Naomi Klein

Esto lo cambia todo

Paidós, Barcelona, 2015, 650 págs.

Clima, capitalismo y Naomi Klein

Reproducimos a continuación, por su gran interés, la primera parte de la larga reseña de la obra de Naomi Klein Esto lo cambia todo que Ferran Puig Vilar publicó recientemente en su blog Usted no se lo cree.

 

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Naomi Klein ha escrito una obra recomendable que, para ser inmejorable, tendría que haber obviado tres afirmaciones no menores sobre las que se sustenta buena parte de su argumentación. Empezaré pues por estas, a mi entender, debilidades significativas, para pasar después —próxima entrada— a describir las innegables aportaciones de Naomi al discurso público sobre el clima. Naomi Klein adopta una perspectiva optimista, incluso muy optimista, como de best-seller. Nada que objetar a la presentación de escenarios favorables, siempre que no se den necesariamente por los más probables y ello dificulte la anticipación de respuestas a situaciones más duras de lo previsto, o mucho más duras. El primer error de Naomi es dar por hecho que todavía queda (bastante) camino por recorrer en las emisiones presentes y futuras. Dice que si emitimos todavía algo más de 500 Gt CO2 (ella dice 565), o sea más o menos lo que llevamos emitido hasta hoy y lo convertimos pues en el doble, podremos andar tranquilos, digamos “en un 80%”, de que no superaremos +2 ºC, umbral supuestamente tolerable – aunque pone lo de “seguro” (“safe”) entre comillas. Esto no lo puede decir Naomi tan alegremente, sin matices, porque en rigor no es así. El ‘presupuesto’ de carbono remanente para no superar +2 ºC puede ser tranquilamente cero, como el IPCC declara en 2013 —aunque muy soterradamente, pero inequívocamente, en el resumen [1]—. Naomi no puede dar por hecho a la vez que 1) los daños de +2 ºC son asumibles (aunque ya advierte que es una cifra más pensada para no detener el crecimiento económico que para salvar vidas); y 2) que una probabilidad de más del 50% de no ir más allá nos autoriza a seguir emitiendo todos los GEI que nos dé la gana, todavía durante un tiempito. Unas pocas décadas, viene a decir (p. 148). Ninguna de las dos afirmaciones puede sostenerse en un sentido “fuerte”, por mucho que sean las variables que se manejan en los círculos negociadores. Naomi reconoce en la letra pequeña que hay mucha divergencia acerca de este dato, pero ella no solo acaba empleando el más favorable, sino que nos sitúa de hecho en un escenario tipo outlier, muy poco verosímil. Desde luego no se centra en el considerado más probable, sino en el más deseable de entre los no del todo imposibles. Por lo demás este “80%” de no superar +2 ºC no tiene sustento documental suficiente, y parece un outlier a su vez, no soportado por la literatura. Las probabilidades que se manejan en el ámbito científico son de por encima o por debajo del 50%, o del 33-66%. Naomi da por tolerable emitir todavía una cantidad equivalente a todo lo emitido hasta ahora, atribuyendo indebidamente a esta situación mucha mayor probabilidad de no superar 2 ºC que la que es realmente asumida en sede científica formal —que, por otra parte, sabemos estructuralmente moderada—. Primer eslabón de optimismo decantado, que Naomi no llega a justificar ni con una poco convincente nota al pie. La segunda afirmación sobre la que se apoya Naomi Klein para sus reflexiones consiste en suponer que un 100% de energías renovables es una realidad plausible alrededor de 2030, o si no, cuando sea. Esto, así dicho, no es imposible. Lo difícil, y muy de wishful thinking, es creer que podremos tener, como civilización global, más o menos la misma potencia a disposición mediante renovables que la que obtenemos actualmente vía fósil. ¿Cuánto es este 100%? Los 18 TW que consumimos en la actualidad? ¿Hasta dónde alcanzan las renovables? ¿Es cierto que no hay forma humana de extraer más de 5 TW netos mediante energías alternativas, según defienden algunos a partir de consideraciones termodinámicas? Ahí si hay un debate científico no concluido todavía, pero que Naomi da por resuelto mediante una selección de fuentes profundamente sesgada. Para defender que un futuro todo-renovables es posible y factible, Naomi refiere un trabajo de 2011, de Mark Jacobson y Mark Delucchi, autores que afirman haber ideado cómo llevar a cabo esa solución milagrosa de un todo sol-y-viento (e hidroeléctrico como acumulador), generando 72 TW, como si fuera posible hacer tal cosa sin incurrir en mayores penalidades que las meramente paisajísticas. Eso es un auténtico brindis al sol, pero que muchos han dado por cierto hasta el punto de llegar a confundir a la valiente Naomi. Sorprende que afirmaciones tan controvertidas y decisivas no le sugieran comentario moderador alguno. Lo cierto es que este trabajo, que fue publicado en la académica Energy Policy, es algo muy cercano al fraude científico, por muy Stanford que sean sus autores (o quizás por ello, al menos en este campo). No tengo noticia de trabajo posterior capaz de replicar valores tan extraordinarios —salvo los de los propios autores originales— pero si de muchos que los desmienten. De modo que Naomi no puede decir que, hace cinco años:

