Ignacio Sánchez-Cuenca

¿Y si ponemos el terrorismo en perspectiva?

En los países occidentales hemos ido estableciendo unas rutinas políticas y sociales ante los atentados yihadistas. Cada vez que los yihadistas consiguen sus fines letales, la opinión pública se estremece y se pone en funcionamiento un mismo ciclo: programas especiales en la televisión y la radio, páginas y páginas dedicadas al asunto en los diarios, muestras de compasión y solidaridad de la sociedad civil, ruedas de prensa de los responsables del orden público, alabanzas a los cuerpos policiales, endurecimiento de los protocolos de seguridad, declaraciones múltiples e idénticas de los políticos, manifestaciones y proclamas unitarias, ataques de algunos extremistas a mezquitas, la reivindicación de turno de ISIS o de Al Qaeda y las salidas de tono de algunos periodistas e intelectuales que suben peligrosamente la temperatura de las redes sociales.  

Hemos sido testigos de este carrusel en numerosas ocasiones desde el 11 de septiembre de 2001. Lo hemos visto en Nueva York, en Madrid, en Londres, en París, en Bruselas, en Niza, en Manchester, en Berlín y, hace unos días, también en Barcelona. El radio geográfico de atención suele llegar (aunque con menor intensidad) hasta Estambul, ciudad que ha sufrido numerosos ataques indiscriminados en estos últimos años. Más al Este o más al Sur, los coches bomba y los atentados suicidas que causan decenas o centenares de víctimas mortales son solamente incidentes dentro de conflictos que nos quedan muy lejos y que se nos antojan infernales (en Afganistán, Siria, Irak, Sudán, Nigeria, etc.). Estos otros atentados conforman nuestra mala conciencia: no somos capaces de reaccionar con la indignación y empatía que mostramos cuando los atentados ocurren en países occidentales. 

Quisiera escapar de este ciclo repetido tantas veces. Vaya por delante, por supuesto, que yo también me siento estremecido y horrorizado por el ataque terrorista de Barcelona. Pero no creo que mis sentimientos de dolor e indignación merezcan el interés de nadie. Me gustaría más bien incidir en dos cuestiones que, en buena medida, rebajan el alarmismo que se crea en las sociedades occidentales cada vez que se produce un ataque terrorista yihadista. 

En primer lugar, es importante tener en cuenta la magnitud del fenómeno. Estos días se está discutiendo mucho sobre el miedo (que si debemos tener miedo o no, que si el miedo es el triunfo de los terroristas, etc.). John Mueller es un experto norteamericano en cuestiones de seguridad. A su juicio, hay una colusión entre expertos en terrorismo, cuerpos policiales, medios de comunicación y políticos para exagerar el peligro de los atentados. Todos ellos ganan explotando el terror de los ataques yihadistas: más dinero para investigación en seguridad, mayor presupuesto para servicios de inteligencia, mayor audiencia para los medios, mayor facilidad para introducir medidas represivas, etc. Cuando se producen los ataques, los expertos salen a la palestra presentando un panorama apocalíptico en el que los terroristas están a punto de dominar la tecnología nuclear y bacteriológica, en el que cualquier vecino con la piel más oscura que la nuestra puede “radicalizarse” y realizar atentados monstruosos que acaben con nuestra “forma de vida”.

Mueller lleva años insistiendo en la necesidad de que conozcamos los riesgos objetivos de morir por diversas causas. Así, en Estados Unidos, la probabilidad anual de perder la vida como consecuencia de un accidente de tráfico es 1/8.200; la probabilidad de ser víctima de un homicidio es 1/22.000; la probabilidad de morir en un accidente en la bañera es 1/950.000; la probabilidad de morir en el coche chocando con un ciervo es 1/2.000.000; y la probabilidad de morir en un atentado terrorista (de cualquier tipo) es 1/4.000.000 (tomando como referencia el periodo 1970-2013 que incluye el 11-S). Sí, han leído bien: es Estados Unidos es más probable morir cayéndose en la bañera o chocando con un ciervo que en un atentado terrorista. Lo mismo sucede en Europa (aunque aquí no tengamos tantos ciervos).

En el debate sobre la inmigración, se insiste una y otra vez en que la gente sobreestima enormemente la presencia de inmigrantes en su país. Este dato se utiliza para desmontar los prejuicios xenófobos. Muchas personas creen que los inmigrantes son entre el 20% y el 30% de la población, cuando su presencia en Europa suele estar entre el 10% y el 15%. Algo similar debería hacerse con el riesgo del terrorismo: políticos, expertos y medios contribuyen a que se magnifique el impacto real del terrorismo, creando una alarma social innecesaria. 

Estos datos no implican que debamos desentendernos de la amenaza terrorista, pero quizá sí contribuyan a relativizar el problema y entender que los países occidentales están sobre-reaccionando. Por supuesto, la condición para que el terrorismo sea un riesgo muy bajo es que los cuerpos de seguridad hagan su trabajo, pero eso puede conseguirse sin dar tanto protagonismo político al terrorismo. 

En segundo lugar, conviene saber también que los datos son concluyentes en cuanto a la efectividad del terrorismo: los terroristas casi nunca alcanzan sus objetivos. Las investigaciones de Max Abrahms, Audry Cronin y otros especialistas muestran que el terrorismo fracasa en más de un 90% de ocasiones. Su tasa de éxito es mucho más baja que la de las guerrillas tradicionales que ocupan un territorio y se enfrentan a un ejército estatal. El terrorismo anarquista de finales del XIX, el terrorismo revolucionario de los años 1970s-1980s (Brigadas Rojas, Facción del Ejército Rojo, GRAPO, etc.), el terrorismo nacionalista (ETA, IRA, Hamas, Al Fatah), apenas tiene logros políticos en su haber más allá de crear movimientos sociales que no existían antes de que estos grupos surgieran.

Es lógico que sea así: el terrorismo suele ser una respuesta de última instancia, la táctica que utilizan los grupos más débiles, con menor apoyo popular. Por decirlo brevemente, el terrorismo es cosa de perdedores. Precisamente porque no tienen recursos para organizar un desafío de mayor ambición, se contentan con realizar ataques que sean compatibles con su condición clandestina o secreta. De ahí que ISIS incremente sus ataques terroristas en el extranjero cuando su poder territorial se ve mermado. 

En el caso de los yihadistas residentes en Europa, su probabilidad de éxito es nula: ni siquiera conforman organizaciones que puedan mantener una campaña continuada en el tiempo (como podía hacer ETA o incluso el GRAPO). En este sentido, el terrorismo yihadista que sufrimos en Europa parece tan precario como el de los anarquistas del periodo 1875-1925: eran capaces de cometer atrocidades tremendas (la bomba del Liceo de Barcelona, que mató a 22 personas en 1893; el atentado contra Alfonso XIII, que acabó con la vida de otras 26 personas en 1906), pero nunca tuvieron, ni de lejos, capacidad para quebrar el orden social y político.  

En fin, el riesgo que representa el terrorismo yihadista en las sociedades occidentales es pequeño (lo que no impide que cada tanto se puedan producir matanzas trágicas como la de Barcelona) y su probabilidad de éxito es prácticamente nula. Siendo así, ¿no cabría esperar algo más de contención en la reacción política y mediática? No digo, ni mucho menos, que no haya que informar de estos ataques, ni que los políticas deban mantenerse al margen, pero ¿realmente está justificado que demos un protagonismo tan desmedido a los atentados yihadistas?

[Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid]

[Fuente: ctxt.es]

27/8/2017

Sitio elaborado con Drupal, un sistema de gestión de contenido de código abierto