Cuestiones de encaje

De disidencias, conflictos entre instituciones y movimientos, y nacionalismos

Albert Recio Andreu

I

Escribo estas líneas antes de que Rajoy sea definitivamente investido de nuevo como presidente del gobierno. A estas alturas esto ya es un hecho consumado. Como son asimismo hechos consumados, y ampliamente debatidos, el golpe de estado y el giro táctico del PSOE, que es el que, en definitiva, provocará la reelección de Rajoy. Hablo de “giro táctico” porque se ha tratado sólo de eso; un giro sin duda doloroso e incomprensible para muchos militantes, pero fácilmente entendible en una estrategia de largo alcance en las dos cuestiones fundamentales que están en el centro de las cuestiones más candentes: la política económica y la cuestión de la organización territorial. Es una visión estratégica en que la “triple alianza” tiene realmente más cosas en común que diferencias, aunque en este giro se han roto tantas barreras del imaginario del votante de izquierdas y se ha actuado tan mal que el PSOE puede acabar pagándolo muy caro (es lo que ocurre con los “volantazos”, que a menudo el vehículo se sale de la calzada).

Hay, sin embargo, una cuestión, en toda la operación forzada para pasar del no a la abstención, de la que la nueva izquierda debería sacar lecciones. Me refiero a las formas y el trato dado a la disidencia. La forma en que fue descabalgado Pedro Sánchez es de un grado tan elevado de chapuza y manipulación que invalida por sí mismo a cualquiera de los actuales dirigentes del PSOE para regir decentemente un país. Lo que lo agrava es la manera en que se está planteando el asunto de los disidentes que no están dispuestos a tragar con el voto a Rajoy (por convicción profunda o por mero sentido de la oportunidad). Aquí vuelve a renacer el viejo modelo del centralismo democrático, según el cual la mayoría debe siempre forzar a la minoría a actuar en contra de sus convicciones; un modelo de centralismo que tiene más de lógica cuartelera que de la pretendida eficacia con la que se pretende justificar.

Un partido que fuerza a sus miembros a actuar sistemáticamente en contra de sus convicciones o que ignora y deja sin protagonismo a las minorías acaba por debilitarse vía escisión o simple abandono. También es cierto lo contrario: ninguna organización puede funcionar con una minoría que esté continuamente bloqueando y oponiéndose al resto. Pero entre estos dos extremos hay muchas posibilidades intermedias, basadas en tres principios básicos: a) que cualquier organización que funcione requiere de la lealtad, del sentido de cooperación entre sus miembros, y para ello deben hacerse esfuerzos y encontrar propuestas integradoras; b) que la disidencia debe ser acotada para impedir que la organización se convierta en una mera batalla de facciones y c) pero que debe haber canales para que en casos de divergencias irreductibles en una cuestión concreta éstas pudieran expresarse. En el caso que inspira este comentario, el PSOE lo hubiera podido tener fácil. Al fin y al cabo, todos sus miembros declaran que coinciden en su programa y en su oposición a Rajoy y en que lo único que los separa es una apreciación sobre cuál es la mejor opción que tomar. Por tanto podía haberse construido un buen relato del voto diferente de unos y otros. Es seguramente pedirles mucho a los actuales dirigentes del PSOE la sofisticación y las convicciones democráticas que exigen el encaje de la disidencia en un contexto de elevada tensión emocional. Falta por ver cómo acabarán resolviendo el embolado. Tal como han ido las cosas, es más factible que acabemos siendo testigos de un nuevo sainete de la compañía de Ferraz.

La cuestión no es tanto saber qué le ocurre al PSOE como sacar conclusiones para el proceso de construcción de la nueva izquierda. Por desgracia, muchas de las experiencias de las corrientes comunistas y los movimientos alternativos son tan penosas como la comentada. Hay una larga tradición tanto de culturas autoritarias como de egos maleducados (y de pequeñas corrientes organizadas que sólo conciben la pertenencia a una organización si la política de la misma coincide con su particular hoja de ruta) dispuestos a romper la baraja a la primera de cambio. Las formas de afrontar los conflictos, de resolverlos, constituyen uno de los puntos cruciales que toda organización debe encarar. Sobre todo si se trata de avanzar hacia un modelo social más justo, deseable e inclusivo. Asistir como espectadores al vodevil organizado por los jerarcas socialistas puede resultar regocijante, pero no puede hacernos perder de vista que la construcción de un nuevo espacio de izquierdas requiere crucialmente el desarrollo de procesos de encaje (que necesariamente incluyen disidencias) civilizados y capaces de superar las fricciones que inevitablemente se producen en cualquier actividad colectiva.

