Fracturas paralizantes

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Joan Busca

I

Me gustaría hablar de temas de mayor amplitud de miras. Pero cuando uno está envuelto en la pelea cotidiana le resulta difícil escapar a cuestiones de detalle. La pelea ahora es el tema recurrente de cómo dar cuerpo a un proyecto de izquierdas, cómo soldar lo que debería estar unido. Para la mayoría de activistas peninsulares la cuestión se concentra en torno a la tediosa confrontación entre Podemos e Izquierda Unida. En Catalunya las cosas son diferentes, pero igual de complicadas. No sólo porque en este terreno no es oro todo lo que reluce. Es que además está la cuestión de la independencia que es también una cuestión de fractura política entre gente que debería, y a menudo lo hace, ir junta. Ante el espectáculo de egos, lógicas organizativas (por ser respetuosos), miopía de los líderes, lo más habitual es cabrearse y llegar a la conclusión que no tenemos remedio. Que la hegemonía de la derecha se construye tanto por su enorme arsenal de recursos como por nuestra manifiesta incapacidad de hacer las cosas mínimamente bien. Y después de esto optar por irse a casa, o a refugios conocidos (muchos movimientos sociales reales constituyen para muchos activistas honestos este tipo de refugios, lugares donde trabajar militantemente desde la parcialidad). Pero como soy un iluso, o un pesado, o un tozudo, pienso que siempre es mejor tratar de mejorar lo presente y buscar alternativas que eviten que la próxima vez lo hagamos peor.

Y mira que la cosa empezó bien. En las elecciones municipales hubo procesos (no en todas partes) donde se logró crear confluencias amplias que lograron victorias apreciables. Pero en lugar de ser un trampolín y promover una reflexión positiva la cosa se torció ya en las elecciones catalanas y corre el riesgo de ser mucho peor en la próxima cita electoral. Por esto me parece que nos hace falta, de entrada, reconocer dónde están los problemas clave que nos impiden mejorar aquella experiencia inicial y para ello voy a tratar de situar aquellos puntos de fractura que me parecen los principales causantes de los problemas, aquellos que deberíamos abordar si lo que nos preocupa de verdad es salir del marasmo en el que nos hemos vuelto a meter.

II

El problema fundamental, en el plano de la organización política, es el de la dificultad de construir una nueva organización que recoja las aspiraciones de un sector importante de la sociedad y que sepa plantear un cuadro de propuestas que ayuden a desplazar la hegemonía político-cultural que hoy aún está en manos de la derecha neoliberal. Que Podemos e Izquierda Unida hayan sido incapaces de, cuando menos, articular una propuesta electoral conjunta es la plasmación de esta dificultad. En un plano superficial, aunque no trivial, puede pensarse que una vez más estamos ante líderes incompetentes, egocéntricos, que ponen sus intereses personales o sus obsesiones por encima de las necesidades colectivas. Por desgracia la historia reciente de las izquierdas está jalonada de este tipo de comportamientos. Pero esta es una lectura incompleta de un problema de fondo de más calado.

El rechazo que genera Izquierda Unida entre los líderes de Podemos obedece a procesos más profundos y de mayor calado que un simple enfrentamiento entre egos. De hecho, en forma algo más atenuada, esta misma cuestión es perceptible en el interior de Barcelona en Comú, a pesar de que aquí se ha integrado la gente de Guanyem (el núcleo de activistas reunido en torno a Ada Colau), de Podem, de ICV y de EUiA. Es en parte una cuestión generacional, de gente que ha participado en trayectorias y procesos históricos diferentes y que mira con recelo al otro. Los líderes de Podemos y de Guanyem representan a una oleada de activistas que tienen su momento fundacional en el 15-M, por más que algunos tenían una larga trayectoria en procesos como el movimiento okupa o el movimiento antiglobalización, que en gran parte se desarrollaron fuera, y en parte enfrentados, a la izquierda tradicional. Ésta tiene, a sus ojos, varios pecados capitales que les generan rechazo. El peor quizás es que fue una tradición derrotada sucesivamente, en la transición, en el referéndum de la OTAN, en las sucesivas reformas laborales, en su incapacidad de postularse como una alternativa real al PSOE… Es además una izquierda que se “ha manchado” en las instituciones, con pactos, con una gestión pública poco vistosa, con su presencia en movimientos sociales tan poco “glamourosos” como el sindical o el vecinal. Que demasiadas veces ha sucumbido a comportamientos burocráticos. Es además una izquierda que en parte de su composición y su tradición se asocia a la clase obrera industrial que hace años ha perdido la imagen épica que predominaba hace 30 años.

