El control del tiempo de partido

Albert Recio Andreu

I

El control de los tiempos, de los ritmos, es crucial en muchos aspectos de la vida. En política, en todas actividades que requieren esfuerzos, en los deportes, en la música y en las artes escénicas, en la docencia… La política tiene mucha relación con todas estas actividades. La relación que establece el líder político con sus bases es parecida a la que une al artista y su público, al profesor y su alumnado. Quizá por eso se encuentran egos parecidos en todos estos campos. Y, sin duda, quien sabe controlar los ritmos tiene una buena oportunidad para alcanzar el éxito. 

En pocas semanas la dinámica de los acontecimientos se ha acelerado en diversos frentes. Los nuevos escándalos de corrupción, las elecciones a la secretaría general del PSOE y la nueva fase en que entra el “procés” han confluido para generar una coyuntura crítica. Una coyuntura de cuya resolución puede depender a qué va a jugar la izquierda en los próximos años.

La corrupción, un tema de largo recorrido en nuestra historia reciente, ha alcanzado un nivel sin precedentes. No tanto por las novedades desveladas sobre los chanchullos del PP (Lezo, Púnica…) y de la antigua Convergencia (como subraya Almudena Grandes, los dos partidos más corruptos de nuestro panorama político). Sino, sobre todo, porque se ha hecho evidente el recurso sistemático a la manipulación para tapar, sortear y neutralizar esos chanchullos. La desvergonzada toma de control de los principales cargos del poder judicial en España, las reuniones mantenidas por representantes del Ministerio de Interior con más que presuntos imputados (o investigados en el neolenguaje del momento), las maniobras del fiscal anticorrupción (fallidas o exitosas) ponen en cuestión que realmente vivamos en un estado de derecho. Si la ley mordaza y la reforma del código penal ya supusieron un peligro grave para las libertades y la democracia, el descaro con que el Partido Popular ha impuesto su “política judicial” y el cinismo con el que la han defendido elevan este peligro a cotas insoportables. 

La elección a la secretaría del PSOE parece responder a una de las variantes que ha puesto en marcha la crisis económica: la radicalización de una parte del votante de izquierdas hacia posiciones más extremas. Una radicalización que ha tenido dos versiones diferentes: la de la eclosión o crecimiento de nuevas fuerzas a la izquierda (el modelo Syriza, Podemos, Melenchón) o el relativo éxito de los que se presentan en el ala izquierda en partidos tradicionales (Corbyn, Sanders, Hamon y ahora Sánchez). En cada país la situación es distinta en función de la dinámica histórica y su estructura institucional, lo que impide generalizar modelos (un caso digno de estudio es Italia, país donde una potente tradición de izquierdas se ha diluido sin de momento evidencias de recuperación). No es que el nuevo Secretario General del PSOE haya mantenido posiciones de izquierda muy claras, pero resulta evidente que su aplastante victoria expresa un clamor en favor de otro tipo de políticas.

En tercer lugar, parece ser que en quince días sabremos fecha y contenido de la propuesta de referéndum de independencia. Algo que ha venido precedido por una serie de maniobras, declaraciones y contradeclaraciones de los dos bandos en conflicto, así como por la posible filtración del proyecto de ley de transición por parte de “El País” (se ha desvelado un contenido sin imágenes que demuestren que se trata efectivamente del texto en cuestión). Todo ello supone un salto más en este enfrentamiento civil que tiene encallada la política catalana en la década presente. 

En estas tres coyunturas (corrupción, secretaría general en el PSOE y estado del “procés”) la nueva izquierda se juega mucho, y dónde acertar con los tiempos y las propuestas va a ser esencial. 

II

La presentación de la moción de censura por parte de Unidos Podemos pareció oportuna por el momento como se hizo. Era necesario romper con la sensación de que cualquier escándalo es tolerable, y era necesario explicar y combatir el abuso autoritario y la manipulación del sistema judicial. Sobre todo en un país con cárceles llenas a rebosar de pobres y donde ha terminado siendo habitual que los grandes delincuentes económicos acaben “indultados judicialmente” con condenas de un máximo de dos años, que en la práctica son una mera nota negra en su historial. 

