No tenim por: voces y silencios tras el atentado

Albert Recio Andreu

I

Barcelona tenía todas las probabilidades de padecer un gran atentado. Es uno de los riesgos derivados de ser una metrópolis de primera división. A nadie ha sorprendido, por más que cada vez que ocurre el drama tiene un impacto emocional colectivo de gran intensidad. Son muertes inaceptables, de una guerra para la mayoría de personas incomprensible. Tanto más en una ciudad que se ha caracterizado por realizar enormes movilizaciones antibélicas en un  ciclo que se inició con la lucha contra la OTAN y siguió con las guerras del Golfo e Irak. Una ciudad donde hace pocos meses se salió masivamente a la calle en defensa de la acogida a los refugiados.

Quizás por todo ello la respuesta ha sido bastante contenida. Sin demasiados histerismos y eligiendo como eslogan una respuesta en positivo. Sin duda, a ello ha ayudado la actuación de los dirigentes políticos, especialmente los del Ayuntamiento de Barcelona, donde no sólo se dio respuesta inmediata sino, sobre todo, donde se marcó el terreno de la respuesta política al duelo. Especialmente afortunada la organización de un acto transconfesional, así como forzar que la manifestación estuviera encabezada por los colectivos que dieron la respuesta directa al atentado además de una nutrida representación de entidades sociales. 

Ha sido un atentado criminal, en el que han fallecido o han sido heridas personas inocentes. Un acto deleznable, como antes lo fueron los atentados de ETA. Aunque, al estar realizado por jóvenes de origen marroquí y estar insertos en el contexto de un conflicto global, adquieren otra dimensión y pueden generar una dinámica peligrosa. Al fin y al cabo, el conflicto de ETA (el atentado de Hipercor causó más víctimas que el de la Rambla) estaba integrado en un conflicto doméstico. Un conflicto donde además una parte de la población local tenía algún tipo de simpatía con la causa vasca, como puede apreciarse de los numerosos votos obtenidos en Barcelona por la candidatura de Herri Batasuna al Parlamento Europeo en las elecciones celebradas poco antes del atentado. Ahora es diferente: los autores, por más que lleven residiendo en el país desde hace mucho, son vistos como extranjeros, soldados de una guerra que algunos pretenden convertir en  un conflicto civilizatorio. Y aquí es donde las cosas se complican.

II

Una de los aspectos más impactantes del atentado, junto al de los estragos y las víctimas, es el hecho que sus autores sean mayoritariamente jóvenes residentes en Ripoll (una población de 10.000 habitantes en el pre-Pirineo). Chicos que habían tenido una trayectoria “normal”, que hablaban el catalán, que participaban en la vida local. Ha circulado por las redes una emotiva carta de un trabajador social próximo a estos jóvenes en la que además de dar cuenta de su enorme pesar se pregunta ¿Qué ha pasado para que estos jóvenes hayan acabado así? Un discurso que con otros lenguajes se ha repetido en los debates mediáticos: cómo puede ser que gente que lleva una vida normal se deje conducir a tamañas barbaridades.

La pregunta es correcta. Las respuestas que se han dado, no. Porque al final todo se reduce a argumentar que la principal explicación es la capacidad propagandística de ISIS, su manejo en las redes, su habilidad en desarrollar prácticas sectarias para “comer el tarro” a unos chicos inocentes y llevarlos al matadero, etc. Es evidente que los yihadistas saben utilizar procesos de adoctrinamiento. De hecho, todas las organizaciones que han desarrollado la lucha armada de algún modo los practican, pues sin ese adoctrinamiento es difícil que la gente se decida a matar a otras personas sin más. Incluso en las guerras abiertas, en conflictos institucionalizados, los Ejércitos necesitan emplear de forma sostenida técnicas de persuasión para mantener la moral de combate. Por eso considero que esta es una respuesta inane de consecuencias políticas peligrosas, ya que al único espacio de acción que conduce es a aumentar la eficacia de la acción policial, cuando no a someter al colectivo musulmán a un control permanente. En definitiva, a su criminalización.

