De pactos y referéndum

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Joan Busca

I

Las empresas de apuestas tienen una nueva oportunidad de negocio: el de adivinar qué pactos finalmente determinarán el Gobierno del país. El resultado de las elecciones hace difícil cualquier resultado. En clave social, está claro que venció la izquierda, pero no parece ésta una opción ganadora. Hay dos razones de peso que lo impiden: la política económica y la cuestión nacional. El PSOE es un partido demasiado alienado con la ortodoxia económica, con excesivos ligámenes con los poderes económicos como para aventurar una política de talle reformista. Y en lo nacional, está atado tanto por una visión tradicional de Estado como por el peso de alguno de sus barones regionales como para cambiar ahora de posición.

Respecto a los poderes económicos, las preferencias pasan por “la estabilidad”, o sea por la congelación del marco institucional. Y ésta la ofrece cualquier pacto en el que participen PP, PSOE y Ciudadanos. Lo que impide esta solución es que sólo suman escaños suficientes PP y PSOE, y tal como está el primero parece totalmente inviable. No es pensable que el PSOE decida suicidarse abrazando a un partido con tanta corrupción. Para mí que el pacto al que apostaría buena parte de la clase dirigente es el que han firmado Rivera y Sánchez. Los puntos del acuerdo dan un toque reformista a una política de derechas, que es más o menos lo que le interesa al poder. El problema es que no suman, y el PP parece más dispuesto a morir matando porque sabe que tiene mucho que perder si cede a la primera.

Yo no descarto que el pacto que ahora parece diseñado para fracasar en el Parlamento no forme parte de una estrategia para un segundo ciclo electoral. Al fin y al cabo, el mensaje que han enviado Ciudadanos y PSOE es el de “somos gente seria, dialogante, capaz de ceder para llegar a acuerdos, de tirar adelante un programa viable”. Y esto es lo que precisamente “machacan” a diario los medios de comunicación centristas: que hace falta diálogo, sacrificios en aras al bien común, sentido de estado. Por ello, no es descartable que ambas formaciones esperen, cuando menos, rentabilizar esta posición en una segunda tanda electoral si ahora no consiguen obtener la investidura a la primera.

El problema para el éxito de esta estrategia es que el PP sigue siendo demasiado fuerte. Y muchos de sus dirigentes (y los poderes que representan), demasiado retrógrados para entender que a la derecha le hace falta una puesta al día que difícilmente prosperará si el partido no se desgasta. El PP es en cierto modo más un estorbo que una solución para una nueva estrategia de gestión del poder. Pero las cosas pueden cambiar. Hasta ahora, siempre que la derecha ha necesitado un recambio ha provocado todas las transformaciones necesarias para crearlo. No son infalibles, pero como solía escribir Vázquez Montalbán, en este país mandan los de siempre desde “la dama de Elche”, y han tenido recursos y tiempo para aprender a hacer estos cambios.

Tampoco es seguro que la estrategia vaya a ser exitosa. Especialmente para el PSOE, que con este pacto y el poco interés mostrado por un acuerdo de izquierdas ha diluido aún más su pretensión de partido de izquierdas. Y es que en un escenario tan complejo, los golpes de efecto pueden dar resultados totalmente incontrolables.

II

Podemos e Izquierda Unida han planteado lo que debían, una salida de izquierdas que contemplara además una salida al conflicto catalán. Se puede discutir el tono de algunas intervenciones de Pablo Iglesias, pero en conjunto han mostrado abiertamente la necesidad de ofrecer un Gobierno que recogiera el voto mayoritario. De hecho, si se suman los votos de Podemos y sus aliados, Izquierda Unida, el PSOE y los nacionalistas periféricos, la suma recuerda al Frente Popular (salvando todas las distancias), lo que refleja la continuidad de problemas de este país; un país con unas clases populares que cuando votan, lo hacen a la izquierda, y unas nacionalidades donde existe claramente un sentimiento social diferenciado, y que sólo tienen alguna posibilidad de reconocimiento en la izquierda.

El que este Frente Popular se consolide es algo bastante improbable por tres razones. La primera y la segunda ya las he comentado. El españolismo centralista y el conservadurismo económico del PSOE lo hacen impensable. La tercera viene de Catalunya, pues el nacionalismo catalán ha emprendido de momento una cruzada solipsista en la que se ignora todo lo que no sea aprobar la independencia para pasado mañana. Quizás porque muchos de sus líderes creen que cuanto peor esté España, más fácilmente alcanzarán su objetivo. Y también porque sus diferentes componentes (Convergència, ERC y la CUP) temen que sus bases castiguen, en beneficio de otra formación, al que negocie con un partido españolista.

