AA.VV.

En ese sitio maldito donde reina la tristeza

Reflexiones sobre las cárceles de animales humanos y no humanos

Ochodoscuatro Ediciones, Madrid, 2018, 161 págs.

Este mundo tan humano...

¿Puede existir mayor dolor que ver el mundo a través de unas rejas? En uno de sus muchos sentidos, tal vez el más objetivable, la libertad es una premisa. Es el estado natural en el que podemos dar rienda suelta a nuestras pulsiones fisiológicas y psicológicas más básicas. En todos los animales (humanos y no humanos), pero especialmente en los que posemos un sistema nervioso evolucionado, hay pulsiones espontáneas esenciales, muy profundas, como deambular libremente, movernos sin traba o desarrollar relaciones afectivas y sexuales que, si son reprimidas, causan un sufrimiento intenso en los individuos privados de ellas. Sobre ese dolor que provoca la ausencia de libertad habla el libro En ese sitio maldito donde reina la tristeza

Es un libro asombroso por la perspectiva que adopta: analiza el fenómeno de la falta de libertad sin discriminar por la especie a la que pertenecen los individuos que la sufren. Además, lo hace desde el punto de vista de los prisioneros, pero también del de los guardianes, porque nos habla de cómo la vida entre muros y rejas acaba conformando las personalidades y las dinámicas de quienes conviven intramuros, de cómo éstas se van degradando indefectiblemente.

El libro empieza analizando y poniendo en cuestión la “necesidad” social del encarcelamiento de personas y animales, así como la justificación que se hace de ello, descubriendo que algunas de las explicaciones que se dan son meras falacias. Más adelante contempla la cárcel como lugar físico (la fisonomía, el espacio…) y los efectos que, como tal, tiene sobre los reclusos (la ruptura del hábitat, el control absoluto de los ritmos vitales de los presos), y desarrolla el concepto de cárcel como institución total. En otra parte se habla de quienes viven del encierro, de las jerarquías, de las órdenes, así como de quienes viven en el encierro, de cómo se desarrolla éste, de cómo se percibe subjetivamente, de cómo se sufre. Eso implica no únicamente unas rejas tangibles, sino también unas rejas en la cabeza, que muchas veces permanecen tras haber alcanzado la libertad. Se habla, por fin, del deseo de libertad, del intento desesperado de fuga y de la ayuda exterior que ésta puede recibir. Aquí se informa de motines en prisiones humanas, pero también de la rebelión animal, y no en el sentido metafórico de Animal Farm, sino en un sentido literal. Es emotivo y casi increíble el episodio que aquí se narra de Teresa, una vaca destinada al consumo cárnico en Messina, cuya peripecia escapatoria casi nos recuerda a la rocambolesca fuga de la película La gran evasión de John Sturges.

Es una obra, pues, que, a diferencia de otros textos que investigan estos temas de una manera más aséptica o científica (como el indispensable Vigilar y castigar de Foucault), habla desde la empatía, desde el sentimiento de solidaridad y desde la compasión —nuestros cuerpos están fuera, pero una parte de nuestro corazón está ahí dentro, dicen los autores—, sin abandonar por ello la documentación y el rigor necesarios, por lo que, a pesar de su corta extensión —no llega a 170 páginas—, aporta gran cantidad de bibliografía. Para ello se ha realizado una ingente labor de investigación a pesar de la exigua información que se proporciona oficialmente de estos temas y contra el secretismo que muchas veces los rodea. De igual manera, es un libro, aunque riguroso y denso (no en cuanto a su dificultad, sino en cuanto a que invita a la reflexión y permite releer el mundo) de muy fácil lectura y con cualidades literarias que ya nos anuncia su poético título. En sus páginas se puede sentir el lento paso del tiempo, los alambres de espinas, los gritos sordos y agónicos de quienes están privados de libertad, entre el metal y el hormigón, en un lugar inmenso y deshumanizado en medio de la nada. Es también, fundamentalmente, una obra escrita desde el activismo, por parte de personas que no miran hacia otro lugar como desgraciadamente hacemos en mayor o menor medida la mayoría, sino que se implican en la lucha para hacer un mundo mejor para todos, personas que atacan el último reducto de la opresión, quizá el más invisible, el que será el más lejano horizonte emancipatorio que habrá que alcanzar: aquel que no deje fuera a nadie.

La lectura de este libro es hoy más necesaria si cabe que en el momento en que se escribió (2013), pues vivimos tiempos revisionistas, en los que los nostálgicos de la ley mosaica, del ojo por ojo, propugnan la vuelta al derecho penal prebeccariano. Desde el dolor de las víctimas de crímenes graves, pero sobre todo desde su instrumentalización política, se sostiene la ampliación de los supuestos de la prisión permanente revisable, a la que se atribuye una finalidad preventiva que enmascara una pura voluntad retributiva. En un tiempo en que parece que debemos volver a plantearnos en qué sociedad queremos vivir, las páginas de En ese sitio maldito donde reina la tristeza… pueden arrojar luz sobre este debate.

La primera edición de este texto apareció como un panfleto, o, como en la propia obra se indica, en forma de libelo, y ya la segunda adoptó el formato de libro. Su escritura es coral y el ego de los autores brilla por su ausencia, ya que nadie reclama el merecidísimo mérito que tiene. Es un trabajo realizado generosa y anónimamente por la Asamblea Antiespecista de Madrid.

También es hermosa la forma en que puede adquirirse, pues, no solo es posible hacerlo a través de la web http://ochodoscuatroediciones.org —donde, además, se puede descargar gratuitamente el documento en PDF o el audiolibro en MP3—, sino en un sinnúmero de pequeñas congregaciones que se relacionan en la propia web, unas congregaciones invisibles para la mayoría (asociaciones de personas comprometidas con la ecología, la igualdad, el trabajo justo, la libertad…) que trabajan cotidiana y anónimamente para crear alternativas a este mundo deshumanizado en el que vivimos. O tal vez habría que decir mejor este mundo tan humano, porque solo los humanos somos capaces de tal barbarie.

José María Camblor

24/4/2019

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