En cambio, desde el 15-M esta nueva oleada de activistas ha vivido una cierta corriente de éxitos. Tanto electorales (la irrupción de Podemos en las elecciones europeas, las victorias de numerosas candidaturas municipalistas…) como simbólicos: el 15-M gozó de un interés y una benevolencia mediáticas como nunca ha tenido ningún movimiento radical anterior, o los resultados de algunas encuestas que han colocado en algunos momentos a Podemos en el centro de la vida política. Aunque es posible que estos “éxitos” estén ya pasando factura, cuando menos en dos terrenos. Por un lado, son estos éxitos los que impiden a estas corrientes reconocer su propia debilidad, su necesidad de cambio y hasta una cierta inercia en formas organizativas que a menudo son poco operativas y a menudo son dudosamente democráticas. Por otro sus resultados futuros son evaluados a partir sobre todo de los “éxitos” virtuales del pasado. Si, por ejemplo, Podemos sacara un 12% de votos en las próximas elecciones sin encuestas previas, todo el mundo consideraría que ha sido una fuerza que ha tenido un gran éxito en su primera batalla electoral nacional. Ahora sabemos que de tener este mismo resultado el próximo 20 de diciembre todo el mundo considerará que ha sido un fracaso absoluto. Una gran parte de la argumentación sobre el enorme batacazo de Catalunya Sí es Pot en las elecciones catalanas se ha construido sobre esta base. La coalición tuvo en la práctica 4.000 votos más que los de ICV-EUiA en las anteriores elecciones autonómicas. Seguramente “a pelo” estos resultados hubieran sido considerados aceptables (pues significaban que se mantenía el voto para una organización que planteaba una alternativa compleja en un proceso electoral plebiscitario y donde era evidente que parte de su electorado tradicional había acabado votando a la CUP o incluso a Junts pel Sí) pero como la comparación se hizo con una vieja encuesta que colocaba a CSP como posible ganadora electoral (en un momento en el que no había fraguado el pacto CDC-ERC) la lectura es que se ha cosechado un vapuleo monumental. Y el corolario que sacan los nuevos líderes es que asociarse a la vieja izquierda es correr el peligro de una derrota para la que no están mentalmente preparados.

En el otro campo, el de la “vieja izquierda” los problemas son otros. Hay sin duda mucho anquilosamiento y miedo al cambio (visible también en el terreno sindical), hay mucho apego a las siglas y fidelidad con la organización. Existe también la sensación de que se ha estado mucho tiempo luchando (y de hecho esta vieja izquierda aún contribuye a aportar fuerzas a movimientos como el de la sanidad o a reforzar las acciones de la PAH) y que su trabajo corre riesgo de verse marginado. Hay también alguna incapacidad cultural (aunque no es una cuestión general) de asumir las nuevas luchas. Hay mucho viejo líder incapaz de entender que su tiempo está acabando y que lo nuevo es, siempre, necesariamente distinto.

Y todo ello impide abordar a fondo un nuevo modelo organizativo, diluirse en un nuevo tipo de organización política. Hay muchos problemas de lenguaje, de empatía, que atenazan a las dos corrientes y acaban por provocar una incapacidad de trascender hacia un nuevo marco político-organizativo que supere estas carencias. Una incapacidad que en las próximas elecciones se traducirá en una competencia electoral entre fuerzas con programas parecidos (lo que contribuirá a empequeñecer su resultado electoral) con total ignorancia de las matemáticas que subyacen al proceso de conversión de votos en escaños. Y en tensiones, que se traducen en una baja movilización activista, en lugares donde la confluencia genera tantas esperanzas como malos rollos.

