Dilemas y prácticas políticas: panorama electoral y gestión municipal

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Joan Busca

 

I

 

Como en el juego de la oca, volvemos al punto de salida. Pero todo el que ha jugado sabe que cuando cae en la cárcel la partida ya lleva su dinámica, y volver a la salida no es lo mismo que volver a empezar de cero. En la convocatoria de junio los electores tendrán en cuenta lo ocurrido en el interregno, y el resultado puede variar. De hecho, todas las maniobras de los grandes partidos han tenido en cuenta esta posibilidad. El PP, confiando en que la repetición hará aumentar la abstención de los votantes de sus rivales (y la decantación de parte de los de Ciudadanos), lo que permitirá mejorar sus resultados y repetir Gobierno. Los de PSOE y Ciudadanos han apostado por tratar de mostrar que ellos son los únicos que han sido capaces de llevar a cabo un “pacto entre opuestos” que prima la gobernabilidad del país por encima de sus intereses partidistas. Y Podemos confía en lo contrario, que el giro a la derecha del PSOE y la posible confluencia con Izquierda Unida les permitan el sorpasso de los socialistas, y reforzar así su posición de alternativa de izquierdas. Está por ver cuál de estas estrategias es la que resulta más acertada. Como no soy politólogo, ni tengo información de primera mano de lo que muestran las encuestas que no se publican, me voy limitar a discutir la estrategia de la izquierda y sus posibilidades a partir tanto de analizar lo hecho hasta ahora como de la experiencia de gestión municipal en Barcelona (lo que conozco de otros lugares es demasiado fragmentario para tener una visión clara, aunque sospecho que se parecerá bastante a lo de aquí).

 

II

 

Podemos (Izquierda Unida quedó fuera de juego por su pingüe resultado electoral) tenía una papeleta complicada que le planteaba salidas complejas. Pero a esta dificultad se han sumado fallos propios que no pueden achacarse al entorno. La complejidad venía del propio resultado electoral. Todas las sumas para hacer mayoría eran insuficientes, y exigían la renuncia de partes importantes del programa. La propuesta de un gobierno de izquierdas (yo le llamaría de Frente Popular por su parecido con 1936 en cuanto a su composición socio-política: la suma de las izquierdas y los nacionalismos periféricos) era sumamente difícil tanto por el giro centralista del PSOE (el federalismo ha sido en este campo flor de un día) como del radicalismo del nacionalismo catalán refugiado hace tiempo en el limbo de “l'Estat propi”. Si esta confluencia no era posible, y de entrada quedó claro por la posición del PSOE, sólo había una alternativa posible contando con Ciudadanos.

Podemos no podía pactar con ellos porque la política de estos últimos afecta directamente a dos de los puntos cruciales de separación (“clivaje”) de estas fuerzas: la cuestión socio-económica y la cuestión social. Sólo quedaba aceptar la demanda de abstención en pro de un gobierno Sánchez-Rivera. Aceptarla tenía el mérito de favorecer un Gobierno que expulsara al corrupto PP del Gobierno. Pero a su vez tenía tres inconvenientes: a) la incomprensión de una parte importante de la base de votantes más radical o de los miles de resentidos con el PSOE; b) no garantizaba ningún giro importante en ninguna cuestión clave, no sólo por el anclaje que Ciudadanos impondría al nuevo Gobierno, sino también porque éste tendría enormes opciones de pactar muchas cuestiones controvertidas con los restos del PP; c) porque ello bloqueaba totalmente la estrategia de “golpe de mano” al poder aprovechando “una coyuntura favorable”, estrategia que en buena medida ha constituido la política de la nueva izquierda.

Como no estoy en el debate interno no puedo saber cuál de estos factores pesa más, aunque viendo el modelo de acción de Podemos me inclinaría a suponer que el tercer elemento sigue siendo el dominante en su política, y que la dirección de este partido sigue pensando que cuando menos es posible que la repetición del ciclo electoral les permita situarse como primera fuerza de izquierdas. Lo bueno que ha tenido esta opción hasta el momento es que Podemos se ha situado como una fuerza con opciones de victoria, superando la visión a veces automarginal de Izquierda Unida / Iniciativa per Catalunya. Lo malo, que ello le impide reconocer sus propias debilidades internas y los límites de su acción en el momento presente.

