De órdagos, bloqueos y alternativas

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Albert Recio Andreu

I

Para cambiar la sociedad es necesario conocer sus estructuras y sus dinámicas. Esta fue la idea básica que plantearon Marx y Engels, y una de sus aportaciones más fructíferas. Éste es, al menos en el plano de los deseos, uno de los planteamientos básicos que subyace en el plan de trabajo de todas las organizaciones que se plantean transformar la sociedad. Pero es una base de trabajo que a menudo choca con otro componente necesario de la acción política y social: el voluntarismo. Es éste último el que nos genera energías para llevar a cabo iniciativas que de entrada parecerían quiméricas. La tensión entre realismo y voluntarismo está presente en toda la historia de los movimientos emancipatorios. Y, demasiadas veces, ha sido el componente voluntarista el que se ha acabado imponiendo y generando una lectura distorsionada de la realidad y la adopción de políticas mal pensadas, que han conducido a fracasos estrepitosos.

En el período de hegemonía neoliberal, esto ha sido especialmente recurrente ante la necesidad de acabar con unas políticas que son generadoras de desigualdad, injusticia global y aceleradoras de la crisis ecológica. Se ha necesitado mucha subjetividad para enfrentarse a las mismas, y a menudo se ha impuesto sobre un planteamiento más realista de las políticas. Sobre todo porque se ha hecho sin tener un esbozo sólido de un verdadero plan alternativo. Paradójicamente, parte de esta subjetividad ha venido reforzada por uno de los principales productos de la sociedad neoliberal: el individuo autosuficiente, seguro de sí mismo, producto del éxito escolar y que al advertir los fracasos del sistema se siente con fuerzas y conocimientos para hacerle frente. Por ello, también, gran parte de los movimientos de respuesta son tan poco colectivistas, organizados y a la vez proclives a la muerte súbita ‒el 15 M o el modelo organizativo de Podemos es buena muestra del tipo de respuestas que genera el contexto actual‒.

Si siempre me ha parecido que es mejor empezar por el realismo es porque creo que es la única vía realmente transitable para avanzar en una transformación social profunda y de largo alcance. Una transformación para la que se requieren corredores de fondo capaces de reactivar su voluntarismo de forma iterativa. Algo que sólo se suele conseguir con un buen conocimiento de los propios límites, de las dificultades que van a producirse y con la fijación de objetivos intermedios que tienen de realimentar el coraje necesario para la acción.

II

Esta reflexión viene a cuento a la hora de evaluar la situación política del país.  El bloqueo parlamentario provocado por los resultados generados en los dos recientes comicios refleja en gran medida una situación de bloqueo social entre los que quisieran cambiar el marco constitucional y los que se aferran al mismo. Lo que resulta revelador es que cuando se compara estos resultados electorales con los de tiempos pasados se advierte lo poco que el país ha cambiado en términos electorales. Me tomé la libertad de mirar qué había ocurrido en el 36. Según lo que encontré en una consulta rápida en Google, el bloque de la derecha y el de la izquierda sacaron un porcentaje de voto parecido (en torno al 47%). Es posible que el dato sea incorrecto, pues la fuente es Wikipedia (la mayor parte de páginas que aparecen en la primera entrega de Google cuando escribes elecciones generales de 1936 están copadas por los artículos de los autores revisionistas de la extrema derecha que justifican el levantamiento franquista como una respuesta al pucherazo electoral y la insurrección militar de la izquierda, penoso), pero apunta bastante a la persistencia de la situación actual. En diciembre, el bloque de derechas (PP, Ciudadanos, UPyD y Coalición Canaria) sumaron en 43,59% de los votos; en junio (sin contar ya los votos de UPyD) el 46,38%. El bloque que equivaldría al Frente Popular (PSOE, Podemos, IU, las confluencias, ERC, EH Bildu) alcanzó respectivamente el 49,61% y el 47,16%. He dejado fuera de cálculo a CDC y PNV, que en el contexto actual podrían sumar en el bloque de ruptura, mientras que en el pasado su posición fue más ambigua. Aunque el grueso del PNV acabó sumándose de forma tibia al bloque republicano, la Lliga Catalana se alineó claramente con la derecha.

No obstante, las circunstancias actuales son diferentes. Y si contamos que parte del declive del “bloque reformista” en junio de 2016 se debió a un sustancial aumento de la abstención, parece haberse producido un ligero desplazamiento del electorado hacia la izquierda. Pero sólo muy ligero y muy inestable. En lo sustancial, el país sigue bloqueado. No sólo en el eje derecha-izquierda, sino también porque lo que permite pensar en un bloque transformador incluye necesariamente al nacionalismo de izquierdas de Catalunya y Euskadi (y en menor medida gallego y valenciano), y este es un factor que complica aún más todas las respuestas. Este panorama dibuja dos cuestiones elementales. En primer lugar, cualquier proceso transformador en el estado español requiere una política bien pensada de erosión de las bases culturales que sostienen a la derecha. Requiere también situar la cuestión de las nacionalidades periféricas en el programa de cambio. Algo que al mismo tiempo puede que constituya un escollo principal. En todo caso, la continuidad de planteamientos obliga a pensar que lo que para una buena parte de nosotros significa una crisis del régimen es, cuando menos, una crisis que los poderes reales pueden mantener en el congelador porque siguen contando con suficiente masa social.