III

Hay un punto de autocomplacencia social con esta explicación. Sobre todo cuando se parte del supuesto que es gente plenamente integrada, porque ha cursado con éxito su formación escolar, participa en actividades sociales y tiene un empleo. Por desgracia, las cosas son siempre más complejas. Especialmente, allí donde están presentes comportamientos racistas o xenófobos. Y estos, por más que a la sociedad catalana no le guste reconocerlo, están presentes a diario en nuestra vida social. Y afectan a cuestiones subjetivas a las que son especialmente sensibles los jóvenes y los adolescentes. Tener estudios o tener empleo no evita ser objeto de un escrutinio negativo por parte de los otros, ser objeto de numerosas actitudes “microrracistas” (pues el racismo y el machismo tienen en común el considerar a la víctima como inferior, el haber normalizado valores de discriminación y poder). Heridas subjetivas que bien pueden derivar en algún tipo de extrañamiento respecto a la sociedad en la que se reside. 

Desconozco el clima social de estos jóvenes de Ripoll. Desconozco si en su historia recibieron afrentas (directamente o en personas cercanas). Pero lo que sí me parece es que esta es una realidad que pulula en la vida social de muchos jóvenes de origen musulmán (y de otros orígenes). La experiencia de un colectivo siempre situado bajo sospecha deja posos de malestar que a veces se transforman en perversidad y locura colectiva. 

Entiendo el desaliento del educador de Ripoll. Pero creo que ha olvidado hacerse algunas preguntas. De cómo es la vida social real de cualquier joven musulmán en nuestro país. De hasta dónde llega el buen trato a la gente que ha venido de fuera. No es que crea que estemos en una sociedad abiertamente racista. De hecho, la voluntad sincera de mucha gente de oponerse a la islamofobia, de no responder en clave identitaria al atentado, ha ayudado a reducir la tensión. Pero este conflicto existe, y muchos comportamientos sociales generan heridas a mucha gente. Esto debería formar parte de cualquier vía para entender las causas de la radicalización y buscar otras alternativas de acción. 

IV

La propaganda de ISIS es sin duda sectaria y persistente. Pero tienen buenos materiales con los que construir un discurso convincente. Y estas buenas razones nunca aparecen en los debates de los medios. Aunque sí los han puesto sobre la mesa en Barcelona las numerosas organizaciones sociales que llevan muchos años en lucha contra el militarismo, el belicismo y el imperialismo. 

Los puntos sobre los que construir un argumento convincente son numerosos. Palestina, Gaza, la invasión de Iraq, el desastre libio, la tolerancia y complicidad occidental con los regímenes autocráticos árabes, el golpe de estado egipcio. Guerras, dictaduras, gobiernos corruptos que provocan enormes padecimientos a la población local. Y de la que el mundo occidental es cómplice por acción y omisión, no sólo como suministrador de armas sino como parte directa de unos conflictos cuyo objetivo fundamental es preservar el suministro de petróleo y mantener a raya a la población local. 

Si uno quiere más argumentos, ahí está el tema de los refugiados. El tratamiento autoritario que reciben, la falta de soluciones efectivas al drama de los exiliados por la guerra siria, las políticas de policía marina en el Mediterráneo. De verdad ¿alguien puede creer que nuestro trato al mundo árabe es exquisito? 

Es evidente que toda esta serie de desastres en la que nuestros Gobiernos son protagonistas no justifican el discurso yihadista. Éste no es bueno simplemente porque se construya sobre una base real de agravios. Pero no podemos pensar que un sector de la  población musulmana no pueda enloquecer cuando se hace padecer tanto a gente parecida a ellos. 

Ni los conflictos de Oriente Medio ni los problemas que plantean las migraciones globales tienen fácil solución. Pero sin asumir que estos son problemas cruciales para millones de personas y que hay que cambiar las políticas que se han aplicado, sin reconocer el grado de responsabilidad occidental y sin trabajar por buscar salidas, va a ser imposible que decaiga el espacio político del yihadismo. 