Pero, como en ocasiones anteriores, tener razón en una cuestión crucial no supone acertar completamente en las formas y los tiempos. Si lo que se pretende es generar un amplio movimiento de respuesta a la gravedad de la situación habría que haber empezado por buscar estas alianzas, no sólo en el plano de los posibles aliados políticos sino también en el de las organizaciones sociales. La maniobra de Unidos Podemos parece en cambio haberse realizado de la forma que en Catalunya llamamos “posar els carros davant dels bous” (poner los carros delante de los bueyes). Al alterar el orden del proceso (primero se anuncia la presentación de la moción y después se buscan apoyos) se ha perdido una oportunidad de hacer pedagogía social y generar alternativa. 

Como no participo en los debates de Unidos Podemos desconozco las razones de haber optado por esta dinámica. Pero, analizando su trayectoria, hay varias constantes que se repiten y que a mi entender conducen a una pérdida de capacidad de incidencia. Una de estas constantes es la tendencia a adoptar iniciativas que produzcan rupturas a corto plazo, victorias tangibles. Siempre predomina la guerra de movimientos sobre cualquier otra estrategia. Es posible que esta opción haya facilitado el éxito inicial de Podemos, aupado en el momento de entusiasmo generado por el 15-M. Pero lo que vale en una ocasión no siempre funciona. Y ahora, con una sociedad bastante menos movilizada, desencantada tras el último ciclo electoral, se requería una fase de preparación para que la maniobra generara influencia más allá de los círculos de allegados. 

Otra constante es que siempre se tiende a pensar los movimientos en clave exclusiva de la propia organización. Esta tendencia de lo nuevo a confundir partido y movimiento social (aún mucho más acentuada y sectaria en el caso de la CUP catalana), a pensar sólo en clave de rédito para la propia organización, es un error de mucha mayor profundidad, en el que demasiadas veces incurren las fuerzas de izquierda. En sociedades tan complejas y fraccionadas como la nuestra es difícil que estos modelos de liderazgo puedan generar una apuesta sostenida por una transformación social asimismo compleja y profunda. Precisamente, si lo que se pretende es una movilización política que alcance a amplios espectros sociales y una forma de participación política más densa e intensa, lo que no se puede hacer es esperar que la gente se limite a seguir las iniciativas que toman algunos líderes sin tiempos y espacios de elaboración colectiva. 

La tercera tendencia, quizás inevitable viendo de dónde venimos, es que da la sensación de que hay más interés en competir con los partidos cercanos que en buscar procesos que generen alianzas, cuando menos momentáneas (tampoco esto es exclusivo de Podemos, es una larga tradición en las fuerzas de izquierda, quizás porque es más fácil combatir al vecino que hacer frente al poder; produce más morbo a corto plazo). Es cierto que el PSOE es un partido comprometido con gran parte de los intereses y la cultura dominantes.  Pero en el futuro próximo cualquier cambio político de calada exigirá algún tipo de alianza con el PSOE y otras fuerzas. De hecho, no sólo el PSOE, sino la constelación de otros posibles aliados. Allí donde se ha hundido el partido socialista, como en Francia o Italia, tampoco se ha conseguido crear una fuerza alternativa hegemónica. Es sin duda una tarea complicada, a menudo desalentadora. Pero la fuerza de un proyecto no se mide solo por su nivel de representación, sino por su capacidad para generar procesos que sumen fuerzas en torno a los mismos. 

Que presentar una moción de censura iba a generar un alud de respuestas airadas era inevitable. Lo que leemos estos días en los medios sobre la propuesta es un ejemplo de libro de lo que Albert Hirschman llamó las retóricas de la reacción (o de la intransigencia). Pero conseguir que la propuesta se convirtiera en algo realmente útil requería posiblemente otro tipo de planteamiento: más lento en su ejecución, más abierto a reunir fuerzas, más pedagógico (las veces los dirigentes de Podemos han aparecido en los medios de comunicación estaban empeñados en denunciar la corrupción, pero sin capacidad de explicar la manipulación del sistema judicial). 

Podemos podría, por ejemplo, haber dado tiempo al renacido secretario general del PSOE a discutir el tema y haber realizado una convocatoria de fuerzas sociales para opinar. Una vez más ha predominado la movilización de lo propio y la falta de una estrategia de largo alcance. Uno no sabe si están presos de la misma lógica competitiva del mercado o el deporte, si su confianza en la aceleración de los procesos es excesiva. Parece más bien que una buena iniciativa, justificada a diario por los hechos, corre el peligro de quedar en mera anécdota por no elegir bien los tiempos y los métodos. 

