El factor humano

Juan-Ramón Capella

Los movimientos políticos, los regímenes, etc., han de contar con el factor humano. Se había supuesto que la revolución socialista daría paso a un hombre nuevo. Y los revolucionarios de Octubre pusieron sus esperanzas en el hombre nuevo. Sin embargo el hombre nuevo resultó ser una figura evanescente; apareció en los años que siguieron inmediatamente a Octubre y luego, al parecer, acabó eclipsándose bajo el peso del terror staliniano, de la guerra, de la reconstrucción y de la burocracia. Con Breznev ya ni se mentaba al hombre nuevo.

¿Cómo hablar del factor humano para el postcapitalismo? Sólo sé hacerlo mediante ejemplos, mediante historias, historias que hablan tanto de hombres nuevos como de hombres infinitamente viejos. Éstos son los que más abundan. Pero de todo se puede aprender.

El padre de Alexander Dubcek

Ya casi nadie debe acordarse de Dubcek, el principal dirigente de la Primavera de Praga, una esperanza checoslovaca de renovación socialista desde abajo que la Urss de Breznev y sus aliados pseudosocialistas cortaron de raíz en 1968. Alexander Dubcek fue sin duda un "hombre nuevo", uno de esos comunistas democrátas cuyas políticas fueron derrotadas por la fuerza. Pero también fue un hombre nuevo su padre. El padre de Dubcek trabajaba, en lo que hoy es Eslovaquia, en una fábrica de cerrajería cuyos operarios eran socialistas y funcionaban en régimen cooperativo. Aquellos hombres, a finales de la década de los veinte del siglo pasado, decidieron que era preciso ayudar a la Unión Soviética, y para ello se ofrecieron a trasladarse allí, a llevar a sus familias y su fábrica a la Urss, cosa que hicieron. No regresaron a su país hasta 1937, después de haber formado a trabajadores soviéticos. (La circunstancia fue muy importante para Dubcek hijo, un niño durante aquellos años, al aprender ruso). Se necesita valor y gran entereza política para cambiar de país en ayuda de una revolución. Muchos hombres de la III Internacional fueron así. Capaces de desprenderse de los viejo que había en ellos.

Quiñones

De Quiñones no se sabe ni su nombre verdadero. Fue un comunista moldavo a quien la III Internacional envió a España para ayudar a los comunistas españoles en los años treinta del siglo XX. Durante la guerra civil fue el principal dirigente político en Menorca, donde ejerció una durísima represión que respondía preventivamente a la infinitamente terrible de los franquistas en Mallorca (Los grandes cementerios bajo la luna, ¿recuerda alguien ese libro de G. Bernanos?). Quiñones se enamoró de una compañera española, y cuando todos los dirigentes comunistas, derrotados en la guerra, abandonaron el país, Quiñones decidió quedarse. Anduvo por Valencia comerciando con patatas hasta que logró pasar a Madrid. En Madrid se dedicó a reconstruir en la clandestinidad el partido comunista, sin órdenes ni instrucciones de nadie. Consiguió poner en pie una estructura de partido en los primeros años cuarenta del siglo XX. La caída de un compañero propició su detención. Fue torturado salvajemente sin que por ello diera un solo dato que la policía no conociera ya. Le fusilaron atado y sentado en una silla porque no podía tenerse en pie: los torturadores le habían roto la columna vertebral. Ésta es la historia terrible de un hombre nuevo derrotado. Para más inri, los dirigentes comunistas españoles a salvo en Moscú, a quienes la actividad de Quiñones había dejado con el culo al aire, sostuvieron falsamente que se trataba de un agente británico. Estos calumniadores no eran precisamente hombre nuevos.

Shostakovich

Dimitri Shostakovich, el gran músico, sostuvo el ideario comunista desde su juventud. La perversión staliniana le golpeó de lleno e influyó en su actividad creadora.

Es sabido el disgusto de Stalin al asistir a una representación de la obra vanguardista de Shostakovich Lady Macbeth de Mtsensk (que a mí, la verdad, tampoco me gusta). Aquel disgusto del dictador se tradujo en una censura pública de las características de la música de Shostakovich, quien en adelante, mientras vivió Stalin, se dedicó prudentemente a evaporarse tanto como pudo y a componer sobre todo música de cámara. Stalin, que detentaba el supremo poder económico, político y estatal de la Unión Soviética, se creía autorizado a ejercer también, él mismo, el máximo poder cultural (e hizo el ridículo sin dejar de ser terrorífico). Estaba ciego de poder.