“… no había tanta investigación de alto nivel demostrando que una economía alimentada 100% por energías renovables está a nuestro alcance [grasp].” (p. 452)

Y es que ahora tampoco la hay en el sentido que ella le da, el de que haya suficiente (para satisfacer nuestras necesidades, dice, sin especificar), independientemente de su origen, renovable o no. Naomi yerra al declarar a este estudio creíble, yerra mucho, y los complementos documentales que añade no soportan afirmación tan contundente, desde luego no a nivel global. Lo que realmente Naomi Klein parece no grasp es el propio concepto de energía, aquello que hace que las cosas sucedan. A ratos parece como si para Naomi el problema fuera la existencia de empresas energéticas, y el hecho de que todos nosotros seamos tan imbéciles de tener la manía de comprar sus fósiles acondicionados para transformarlos en watios, un poco porque sí. La cuestión primordial, aquí, no es quién suministra el producto —siendo esto importante— sino si hay bastante para todo lo que se necesita movimentar, y generar así actividad —que es lo que en realidad mide el PIB—. Y actividad creciente, que es lo que necesita el capitalismo realmente existente. Por mucho que alguien decida lo contrario —bien sea por peso del capital a cargo del consejo de administración de una megaempresa, o por votación en una cooperativa de energías renovables— el ritmo global de obtención de energía neta va a disminuir inexorablemente muy pronto, si es que no lo está haciendo ya. Y por tanto la actividad se reducirá, por muchos esfuerzos que hagamos por evitarlo. Si disminuye la energía a disposición por unidad de tiempo es que disminuyen las posibilidades de la realidad en ese mismo intervalo de tiempo. La menor disponibilidad de potencia se traduce inexorablemente en una disminución de la densidad de realidad, luego de cosas que suceden, de actividad, luego de actividad económica también. Una menor densidad de realidad se traduce necesariamente en un decrecimiento económico —pensamientos mágicos aparte—. Y es que el decrecimiento —insisto una vez más— no es una opción ideológica, ni tan solo es una opción. Decrecimiento y colapso lo tendremos queramos o no, pues son una certeza matemática a la vista de la historia reciente. A lo único que podemos aspirar es a gestionarlo, minimizando los daños. A Naomi parece incomodarle este concepto: solo aparece tres veces, y algo tímidamente, en las más de 500 páginas de su trabajo. El tercer error de Naomi Klein es algo menor, pero no es pequeño. Ha sido persuadida por la propaganda de demonización del informe Los límites del crecimiento, del Massachusetts Institute of Technology. Ladea esos límites físicos, y hace como si fueran superables simplemente mediante la voluntad, política u otra. Cree que LLDC estuvo equivocado, y todo por no habérselo leído. Aquí sabemos bien que de ninguna manera es posible afirmar tal cosa: si algo se está reivindicando en los últimos tiempos es precisamente la validez de ese modelo, definido en los años 60, y resuelto con las primeras ecuaciones económicas y físicas reflejadas por ingenieros, y que soportan sospechosamente bien el paso del tiempo. Así pues, Naomi no puede decir que:

