El pacto catalán: una interpretación

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Joan Busca

I

El día 9 de enero por la mañana casi todo el mundo en Catalunya estaba convencido que íbamos inexorablemente hacia una nueva convocatoria electoral. Yo mismo consulté la página de Vilaweb (una de las fuentes de información más ligadas al nacionalismo) a eso de las 13 horas para ver si había novedades y todo seguía igual. En el parte informativo de las 14:00 saltó la noticia. Habría acuerdo para que la CUP diera apoyo a un candidato de Junts pel Sí diferente de Artur Mas. Poco después se sabía que el candidato sería Carles Puigdemont, alcalde de Girona, y que al día siguiente se convocaría de urgencia una sesión parlamentaria de investidura para que el nombramiento se hiciera en plazo legal. Lo que vino después es conocido.

Para mucha gente este pacto final fue sorprendente. Sobre todo por la rotundidad de la CUP en su afirmación de no apoyar a Mas y por la negativa de éste a ceder su puesto. Los de la CUP pueden presumir de haber conseguido su objetivo de echar a Mas, aunque a cambio de dar el poder a uno de sus acólitos y a cambio de concesiones que para mucha gente resultan incomprensibles (por decirlo suavemente). Yo mismo estaba tan indignado con lo ocurrido que no supe hacer otra cosa que ponerme a escribir para tratar de entender lo que había sucedido. Más o menos, lo que sigue es una revisión de lo pasado.

II

Para mí, que al final hubiera una pirueta y un pacto no era sorpresivo. De hecho, unos días antes había mantenido este punto de vista en un debate en Whatsapp con algunos colegas de Barcelona en Comú. Aunque no hubiera sido capaz de prever la forma final del acuerdo, más bien lo esperable es que algunos diputados rebeldes de la CUP se salieran de la línea dominante. Por eso me parece que hay que tratar de entender qué ha conducido la CUP al tipo de pacto al que han llegado.

La primera cuestión a tener en cuenta es que la CUP corría más riesgo de ruptura si acababa por provocar un nuevo ciclo electoral. La CUP es una organización donde se amalgaman sectores independentistas –para los que la cuestión nacional ocupa gran parte de sus preocupaciones– y sectores anticapitalistas bastante ingenuos y carentes de una verdadera estrategia transformadora. El apoyo que este sector concede al independentismo es bajo el supuesto de que una ruptura con el Estado daría lugar a un proceso de cambio mucho más radical. Hay que contar además que gran parte de la fuerza de la CUP se encuentra fuera de la región metropolitana de Barcelona, territorios donde el nacionalismo ocupa prácticamente todo el espacio y donde existe un amplio espacio de continuidad con ERC y Convergència. Para muchos activistas de la CUP, aparecer como los culpables de haber provocado el descarrilamiento del “procés” significaba un coste político y social que no estaban dispuestos a correr. De haber acabado las cosas sin acuerdo, es casi seguro que el sector independentista hubiera provocado una ruptura.

Si esta presión era posiblemente insoportable, lo ocurrido el 20-D y los sondeos sobre unas hipotéticas elecciones ayudaron a convencer al ala radical de la CUP. En las elecciones autonómicas la CUP obtuvo un número de votos cercano al de Catalunya Sí que es Pot. El carácter plebiscitario de aquellas elecciones polarizó la votación, y de la misma forma que propició que votantes tradicionalmente abstencionistas se movilizaran para apoyar a partidos favorables al No a la independencia (propiciando el éxito electoral de Ciutadans), se produjo también una migración de parte del voto de izquierdas hacia la CUP (y hasta hacia Junts pel Sí). En el 20-D, las cosas cambiaron radicalmente. En Comú Podem alcanzó un éxito rotundo. Y Podemos anunció que adoptaba un posicionamiento pro-referéndum y de reconocimiento del carácter plurinacional del Estado Español (Izquierda Unida lo lleva sosteniendo desde hace tiempo, pero su posición actual es demasiado marginal para contar) en consonancia con sus socios catalanes, valencianos y gallegos. Un contexto donde el independentismo en su conjunto y la CUP en particular podían perder centralidad en Catalunya, y donde se podría abrir un nuevo proceso a escala estatal que significaría un alejamiento del proceso de ruptura a corto plazo en el que se embarcó el independentismo catalán. Evitar unas nuevas elecciones era también una forma de taponar una posible vía de escape. Lo dijo chuscamente Baños (el ya dimitido portavoz, un incongruente dirigente que se pasó todo el periodo post 27-S diciendo claramente que no estaba dispuesto a apoyar a Mas y que presentó su renuncia cuando la CUP anunció definitivamente que no votaría a Mas): “Cómo pueden ser creíbles unos que proponen el referéndum para votar no”. Es decir, que sólo valen los que van a votar sí.

