Albert Recio Andreu

El proyecto roto y los obstáculos a su reconstrucción

[Artículo publicado en el último número en papel de mientras tanto, n.º 122-123, pp. 11-22]

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Saber que ésta es la última contribución a mientras tanto como revista impresa impone un cierto respeto. Son muchos años de trabajo colectivo tratando de generar ideas para ayudar a transformar un mundo indeseable, aunque en mí caso no formé parte del grupo promotor formado alrededor de Manuel Sacristán y Giulia Adinolfi. Y no me incorporé a la revista hasta finales de la década de los ochenta, cuando ya había tenido lugar una primera crisis sucesoria tras el fallecimiento de Manolo y Giulia. Algo bastante habitual en las revistas de izquierda y de la que MT tampoco se libró. Nunca me he sentido partícipe de aquel grupo fundacional aunque ya era seguidor de sus análisis y entrar a formar parte del grupo redactor me abrió una posibilidad de colaborar con gente querida y de publicar sistemáticamente en un medio apreciado. Por esto dedico esta últimas páginas (aunque seguiré incordiando en el MT-e) a reflexionar sobre los problemas actuales de los proyectos transformadores en la actualidad. Debo confesar que la lectura del denso trabajo del historiador británico Neil Davidson (Transformar el mundo. Revoluciones burguesas y revolución social Pasado y presente, Barcelona 2013) me ha animado a escribir estas líneas, sin ninguna intención de emular su extraordinaria erudición y meticulosidad en abordar las cuestiones que trato de esbozar.

I

Mientras tanto apareció cuando, en España y el resto del mundo, se había producido la enésima derrota de los proyectos alternativos. Cuando en España se cerraba una transición que, en lo fundamental, garantizó la hegemonía, y la continuidad, del capitalismo consolidado por el franquismo. Cuando en todas las naciones desarrolladas había concluido el ciclo de movilizaciones sociales iniciado a mediados de los sesenta y en lugar de avanzar hacia la transformación del capitalismo estábamos empezando a sentir los primeros embates del neoliberalismo. Se puede decir que en toda su historia la revista ha tenido que convivir con diversas versiones de esta forma de regresión social que han supuesto las políticas neoliberales. Más o menos como cuando tras las oleadas de revueltas campesinas al final de la Edad Media en muchos países europeos se produjo una marcha atrás del progreso social y se desarrolló la llamada “segunda enfeudación”. En lugar de un capitalismo en estado crítico hemos tenido que soportar un capitalismo crecientemente agresivo que ha convertido sus propias crisis en una nueva ofensiva contra los derechos sociales. En lugar de presenciar la proliferación de experiencias socialistas hemos asistido no sólo al derrumbe –en gran medida por méritos propios– del régimen que más claramente desafió al capitalismo (la URSS) sino también a la reconversión de otra gran experiencia (la china) en el paladín de la economía de explotación obrera y depredación ambiental a gran escala, a mayor gloria del capitalismo global. En lugar de presenciar unas instituciones internacionales orientadas a promover una respuesta racional a la crisis ambiental y a las desigualdades extremas, hemos asistido a una persistencia en promover un modelo de desarrollo depredador –en lo social y en lo ecológico– que genera una grave situación para el conjunto de la especie humana.

Evidentemente no todo ha sido negro. Ha habido muchas resistencias. Algunas tímidamente exitosas, como las que ahora se plantean en diversos países de Latinoamérica. Ha habido avances en la lucha contra el patriarcado. Pero en conjunto la situación global es mucho peor en derechos y expectativas que la existente hace más de cuatro décadas. Cuando la oleada de movimientos sociales llevó a pensar que estábamos ante la posibilidad de una transformación de escala planetaria.

Hoy, en una de las crisis más grandes e intensas de la historia del capitalismo, la izquierda alternativa, la que piensa que otro sistema social es posible y necesario, se ha reducido a una presencia relativamente marginal. A lo sumo alcanza un techo de votos del 10% en la mayoría de países. Puede argüirse que parte de este acantonamiento se debe a la enormidad de medios que usa el capital para imponer su proyecto. Pero este ha sido siempre un dato de partida sobre el que, al menos a corto plazo, poco se puede hacer. Más vale preguntarse qué cosas hay que revisar del análisis tradicional para buscar nuevas líneas de acción con las que socavar este poder asfixiante.