A corto plazo, no resulta evidente que lo mejor para la izquierda sea llegar al poder. En parte porque sus limitaciones en lo que respecta a cuadros y a elaboración política pueden resultar fatídicas en un asalto rápido a la cumbre. Muchas de estas limitaciones ya son perceptibles en aquellas grandes ciudades donde detentan el poder (y donde posiblemente está implicada una parte de la gente más experta). De otra, porque las posibilidades de un segundo ajuste y de una nueva recesión son probables, y es mejor que todo ello estalle con la derecha o el centro en el poder y no pueda achacarse a los recién llegados. Es mejor tomar fuerzas, preparar mejor programas y personas, y desarrollarse organizativamente. Una situación como ésta debería además permitir una segunda oportunidad a una confluencia de Podemos e Izquierda Unida. Es, en definitiva, la cuestión que debería centrar el trabajo a corto plazo: explorar qué posibilidades existen de una agrupación que dote de músculo y cerebro social a un proyecto de izquierdas, con capacidad de representar a la inmensa mayoría de derrotados por las políticas neoliberales.

III

La cuestión catalana sigue estancada. La ausencia de cualquier referencia al tema en el pacto PSOE-Ciudadanos quita toda credibilidad al nuevo federalismo que propugnaba el partido de Pedro Sánchez. Y da nuevas alas a los independentistas catalanes en su pretensión de que tal como están las cosas, no hay nada que hacer con España. Guste o no, el independentismo ha arraigado en Catalunya, y querer negar su importancia es una irresponsabilidad. Ya lo he explicado otras veces, pero conviene recordarlo. Siempre ha existido una base independentista sentimental bastante fuerte. Pensar que ha sido la insistente propaganda nacionalista la que ha reforzado esta base me parece la mejor vía para no encontrar soluciones. Lo que la ha transformado en un movimiento que ronda el 50% de los votantes es menos la propaganda local que los errores provenientes de las élites de Madrid, las agresivas campañas del PP, el fiasco del Estatut, y algunos agravios cotidianos, sobre todo en el transporte (peajes de autopistas, fallos continuados de los trenes de cercanías gestionados por Renfe…). Y, sobre todo, la sensación de que el diálogo con Madrid está roto.

La propuesta de referéndum de Podemos, aceptando los planteamientos de Barcelona en Comú, ha tenido cuando menos la virtud de romper la idea de que no había ninguna posibilidad de diálogo. Aunque ahora los independentistas catalanes tratan de descalificar la propuesta acusándola de inútil (como si en cambio conseguir la independencia fuera cuestión de cuatro días), se trata de la primera vez que una fuerza con presencia parlamentaria relevante plantea una alternativa al tratamiento usual del problema. En Catalunya, la necesidad de un referéndum nos parece necesaria a muchos que no somos independentistas, porque lo peor que puede ocurrir es mantener la situación actual, que convierte el bloqueo de la cuestión nacional en una congelación de toda la dinámica política local. Y también porque pensamos que, conflictos de este tipo, es mejor resolverlos por vías razonables que encallar los procesos y mantener una tensión permanente.

Pero defender la necesidad de un referéndum no puede confundirse con tener una alternativa. Al fin y al cabo, en un referéndum uno tiene que tomar partido por una de las opciones, y por ello debe tener argumentos sólidos para defenderlas. Podemos se ha declarado favorable a no romper el Estado español (aunque aceptaría que la mayoría optara por la separación), y muchos de los que queremos el referéndum también pensamos lo mismo. Por eso es tan necesario no sólo contar con una propuesta de votación, sino promover un modelo de encaje nacional. No convencerá a los fundamentalistas, pero es lo único que puede generar un nuevo movimiento en la opinión pública catalana. España lleva demasiados años con un mal encaje de las nacionalidades. Es necesario formular una propuesta clara al respecto, que construya cultura federal y que permita una solución de entendimiento aceptable por todas las partes. Hay demasiada tensión emocional, demasiados prejuicios y demasiada poca reflexión en todas las cuestiones nacionales. Una propuesta inclusiva y una propuesta de referéndum son las únicas vías que pueden cambiar este panorama desalentador.

2/2016

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