Cerrar el camino a unas nuevas elecciones era esencial para Convergència –pues sabía que iba a perder el liderato del independentismo a manos de ERC–, y posiblemente también para la CUP, que corría el riesgo de ver reducido su espacio electoral por el empuje de En Comú Podem. No se puede olvidar que la CUP ha sido muy sectaria con la izquierda tradicional, no sólo en el plano político sino también respecto a muchos movimientos sociales. Su proyecto se basa en ocupar todo el terreno de la izquierda, algo en lo que coinciden sus dos corrientes. Y, por tanto, unas elecciones que provocaran un nuevo cambio de correlación de fuerzas entre la izquierda producía pánico a más de uno. No cuesta pensar que, en este contexto, los hábiles políticos de CDC y sus adláteres (de ANC y Òmnium Cultural) –que el verano pasado consiguieron acorralar a Oriol Junqueras para ir juntos a las elecciones– ahora hayan conseguido lo mismo de la CUP con la amenaza que el crecimiento de Podemos y sus aliados es un peligro de igual calibre.

Falta por conocer si, además, han funcionado otro tipo de presiones más sucias, aunque a veces a los dogmáticos se les derrota con cosas sencillas (en la transición se contaba el caso de algún comando de ETA que cantó de plano en comisaria porque en lugar de recibir la esperada ración de tortura fueron obsequiados durante un par o tres de días por cordiales comidas con el comisario jefe, hasta que logró ablandarles lo suficiente para desmontar sus defensas). La CUP ha pasado unas Navidades acosada, y es posible que el miedo a convertirse en el malo de la película haya pesado más que cualquier otra cosa.

III

Lo que ha resultado insólito es la forma como se ha producido el acuerdo. Éste, en cinco puntos, no sólo incluye el acuerdo de investidura a Puigdemont, sino que también supone una coordinación permanente de dos diputados de la CUP con el grupo parlamentario de Junts pel Sí, el compromiso de no vetar ningún proyecto que afecte al “procés” (veremos qué ocurre con los Presupuestos), y una declaración insólita de disculpa por parte de la CUP (en un documentado artículo, la revista el Crític explica que esta parte del documento la escribieron los propios representantes de la CUP). Dejaron, además, que el anuncio del pacto lo presentara un resabiado Artur Mas, que aprovechó su intervención televisiva para reprender a los díscolos activistas de la CUP que habían bloqueado su triunfo total.

La CUP ha tratado de sacar pecho, pues ha conseguido la victoria pírrica de impedir que Mas sea presidente. Este fue el tono de la retórica intervención de su portavoz Anna Gabriel en el acto de investidura (que pasaba de puntillas por temas tan conflictivos como la corrupción o las privatizaciones). Una intervención retórica (muy en el estilo cupero) pensada, sobre todo, para reanimar a su área de influencia que había quedado anonadada con el texto del acuerdo y el discurso de Artur Mas. El apoyo que, de todas formas, daban al nuevo candidato de Junts pel Sí, contrastaba con las propias declaraciones que el mismo domingo reproducía Viento Sur de la propia Anna Gabriel, en las que explícitamente afirmaba, refiriéndose a Mas, que “tampoco seríamos justos si dijéramos que ha sido el escollo principal (…). Si la propuesta de Junts pel Sí hubiera tenido otro calado, y sobre todo otro significado en lo que respecta al plan de choque, no sería descabellado pensar que la militancia lo hubiera avalado de otro modo”.  Y sigue: “el plan de choque no era satisfactorio y creo que en esto coinciden las personas que han sido favorables a apoyar la propuesta de Junts pel Si”. En un plazo de pocas horas, lo que era insatisfactorio se ha traducido en una hoja de ruta de avance. El discurso retórico de Anna Gabriel hoy en el Parlament es más de reafirmación de la CUP que de otra cosa. Han conseguido que se vaya Mas a costa de que éste imponga su candidato (por cierto, un alcalde que ya había recibido críticas serias por su escasa sensibilidad social, alguien nacido políticamente en el aparato de Convergència). Y han permitido que Convergència gane tiempo para poner en marcha su refundación bajo la dirección de Mas y que éste tenga derecho a poder presentarse como candidato en unas futuras elecciones. Mas ha preferido, de mala gana y con malos modos, presentarse como el héroe que se sacrifica (y que aún tiene una posibilidad de rentabilizar este sacrificio) antes de ir a unas elecciones en que se sabía perdedor. La CUP le ha posibilitado cuando menos un tiempo de descanso (y que Convergència siga manteniendo una importante cuota de poder) a cambio de no aparecer como el malo de la epopeya independentista.

IV

La primera valoración de mucha gente de izquierdas era que la CUP se rompía con este acuerdo. No me parece evidente. Se hubiera roto de haber mantenido el No hasta el final, puesto que el sector independentista puro no hubiera tolerado la “traición”. Pero no está claro que vaya a ocurrir lo mismo en el caso inverso. Hay varias razones para pensar así. En primer lugar, es previsible que ocurra el habitual fenómeno de la “disonancia cognitiva”, que implica que cuando uno toma una decisión forzada que hasta cierto punto le repugna, acaba encontrando justificaciones para amoldarse a la nueva realidad y explicarla. Es lo de la fábula del lobo y las uvas (como no alcanzaba a cogerlas, en lugar de frustrarse decidió que estaban verdes y no valía la pena el esfuerzo). Se trata de un recurso psicológico que evita que la gente que toma decisiones desagradables acabe generando una patología seria. Pero es una protección que tiene el coste de hacer perder la visión crítica de los actos.