Una de las más conmovedoras sinfonías de Shostakovich, la séptima, está escrita en 1941 inspirada por el heroismo de los habitantes de Leningrado bajo el asedio de los alemanes y en su lucha contra el nazismo.

El sufrimiento impuesto por el régimen a Shostakovich, su ninguneo durante años, debieron de preocuparle seriamente: sabía que su existencia y la de su familia estaba amenazada como la de tantos otros. Y sin duda hay huellas de eso en su música, a veces muy expresiva de la tristeza y de la amargura.

Existen algunas filmaciones en las que aparece el compositor. En una de ellas, muerto ya Stalin, el nuevo dirigente principal, N. Khrushev, le saluda muy calurosamente al entregarle una condecoración: es de notar la sorpresa y la reserva con que Shostakovich acoge las efusiones del político (a quien debía haber visto muchas veces al lado de Stalin en retratos y noticiarios cinematográficos); su desconfianza, en suma, cuando hace tiempo que ha comprendido que la deriva del régimen no es precisamente socialista.

Otras filmaciones muestran más tarde a Shostakovich, convertido en algo así como presidente de los músicos soviéticos (honor al que no se podía negar), aplaudiendo protocolariamente con fastidio en actos rituales institucionales; o repartiendo a su vez medallas, por razón de su cargo, con cara de hacerlo sin ningunas ganas. No creía en el valor de las medallas.

Y sin embargo Dimitri Shostakovich fue uno de los grandes artistas de la Unión Soviética que habían simpatizado con la Revolución de Octubre y la habían apoyado activamente.

Una historia de Alberto

El escultor y pintor vanguardista Alberto Sánchez, autor muy conocido por su obra titulada El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, vivió exilado en Moscú. Visitaba yo, ya en el siglo XXI, una exposición retrospectiva suya y al contemplar sus primeras obras, de los años treinta, podía ver en ellas a un artista muy destacado entre las vanguardias de la época. Luego, misteriosamente, sus pinturas se volvían anodinas, triviales, incluso temáticamente insípidas, hasta 1953, en que repentinamente resurgía el autor innovador, con una catarata de obras de arte verdaderas. 1953 fue el año de la muerte de Stalin.

Aquella exposición me hizo comprender que el pintor comunista había vivido aterrorizado en Moscú, hasta el punto de ocultar sus tendencias artísticas nada conservadoras para no ser objeto de la represión staliniana. Una muestra de un elemento del stalinismo: no sólo meterse donde no le llaman, sino capacidad de aterrorizar; y capacidad de sentirse aterrorizado justamente por ser comunista, en el caso de Alberto.

Una observación banal de Khrushev

A principios de los años sesenta del siglo XX, caveat lector, Khrushev, como máximo dirigente de la Unión Soviética, visitó Rumanía. Sabedores de las aficiones y el conocimiento agrícola del dirigente soviético, sus anfitriones le llevaron a ver unas excelentes plantaciones de cultivo de, digamos, X que le gustaron mucho y les felicitó por ello. Casualmente comentó que en su tierra natal, Ucrania, en terrenos parecidos, cultivaban Y. Durante su siguiente visita al país pudo ver horrorizado que toda la plantación de X había sido arrancada y sustituida por plantas Y.

Eso muestra que el lameculismo (habría que inventar alguna palabra culta para eso, tan frecuente) no lo remedian las intenciones socialistas. Tampoco hubo nadie que se atreviera a decirle a Fidel Castro que los alrededores de La Habana no eran adecuados para que crecieran cafetales. El dirigente los quiso imponer y fue un fracaso.

El carro de los vencedores

Los mediocres oportunistas experimentan la tendencia espontánea a subirse al carro de los vencedores y mezclarse con ellos. Suelen alardear ocasionalmente de ser de la primera hora. Las victorias de los de abajo, que siempre cuestan tanto, han de cargar también con esta peste, que tergiversa los objetivos, opera pro domo sua, y es de lo más dogmático cuando le conviene. De hombre nuevo, aquí nada: estos oportunistas son de lo más viejo del hombre viejo.

En realidad hay personas mejores y peores. La cuestión es inventar una sociedad en que abunden las mejores.

13/12/2016

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