II

Hay varias cuestiones en el enfoque marxista clásico que requieren revisión. Cuestiones que los fundadores de la tradición difícilmente podrían visualizar en su tiempo, pero que en todo caso la izquierda actual está obligada a pensar.

Para empezar está la cuestión de las clases sociales, un tema central a la hora de construir cualquier proyecto político. Según la versión clásica el desarrollo del capitalismo genera las condiciones para que pueda surgir una sociedad sin clases. El desarrollo del capitalismo tiende a liquidar la mayor parte de formas de actividad precapitalista y concentrar la propiedad de los medios de producción en pocas manos. El proletariado, el grupo social de los que no tienen capacidad de producción por medios propios no deja de crecer. La propia dinámica del capitalismo genera una tendencia a la igualación de las condiciones sociales de esta gran masa de personas, condiciones sociales crecientemente degradadas y que de forma creciente percibirán al capital como la causa de su situación. Ahí está la base social de un cambio sistémico en esta inmensa masa de personas que pueden luchar por eliminar la propiedad capitalista y establecer un nuevo modelo económico donde impere la igualdad básica y la cooperación social.

Esta predicción se basaba en parte en la lógica del propio análisis marxista. Pero también se sustentaba en la evidencia de que la clase obrera tenía una enorme capacidad de acción en el proceso productivo y ello le permitiría gestionar la actividad productiva en un futuro. Una parte de esta hipótesis se ha cumplido: el porcentaje de población asalariada (con y sin empleo, sobre todo sin medios de subsistencia propios) no ha dejado de crecer y es ya claramente mayoritaria en todo el mundo. En los países más desarrollados está entre el 80 y el 90% del total. Y el grupo de autónomos no ha dejado de perder poder e influencia social, cuando no se ha convertido en una variante del trabajo asalariado dependiente. Pero esta proletarización de la inmensa mayoría de la sociedad ni se ha traducido en una homogenización social creciente ni ha generado una masa proletaria con capacidad y voluntad de gestionar la economía de otra forma.

Bajo el peligro de ser esquemáticos, vale la pena reconocer los elementos esenciales que han convertido a los asalariados en un conjunto fragmentado. En lo esencial considero que ello se debe a dos procesos convergentes de características algo diferentes.

De una parte, el ejercicio por parte del mundo empresarial de una persistente estrategia de transformación de la organización del trabajo orientada a ganar capacidad de control sobre los comportamientos laborales. Marx analizó con gran detalle la primera fase de esta transformación, el paso del capitalismo mercantil y la manufactura (donde el capital tenía una muy limitada capacidad de control) a la fábrica, un sistema de orden espacial, temporal y organizativo en el que el control ya era importante (la subsunción real del trabajo al capital en términos del propio Marx). Pero aún se trataba de procesos en los que la cualificación obrera jugaba un papel crucial para garantizar un producto aceptable. La segunda transformación se inició a principios del siglo XX con la introducción de la “organización científica del trabajo” por Taylor y otros especialistas en organización empresarial. Como en todo cambio se combinaron procesos organizativos y técnicos (la cadena de montaje por ejemplo es un mecanismo en el que la determinación de tareas y de tiempos está en parte cosificada en la máquina). Un intento claro por aumentar el control del capital sobre el trabajo (mediante la fijación de tiempos y tareas), de reducir la capacidad profesional de los trabajadores de oficio (y con ello eliminar sus sindicatos), de ampliar el ejercito de reserva (al reducir el tiempo de aprendizaje se facilitaba el acceso de los empresarios a un volumen mayor de personas). En su tiempo estas innovaciones fueron saludadas como el fin de la lucha de clases y del sindicalismo. Sus promotores no captaron que muchas de sus iniciativas tenían una contrapartida indeseable: la creación de grandes espacios fabriles donde la clase obrera se pudo recomponer en lucha contra unas condiciones laborales insoportables. No es casualidad que el zénit de la producción fordista fuera también el momento de mayor organización sindical. Tampoco lo es que los conflictos laborales se hayan reproducido en aquellos países en desarrollo a los que ha emigrado la gran industria (Brasil, Corea del Sur, incluso ahora China)

