La manía de etiquetar: uso y abuso del 'charnego'

Antonio Madrid Pérez

Etiquetar es un recurso fácil para evitar la reflexión, para hacer parroquia, para excluir y señalar a los herejes, para cerrar filas, para medrar al cobijo de los tópicos, para apropiarse de la voz de los otros… Etiquetar es también un recurso peligroso de la economía del pensamiento. Economiza porque ahorra matices y reflexiones complejas. Y es peligroso porque precisamente pretende eliminar los matices y la percepción y reflexión sobre la complejidad de las situaciones que vivimos. Por ello, es prudente desconfiar del uso y abuso de las etiquetas. Y, si fuera el caso, criticar el simplismo reduccionista del etiquetar.

Hace unos días se celebró en Barcelona el Festival charnego. La iniciativa ha provocado división de opiniones. La proximidad de las elecciones estatales (28 de abril) y municipales y europeas (26 de mayo), el procés y el juicio a parte de los responsables políticos y dirigentes sociales catalanes acusados de rebelión, sedición, malversación, organización criminal y desobediencia (Causa especial 20907/2017) han marcado el trasfondo político inmediato de este festival.

El término ‘charnego’ ha sido utilizado, y todavía lo es por parte de algunas personas, para referirse despectivamente a quienes viviendo en Cataluña nacieron en otras partes de España, o son hijos e hijas de personas que vinieron a trabajar a Cataluña desde Andalucía, Extremadura, Murcia, la Mancha… mayoritariamente entre los años 50 y 70 del siglo pasado. Muchas y muchos catalanes son etiquetables como ‘charnegos y charnegas’.

Se ha hecho, o se hace, un uso despectivo de la etiqueta ‘charnego’ por parte de aquellas personas que consideran que su ‘cultura’, o sus ideas, o sus gustos… son superiores a los de las personas a las que llaman charnegas. Se trata, como casi siempre, de un intento por distinguirse como expresión de la voluntad de poder sobre otras personas a las que se consideran agentes extraños al cuerpo del soberano, a la identidad cultural nacional. Para quienes piensan así, el charnego es un problema en tanto que no se asimiló culturalmente o no se asimila a lo que se propone en una determinada propuesta independentista. El charnego es visto como una presencia cultural que se considera que no debería tener presencia o tanta presencia en Cataluña.

En los últimos meses, el discurso sobre lo ‘charnego’ ha cambiado. Hace unos días, un amigo independentista me decía: pero si charnegos somos todos. ¿Qué me estaba diciendo, además de evidenciar una realidad sociológica? Que la posibilidad política de la independencia de Cataluña, o de una vía política que aumente las cuotas de autogobierno, pasa por incrementar el apoyo social a las propuestas independentistas y/o soberanistas. Y esto requiere en todo caso el apoyo de decenas de miles de personas a las que se podría describir como charnegas. ERC ha introducido esta idea al hablar de ‘ampliar la base’. Dicho con claridad, este ‘ampliar la base’ supone convencer a esta parte de la población a la que, en la historia reciente de Cataluña, algunos y algunas han llamado despectivamente ‘charnegos’. La alternativa a este ‘ampliar la base’ por parte del independentismo sería que lo ‘charnego’ quedase representado por otras fuerzas políticas que apuestan por rentabilizar la tensión entre lo español y lo catalán. Por este motivo, la estrategia más fiable para el independentismo democrático es desmontar cualquier uso despectivo del término ‘charnego’ ya que se acepta que no es posible un incremento de autogobierno o la posibilidad de realizar una consulta pactada sobre la independencia de Cataluña sin una mayoría social clara.

Durante los últimos tiempos no han faltado las personas, y las fuerzas políticas, que han identificado ‘ser catalán’ con ‘ser independentista’. Creo que, al menos en parte, el discurso de ERC asume (habrá que ver si como estrategia cortoplacista o como principio propositivo mantenido en el tiempo) que las posturas independentistas no pueden prosperar a base de presentar a una parte de la población catalana como gente que no son suficientemente catalanes o, dicho de otra forma, que no estaban suficientemente impregnados de la cultura catalana.

La etiqueta ‘charnega’ expresa también la existencia de desigualdades económicas. Lo charnego no se utiliza para describir a quien habla preferentemente castellano y vive en barrios de alta renta en Barcelona (Pedralbes o Sant Gervasi, por ejemplo). Se ha utilizado, y se utiliza, sobre todo, para referirse a personas (y sus hijos e hijas) de barriadas o ciudades que acogieron buena parte de la migración interna entre los años 50 y 70: Santa Coloma, La Mina, Nous Barris, Sant Adrià del Besós la Verneda (ahora Sant Martí), San Cosme, Hospitalet de Llobregat… El uso despectivo de la etiqueta charnega se ha utilizado también con este trasfondo: el desprecio hacia quienes ‘salir al campo’ quería decir ir a las pinedas de la autovía de Castelldefels en vez de ir al Montseny; quienes en vacaciones volvían al pueblo y regresaban con el coche repleto de vino, melones o productos de la tierra de origen; quienes escuchaban copla, flamenco… a quienes les gustaban, por ejemplo, los Chichos, el Fary, Rocío Jurado o la Pantoja. El uso despectivo del término charnego contiene un desprecio cultural y de clase social.

