José María Agüera Lorente

Religión, yihad y la ciencia del mal

Veo sus fotos en los medios de comunicación. Jóvenes. Siempre son jóvenes, como en la guerra. De hecho la palabra apareció pronto en la portada de los periódicos: «C´est la guerre». Veo al que dicen «autor intelectual» de los recientes atentados de París sonriente, vestido con ropa militar de camuflaje a los mandos de un cañón antiaéreo. Negra melena al viento, barba juvenil, sonrisa franca de sanos dientes de hombre en la flor de la vida. Lo que más me llama la atención de su pose optimista, de su gestualidad corpórea que denota confianza y la satisfacción de alguien que sin duda está convencido de que su existencia es plena por tener un propósito de importancia trascendendental, es la forma cómo señala hacia arriba con el dedo índice de su mano derecha. No emula la V del tan manido signo universal de la victoria; no, es el mismo gesto que tantas veces vi en mi niñez en las imágenes de Jesucristo que colgaban mis abuelos en las paredes de su casa. Curiosa semejanza: dos jóvenes muertos por la trascendencia rindiendo tributo a la misma iconografía que fija en el imaginario religioso la superioridad de lo sobrenatural respecto de lo natural. Siempre es la vida más allá de la vida, la negación de la evidencia de la nada mediante la creencia en el oxímoron de la vida eterna, pues no hay vida sin muerte; dado que su esencia es orgánica, ¿cómo se vive auténticamente sin cuerpo? Qué razón tiene Savater al decir que los creyentes son en verdad incrédulos, ya que niegan la evidencia del fin de la vida, o —como él dice— «la realidad última de la muerte».

Abdelhamid Abaaoud, 28 años. No era sirio ni saudí, era belga. Hijo de una familia unida que vive de la tienda de ropa del padre. ¿Por qué quiso matar? ¿Por qué murió? Quiero entenderlo. Desde mi pensamiento construido sobre los presupuestos de la racionalidad, confiado en el poder del conocimiento deseo comprender para poder explicar y juzgar. «No reír, no llorar, sino comprender», era la propuesta de Spinoza cuando su amigo Oldenburg le exponía su preocupación por una inminente guerra. No estoy de acuerdo con la parte de la frase relativa a las emociones, pero sí con la necesidad de entender del gran filósofo del siglo XVII. Rechazo la histeria de las declaraciones grandilocuentes de quienes, en realidad, dan palos de ciego sin llevar a cabo un estudio riguroso del mal que ya parece crónico, y que amenaza, cuanto menos, con debilitar los fundamentos de nuestras europeas democracias. Todo lo que se dice y lo que se propone desde las instituciones políticas y en los foros donde se fragua la opinión pública, ya oído mil y una veces, va desde el ciego prejuicio, pasando por el uso de la fuerza y el reforzamiento de la seguridad (en detrimento de la libertad) a las imprecisas alusiones a las causas históricas, sociales, culturales. Por supuesto —¡no faltaba más!— la religión no es la culpable (forma parte del discurso de lo políticamente correcto el respeto a todo sistema de creencias «espiritual»), y apenas se alude al comercio de armas que abastece a los fanáticos, y sin las cuales la magnitud de su daño sería mucho menor; tampoco parece saberse mucho sobre sus medios de financiación. Todo me parece superficial y traumáticamente quirúrgico. Quimioterapia para el cáncer del terrorismo yihadista que también, como en todo tratamiento de esa naturaleza, conlleva la agresión y el consiguiente debilitamiento del organismo sobre el que se aplica; en este caso, nuestras democracias. Desvalimiento, en fin, de una cultura de la Ilustración que a duras penas puede mantenerse vigorosa en un tejido social cuya cohesión se encuentra en situación de vulnerabilidad por la agresión del libre mercado global, el reto multicultural mal enfocado desde el relativismo ético-epistémico de la posmodernidad, y los efectos derivados de la tecnología digital. Sobre todo ello hay mucho que pensar.

Pero ¿qué hay de la conducta de esos jóvenes iluminados, portadores del mensaje divino, cuyas verdades desparraman en forma de ráfagas de AK-47 o testimonian reventándose con sus cinturones explosivos y matando a quienes por desgracia se encuentran en derredor? Nada parece ofrecer una respuesta compatible con los hechos. Los ángeles del mal, los jóvenes administradores de nuestro miedo no parecen ser locos, ni necesariamente pobres, ni son extranjeros ajenos a nuestra cultura. Porque hay multitud de jóvenes pobres, extranjeros y ajenos a nuestra cultura que no desean matar a sus conciudadanos. ¿Entonces habrá que aceptar que la razón no basta para comprender, que hay que asumir el desvalimiento de la ilustración? Y, por supuesto, no vale zanjar la cuestión con un simple «están locos», pues la demencia exime de responsabilidad y deja sin fundamento la condena que a todas luces merecen.

Me temo que habrá que asumir, entonces, que no sabemos, que no acabamos de entender. Es lo que exige la honestidad intelectual. El mal siempre ha presentado al ser humano una esencia resistente al entendimiento, pues parece desbordar el contorno de lo racional. De ahí esa asociación que se expresa históricamente y en las creaciones de diversas artes entre maldad e insania. Por eso el mal tiene lugar destacado en los universos simbólicos que plasman las mitologías y religiones; ¿hace falta recordar, en este sentido, ese símbolo del «eje del mal» cuya destrucción decretó, precisamente, el cristianísimo George W. Bush, el mismo que fue identificado con Satán por los radicales dispuestos a matar y morir por el Islam? Maniqueísmo infantil que aboca necesariamente a la guerra que encuentra su justificación en la moral tribal de la ley del talión. ¿En qué Dios creen unos y otros? ¿Es el del amor, el de la paz o el de la guerra? Habrá que volver sobre esta cuestión, recuperando ese libro, ya todo un clásico de la historia teológica, titulado Historia de Dios, de la británica Karen Armstrong, donde quedan retratadas las tres grandes religiones monoteístas a través del análisis de la evolución del concepto de Dios. Y dicen que la religión no tiene nada que ver...