II

En la actual coyuntura, Unidos Podemos va a quedar situada como una opción fuera del sistema. Nada nuevo bajo el sol. Los sistemas tienden a fagocitar a aquellos cuerpos que les resultan extraños o incompatibles con sus lógicas de funcionamiento. La ventaja es que ahora es mucho más complicado aislar a unas fuerzas políticas que ya rozan el nivel de representación de la segunda fuerza y que, además, tienen el control de muchas grandes ciudades; que tienen, por tanto, una base de apoyo social impensable en el reinado de Juan Carlos I. Conscientes de lo complejo de la situación, y de las aspiraciones y la cultura política de la que provienen los integrantes de este nuevo espacio (tanto de Izquierda Unida como del 15M y otros movimientos sociales), ha vuelto a ponerse en circulación una idea recurrente en la izquierda, la de “constituir a la vez una fuerza institucional y de lucha”. Es, en el fondo, una idea a la que ninguna izquierda transformadora puede renunciar. Se participa en la vida institucional porque se reconoce la importancia del poder político y la necesidad de utilizar sus palancas como medio de cambio (algo que, además, es tangible en los “nuevos ayuntamientos” a pesar de sus limitaciones, de la inexperiencia, de los errores “no forzados”). Pero existe el convencimiento de que, sin una sostenida participación y movilización social, es imposible cambiar la correlación de fuerzas y avanzar hacia transformaciones más profundas. La idea general es buena, pero su aplicación en la práctica exige no quedarse en el eslogan. La experiencia histórica es rica en fracasos del modelo.

Las mayores fuentes de problemas se presentan en dos campos diferentes. Por una parte, la gente que accede a las instituciones tiende a quedar absorbida por su propia dinámica interna. No sólo por las pleitesías que le exigen los mecanismos institucionales, sino también (como ocurre en los ayuntamientos) por las necesidades de atender el día a día de la gestión y de la relación con las entidades y la ciudadanía en general. Tienden por tanto a aislarse, y a menudo caen en la tentación de considerar que los movimientos sociales deben desarrollar sus fuerzas en apoyo de las iniciativas que ellos tratan de impulsar en el “toma y daca” de las instituciones. Como a menudo las dinámicas y las lógicas de estos movimientos no coinciden con los ritmos electorales, se produce la sensación de desconexión y abandono que acaba por reforzar el aislamiento inicial, y ello es causa de frustración y desencuentros. Por otro lado, los activistas que están fuera tienden a considerar que sus demandas y propuestas no son bien atendidas por sus representantes. Y tampoco es extraño que los líderes de estos movimientos traten de reforzar su posición contraponiendo su actividad altruista con el trabajo de los profesionales.

Se trata de contradicciones surgidas tanto de las dinámicas contrapuestas de los espacios como de las propias vivencias diferenciadas de las personas que están en uno u otro lugar; sin perder de vista que nadie está exento de comportamientos que en muchos casos generan problemas al conjunto. Hay que ser muy ingenuo para olvidar que en la izquierda coexistan tanto comportamientos altruistas, generosos y solidarios como egoísmos, envidias y “trepas”. Y que éstos se manifiestan también en las dinámicas de la actividad institucional y los movimientos.

La presencia de estos problemas la estimo inevitable, pero no insoluble o, cuando menos, controlable. Y aquí es donde un buen modelo organizativo, nacido de la reflexión y el reconocimiento de estos problemas, debe intervenir, partiendo del reconocimiento de que lo de la lucha y las instituciones es de entrada un terreno conflictivo; generando tanto un modelo de organización autónoma en los dos espacios como buenos mecanismos de diálogo e interrelación entre los mismos, con buenos canales de comunicación donde no sólo se cuente lo que se hace sino que se expongan los límites de la propia acción, la reflexión autocrítica.