La tercera ofensiva, la propia de la era neoliberal, se inició a mediados de los años setenta del siglo pasado, cuando los grandes ideólogos del capital comprendieron el peligro que representaba la gran conurbación obrera. Y emprendieron una nueva transformación, la del “capitalismo flexible”, donde la dinámica organizativa se centra en la fragmentación de los procesos productivos, la separación espacial de actividades, la individualización de las relaciones laborales y la gestión por pequeños grupos. Cambios que una vez más han combinado aspectos organizativos con tecnológicos. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han propiciado una capacidad de control sobre el comportamiento humano, de control a distancia, como nunca lo había permitido ninguna tecnología anterior. Algo habitualmente escamoteado por los propagandistas de esas tecnologías, siempre dispuestos a loar las capacidades “libertarias” de las mismas. Sin ellas los Appel, Intel etc. ni hubieran podido externalizar la producción a países de muy bajos salarios ni, sin duda practicar los juegos fiscales a los que son adictos. Evasión de derechos laborales y de impuestos están unidas por un mismo sistema tecnológico. La clase obrera actual, la industrial y la de servicios, está sometida a un proceso de aislamiento social, de escrutinio constante, de fragmentación social que dificulta su toma de conciencia, su respuesta colectiva.

Pero este proceso ha ido acompañado de otro que hasta cierto punto ha transcurrido en sentido inverso. El colosal desarrollo del capitalismo, la construcción de las grandes estructuras oligopólicas, el cambio técnico incesante sólo han sido posibles por la creación de una enorme masa social de personas educadas capaces de gestionar la complejidad de las sociedades modernas, de cubrir las jerarquías intermedias del proceso productivo, de desarrollar y concebir nuevas tecnologías y productos... Y ello ha obligado a “producir” un nuevo tipo de clase obrera asalariada, con mayor nivel de instrucción, con hábitos adecuados para las actividades a las que son necesarios. Una clase obrera socializada fundamentalmente a través del sistema educativo, el cual al universalizarse ha creado la imagen de que estamos ante un proceso de selección por meras capacidades intelectuales y, en parte ha ofrecido oportunidades de promoción social a individuos que en otras épocas sólo hubieran tenido la fábrica, la obra o el hogar como horizontes de vida. Sin duda la propia lucha obrera con su exigencia de universalizar la educación y su demanda de servicios públicos ha contribuido tanto a ampliar el sistema educativo como a generar espacios de empleo para la gente educada. No se trata sin duda de un proceso lineal, pero el resultado es bastante evidente: la creación de una amplia capa de asalariados que combinan acreditaciones educativas y que tradicionalmente han ocupado posiciones laborales mejores en términos de salarios, de estabilidad en el empleo, de estatus social. Y que ha ayudado a reforzar el mito de que cada cual tiene lo que se merece (aunque existe evidencia de que las probabilidades de éxito en el proceso educativo están asociadas al origen social de cada persona y que de forma creciente se han cerrado las opciones reales de ascenso social incluso para buena parte de la población culta).

En términos de clase ello ha generado una importante fractura cultural, política entre segmentos de asalariados y ha contribuido tanto a la pérdida de conciencia de clase en sí misma como de construcción de un proyecto social común. A ello han contribuido poderosamente las campañas propagandísticas desarrolladas por los ideólogos burgueses y los medios de comunicación generando una visión totalmente estigmatizadora de la clase obrera manual. Y un ensalzamiento de los méritos de la gente educada, “preparada”. Una visión que a menudo, como ocurre en todas las construcciones de inferioridad, acaba siendo asumida en parte por las propias víctimas. Y es difícil que sobre la baja estima sea posible construir una vanguardia social.