El Festival charnego ha reivindicado el orgullo de ser charnego. Pretendía reaccionar contra el desprecio. Y lo hacía proponiendo un orgullo charneguil. Lo charnego como bandera.  De nuevo las etiquetas, porque la etiqueta no deja de serlo porque se proponga hacer un uso afirmativo de la misma.

Este orgullo charneguil ha sido presentado como una propuesta novedosa al querer aplicar la teoría queer a lo ‘charnego’. De igual forma que la teoría queer reaccionó frente al uso peyorativo de términos como ‘maricón’, se ha propuesto el orgullo de ser ‘charnego’. Creo que esta pretendida asimilación contiene errores. El movimiento queer ha sido un movimiento disidente, contrario a la ontologización de las identidades de género, por tanto no propenso a apostar por las ficciones identitarias, ni por etiquetaciones como la de charnego. La transformación social, la emancipación, no se da necesariamente por cambiar una etiqueta por otra etiqueta.

La inmensa mayoría de personas que vivimos en Cataluña sin haber nacido aquí, o cuyos padres y/o madres nacieron fuera de Cataluña, poseemos una configuración cultural que, según el parecer mayoritario, enriquece y refleja la realidad cultural catalana. Por tanto, no se propondría un choque entre etiquetas culturales. Es precisamente este uno de los errores en el que no queremos caer muchas personas a las que los etiquetadores y las etiquetadoras llamarían charnegos, en un sentido o en otro. Con una intención o con otra.

El juego de las etiquetas, incluso aquellos usos que promueven el orgullo identitario, tiene uno de sus puntos débiles en la tendencia a la dogmatización de las identidades. Creo que la La vida de Brian (1979) supo ironizar sobre esta práctica que con el tiempo tanto se ha extendido. Las etiquetas identitarias son rechazables desde el momento en que expresan o son utilizadas con una voluntad normalizadora y excluyente. Llegados al absurdo podríamos organizar concursos para distinguir los que son y lo que no son charnegos, los charnegos-catalanes y los charnegos-no catalanes, los charnegos de Hospitalet y los charnegos de la Mina, los de San Adrián y los de la Verneda, los de Santa Coloma, Nou Barris... Es reduccionista además de absurdo.

La propuesta de las identidades esencialistas, aunque sea la charneguil, correría el peligro de caer en el mismo error que intenta evitar: hacer el juego a quienes pretenden crear identidades culturales excluyentes. Frente a quienes han pretendido o pretenden guetizar a una parte de la población, la solución no está en hacer bandera del gueto que otros intentan imponer, sino precisamente en plantear un terreno cultural y social libre de guetos.

Las etiquetas suelen ser normativas; para ser del grupo hay que… (lo que sea): tener determinado gusto musical, veranear en determino lugar, ir a determinadas escuelas, leer determinados autores, suscribir determinadas opiniones, vestir de determinada forma, presentar determinado comportamiento sexual, vivir en determinada zona… Son sistemas de clasificación que, por lo general, segmentan y alimentan las segmentaciones sociales. Son etiquetas que lejos de aportar más libertad pueden esconder imposiciones.

Si no existe una identidad charnega como tal, quién puede hablar en nombre de las personas a las que, con una intención u otra, se querría enchiquerar en el redil. Las etiquetas llevan a buscar voces autorizadas que hablen en nombre de terceras personas.

Sobre estos riesgos, y con voluntad de romper tópicos y trincheras, se ha hablado en los Diálogos Andalucía-Cataluña, que se han celebrado este abril en Barcelona y el octubre pasado en Sevilla. El planteamiento de estos dos encuentros se ha basado en ideas sencillas y necesarias en estos tiempos: la apuesta por el diálogo entre personas que piensan de forma distinta, el reconocimiento de los otros con los que tenemos muchas cosas en común, la disposición a escuchar y la apuesta por contribuir a trabajar ideas y propuestas que contribuyan a resolver el atolladero en el que nos encontramos. Con buen criterio, las banderas y las etiquetaciones no presidieron los encuentros. Sí la conversación sobre los tópicos y los prejuicios existentes que en ocasiones afloran desde las tripas.

En mi opinión, el uso despectivo del término ‘charnego’ descalifica a quien lo utiliza al mostrar su voluntad de imposición, de desprecio cultural y clasista. Sin embargo, la alternativa no está en hacer bandera de lo charnego. Las etiquetas y las banderas se dan la mano. De hecho, el recurso a las banderas es una forma de etiquetar o de etiquetarse, es una forma de evitar el diálogo, de apelar al reduccionismo, al simplismo, a la identidad dogmatizada. Necesitamos más democracia, más riqueza cultural, más libertad responsable. Si se necesita una bandera, hagamos bandera de esto último.

30/4/2019

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