“… si los sistemas naturales siguen agotándose al ritmo actual, la humanidad superará la capacidad de carga del planeta a mitades del siglo XXI”

No lo puede ni lo debe decir salvo que no le importe que se note que no se ha leído LLDC, ni original ni revisiones, ni otros muchos trabajos sobre la huella ecológica, pues está clarísimo que ésta fue superada precisamente en 1980. Tal vez en este otro párrafo encontremos alguna pista de su motivación pues, tras asegurar que necesitamos expandirnos —renovablemente— afirma:

“Esta es una visión mucho más expansiva que la conocida eco-crítica que incide en la reducción del impacto humano o de la “huella ecológica”. Simplemente, esto no es hoy una opción, no sin implicaciones genocidas: estamos aquí, somos muchos, y debemos emplear nuestras habilidades para actuar.”

Naomi no referencia LLDC, sino únicamente una deficiente crónica del informe aparecida en The Nation en 2012. Pero después de escribir (y publicar) estos párrafos en 2014 ya le habrán llegado críticas como ésta que está usted leyendo. De modo que ya debe saber a estas alturas que la huella ecológica se ha superado hace tiempo, que esto lleva al colapso de forma inexorable, y que esto tiene implicaciones genocidas —salvo que consigamos gestionarlo evitándolas, precisamente—. Cuento con que, como mínimo, esa página 186 no sería escrita hoy en los mismos términos. Y, con ello, probablemente el libro entero debería ser revisado. En definitiva, todos estos atajos hacia una realidad deseable —pero no por ello más verosímil— le permiten generar una narrativa de call to arms con (re)conexiones naturalistas que, como mínimo, moviliza ciertos colectivos y los energiza frente al sopor al que puede conducirnos la profundidad de algunas fases del duelo. Que no es logro menor. Salvando pues esas tres, a mi juicio, deficiencias cercanas a lo fundamental —y que no deben olvidarse— la obra de Naomi Klein es de gran valor, tanto intelectual como práctico y divulgativo. Es positiva, y propositiva. Adquirí el libro poco después de ser publicado en su versión original. Leí selectivamente más o menos la mitad, y lo abandoné. Su traducción a lenguas ibéricas y el periplo de Naomi por las Españas me han incitado a completarlo. Me encuentro en las últimas páginas, y lo describiré y comentaré aquí dentro de unos días. Por lo que llevo visto, y a pesar de las objeciones señaladas, Naomi Klein sigue resultando inspiradora y sugerente, como en sus dos obras anteriores.

 

Nota

[1] IPCC Working Group I (2013)–5th Assessment Report The Physical Science Basis–Summary for Policymakers–Intergovernmental Panel on Climate Change–http://www.climatechange2013.org/images/report/WG1AR5_SPM_FINAL.pdf: “Limiting the warming caused by anthropogenic CO2 emissions alone with a probability of >33%, >50%, and >66% to less than 2°C since the period 1861–1880 […], will require cumulative CO2 emissions from all anthropogenic sources to stay between 0 and about 1570 GtC, 0 and about 1210 GtC, and 0 and about 1000 GtC since that period respectively […]. These upper amounts are reduced to about 900 GtC, 820 GtC, and 790 GtC respectively, when accounting for non- CO2 forcings as in RCP2.6. An amount of 515 [445 to 585] GtC, was already emitted by 2011. {12.5}”

 

Actualización 08/04/2015

La referencia a la ausencia de conversación entre Naomi Klein y Mark Jacobson ha sido eliminada, tras comprobar que manfiesta haberse producido el 07/04/2014 (nota al pie p. 495).

 

[Fuente: Usted no se lo cree]

Ferran Puig Vilar

5/4/2015

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