Hoy la mayor parte de respuestas al sistema, al menos en los países desarrollados, provienen de este segmento de capas asalariadas cultas, radicalizadas porque van descubriendo que también pueden ser excluidas del festín neoliberal, conocedoras, parcialmente, de la jerga del poder. Pero distanciadas del grueso de los trabajadores normales a los que en parte ignoran, en parte desprecian y en parte contemplan con una cierta dosis de paternalismo.

Es imposible construir una sociedad de iguales sin reforzar el protagonismo de los de abajo. Sin romper los mecanismos de dominación que les impiden un desarrollo personal, intelectual, productivo. Mientras el protagonismo se concentre en las capas superiores educadas a lo más que podemos aspirar es a una variante del modelo de economía burocrática más o menos amable con la gente, pero difícilmente a una sociedad básicamente igualitaria. No creo que sea cuestión tampoco de acusar del problema a estos sectores culturalizados. Se trata simplemente de reconocer que ahí hay un problema de construcción social y que el mismo obliga a repensar dinámicas sociales y formas de articulación. Obliga a pensar el papel de la división del trabajo, del sistema educativo, de los mecanismos de representación.

III

Marx y Engels, y lo mejor de la tradición marxista, captaron claramente la tendencia universalizadora del desarrollo capitalista. Y comprendieron que la alternativa al capitalismo tendría que ser necesariamente global. En lo sustancial el diagnóstico sigue siendo válido pero la historia del último siglo obliga a matizar algunas cuestiones y una versión demasiado simple de la propuesta genera dudas. Hay dos materias sobre las que quiero llamar la atención. Ambas tienen que ver con la relación desarrollo global, desarrollo nacional y alternativas.

La primera nos conduce a un viejo tema de la tradición marxista: el del imperialismo y el papel del estado-nación. Para cualquier izquierdista informado es evidente que el desarrollo del capitalismo partió de una base nacional y generó dinámicas imperialistas que dieron lugar al proceso colonizador y a las guerras de base territorial. Pero hasta la Primera Guerra Mundial prevaleció la idea de que era posible desarrollar un conflicto de clase en oposición a la guerra imperialista. Y que el apoyo a la burguesía local solo era posible por una traición política o por inmadurez de la clase obrera. Aunque en aquel período ya se había empezado a discutir la cuestión de la “aristocracia obrera”, que en parte consideraba que la clase obrera de un país podía estar participando de las migajas del rédito imperial, no se llegó más lejos en la cuestión. De hecho tras la Revolución de Octubre y al calor de los intentos de expandir la revolución el debate sobre los distintos ritmos y formas del desarrollo capitalista en los distintos países constituyó uno de los mayores problemas de los teóricos marxistas y dio pie a la acertada formulación de Trotsky de un proceso de desarrollo desigual y combinado. Casi cien años después resulta obvio que el desarrollo capitalista ha dado lugar a una jerarquía planetaria de países con distintos niveles de desarrollo económico, de bienestar. Resulta también palpable que las reglas de juego internacional son claramente asimétricas y benefician más a los países que ocupan un puesto prevalente en esta jerarquía internacional. Y que los intentos de moverse por la misma son difíciles salvo que se cuente con un tamaño y condiciones institucionales adecuadas (por ejemplo, la mayor parte de países del Este Asiático se beneficiaron de las políticas de contención de la guerra fría, cosa que no sucedió en Latinoamérica, donde Estados Unidos mantuvo una política imperialista más tradicional). Parte de las desigualdades nacionales de renta son el resultado de este proceso imperial que no puede entenderse como mera extracción de renta sino que tiene que ver también con procesos históricos acumulativos (en especial la capacidad de innovación tecnológico-productiva, el tipo de especialización etc.), o con la explotación de posiciones ventajosas en alguna actividad esencial. Pero en parte es también el resultado de cómo ha tenido lugar la lucha de clases a escala nacional, cómo se han configurado las instituciones nacionales. Algo que permite explicar por qué países con parecido nivel de renta (pongamos que Suecia y Estados Unidos) sean tan diferentes en cuanto la distribución de la renta y el papel de las políticas públicas. Es precisamente la complejidad del proceso que ha llevado a la diferenciación de territorios el que acaba por generar una conciencia nacional que al final se configura como el resultado del éxito o el fracaso del propio país. Y este nacionalismo, compartido por gran parte de la población de las distintas naciones, es lo que impide generar procesos verdaderamente internacionalistas, de clase, anticapitalistas. De hecho, más bien parece que el cosmopolitismo se encuentra entre las élites, entre los inversores globales (para los que el mundo es simplemente un tablero en el que efectuar operaciones), entre las élites académicas y culturales habituadas a la interacción con sus iguales de otros países. La lucha de clases convencional sigue siendo un conflicto que se desarrolla a escala nacional y bloquea, en gran medida, la posibilidad de desarrollar una respuesta generalizada al neocapitalismo global. Estamos igual que en 1914 a pesar de que hoy es más evidente que nunca que muchos de nuestros problemas son planetarios.