En segundo lugar, hay otra constante que se ha vuelto a repetir en las elecciones vascas y que es habitual en Catalunya. En las autonómicas los nacionalistas superan a la izquierda. Entender que hay un comportamiento dual de parte del electorado (aunque no idéntico, el voto de izquierdas en las generales puede dar lugar a un voto nacionalista o a la abstención) es básico para desarrollar nuevas políticas y para no desanimarse excesivamente cuando viene el bajón.

III

En la reforma política se diseñó un esquema bipartidista manejable para las clases dirigentes. Estaba solo la excepción de Catalunya y Euskadi, pero no era muy importante porque se contaba con partidos dispuestos a pactar en ambos bandos, y sobre todo a dar apoyo a las políticas neoliberales que aprobaron los sucesivos gobiernos. Este esquema funcionó durante bastante tiempo, aunque siempre fue más cómodo para el Partido Popular (altamente beneficiado por la asignación provincial de escaños y por la mayor tendencia a la homogeneidad de la derecha). El PSOE se benefició largamente del papel marginal primero del PCE (dinamitado por Santiago Carrillo y sus adláteres) y luego de Izquierda Unida. Cuando las políticas del PSOE perdieron atractivo (como a principios de los años 80), la izquierda siguió siendo perdedora.  Ha sido la crisis y la corrupción las que han roto este esquema. Pero la cosa vuelve ser más peliaguda para los del PSOE. La ruptura de la derecha, con la irrupción de Ciudadanos, puede que sea más episódica. Se trata de una operación lanzada desde arriba, poco implantada socialmente, demasiado tecnocrática en sus formas y que sólo ha conseguido arrastrar a una parte relativamente reducida del electorado pepero. No está claro que pueda aguantar una sucesión de procesos electorales, sobre todo si el miedo a la izquierda favorece el voto útil de la derecha.

Para el PSOE, en cambio, la cosa es mucho más complicada. El crecimiento de las candidaturas en el entorno de Podemos (más la suma de Izquierda Unida) es mucho más profunda, pues tiene que ver con los efectos sociales de la crisis, conecta con las viejas redes de acción colectiva y traduce el desencanto con las políticas de austeridad a las que tan insensatamente se rindió Zapatero. El espacio de la izquierda va a estar seguramente repartido para bastante tiempo. Y hoy vuelve a ser evidente que la única posibilidad de proyecto alternativo al de la derecha es algún tipo de salida como la que se dio en el treinta y seis (salvando todas las distancias), una que sume a las distintas sensibilidades de la izquierda con la izquierda nacionalista (e incluso negocie una salida con los partidos nacionalistas conservadores). Una tarea para la que el PSOE parece estar totalmente negado y que a corto plazo tiene pocos visos de fructificar. El PSOE ha sido incapaz de desarrollar una propuesta sustancialmente diferente a la del PP en lo que respecta a las nacionalidades periféricas. Y el giro de última hora de Pedro Sánchez proponiendo una alternativa de Gobierno a Rajoy ya se veía demasiado improvisada para llegar a buen puerto. Tampoco, de forma mayoritaria, ha sabido el Partido Socialista entender que a su izquierda hay un ancho espacio con el que debe convivir y cooperar, y ha seguido soñando con la posibilidad de recuperar todo el espacio de la izquierda.

IV

El día 28 de septiembre se lanzaron dos órdagos, de naturaleza distinta, pero que dinamitan cualquier posibilidad de construir un bloque que pueda enviar a la corrupta cúpula del PP a la oposición.

El más brutal es, sin duda, la ruptura del propio PSOE provocada por los barones del partido. Es una maniobra insólita en cuanto a la brutalidad y la torpeza. Su único objetivo parece ser el desplazar a Sánchez e imponer la abstención del partido ante el nombramiento de Rajoy. Resulta sarcástico que, una vez más, sean los defensores del orden (de la integridad nacional, del saber perder…) quienes protagonicen una acción tan chapucera, irresponsable y suicida. Hasta ahora ninguna organización ha salido indemne de una operación de este tipo (existen precedentes a derecha ‒UCD‒ e izquierda ‒PCE, IU‒) y no es previsible que un partido en clara línea de declive vaya a salir indemne.