V

Todo el mundo respiró en Barcelona por la rápida caída del comando. Y hasta hay una sensación de alivio por la muerte de la mayor parte de sus componentes. Nadie ha sido capaz de levantar la voz en los medios por el hecho que una parte de los muertos hayan caído por disparos policiales y             que el único componente de acción directa del comando preso lo fue porque resultó herido en la explosión de Alcanar. Se puede entender que la muerte de cuatro miembros del comando en el atentado de Cambrils se produjera en un enfrentamiento a vida o muerte. Pero parece más extraña la muerte del último componente, el autor material del atentado de la Rambla, cazado por lo que parece ser desarmado en pleno campo. Es un final que se repite una y otra vez con los autores de los atentados yihadistas. Y plantea interrogantes en dos sentidos. Uno, que podemos estar asistiendo a la reaparición de la pena de muerte sin ningún control judicial (aunque por más procedimientos legales que se pongan la pena de muerte es siempre una canallada). La repetición del proceso en muchos lugares apunta a algún tipo de comportamiento consensuado entre los responsables de la lucha antiterrorista. No parece que esta sea una forma de mostrar superioridad moral. Dos, para saber cómo operan los procesos de conversión al yihadismo, como se forman las redes, ¿no sería mejor detener a estos individuos y tratar de extraer información a partir de su experiencia? Sobre todo cuando se considera a los mismos individuos como seres manipulados por las redes de ISIS. Jóvenes que es posible que ante un tratamiento adecuado puedan revisar su comportamiento. Guantánamo y su red de cárceles complementarias abrió otra red de trato de terror a los considerados enemigos. Ahora quizás hayamos tenido una versión del mismo a pocos kilómetros de la ciudad. Y hemos mirado para otro lado. 

VI

Siempre que ocurre un desastre de este tipo se producen demandas a la unidad y la cohesión como respuesta. Pero no se suele explicitar en torno a qué se propone dicha unidad. O es un mero recurso retórico o de lo que se trata es de sacar partido de la situación. De oportunismo de este tipo hemos tenido muchos ejemplos los últimos días. Para el “Govern català” se ha tratado de mostrar la eficacia de los Mossos d’Esquadra en la gestión del orden público, lo que nos llevaría a pensar lo buena que puede ser su gestión de una Catalunya independiente. Para el PP se ha tratado de utilizar el drama para todo lo contrario, mostrar la necesidad del Estado central y cohesionar la sociedad en torno a la cultura clásica del antiterrorismo. Creo que tenemos que agradecer que la intervención política de Ada Colau y su gente haya limitado estas iniciativas y haya así permitido espacios para que intervinieran voces diferentes. Y, sobre todo, han dado protagonismo al variado tejido social que intervino de mil y una formas en el momento del drama. Obligando, por ejemplo, a que policías, mossos y guardias civiles se tuvieran que mezclar con sanitarios, taxistas, camareros, personal de emergencias, operadores de telefonía, floristas… en la cabeza de la manifestación. Ya se sabe que siempre que alguien llama a la unidad lo suele hacer para acallar o neutralizar a un oponente. Y que, en el caso que nos ocupa, la unidad en torno a las políticas antiterroristas puede ser tóxica y convertirse en un mero cheque en blanco a las políticas represivas, belicistas e imperialistas que forman una parte del tejido político que ha propiciado el yihadismo.  Desmontar un proyecto político reaccionario solo puede hacerse con puntos de vista diferentes. Y quizás estas voces diferentes las que han quedado acalladas en los debates públicos posteriores. 

Que la sociedad catalana haya salido respetablemente airosa de este ataque es bastante bueno (en una sociedad que se piensa así misma  amante de la paz, abierta y democrática). Que no se profundice en la reflexión y se trate de sentar bases que consoliden estas aspiraciones es un riesgo que no nos podemos permitir.

8/2017

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