El espacio de la nación-estado genera otro tipo de problemas. Un problema que se planteó crudamente en la revolución rusa. El hecho es que los cambios sociales nunca son simultáneos. Que las crisis sociales, económicas y políticas nunca se producen en todas partes y de la misma forma. Y que por tanto las posibilidades de que se produzcan procesos más o menos radicales van a ser siempre desiguales. Hay una respuesta evidente: siempre que se den ocasiones para generar cambios más o menos profundos hay que aprovecharlas. Pero si los cambios se producen se entra en otro dilema. La respuesta estalinista de declarar el socialismo en un solo país y condicionar la política del resto de partidos comunistas a sus intereses nacionales fue nefasta. Se hundieron todos. Hoy las cosas aún son más complejas porque el neoliberalismo ha tejido un denso marco institucional a escala internacional que condiciona las políticas de cada país y pone enormes dificultades a la generación de cambios en profundidad en temas como los derechos de propiedad o la democracia económica. Y exige de cualquier proyecto creíble una notable capacidad para moverse en este contexto general tan hostil.

IV

El fracaso de la experiencia “comunista” constituye otra parte de la dificultad. Una experiencia que ha tenido su aspecto más negro en el recurso sistemático a una represión global y que ha culminado con dos finales a cual más malo: el desplome ruso o la conversión de China en el paradigma del capitalismo sin derechos. El tamaño del fracaso es tal que dificulta realizar un balance ecuánime de las cosas que resultan aprovechables y las que no hay que repetir. Aunque algunas están claras. La ausencia de democracia y derechos políticos resulta letal para cualquier proceso alternativo. Es bastante probable que al fin y al cabo los dirigentes soviéticos y maoístas simplemente fueran continuadores de una larga tradición autocrática en sus países. Y el propio proyecto de llevar a cabo una industrialización forzada no hiciera más que reforzar estas tendencias autoritarias. Pero lo que resulta evidente es que en una sociedad sin derecho a la oposición, a la crítica, a la libertad de expresión es difícil que florezcan estructuras sociales capaces de impulsar, corregir, socializar, dotar de impulsos éticos un proceso realmente participativo, comprensivo, autocorregible. Considero que ésta fue la cuestión crucial del fracaso del modelo aunque la experiencia también muestra la dificultad de llevar a cabo una planificación integral y la necesidad de pensar en fórmulas más complejas de gestión económica. Lo peor es que el temor a reflexionar sobre estas experiencias nos ha conducido a una incapacidad de pensar en cómo podría organizarse una economía socialista de base igualitaria y democrática.

