores básicos, como son el respeto a la vida y la dignidad humana, traerá consecuencias ―algunas visibles ya― para la convivencia en todos los países.

Una situación crítica que interpela a quien se dedica a la educación. En las escuelas e institutos, a lo largo del curso, hemos de hablar y trabajar estos temas que hemos apuntado.

  • ¿Por qué hay tantas personas que emigran de su lugar de residencia? ¿Por gusto, por ganas de aventuras, por necesidad?
  • ¿Por qué se las recibe a menudo tan mal por parte de muchos y muchas?
  • ¿La etnia o la clase social de los emigrantes tiene importancia? ¿Vivimos en una sociedad clasista y racista?
  • ¿Nos creemos que todas las personas tienen los mismos derechos y deberes, o pensamos que algunas tenemos más derechos y menos deberes que otros?
  • ¿Es aceptable que haya quien deba intentar vender productos en las calles o en las playas de diferentes ciudades o pueblos de nuestro país para sobrevivir?
  • ¿Con qué valores nos educamos si aceptamos acríticamente que no está permitido por las leyes rescatar personas en peligro de ahogarse?
  • ¿Nos parece bien que las policías persigan vendedores en la calle y no vigilen los que estafan y roban continuamente desde sus despachos de empresarios o de políticos?

Además de hablar de ello, de buscar más información, de crear nuestro pensamiento crítico hacia todo lo que pasa cerca o lejos, ¿debemos salir a la calle? ¿Debemos hacer patente nuestra disconformidad? ¿Debemos luchar para cambiar la realidad que hemos encontrado?

Unas preguntas que pueden servir para evaluar si estamos aprendiendo y nos estamos educando (enseñantes y alumnos) de manera correcta.

 

Notas

[1] http://www.joebrew.net/mapa.html

[2] https://missingmigrants.iom.int/region/mediterranean

[3] Información de miembros de Open Arms que fueron testigos de la barbarie.

 

[Joan M. Girona es maestro y psicopedagogo]

24/10/2019

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