¿Alguien tiene alguna propuesta?

Comentarios prepolíticos: 32

Joan Busca

La política en España es como un tiovivo. Figuras que van dando vueltas alrededor de un eje, esperando que llegue la hora en que termina la sesión. A ello contribuyen los grandes medios promoviendo una información donde se escamotea el contenido. Todo se resume en cotilleo político y en un discurso repetitivo sobre si habrá o no pacto, sobre la necesidad de contar con un gobierno estable. El para qué, el qué propuestas se hacen, el cómo afrontar los problemas del país y de la sociedad, no importa. Sólo la forma. Hay en ello sin duda muchos intereses en juego. Lo que pretenden las élites dominantes es que todo siga más o menos igual, y lo único que hace falta es alguien que administre la política de siempre. Para este fin, un gobierno PSOE-Ciudadanos estaría bien. En lo fundamental, sus presupuestos económicos y sus prácticas respetan las políticas neoliberales al uso; en aspectos políticos y de libertades son más modernos que el PP, y coinciden casi de lleno en el tema de la unidad nacional.  Un gobierno de este tipo permitiría además limpiar la imagen corrupta que ha dejado el Gobierno de Rajoy y sus sucursales regionales. El problema es que este Gobierno no suma. Y el PP no está dispuesto a aceptar ser marginado por las buenas, y por ello el discurso de la unidad es una forma de ablandar a Podemos. Y también por ello se llenan páginas para explicar cualquier crisis, debate o tropezón de esta formación. Forma parte de la política de rendición. Hasta aquí todo previsible y poco que discutir.

El problema está en otra parte. Está en qué hacer para que las cosas cambien. Y aunque el cambio no sea muy potente, que al menos sirva para empezar a virar muchas de las malas direcciones de nuestra vida social. Y, en este sentido, hay dos tareas básicas por hacer. Una de discurso y otra de organización. Y en las dos hay debilidades.

Tiene razón Podemos en plantear un gobierno de izquierdas e incluir la cuestión del referéndum catalán. Pero al centrar su requisitoria al PSOE en términos de cargos y reparto de poder ha perdido gran parte de su fuerza y ha abierto la puerta a que el debate de fondo se reduzca al circo de quién pacta con quién. La izquierda sólo puede ganar espacio en base a plantear denuncia y alternativa. A discutir de ideas y proyectos. En los dos grandes temas (el debate de la política económica y los derechos sociales y en el de la cuestión nacional) las cosas son difíciles. En el primero porque, a pesar de que los damnificados por el sistema son millones de personas, el peso de la cultura neoliberal es tan grande, la densidad de los intereses en pro del statu quo tan potente y el marco institucional tan cerrado, que resulta dificultoso abrir una vía de escape sólida (aunque el caso portugués indica que alguna posibilidad hay de no quedar atrapados como en Grecia).

En el tema del nacionalismo periférico, la cuestión está enconada por el predominio de aspectos emocionales y estereotipos varios que dificultan las salidas. Hay que tener un discurso claro, pedagógico, y de largo plazo para generar cambios. Quizás los dirigentes de Podemos han tomado la idea gramsciana de hegemonía, pero me temo que no han entendido muy bien la analogía de guerra de trincheras del mismo pensador, que entendió la complejidad de las sociedades capitalistas desarrolladas, en las que era imposible cambiar las cosas por el simple método del golpe afortunado. La hegemonía del capital se construye en muchos espacios y con mecanismos diferentes, a menudo sin discursos explícitos y muchas veces con coartadas técnicas. Cuando más se reduce el debate mayores posibilidades de salir derrotados, o de quedar marginados como intransigentes sin razón. Algo en la que tenemos mucha experiencia acumulada.

En el plano organizativo la cuestión es aún más urgente. Por razones estratégicas y coyunturales. Estas últimas son obvias si al final se van a repetir las elecciones. En las anteriores ya asistimos al penoso desencuentro entre Podemos e Izquierda Unida. Vistos los resultados, y el rendimiento electoral de aquella separación, unos dirigentes sensatos sin duda volverían a plantear los contactos. Y si no lo hacen, las bases sociales que les votamos y les damos apoyo deberíamos movilizarnos para que ello ocurra. Es evidente que existen diferencias de muchos tipos entre ambas formaciones, la mayor posiblemente sea la generacional (que implica una trayectoria personal y colectiva diversa), pero si los dirigentes de la izquierda son tan insensatos que no consiguen compromisos para trabajar juntos, difícilmente pueden resultar creíbles para dirigir un Estado. 

En el otro plano está la cuestión de cómo construir un proyecto sólido que se sostenga en el largo plazo. Izquierda Unida hace tiempo que es un proyecto encallado. Por méritos propios y por circunstancias ajenas. Podemos ha tenido la oportunidad y el acierto de capitalizar la movilización que estalló el 15-M. Pero su éxito electoral no se traduce en un proyecto organizativo sólido ni solvente. Demasiado personalismo, demasiada poca reflexión organizativa. Y, también vale anotarlo, algún grupúsculo infiltrado pensando que ahora tiene un buen caladero. Las debilidades de Podemos son extensibles a sus organizaciones afines. En especial la catalana, que es la que más conozco. Se trata de organizaciones que han basado su impulso más en un grupo de amigos en torno a una o alguna figura carismática que no un proyecto pensado con amplia base. Los éxitos electorales han reforzado la autoconfianza de este grupo, pero pueden ser también base de problemas. Los líos internos de Podemos son un aviso.

Existe una larga experiencia de fracasos cuando todo el juego organizativo se basa en la simple confianza y en las relaciones personales. Y es una vía inadecuada cuando lo que se pretende es crear un reagrupamiento de gente de procedencia diversa. Una diversidad que no sólo es de cultura política, sino también de extracción social. La mayoría de activistas que conozco del núcleo de Podemos o de Barcelona en Comú es gente de clase media, universitaria, y con nula presencia en los ambientes de clase obrera tradicional. La vieja izquierda tiene más implantación social en estos sectores, aunque curiosamente ha sido la irrupción de estas nuevas formaciones la que ha permitido un salto electoral impresionante en los barrios de clase obrera. Algo que indica que hay una necesidad mutua de entendimiento y trabajo en común.

Acabo por el título. Hay muchas ideas flotando en el ambiente (a veces tantas que impiden discriminarlas adecuadamente). Pero sigo pensando que falta un discurso político más claro frente al juego de los pactos, y sobre todo falta una propuesta creativa, generosa e inclusiva sobre cómo construir una formación de izquierdas capaz de actuar en la arena política en favor de una nueva hegemonía social. Los millones de parados y trabajadores pobres, la crisis ambiental, el deterioro democrático o la economía especulativa siguen exigiendo que trabajemos en serio y en colectivo para cambiar las cosas.

3/2016

Sitio elaborado con Drupal, un sistema de gestión de contenido de código abierto