Y si pienso que los líderes de Podemos, especialmente Pablo Iglesias, lo han hecho bastante mal es precisamente porque las dinámicas de la victoria les han conducido a desarrollar un discurso fundamentalmente basado en el “quién mandará” en lugar de centrarlo en discutir abiertamente de los problemas concretos. Para gran parte de la población con baja formación política y bombardeada por el discurso dominante, ha parecido que el problema de Podemos era únicamente el de tener la hegemonía en la formación de Gobierno, mientras han quedado totalmente ajenos al debate los problemas concretos que realmente levantaban abismos: las políticas económicas, laborales, el problema de las nacionalidades periféricas, etc. La única forma de romper la dictadura neoliberal es suministrando ideas y propuestas que ayuden a la reflexión. Cuando el debate se reduce a cómo se formará el Gobierno, se refuerza la peor imagen de la política como reparto del poder. Y se deja la puerta abierta al discurso fácil de que hay que ponerse de acuerdo como sea por el bien del país.

 

III

 

Sea cual sea el resultado de las elecciones de junio, los dilemas que ahora se han planteado volverán a presentarse. Existe el peligro de que sea con una versión peor, con un PP reforzado por la abstención o capaz de poder pactar con Ciudadanos (lo que le puede acarrear a Podemos el sambenito de haber propiciado la resurrección de Rajoy). Podría ser que el resultado fuera parecido al actual pero con una coalición Podemos-Izquierda Unida como primera fuerza de izquierdas. O, lo que parece menos probable, que volviera a darse un resultado parecido al anterior con cambios marginales en las posiciones. De que el escenario sea el segundo o el tercero depende crucialmente de si sea alcanza el pacto entre Podemos e IU. Esta es una cuestión crucial no sólo por razones de rédito electoral sino por un motivo mucho más fundamental: el de demostrar que los líderes y las organizaciones que pretenden representar a las clases populares tienen la suficiente madurez para establecer un marco de colaboración capaz de generar dinámicas positivas. Si vuelven a fracasar en el intento, no valdrán excusas. Nadie puede pensar que tiene capacidad de dirigir un país cuando es incapaz de unir a las propias fuerzas, máxime cuando los programas políticos son tan cercanos y cuando ya hay experiencias en Catalunya y Galicia que muestran que la cosa puede funcionar. 

Pero tanto el segundo como el tercer escenario vuelven a plantear qué hacer el día después. Y aquí los dilemas vuelven a surgir en un escenario diferente. Repetir las dilaciones de esta legislatura es suicida. Significa ahondar en la despolitización de masas, y sobre esta base no es posible crear ninguna acción colectiva transformadora. Y ambas situaciones pueden significar salidas complicadas (descartando que sea posible una victoria de la coalición de izquierdas tan contundente que permitiera formar con facilidad un Gobierno) puesto que una vez más obligan a pactos “con el diablo”. Y aquí es donde haría falta más claridad de ideas y saber qué es más esencial, si alcanzar el poder en el menor plazo posible o realizar una operación de largo plazo que permita construir hegemonía moral y política y condicionar las iniciativas del adversario. Como temo que vamos a volver a enfrentarnos a un nuevo contexto de recortes y recesión, me parece más interesante marcar posiciones, hacer pedagogía social y construir a largo plazo que empeñarse en una batalla frontal que se perderá a corto plazo. Esto se traduce en dos posibilidades divergentes: o la de marcar algunos puntos programáticos esenciales (a mi entender, básicos serían una reforma fiscal, una reforma laboral que recupere derechos, una reforma del sistema productivo, protección social, libertades, y propuestas de diálogo para encarar los conflictos con las nacionalidades periféricas) y negociarlos en un posible gobierno, o bien dar una oportunidad a un Gobierno con el PP (mediante abstención) con toda la carga crítica que se cree y con un trabajo a largo plazo que pueda realmente dar lugar a un cambio cuando el programa de este Gobierno fracase.

