Las torturas, una y otra vez

Antonio Madrid

A principios de mayo, los medios de comunicación masivos dieron publicidad a fotografías repugnantes, confirmando de esta forma que efectivos de las tropas estadounidenses e inglesas estaban torturando a detenidos iraquíes. Estas fotografías llegaban con retraso. Hacía tiempo que circulaban en la red vídeos y fotografías sobre estas mismas prácticas. Tanto los gobiernos de Estados Unidos, como de Gran Bretaña, conocían esta situación.

Lo que ha cambiado a partir de mayo es la amplia difusión que han alcanzado algunas de las fotografías. Por más que desde ese momento se oye el rumor de las vestiduras al rasgarse, no hay que confundirse, una cosa es que los poderes estatales se inquieten ante la publicidad y otra bien distinta es que tengan voluntad real de acabar con las torturas.

Amnistía Internacional expone en su Informe 2004 que durante el año 2003 se maltrató y torturó en 130 países. El informe detecta un claro incremento de esta práctica estatal. España es uno de estos países en los que la tortura es una realidad de Estado. Tanto el Consejo de Europa como la ONU, mediante sus respectivos comités contra la tortura, han denunciado la situación española y han presentado propuestas tendentes a dificultar y evitar las torturas. El gobierno del PP las rechazó y el actual gobierno del PSOE hace lo mismo. Hay dos medidas propuestas por los organismos internacionales que podría adoptar el actual gobierno: reducir el tiempo que se puede mantener incomunicado a un detenido —pasó de 5 a 13 días en 2003— y admitir que un médico de confianza pueda reconocer al detenido. Mientras no se adopten éstas y otras medidas de prevención, más vale guiarse por lo que hacen los poderes estatales y no dejarse engañar por lo que dicen.

El poder trata de silenciar, negar y hacer olvidar aquellos sufrimientos que le incomodan. Ante esto hay tres cosas que como mínimo podemos hacer: luchar por saber la verdad como forma de evitar que impere el engaño, la mentira y la manipulación; no caer en la impersonalización del sufrimiento —los torturados son personas con rostro, sentimientos, seres queridos, nombre se tenga o no fotografías de ellos— y mantener la memoria histórica del sufrimiento que han soportado y soportan las personas como cuestión política irrenunciable.

Las torturas practicadas muestran, además de un modelo repugnante de actuación, un modelo de formación. Los futuros torturadores son seleccionados y enseñados en los centros de formación militar. En los años sesenta el militar francés Roger Trinquier puso por escrito —Le guerre moderne, La table ronde (1961) y Guerre, subversion, révolution, R. Laffont (1968)— las técnicas a utilizar en los interrogatorios, incluida la tortura. La batalla de Argel refleja de forma tan fidedigna estas técnicas, que los propios servicios secretos franceses la utilizaron para aleccionar a sus efectivos. Estas prácticas luego fueron enseñadas en las escuelas militares de Estados Unidos, cuyos discípulos las aplicaron en Vietnam. De aquí se extendieron por Argentina, Chile De todo esto hay que guardar memoria colectivamente.

Ante las fotografías que han sido publicadas, cabe preguntarse en qué condiciones han sido hechas: por indicación de los propios mandos político-militares, a petición de los soldados... No parece haber improvisación, tampoco cámaras ocultas. La cuestión, y las consecuencias que se derivan de ello, son terribles. Hablan de una estructura estatal que utiliza el terror —terrorismo de Estado— para destruir personas. Ante esto bien vale la pena hacer que se sepa la verdad y fomentar las resistencias ante esta manifestación repugnante de la arbitrariedad estatal. El estado que utiliza o ampara el terror en su actuación es un estado terrorista.

6/2004

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