Consolidar una nueva izquierda no es tarea fácil. Darle densidad social exige un cuidadoso trabajo no sólo de organización hacia dentro sino de articulación de un variado conjunto de organizaciones, movimientos e iniciativas sociales que generen un apoyo social suficiente. La nueva izquierda no puede configurarse como “representante” de una sociedad civil débil y poco desarrollada. Debe contribuir a su desarrollo. Porque lo que es evidente es que la derecha sí tiene una sociedad civil articulada, sin la cual es imposible entender el continuo apoyo social que obtienen las corruptas y antisociales políticas del PP. Y para que ello sea posible hace falta pensar en un modelo sofisticado de articulación de las diferentes partes de este complejo social. Quedarse en meras formulaciones bien intencionadas no ayuda a hacer frente a viejas y nuevas contradicciones.

III

Si de por sí ya son complicados los encajes que he planteado (el de cómo articular la disidencia interna y el de cómo relacionar las esferas institucional y social), aparece una tercera cuestión allí donde esta nueva izquierda debe coexistir con un movimiento independentista fuerte, como es el caso de Catalunya. La propuesta de En Comú Podem de buscar salidas a la cuestión nacional, de reconocer que hay una masiva aspiración a replantear la relación Catalunya-España, explica en parte su éxito electoral, pero debe hacer frente a una ofensiva independentista en cuyo análisis simplista sobra una fuerza como En Comú. Lo he explicado otras veces. Los estados actuales son en buena medida el resultado de azarosos procesos históricos que no hay ninguna razón para considerar definitivos. (Seguramente, una política mundial realmente transformadora debería cambiar muchas fronteras y generar marcos políticos de escalas diversas que sean distintos de los actuales.) Mi problema con los independentistas es que en general aspiran a construir un nuevo Estado que trate de homogeneizar a la población en función de sus propias visiones de lo “nacional”, un proceso de homogenización que a menudo ejerce una actitud coactiva frente a otras visiones encontradas de lo que es el país y que trata de borrar todo reconocimiento de las contradicciones que coexisten en el interior de la nación. El uso que hizo la derecha estadounidense de lo antiamericano para liquidar a la intelectualidad de izquierdas y a los sindicatos es un ejemplo de manual.

Bueno, pues a esto ya nos estamos empezando a enfrentar en Catalunya. Lo ha padecido en sus carnes la gente de Barcelona en Comú cuando simplemente decidió que el pregón de las fiestas locales lo realizaría Pérez Andújar o cuando ha tenido la “osadía” de organizar una modesta exposición sobre la represión franquista en la que se mostraba una estatua del dictador. (La oposición era, sobre todo, porque se realizaba en el Born, el espacio que ellos consideran ahora el santuario del independentismo, y por tanto no utilizable para otros fines.) [1]

Estamos ahora ante otra batalla cultural en la que el independentismo trata de borrar toda huella de conflicto de clases y traducir la historia reciente en un enfrentamiento entre España y Catalunya. Por un lado, prolifera un discurso histórico tendente a plantear la Guerra Civil como una guerra contra Catalunya (hay quien ya escribe sin rubor que Catalunya tuvo dos “momentos cero”, el de 1714 y el de 1939). Si bien es cierto que uno de los componentes de la política franquista fue el de imponer una visión unitarista del nacionalismo español, es evidente que esto formaba parte de un programa que tenía como objetivo central instaurar una dictadura de clase y que incluía, además, un claro proyecto de dictadura católica. Y tan evidente es que quienes se opusieron al franquismo fueron las izquierdas, los laicos y los nacionalistas periféricos como que una gran parte de la alta burguesía catalana formó parte del bando franquista (con intervenciones tan notorias como la de Cambó, el líder de la derecha catalanista, erigido en uno de los principales financiadores de Franco, o la de Demetrio Carceller, de la familia propietaria de la cervecera Damm, que ejerció como ministro en plena Guerra Civil). Fue una Catalunya —la laica, la popular, la de izquierdas, la obrera— la derrotada, pero otra Catalunya recuperó sus privilegios y se benefició de un nuevo marco institucional en el que proliferaron los negocios.