Este fracaso no sólo se ha llevado por delante a la gente que creyó de buena fe que aquello era un proyecto deseable. Le ha dado a la derecha un instrumento para desprestigiar a sus críticos y tratar de cerrar cualquier iniciativa que trate de cuestionar el modelo imperante. Y, sobre todo ha conducido a gran parte de la izquierda a una forma de elaboración política en la que no existe ningún proyecto social hacia el que se encamine su política. La mayor parte de propuestas lo son en términos de medidas parciales, de recetas particulares (como la de la renta básica, el reparto del empleo, los presupuestos participativos, el cooperativismo...) a menudo sin referencia al tipo de sociedad al que se van aplicar ni al tipo de sociedad al que quieren ir. Lo primero, el intento de implantar estas medidas en sociedades capitalistas normales, impide ver los límites de su aplicación en el momento actual, las resistencias y las respuestas que generan y que acaban reduciendo su capacidad de transformación. Lo segundo, el no tener un mínimo proyecto de referencia impide pensar en una verdadera estrategia de cambio en el que hay alguna relación entre unas medidas y un proyecto más general. No estoy planteando que primero tenemos que tener el gran proyecto y después articular el programa concreto bien delimitado. El devenir social es siempre más complejo de lo que cualquier proyecto detallado pueda inducir. Pero sí que es necesario pensar qué modelo de sociedad quisiéramos tener, cuáles son los impedimentos al cambio y qué propuestas y qué dinámicas son plausibles y se pueden impulsar. Por ejemplo: si queremos transitar hacia una sociedad ecológicamente sostenible y socialmente justa necesitamos alguna hoja de ruta sobre las reformas a emprender, una hoja de ruta que debe partir de las estructuras y las formas de vida actuales y que debe articular propuestas y medidas que permitan circular hacia allí, tener alguna idea de transición que debe conseguir el apoyo de amplias masas.

La crisis soviética, el desencanto con la utopía “tradicional” no es el único causante de la ausencia de macroproyectos y la proliferación de recetas. A ello ha contribuido también tanto la especialización intelectual y la abertura de nuevos espacios de debate social. Hoy la mayor parte de gente que elabora propuestas políticas suele proceder de experiencias educativas especializadas. Es raro el tipo de intelectual enciclopédico que podemos encontrar en los mejores ejemplos del pensamiento crítico tradicional. Y esta especialización a menudo impide pensar en términos globales, interactivos. (Por ejemplo está situación resulta evidente cuando se encuentran personas con formación en ciencias sociales —supongamos que economistas— con personas provenientes de las ciencias ambientales). Es más fácil elaborar una propuesta dentro de la propia especialización que trabajar interdisciplinariamente. La segmentación profesional a menudo forma parte de la diferencia entre nuevas y viejas culturas políticas, entre la tradición roja (tanto más autista cuanto más tradicional), la ecologista y la feminista. En este campo estamos ante proyectos que a veces tratan de presentarse como exclusivos, y se convierten en excluyentes, y que a veces tienen situaciones de conflicto y complejidad. Y el resultado es la proliferación de propuestas sin mucha voluntad de diálogo. Creo que ninguna de estas cuestiones es un obstáculo insalvable. Que realmente necesitamos diseñar un proyecto donde lo verde, lo rojo y lo violeta encajen. Pero la única forma de avanzar es precisamente generando los marcos organizativos, de confluencia, que permitan romper con los obstáculos indicados.

Hoy, más que nunca, es necesaria empezar a configurar una alternativa social al capitalismo. Una sociedad decente con la gente y con el medio. Y esto exige un trabajo voluntario, colectivo de prefigurar esta sociedad y alguna estrategia de transición hacia ella que parta, con realismo, de la situación actual.

V

El desarrollo capitalista no sólo ha alterado la estructura de clases y las condiciones de trabajo. También ha transformado la vida cotidiana. Un elemento importante que influye en la propia organización social y en la participación.