La cuestión es sólo saber la profundidad de la crisis que han abierto los críticos. Unos críticos auspiciados por voceros afines (de nuevo impagable el papel del grupo Prisa) que han hablado de fracaso absoluto en las autonómicas de Galicia y Euskadi sin entrar a analizar que se trata de una caída porque el partido tiene un competidor a su izquierda.  Desconozco el pensamiento profundo de Sánchez (en sus apariciones ni él ni ninguno de sus seguidores parece capaz de articular un discurso que vaya más allá de los eslóganes), pero parece que en sus últimas propuestas aletea el reconocimiento de que las pérdidas están a la izquierda y que hay que llegar a una entente con los nacionalistas periféricos. Todo bastante de Perogrullo. Los dinamiteros lo son en tanto están dispuestos a bloquear cualquier giro a la izquierda. Y también porque en muchos casos son nacionalistas autonómicos que piensan sólo en clave de sus intereses regionales. Sin una propuesta diferente de articulación del Estado es imposible desatascar su situación, pero si su interés es mantener el poder en Andalucía o Extremadura, posiblemente resulta mucho más útil seguir apelando al no hay nada que tocar (de esto sabemos mucho en Catalunya, donde CDC y ERC han jugado hábilmente la vía de los males de Madrid para esconder sus carencias y sus vergüenzas).

El mismo día que la gente de orden dinamitaba el PSOE, en Catalunya asistíamos al lanzamiento formal de la propuesta del RUI (Referendum Unilateral de Independencia). Una propuesta que más parece diseñada para aguantar al Gobierno Puigdemont y dar nueva carnaza al encallado Procés que una maniobra política realista. Es la estrategia del “Qui dia passa, any empeny” (quien pasa un día empuja el avance de un año) en el que lo importante es tener un nuevo objetivo que parezca creíble. En términos técnicos hay muchas dificultades para llevarlo a cabo, puesto que habrá que esperar todo tipo de impedimentos por parte del Estado central. En términos políticos la cosa parece peor. Para que un referéndum de independencia sea aceptable se requiere tanto que se produzca un debate previo claramente abierto a todos los pronunciamientos como una participación inclusiva, en la que todo el mundo se sienta que vota en igualdad y se acepten, por tanto, los resultados. 

Un referéndum alternativo, organizado en el contexto de un elevado enfrentamiento con Madrid (y, por ejemplo, torpedeado por la mayoría de medios de comunicación estatales) difícilmente cumplirá estos requisitos. Y seguramente dará lugar a un elevado grado de abstención que cuestionará su validez. Los independentistas catalanes siguen pensando que su situación es asimilable a la de los países del Este de Europa, y no han comprendido que en aquel caso había muchos intereses internacionales (especialmente de Alemania y Estados Unidos) que conspiraban a su favor, lo que no se da en el caso actual. Al adoptar un envite del todo o nada dinamitan además la posibilidad de llegar a acuerdos con fuerzas estatales con las que, en el caso de alcanzar el gobierno, podría explorarse una salida alternativa. Más bien parece, aunque seguro que no está en la intención de sus autores, que Díaz y Puigdemont han efectuado una maniobra de pinza que fortalece aún más la posición de Rajoy.

V

Después de los órdagos, la elección del nuevo Gobierno parece cerrada (o el PSOE se acabará absteniendo en una nueva sesión de investidura o iremos a unas terceras elecciones en un contexto muy favorable para Rajoy). Se cierra un bloqueo y se abre una nueva etapa, que puede ser muy convulsa en lo económico, lo social y lo político. Por situar tres hitos: nuevo plan de ajuste, nueva reforma laboral, el RUI o sus sucedáneos. Y en la que se abre también un nuevo espacio de recomposición de la izquierda, el que puede dejar abierto la crisis del PSOE. Y, en todo caso, de consolidar el espacio que ya se ha ganado en la fase que ahora parece cerrarse. 

Se trata de una posibilidad de consolidar un nuevo proceso a medio y largo plazo. Y que requiere no caer en las mismas trampas de siempre. Construir una izquierda amplia y plural, realista y movilizada, capaz de encontrar salidas a los problemas que plantea la articulación de un país de naciones es difícil. Exige determinación, reflexión, tesón y capacidad de integración. Exige un modelo organizativo integrador, dialogante y, al mismo tiempo, eficaz. No son tareas para un líder carismático, sino para equipos amplios de gente, trabajando en espacios diferentes y cooperando entre sí. No parece que Twitter sea el mejor instrumento para llevar a cabo esta tarea. Pero es una obligación y una necesidad para todas las personas que pensamos que el neoliberalismo no es una estación de llegada y que aspiramos, cuando menos, a mejorar el presente y recomponer el estropicio social. Es la hora del voluntarismo realista, de pensar dónde están los puntos débiles de propuestas políticas y organizativas, y de construir una verdadera organización alternativa. Los líderes tienen una enorme responsabilidad, pero todos debemos compartirla.

9/2016

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