El último episodio en esta dirección lo está protagonizando Òmnium Cultural, una de las entidades generosamente financiadas por la Generalitat y que, junto con la ANC, ha constituido el eje vertebrador de la movilización social independentista. Ahora ha iniciado un ambicioso proyecto de “Lluites compartides” (“Luchas compartidas”) en el que pretende presentar las numerosas movilizaciones sociales habidas en Catalunya como formando parte de un todo colectivo que culmina en las actuales movilizaciones independentistas. Se trata de una enorme mistificación histórica y social. Los que hemos participado en numerosas movilizaciones de todo tipo sabemos por experiencia que ni el independentismo ha jugado ningún papel significativo en las mismas, ni los prohombres independentistas las han auspiciado con devoción [2]. Muchas de ellas son sobre todo conflictos en torno a intereses locales (especuladores, empresarios, depredadores), sin contar el inestimable papel que fuerzas catalanas, como la fenecida Convergència i Unió, han desempeñado en muchas de las propuestas políticas más reaccionarias y que han generado luchas importantes, como las diversas huelgas generales. El objetivo de esta movida es tratar de ganar predicamento en sectores de la izquierda alejados del independentismo y, al mismo tiempo, impedir que se consolide un relato diferente, el que conecta los comunes con la tradición obrerista, radical, con los movimientos sociales de décadas pasadas; en suma, para impedir la consolidación de un referente colectivo distinto del de sus estrechas visiones de lo nacional.

También aquí hay un problema de encaje. Se trata no sólo de defender una solución justa al choque de trenes territorial, sino de construir una cultura social distinta del mundo en blanco y negro que pretenden construir los independentistas. Y el nivel de violencia simbólica que éstos están desplegando (con el apoyo de importantes medios de comunicación y su denso tejido de sociedad civil, del que ya habló en estas páginas José Luis Gordillo) puede conllevar un retraimiento y una falta de claridad política. Vertebrar un espacio anacionalista y al mismo tiempo respetuoso con la diferencia es otra de las tareas que los tiempos actuales exigen a una izquierda con pretensiones.

IV

El objetivo de estas líneas es simple. Tratar de detectar espacios donde la nueva izquierda debe desarrollar políticas a la vez sensatas y audaces. Debe tratar de superar cuellos de botella que impidan la consolidación de un proceso que, con todas sus limitaciones e insuficiencias, ha conseguido romper con el reducido espacio en que las fuerzas transformadoras han tenido que sobrevivir durante demasiado tiempo.

 

Notas

[1] El Born es el antiguo mercado central de frutas y verduras de la ciudad. Cuando éste se trasladó a la Zona Franca, quedó un espacio inutilizado y bajo la amenaza de alguna operación especulativa. Fue el movimiento vecinal barcelonés el que se movilizó para salvar el bello espacio del mercado modernista. Se pensó en darle el uso de Biblioteca Provincial, pero al empezar las obras se descubrió que su subsuelo guardaba las ruinas de parte de la trama urbana de la ciudad destruida en la guerra de Sucesión. Entonces un grupo de historiadores progresistas se movilizaron para preservar este espacio como muestra del antiguo tejido urbano. Los independentistas acabaron considerándolo un espacio casi sagrado, la zona cero de la independencia, algo que reforzó el mandato convergente de la legislatura anterior.

[2] Mi experiencia con Òmnium es que declinaron la oportunidad de formar parte de un incipiente movimiento de denuncia de la corrupción en el Palau de la Música. La Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona, que propiciaba la propuesta, finalmente se presentó, y sigue estándolo, como acusación particular y consiguió salvar los intentos de ser expulsada del juicio gracias a que mucha gente colaboró en reunir los 6.000 euros que el juez fijó como fianza. Que una de las instituciones más tradicionales de la cultura catalana estuviera trufada de corrupción parece que Òmnium no lo consideró un tema por el que compartir una lucha.

31/10/2016

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