¿Plebiscitarias?

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Joan Busca

Cuando escribo estas notas el futuro de las elecciones autonómicas en Catalunya es incierto. Aunque el president Mas ha anunciado que su idea es seguir con el compromiso de convocarlas hay muchas dudas, sobre todo tras el batacazo de Barcelona. Es previsible que una de las condiciones clave que Esquerra Republicana de Catalunya ponga a Barcelona en Comú para darle su apoyo es  el apoyo a la Assamblea de Ajuntaments Independentistas. Posiblemente un marrón pero que, como ocurre en muchos campos, quizás habrá que pagar para tirar adelante cuestiones más tangibles. Lo que me parece que en cambio no debería apoyarse en ningún caso es la consideración de plebiscitarias que quiere imponer la hoja de ruta Mas-Junqueras con el beneplácito de la Assamblea Nacional de Catalunya y Òmnium Cultural, las dos grandes organizaciones que han articulado la sociedad civil de independentistas. 

La oposición a las plebiscitarias es por una cuestión de principios democráticos y por sus consecuencias. El tema de los principios tiene que ver sobre todo en la forma como se computa el voto de cada persona. En un referéndum cada voto vale igual. En unas elecciones cada voto vale más o menos según las reglas que convierten votos en escaños. De hecho hay dos mecanismos básicos a tener en cuenta: el número de escaños en cada territorio y la ley d’Hondt, que se aplica para asignar escaños en cada demarcación. 

En el caso de Catalunya, el reparto territorial es claramente beneficioso para las tres provincias pequeñas en detrimento de Barcelona. Los ciudadanos de Girona, Tarragona y Lleida pesan relativamente más. La ley d’Hondt, que favorece a la lista más votada en cada demarcación, refuerza aún más está discriminación entre ciudadanos. Los sectores independentistas acaban por obtener una sobrerrepresentación en escaños. Si de verdad fueran sinceros los partidarios de las plebiscitarias deberían empezar aprobando la ley electoral en curso estableciendo, al menos para las próximas elecciones, una proporcionalidad absoluta. 

Las elecciones autonómicas se caracterizan además por una mayor abstención que en elecciones generales y municipales de la población, cuyo sentimiento identitario es más español que catalán, lo que beneficia la sobrerrepresentación de los nacionalistas. Esta abstención es sin duda un problema de cultura política, enraizada en los mismos problemas que son comunes a la baja participación de la gente pobre, pero tampoco nadie se ha preocupado por mejorar la cultura política de estos sectores. Las elecciones catalanas movilizan sobre todo a la gente que se siente catalana. Posiblemente un referéndum en torno a una pregunta clara sobre la independencia resultaría mucho más movilizador, como ocurrió en Escocia, pero las clases dirigentes catalanas, al igual que las españolas, están encantadas con la baja participación de la gente humilde. 

Si los principios fallan, también fallan las consecuencias. De hecho con esta convocatoria Artur Mas lo que busca es ganar tiempo (y posiblemente Esquerra Republicana una vía de salida a su bloqueada estrategia). La propuesta es, tras las elecciones (suponiendo que no haya una respuesta radical por parte del Gobierno central), trabajar para una nueva constitución catalana por un plazo de dos años. O sea, en el mejor de los casos, cocinar una constitución totalmente al servicio de sus promotores (los borradores que han circulado elaborados por el injustamente sancionado juez Santiago Vidal son ciertamente reaccionarios), y llegar a una posible situación de independencia. En el peor, y más probable, es que se utilice este período para seguir desarrollando las políticas reaccionarias que con tanto ahínco ha practicado CiU, mientras se sigue contando con el apoyo de ERC porque ésta sólo juega de verdad en la liga de las naciones y le preocupan mucho menos las políticas sociales. La hoja de ruta significa cuando menos dos años más de políticas reaccionarias, de chanchullos de hundir al país real en aras del país imaginario que nos quieren vender. 

Que esté en contra de las plebiscitarias no me lleva a pensar que hay que pasar por alto todo el proceso independentista. En Catalunya se ha reactivado el independentismo por la conjunción de diversos elementos: una agresiva política (las formas y los discursos cuentan mucho) por parte del PP, una incapacidad de reconocer que esta es una cuestión mal solucionada por parte del PSOE, una eficaz campaña política independentista, los efectos de la crisis, un sistema de financiación inadecuado (seguramente para todas las CC.AA.). Y tal como están las cosas, la única forma de cerrar de alguna forma el tema es aceptando un referéndum, con un adecuado proceso democrático, en el que la gente pueda opinar si quiere o no la independencia. Visto fuera de Catalunya puede parecer intolerable. Nunca consigo entender este miedo a resolver la cuestión por esta vía. Personalmente no soy partidario de la independencia por razones diversas, pero me parece que es mucho mejor que la gente pueda decirlo que no bloquear la cuestión. Mientras esto no lo entienda al menos la izquierda española, en Catalunya seguiremos bloqueados en un debate sin fin que paraliza el país y deja las manos libres a CiU para seguir haciendo las mismas políticas que hace el PP en Madrid. Entiendo que un referéndum de independencia es enojoso para mucha gente fuera de Catalunya, pero más vale convivir con un problema recurrente (la celebración de referéndums) que enclaustrar  a toda una comunidad (y dejarla en manos de la derecha local) en un espacio sin salida y en el que desde el poder se desmantelan derechos sociales. La única alternativa a unas plebiscitarias tramposas es la celebración de una consulta. 

29/5/2015

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