Los dirigentes de la CUP tienen una larga tradición de ver la paja en ojo ajeno y ser altamente tolerantes con sus carencias. Y esto les facilita ahora seguir viendo el acuerdo como una cosa que ha pasado en su frontera pero que les ha dejado intactos. El discurso de Anna Gabriel el día de la investidura es, a este nivel, paradigmático. Además, gran parte de su discurso reciente se ha construido no sólo “contra España”, sino también contra la izquierda tradicional (ICV ha sido su gran enemigo) y contra los movimientos sociales tradicionales (y hasta, recientemente, contra Barcelona en Comú). Su pureza contrasta con la corrupción del resto, y por tanto sus decisiones son de un nivel diferente a las transacciones sociales que todos acabamos haciendo alguna vez. Todo ello les protege de la autocrítica y, al menos durante un tiempo, creo que hay que esperar dos cosas. Que la mayoría de la organización acepte lo acordado y lo defienda, y que aumente la respuesta sectaria a las críticas externas. Ha ocurrido en muchos otros casos (pienso, por ejemplo, en el apoyo que dieron los partidos comunistas al pacto Stalin-Ribentropp, verdaderamente criminal). Por desgracia, nuestra historia está llena de experiencias sectarias y dogmáticas que impiden leer las políticas con suficiente actitud crítica y autónoma.

Donde sí puede tener efecto es en la corona de votantes de izquierdas que habían llegado a considerar a la CUP como otra cosa, más viva, más radical, más democrática, menos vulnerable al intercambio con el poder. Ahí sí habrá deserciones. Por todo ello creo que el ataque frontal a la CUP va a ser inmune y que lo crucial pasa por seguir construyendo una cultura política más rica, sensata y autocrítica que la que demasiadas veces hemos experimentado.

V

El panorama político inmediato es aún más penoso. El pacto catalán refuerza las dinámicas de gobierno de concentración en España. Para mí estas ya estaban en marcha por razones que nada tienen que ver “con el desafío catalán”, más bien con la exigencia europea de aplicar un nuevo plan de austeridad. Ahora habrá un segundo contenido que puede llevarse por delante al sector del PSOE que aún aspiraba a ser una fuerza autónoma. Sea cual sea la forma que adopte este acuerdo, tenemos garantizado un nuevo “cierre constitucional” precisamente cuando se abría la posibilidad de que algo empezara a cambiar. Y también ahí, en abortar una izquierda que plantee las cuestiones de otra forma puede haber un interés común entre los nacionalistas de ambos bandos.

Por otro lado, en Catalunya creo que hoy ha quedado claro lo que nos va a venir encima. A falta de políticas concretas para las que no hay interés ni recursos, se va a poner en marcha “el procés”, un amplio proceso participativo nacional para definir el nuevo marco político catalán. O sea, un proceso de agitprop para tener entretenido al personal y para ir propagando la idea de Constitución que ya tienen medio pensada. A costa de seguir manteniendo una inactividad total en las políticas que necesita la gente, de bloquear las iniciativas de los Ayuntamientos de izquierdas, y de seguir colando las políticas camufladas con las que se sigue privatizando parte de la esfera pública. Mucho ruido y pocas nueces. Pero un ruido que impedirá plantear con fuerza propuestas y movimientos alternativos.

VI

La izquierda real, la que trata de articular En Comú Podem, la que se encuentra representada en diferentes Ayuntamientos, la de la gente que se mueve en diversos movimientos sociales e incluso una parte de la periferia de la CUP, va a estar sometida a una sauna continua, diseñada para aturdirla y para disolverla. En este campo lo que es urgente es que se tome en consideración el marco de referencia que he tratado de diseñar para desarrollar una acción política diferente, que sea capaz de capear los diversos temporales que se le vienen a encima y reforzar algún tipo de proyecto de largo plazo. Creo que es una tarea difícil, en un momento en que muchas cosas están bien en formación (como es el caso de Barcelona en Comú), bien en plena reformulación (ICV, EUiA). Quizás sería necesario desarrollar, más allá de lo que cada organización plantee hacer, algunos marcos de debate y reflexión menos constreñidos por las dinámicas organizativas que ayudara a clarificar un entorno tan enrevesado como el que se acaba de presentar. En este sentido, la propuesta de crear un nuevo proceso de convergencia de la izquierda catalana que propugna el entorno Ada Colau es una buena oportunidad siempre que se haga con la paciencia, el respeto, la sensibilidad y la sensatez que exige encajar en un proyecto común a gente con historias políticas, experiencias vitales y sensibilidades diferenciadas. Gente que demasiadas veces en el pasado ha encontrado más sencillo destacar las diferencias que el enorme caudal de cosas que les une. De cómo se lleve a cabo este proceso dependerá también el transcurso del inconsistente proceso que abre el pacto parlamentario del pasado 10 de enero.

29/1/2016

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