Y lo pienso porque la debilidad de la izquierda no es sólo electoral, es sobre todo social. Si siempre me ha interesado Gramsci es porque creo que fue el primer pensador marxista que se dio cuenta que el esquema simplista de las clases sociales que elaboró la socialdemocracia alemana (con su mecánica confianza en que el mero crecimiento de la clase obrera se traduciría en el triunfo de una paulatina “revolución electoral”) era inadecuado para hacer frente a la complejidad institucional y social de las sociedades capitalistas reales. (Y aún más inadecuada la respuesta del leninismo soviético que sólo podía funcionar en sociedades autocráticas como la rusa o la china). Y hoy las cosas son todavía más difíciles que entonces porque la sociedad es más compleja, el poder de penetración cultural del capital a través de los medios de comunicación, de la publicidad y, en parte, del sistema educativo es muy superior y arrastramos los fracasos de los diversos experimentos autocráticos de izquierda. Por ello hay que pensar, tanto o más que en los movimientos para alcanzar el poder político, en los procesos sociales, políticos y organizativos que pueden realmente ayudar a generar una diversa hegemonía social.

 

IV

 

Ver lo que ocurre con el poder allí donde se tiene es otra forma de aprender de la situación. En Barcelona obtuvimos un gran éxito electoral gracias a un cúmulo de circunstancias favorables: una candidata con un enorme poder de comunicación y carisma, una movilización entusiasta de diversas corrientes de izquierda, un período preelectoral donde abundaron los conflictos urbanos frente al poder establecido… Y en muchos campos esta situación favorable no se ha desvanecido. Hay, salvando los casos particulares, mucho voluntarismo y dedicación en los nuevos políticos de Barcelona en Comú, se ha conseguido cambiar el clima de relación con la población y se han realizado algunas acciones políticas que responden a las demandas que llevaron a Ada Colau a la alcaldía.

Pero, a pesar de todos estos elementos favorables, abundan los problemas. El primero, y a corto plazo fundamental, es que se ganaron las elecciones, pero muy lejos de la mayoría absoluta (la buena noticia es que es prácticamente imposible que se pueda formar una coalición de partidos que pueda desbancar al Gobierno actual) y esto conlleva una casi permanente paralización de iniciativas. Cuando escribo estas líneas aún no se ha conseguido ni siquiera una ampliación del presupuesto municipal para 2016 respectó al que aprobó CiU en 2015 (y nadie sabe cómo se podrá funcionar presupuestariamente hasta 2019, a pesar de que no existe un problema económico importante en la ciudad). La parálisis que puede generar esta ausencia de pactos es abismal y puede acabar con cualquier gobierno. Es cierto que el problema de pactos no es culpa del equipo de Gobierno, pero indica cuando menos que una victoria insuficiente puede conducir a una experiencia inviable si no se tiene en cuenta la variable de alianzas. (El tema CUP lo dejo para otra ocasión).

Un segundo frente se encuentra en la cuestión técnico-programática. Para llevar a cabo los proyectos hacen falta personas capacitadas y programas bien pensados. Hay, ciertamente, gente preparada en algunos campos, pero en otros hay mucha inexperiencia. Y a menudo se cae en la dependencia de los altos funcionarios, cuya cultura e intereses están fuera y en contra de los proyectos progresistas. La base de técnicos y expertos de izquierdas es demasiado tenue, y en ocasiones está demasiado alejada de la gestión y la administración para dar respuesta a la enorme cantidad de demandas y desafíos que experimenta el nuevo gobierno municipal. Y el acceso al Ayuntamiento ha generado un cierto vaciamiento de la gente más preparada en diversas organizaciones sociales. No es difícil imaginar lo que ocurriría si tras la “toma” del Ayuntamiento se entrara en instituciones de orden superior. Existe el peligro de que la falta de gente preparada acabe por retornar el poder a los técnicos de siempre, los que aplican las soluciones convencionales.