III

Lo de Catalunya es de otro nivel. Aquí quien va acelerado es el sector independentista. Hace tiempo que su ala más fundamentalista se ha autoconvencido de que la independencia está a un paso, y de que no hacen falta mediaciones para alcanzar su objetivo. Piensan contar con la mayoría social que representan los votos del espacio de los Comunes, aunque ésta es más que discutible (en la asamblea fundacional sólo un 10% votó una propuesta claramente independentista, y hay que contar que a la misma asistió sólo la gente más politizada). Y se justifican por la total negativa del Gobierno de Madrid en abrir cualquier posibilidad de cambio en el modelo actual de estado autonómico. 

La situación a la que ha llegado el “procés” es un verdadero “cul de sac” del cual sólo se puede salir por dos vías: o rindiéndose, o tratando de romper las paredes que cierran las maniobras. Es cierto que a esta situación se ha llegado en gran medida por los errores propios de los independistas. Cuando en las elecciones de 2015 no alcanzaron la mayoría absoluta de votos quedó claro que su opción de declarar la independencia por aclamación popular quedaba finiquitada, al menos de momento. Cuando en las generales de este mismo año los comunes ganaron las elecciones la cosa aún fue peor, y les forzó a recuperar el tema del referéndum que anteriormente habían considerado una “pantalla pasada”.  

Pero sólo fue una jugada táctica. En el ala más fundamentalista del independentismo, donde confluyen ERC y la CUP y que expresa claramente la ANC, ya no podía pensarse en un largo plazo sino en un conjunto de maniobras orientadas a conseguir la independencia a corto plazo. Contaban, seguramente, que la reacción del Gobierno, siempre tan soberbia, intolerante y zafia, les facilitaría las cosas y conseguiría atraer a sus posiciones a los indecisos. Ciertamente, Rajoy y los suyos, sus adláteres (Ciudadanos, la mayoría del PSOE) han actuado como se esperaba de ellos. Pero no está nada claro que esto haya provocado cambios en los puntos de vista del electorado catalán, posiblemente porque las actitudes básicas respecto a la cuestión obedecen a elementos más estructurales que una reactiva respuesta a las iniciativas de Moncloa. El problema para el independentismo es que cuando uno sólo tiene una ruta no tiene otra alternativa que seguirla, sea cual sea la situación. Y la ruta elegida hace tiempo conduce inevitablemente a realizar un referéndum. Y si esto no es posible, a hacer a una declaración unilateral de independencia, que puede quedar en un mero brindis al sol o acarrear costes imprevistos para la ciudadanía. 

Visto desde fuera, todo el proceso se ve entre lo trágico y lo grotesco. Entre la crispación y el hartazgo. Trágico porque las cosas pueden acabar mal. Con una sociedad catalana fragmentada, tensa, deprimida, derrotada, paralizada. Grotesco por lo que los dos bandos tienen de exageración, de sobreactuación, de retórica vacua. Crispación por una situación que no escampa. Hartazgo de oír a diario dos discursos machacones. Pero para el futuro de la izquierda catalana, del espacio de los Comuns, la cosa va a ser, como comenté anteriormente, verdaderamente complicada. En una pelea, el que trata de interponerse y cambiar la dinámica corre siempre el peligro de ser el que recibe. Máxime si desde los bandos en lucha se cuenta con potentes altavoces mediáticos que impiden la reflexión y facilitan la difusión de consignas simplistas. Y porque un espacio tan fluido y poco estructurado como el de los Comuns puede ser presa de las tensiones emocionales que vamos a vivir los próximos meses. 

Hay un campo en el que tomar postura firme es esencial: el del procedimiento. No se puede aceptar un referéndum en condiciones no democráticas, de mera movilización independentista (una repetición a lo sumo del 9-N). Ni se puede aceptar que cualquier mayoría proclame la independencia. El ejercicio de defender el derecho a la autodeterminación en condiciones verdaderamente democráticas es ciertamente arduo. Sobre todo si es además evidente que sin un cambio de correlación política en el Estado español no tiene ninguna viabilidad efectiva. Y es muy difícil de defender frente a una ciudadanía que se ha movilizado los últimos años por un objetivo que les habían prometido que era fácil de conseguir. Por eso es tan importante que Catalunya en Comú sepa elegir un discurso y unos tiempos capaces de generar reflexión e inteligencia colectiva allí donde predominan los sentimientos. Capaz de proponer una vía que permita salir del “cul de sac” sin dar la victoria al inmovilismo centralista de la derecha española.

5/2017

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