El impulso económico, y hasta cierto punto igualitario, que generaron las políticas económicas de corte keynesiano (pleno empleo, aumentos salariales sostenidos, producción en masa) supuso también un cambio en las formas de vida tradicionales de la mayoría de la población. No tanto por el consumismo per se sino especialmente por el impulso de dos innovaciones cruciales: el automóvil y los medios de comunicación de masas (especialmente la televisión). Ambos supusieron un cambio en los hábitos de vida, la distribución espacial, las relaciones personales de la mayor parte de la población. Se debilitó un modo de vida centrado en las relaciones colectivas —desde la charla en la calle con los vecinos a los cientos de actividades sociales— y fue sustituido por estilos de vida mucho más individuales. Se transformó el sistema de transmisión de la información, pasando de uno en el que la transmisión oral era crucial a otro donde la gente recibe a diario su cuota de información codificada en su casa, sin posibilidad de debate. El efecto global es un debilitamiento de las conexiones extrasistema y de los hábitos de relación colectiva. Algo que incluso afecta a los mismos espectáculos de masas como el cine y el deporte (Eric Hobsbawm indicó que el futbol en Reino Unido era una de las actividades que connotaban a la clase obrera masculina, hoy este mismo deporte ha sido colonizado por los grandes grupos financieros y mediáticos y se ha transformado en un inmenso negocio televisivo). Menos interacción cotidiana sugiere menor capacidad para organizar a la gente, hacerla partícipe de proyectos colectivos. Una mayor dispersión que crece sin duda con el nivel de renta y tiene efectos sociales y urbanos, tal como resulta paradigmático en el caso de Detroit (cuyo declive se inició cuando las clases medias asalariadas se fueron a vivir a las poblaciones de urbanizaciones de la periferia).

Las nuevas tecnologías de la comunicación han tenido un efecto más contradictorio. De una parte refuerzan estas tendencias individualizadoras (con aspectos alarmantes como las dependencias de videojuegos, páginas porno, etc., especialmente peligrosas para personas con problemas de relación personal). De otra ofrecen la oportunidad de restablecer a bajo coste redes de relación personal que en teoría pueden generar un nuevo modelo de colectividad. Sin negar este último hecho, hay sin embargo algunas cuestiones a considerar. La primera es que la relación virtual tiene sus límites en cuanto a su capacidad para impulsar trabajos colectivos persistentes en el tiempo. Ofrecen demasiadas posibilidades para relaciones banales, de bajo compromiso, cuando lo que requiere cualquier construcción alternativa es un esfuerzo (y también una gozosa interacción social) compartido. Es fácil firmar a favor de cualquier participación sensata en internet, pero los que tenemos alguna experiencia en participación social sabemos que sin una presencia directa y colaborativa en mil y una actividades las cosas no funcionan.

El otro problema, quizás aún más decisivo, lo tenemos en la propia forma de pensar en la participación democrática. Ciertamente las redes de comunicación permiten una enorme participación virtual en forma de votaciones o recogidas de firmas. Pero a menudo se trata de un tipo de participación poco reflexiva, nada deliberativa. Un tipo de participación muy atractiva para los sectores de clase media “cultos” a los que me he referido anteriormente. Personas habitualmente seguras de sus conocimientos y su capacidad de discernimiento, personas ocupadas que quieren participar pero a menudo no están dispuestas a perder demasiado tiempo en la vida social. Sin duda es una forma de participación, pero que no conduce necesariamente ni a generar propuestas meditadas ni a crear estructuras sociales consistentes. Una forma de participación que puede excluir a aquellos grupos sociales con hábitos de acción diferentes. Sin duda exagero. Hay mucha participación de gente educada en muchos proyectos sociales, pero hay un exceso de trabajo en pequeños grupos, de autorreferencia, de ausencia de diálogo reflexivo y el uso acrítico de la participación vía red puede reforzar muchas de estas tendencias. La participación y la organización requieren tiempo, requieren recursos, requieren hábitos. Y todos ellos se reparten de forma muy desigual entre la población atendiendo a su actividad laboral (asalariada o doméstica), a sus ingresos, a sus marcos culturales. Por ello es tan básico hoy plantearse qué modelo, o qué modelos (pues es posible que lo que funciona en unos segmentos no funciona en los otros), qué tipo de conexiones y qué tipo de procesos son necesarios desarrollar para construir un verdadero bloque social, necesariamente variopinto, nada que ver con el monolítico modelo estalinista, capaz de impulsar una dinámica de transformación.