En tercer lugar, está la cuestión archiconocida de los poderes económicos establecidos, de su densa red de intereses, de su enorme poder sobre los medios de comunicación social, y de su capacidad de fomentar movimientos reactivos. Algo que empieza a detectarse en los intentos del Ayuntamiento por regular un modelo de turismo depredador, o de hacer frente a la grave contaminación que padece la ciudad provocada fundamentalmente por el uso del automóvil, o la batalla que se plantea por la municipalización del agua. Como este es un hecho conocido, simplemente recordar que ante enemigos poderosos es necesario plantear estrategias complejas, que a menudo se olvidan cuando prima el voluntarismo.

En cuarto lugar, está la cuestión de la participación y la construcción de alianzas sociales. En gran parte la nueva izquierda eclosionada en el 15-M tiene una visión de la democracia y la sociedad en la que coexisten elementos de democracia radical e igualitarismo con muchos elementos post-modernos y hasta cierto punto clasistas. Ello se traduce especialmente en una incapacidad de desarrollar buenas conexiones con lo que queda de movimientos tradicionales organizados y de implantación real en los barrios obreros. Algo que es paradójico por cuanto han sido en estos barrios donde se gestado el éxito electoral de Barcelona en Comú. No quiero magnificar el problema, también en esto hay claros y oscuros, pero las dificultades están ahí. Por ejemplo, en un proceso de elaboración del nuevo Programa de Acción Municipal, que se ha pretendido abiertamente participativo pero que, tal como se ha desarrollado, ha generado la imagen de que era más relevante la participación individual (mayoritariamente de individuos de clase media educada) que la que se lleva a cabo ‒y en muchos barrios con larga tradición y participación‒, a través de los movimientos organizados.  Por no citar el persistente desencuentro con un mundo sindical con el que no hay verdadera capacidad de generar puentes y sinergias.

De momento son sólo síntomas, pero las cuatro limitaciones que planteo ‒la de gobernar con necesidad de pactos, la de contar con buenos equipos técnicos, la presión de los poderes económicos y la construcción de una alianza con movimientos e instituciones, con la clase obrera real‒ pueden conducir a un naufragio de un buen proyecto. Y son buenas pistas de lo que uno debe plantearse si piensa que puede dirigir un país y llevar a cabo una política alternativa a la dominante.

 

V

 

Me permito un epílogo. Escribo la víspera del 1º de Mayo. La jornada se presenta bastante desleída. Con unos sindicatos más atemorizados que combativos a pesar de las amenazas de nuevas políticas de austeridad y las reformas estructurales. Con una inmensa masa de personas padeciendo inseguridad económica, paro, marginación social, fragmentación, pérdida de derechos. Y con una intelligentsia de izquierdas que a menudo mira por encima del hombro en lugar de trabajar por recomponer una hegemonía social desde abajo. Soy crítico con los líderes sindicales, con lo que proponen. Entiendo las limitaciones actuales de las políticas sindicales. Pero no veo propuestas claras de sustituir la organización sindical por otro tipo de organizaciones diferentes. Ni creo que sea posible avanzar hacia una sociedad más cooperativa e igualitaria sin organizar a la gente que verdaderamente padece más la desigualdad, sin romper el cerco de estigmas con que los han tratado de neutralizar las clases dominantes, sin generar potentes organizaciones de masas de la gente corriente. Y aunque nuestros líderes son a menudo demasiado arrogantes e incompetentes (y a menudo también se han creído demasiado las mentiras que les han vendido los intelectuales orgánicos del capital) y nuestras organizaciones son demasiado poco eficaces, es mejor cooperar con ellas, generar dinámicas creativas, que ignorarlas y omitirlas. También aquí la nueva izquierda tiene una labor pendiente. Tan esencial como la de crear los procesos que doten a su potencial base social de verdadera fuerza organizativa y operativa.

Viva el 1 de Mayo, por tanta gente que ha luchado, por todo lo conseguido, por todo lo perdido, por la dignidad de tantas personas, por toda la fraternidad, por todo lo que la lucha nos dará.

30/4/2016

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