Conocimiento es lo que necesitamos para enfrentarnos al terror, no superstición. Tengo razones para pensar que no somos esa sociedad del conocimiento que decimos ser; pero dejaremos ese asunto para otra ocasión. En cualquier caso, eso no quita que lo mejor que hemos dado, incluso lo que ha hecho posible nuestra supervivencia como especie, proviene de nuestro conocimiento de la realidad. La buena política exige ese conocimiento, y es incompatible con el simplismo: no hay recetas sencillas que valgan, por muy atractivas que resulten precisamente por su sencillez; la realidad siempre es más compleja. Y hemos visto, por las razones arriba dadas, que la del terrorismo yihadista lo es. Lo que quiero decir queda bastante bien expresado en estas palabras de Mario Bunge extraídas de su Filosofía política: «Como todo diseño tecnológico, el diseño de políticas, plantea problemas de tres clases: epistémicos, morales y prácticos. La razón de ello es que el diseño de toda política exige algo de conocimiento acerca de los medios necesarios para conseguir los objetivos dados, así como la medida probable en la cual la implementación de la política influirá en el bienestar de las personas que, sin duda, serán afectadas por ella».

Me temo que de los tres problemas mencionados por el filósofo argentino el epistémico ha sido el menos tratado, siendo, sin embargo, el primero que hemos de afrontar si queremos elaborar una política inteligente contra la llamada yihad. Necesitamos, por así decir, una ciencia del mal. Sin menospreciar la relevancia de otros aspectos de la compleja realidad del terrorismo yihadista, y dado que parece difícil someterlo a las categorías (abstractas) culturales al uso mediante las que tornamos comprensibles las acciones de los individuos, seguramente se precisa un análisis biográfico de quienes provocan los espeluznantes hechos que sacuden nuestras, por lo común, apacibles vidas. Leo en la prensa que en Dinamarca existen programas de prevención del extremismo islamista consistentes en el conocimiento directo y personal de aquellos jóvenes a los que se observan indicios de radicalización, con los que entran en contacto expertos que dialogan con ellos para contrarrestar la influencia de los mensajes que transmiten intolerancia y animan al ejercicio de la violencia: «Tenemos que investigar más la vida del terrorista para ajustar nuestras políticas de prevención», es lo que dicen quienes bregan con ellos. Hay que estudiar metódicamente los medios digitales que, al parecer, según también leo en la prensa, hacen llegar mensajes muy efectivos a los que pueden hallarse en estado más receptivo y son más manipulables. Porque, en definitiva, se trata de individuos, con vidas cada uno definidas por circunstancias diversas. No conforman un ejército convencional; muchos de ellos podrían pasar por chicos «normales», criados en nuestro seno cultural. Pero entonces, ¿qué diantres pasó en sus vidas que trastocó sus cabezas hasta convertirlos en mártires de la guerra santa?

Me parece razonable. Ni prejuicios culturales ni supersticiones religiosas, conocimiento. Y cuanto más científico —es decir, con mayores garantías de objetividad—, mejor. Aunque sea un conocimiento narrativo, como el que tenemos de la evolución de la vida, tal como lo explica Stephen Jay Gould en su fascinante libro La vida maravillosa; porque es el apropiado para esos acontecimientos contingentes que no responden determinísticamente a una ley general, la cual nos permitiría prever, dadas las adecuadas condiciones, la ocurrencia de un específico suceso. Como lo expresa el mencionado científico: «Los métodos apropiados se centran en la narración, no en el experimento como generalmente se concibe... La resolución de la historia debe hallarse enraizada en la reconstrucción de los mismos acontecimientos pasados (en sus propios términos), basada en la evidencia narrativa de los fenómenos únicos que les son propios...; desde luego, los acontecimientos históricos no violan ningún principio general de la materia y el movimiento, pero su existencia reside en un reino de detalle contingente». 

¿Por qué hizo lo que hizo Abdelhamid Abaaoud? Responder a esta pregunta exige entrar en ese «reino de detalle contingente». Por supuesto que su conducta no viola —parafraseando a Gould— ningún principio general de la psicología humana. Esto quedó de sobras demostrado por los experimentos antológicos de Stanley Milgram por un lado, y de Philip G. Zimbardo (experimento de la cárcel de Stanford) por otro; y, fuera del ámbito de la investigación científica, por los espeluznantes hechos protagonizados en la cárcel de Abu Ghraib («Camp Redention», según la bautizaron los norteamericanos, que ya hace falta cinismo) por cristianísimos y sanísimos chicos y chicas del ejército estadounidense cuando la invasión de Irak en la década pasada (la aportación de la historia no debe despreciarse, pues, en nuestro trabajo de comprender la naturaleza de la maldad). Todos miembros de la especie humana, capaz de lo mejor y de lo peor —Eros y Thánatos para Freud—, y aún un enigma en muchos aspectos para ella misma.

1/12/2015

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