El Lobo Feroz

El esperpento de nunca acabar

La mayoría independentista en el Parlament de Cataluña proclamó su Declaración Unilateral de Independencia: un brindis al sol cuando ya se sabía que la autonomía iba a ser intervenida. Luego, estos pacifistas entonaron su Bon cop de falç. En la calle sus partidarios manifestaban su alegría: una alegría no política —que no tendría sentido—, sino, por bien decir, religiosa. Creo que en el futuro el independentismo catalán podrá ser estudiado como un fenómeno religioso de relevancia política. Y habrá tesis doctorales por un tubo, que los estudiosos se agarran a los temas como a un clavo ardiendo. 

¿Creían los dirigentes independentistas en lo que habían emprendido? De ser así, la estupidez se habría encaramado al poder. No podían ignorar que nadie reconocería la independencia —toda Europa les fue cerrando la puerta en las narices—, y que sin reconocimiento no eran nada; no podían ignorar la catástrofe económica que generaban —sobre todo el tal Junqueras, al que la prensa da por leído—. Y no podían ignorar, por encima de lo demás, al Estado español: un poder con recursos de todo tipo superiores al suyo.

Sin embargo, todo indica —lo revelan abundantes conversaciones privadas aparecidas en la prensa— que los dirigentes independentistas sabían perfectamente que la independencia catalana no podía ser alcanzada por las vías de hecho elegidas. Y sin embargo las eligieron. ¿Trataban de este modo de crear un apoyo popular para tapar las vergüenzas de la corrupción en Convergència? Por supuesto, también eso, pero eso no es lo principal. Lo principal ha sido la creación de un seguimiento de masas para una finalidad imposible. La Declaración Unilateral de Independenia será su Evangelio, su última referencia religiosa en su martirológica historia. Por el camino han añadido a su panteón algunas víctimas más: los Jordis, y los que vendrán cuando los jueces pongan a los actores principales en su punto de mira (aunque la mayoría se irá de rositas). Santos menores —beatos, en realidad— que añadir a Pau Clarís, a Rafael de Casanova, e incluso a una víctima que se las compuso para serlo de veras: Ll. Companys.

Se habla de relato. En rigor habría que hablar de credo. Con el credo ha movilizado el independentismo y con el credo movilizará. Ha conseguido que Cataluña sea más que una nación: son dos, dividida. Y se irá descendiendo al pozo económico-social hasta que la fe religiosa de los fieles tope con el fondo del bolsillo: entonces bajará el soufflé.

¿Y al otro lado? Porque este esperpento tiene dos caras. Al otro lado estaba Rajoy. El del sentido común que desencadenó la campaña contra los productos catalanes, tan ignorante que no sabía o no quería saber que los productos catalanes, en su composición y/o en su puesta a disposición de los usuarios, son productos mestizos, que se elaboran con materias primas de toda España y que se distribuyen por toda la península. ¡Boycoteaos a vosotros mismos! —hubiera debido arengar, con todo su sentido común—. Pero eso le proporcionaba votos entre su indocumentada clientela. Como le daba votos al PP reunir quinientas mil firmas contra un Estatut votado por poca gente y recortado en el Congreso de los Disputados. Y recurrido por Rajoy ante un Tribunal Constitucional cuya composición él mismo manipulaba porque eso, para él, es de sentido común.

Los dioses son poco clementes. Probablemente nos librarán de Puigdemont, pero es difícil que nos libren del piadoso Junqueras y me temo que no nos librarán del gallego Rajoy pese a toda la corrupción de su partido. Más vale espabilar. Mucha gente también ha salido a la calle, ahora con la bandera bicolor y el escudo. Los chinos ya no venden estelades porque todas están vendidas. A mí no me gustan nada las banderas, pero tal como van las cosas, acaso haya que salir con una, como si fuera el DNI. No sé si con la tricolor republicana o con la roja.

30/10/2017

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