VI

Hay sin duda otras cosas importantes a considerar. Ya he apuntado anteriormente que la consideración de la crisis ecológica exige una revisión importante tanto acerca de qué proyecto social es deseable como del tipo de transición que puede impulsarse en sociedades donde está instalado el consumo de masas (y las formas de vida que conlleva). Para mí sigue constituyendo uno de los problemas pendientes de resolución que ni las propuestas de new deal verde ni las de decrecimiento solucionan eficazmente. El desafío ecológico plantea además qué modelo es factible a escala planetaria y exige por tanto que las distintas estrategias globales tengan un encaje global.

De la misma forma, el feminismo genera nuevas cuestiones sobre la organización social. Simplemente destacaré dos a modo de ejemplo. Una es la tradicional cuestión de la conciliación entre espacios sociales. Una cuestión que exige importantes cambios de roles sociales entre hombres y mujeres, pero que tiene pocas, o ninguna, posibilidad de avanzar si no se introducen transformaciones significativas en las organizaciones extrafamiliares, en las empresas y organismos públicos, algo habitualmente olvidado por la mayor parte de los planteamientos que circulan por los medios de masas. La otra es de nuevo la cuestión de las necesidades y las cualificaciones y que tiene que ver con el debate anterior sobre las clases. Una parte de la legitimación de los bajos salarios y las bajas cualificaciones tiene que ver con el crecimiento de los servicios y la mercantilización creciente de actividades domésticas. En cierta medida el capitalismo (y las clases medias cultas) han asumido la cultura patriarcal para declarar que estas actividades son poco cualificadas y legitimar con ello desigualdades inaceptables, Se trata de actividades cruciales para la vida cotidiana, cuyo desempeño con eficiencia requiere esfuerzo, inteligencia, experiencia. Reivindicarlas es una necesidad tanto desde un punto de vista de clase como feminista. Y un elemento crucial a la hora de construir un proyecto social igualitario.

Y existe también el problema de cómo cambiar un marco institucional internacional diseñado para mantener estable el poder del capital. Una cuestión que exige pensar también en qué actuación a escala internacional es posible, qué alianzas, qué diplomacia hay que construir. Exige confrontar las propuestas políticas con las resistencias y presiones que provendrán de este marco institucional y que a menudo exigen un compromiso entre el voluntarismo del proyecto y las constricciones ambientales de una estructura de poder que deja pocos espacios de salida.

VII

Hoy, más que nunca, es evidente la necesidad de cambiar el sistema social. Por razones sociales y por la crisis ecológica. Hoy es también evidente, tras el estallido de la crisis financiera de 2008 y las respuestas a la misma, que los impulsos a una autorreforma del sistema tienen pocas posibilidades de consolidarse. Todo el largo período neoliberal ha consistido precisamente en un proceso de reforma institucional orientado a garantizar la prevalencia más cruda del capital. Por eso, hoy, tratar de buscar vías de transformación al sistema se enfrenta a un estrecho margen de actuación y exige desarrollar un esfuerzo político, social e intelectual enorme. Las debilidades de la izquierda actual que he tratado de detectar en este trabajo —ausencia de visión de conjunto, segmentación de los programas, falta de una consistente visión social, insuficiente análisis de los mecanismos de socialización e interacción, etc.— son en gran parte el reflejo de estas dificultades (y la resaca por el fracaso del primer intento de construcción de sociedades poscapitalistas).

Pero la necesidad sigue ahí. Y la gente se sigue rebelando de muchas formas en muchos lugares. Casi siempre derrotada, como ha ocurrido en muchas situaciones anteriores a lo largo de la historia. Y por esto se hace más imperioso tomar las cosas como son y asumir las dificultades. Y empezar a experimentar, reflexionar, debatir, impulsar procesos que logren abrir brechas en un sistema que ahora parece más monolítico que nunca por su enorme densidad institucional, pero que es incapaz de esconder sus múltiples fracasos. La crisis social y la crisis ecológica están intensamente interconectadas. Y por esto también es necesario, y posible, construir una alternativa global que requiere, como condición “sine qua non” generar movimientos, organizaciones políticas, procesos donde el diálogo, la cooperación y el respeto se impongan sobre el doctrinarismo y el sectarismo que demasiadas veces han sido características de las tradiciones revolucionarias.

2/2015

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