III

Si todo esto es común en toda España, militar en Catalunya es mucho más difícil por la incidencia del tema soberanista. Una cuestión en que casi todo el mundo vive más con la pasión que con la razón, con el estado de ánimo que con la reflexión fría. Casi todo el mundo ha achacado los malos resultados de CSP a su indefinición sobre la cuestión de la independencia. Pocos de los que así opinan han caído en la cuenta de que, de concretarse, esa ambigüedad hubiera significado una ruptura de las organizaciones que estaban detrás de CSP, lo que igualmente sucedería en el caso de que finalmente se convoque un referéndum en clave binaria. Para una parte de la izquierda el apoyo al sí obedece a que en sus opiniones predomina el sustrato de valores nacionalistas que se ha mamado desde la infancia (lo puedo entender con sencillez, yo he vivido toda mi infancia y juventud en un medio donde el nacionalismo catalán constituye la normalidad). Pero otros muchos son independistas porque piensan que ésta es una ocasión de ruptura (con un Estado español que tiene realmente pocos atractivos y muchas reminiscencias franquistas) que abre otras muchas posibilidades de quiebra del marco dominante. El éxito de la CUP estriba precisamente en esto, en asociar independencia con cambio profundo del orden social. Y una parte importante de activistas ha sido abducida por el atractivo de las movilizaciones masivas y las promesas de un cambio a corto plazo. Hace tiempo que el nacionalismo en Catalunya tiene una credibilidad de “utopía realizable” que han perdido completamente las propuestas de cambio social.

Y en frente hay muchas otras personas, igualmente de izquierdas, cuya socialización básica ha sido diferente y que en su mayoría mantienen fuertes lazos con sus lugares de infancia, que tienen alergia (bastante justificada) a las manifestaciones más folklóricas (por decirlo de una forma suave) del independentismo, las cuales  asocian a la corrupción implantada por CiU. Para estas personas las llamadas independentistas provocan un rechazo visceral.

Lo comenté en mi nota anterior: el mayor peligro de la polarización en el debate nacional en Catalunya es que la derecha vea aumentada notablemente su presencia en las áreas obreras tradicionales, como ya ha ocurrido en las elecciones de septiembre.

La gente que tenemos un escaso sentido de lo nacional, pero pensamos que se trata de un hecho insoslayable que obliga a buscar soluciones de compromiso, somos claramente minoritarios y sin duda no estamos en condiciones de generar, al menos a corto plazo, un discurso alternativo con capacidad de enganche social. De ahí que preservar valores de izquierda y procesos abiertos en Catalunya requiera de  malabarismos para que la cuerda no se acabe rompiendo. Y para conseguir una vía de intervención común, por encima del cisma puntual, entre esta militancia con almas nacionales divididas.

IV

La nueva convocatoria electoral se presenta con una perspectiva mucho menos atractiva que hace un año. Por un lado la “cuestión catalana” ofrece a los partidos de orden (incluido el nuevo Ciudadanos ultranacionalista español y neoliberal) una oportunidad para consolidarse en el poder. Por otro es previsible que de mantenerse las tendencias electorales de los últimos envites y la existencia en muchos sitios de dos candidaturas alternativas, el resultado de las fuerzas de cambio las sitúe en una posición marginal. Más o menos lo de siempre, pero quizás tampoco era posible otro desenlace. Las duras políticas de ajuste aún no han radicalizado tanto a la población española como a la griega o la portuguesa. El fiasco de Syriza también juega lo suyo. Y la inmadurez de la “nueva izquierda” y todos los males acumulados por la “vieja” han impedido madurar un proceso de mayor calado. Lo mejor que puede ocurrir es que un eventual resultado insatisfactorio abra la posibilidad de una nueva reflexión, aunque de los fracasos, a menudo, se sale con desbandas, rencores, dinámicas negativas... Para que emerja lo mejor de estas potencialidades harán falta iniciativas que medien, que busquen soluciones, que traten de superar estas fracturas, que en definitiva contribuyan en lo organizativo y en lo político a consolidar un proceso alternativo. Y para ello hay que empezar por generar redes y procesos que conecten la gente más lúcida y generosa de cada uno de los espacios en los que hoy seguimos divididos.

30/10/2015

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