Tiempos, cuerpos, vidas

Albert Recio Andreu

Lo explicaron hace ya bastantes años autores como E. P. Thompson y Andrew Marglin. El nacimiento del sistema fabril fue entre otras cosas un medio para imponer el control del tiempo a la clase obrera. El reloj, la sirena, el espacio cerrado de la fábrica y la supervisión estaban diseñados para establecer una disciplina del tiempo ajena a la tradición del mundo rural. Las largas jornadas de trabajo dejaban poco o ningún espacio para la vida social, incluso para realizar las actividades necesarias para el restablecimiento de la vida cotidiana. Por ello, y por su bajo coste, los niños, los jóvenes, eran apreciados para el trabajo fabril. En toda la historia del capitalismo el control de los tiempos ha sido una obsesión constante. De la misma forma que en todos los tiempos los capitalistas han preferido un determinado tipo de personas para un determinado tipo de tareas. No sólo como una preferencia personal sino porque saben que determinadas personas se adaptarán mejor a unos requisitos que otras. La discriminación no es tanto un producto de los prejuicios como un elemento funcional a la hora de disciplinar a los trabajadores.

La respuesta obrera a este control de los tiempos fue la lucha por la reducción de la jornada laboral, por acotar el poder empresarial en este campo. Apelando a estrategias diversas. Como la limitación de la jornada infantil o el trabajo nocturno por cuestiones de salud. O la limitación del trabajo femenino recurriendo a una lectura tradicional de las desigualdades de género. O de forma más articulada en la lucha por las ocho horas tanto por motivos de salud (8 horas para descansar) como en mor de un modelo social deseable (8 horas para tener vida social). Es evidente que aún se mantenía un fuerte punto de vista masculino, que ignoraba el papel del trabajo extramercantil de cuidados cotidianos. Pero creo que el planteamiento se podría reconstruir —como de hecho se está haciendo— simplemente introduciendo nuevos ítems en la definición de un modelo social deseable (lo he formulado como tiempo para descanso, trabajo doméstico, participación social, estudio, ocio y relaciones sociales). Ha sido una lucha en parte exitosa, al menos en los países del capitalismo central, pero que en los últimos años ha experimentado un clave deterioro por el impacto de la renovada ofensiva del capital.

Éste ha apelado a la flexibilidad laboral en general y la de tiempos en particular —coherentemente con el objetivo de la utilización temporal selectiva de la mano de obra para reducir el coste económico de ésta— basándose en la evidencia de que actividades distintintas tienen pautas temporales también distintas: determinadas estacionalidades, variaciones, actividades, … se concentran en momentos determinados. Y esta ruptura del tiempo compacto se ha vuelto a traducir en una diversificación de los tiempos que afecta de forma desigual a las personas. Unos empleos siguen constituyéndose como empleos regulares, otros se ven afectados por variaciones horarias más o menos planificadas, otros son a tiempo parcial. Empleos que tienden a ser ocupados por personas diferentes en función de su adaptabilidad. Por ejemplo, el empleo a tiempo parcial es en todas partes cosa de mujeres (corre el mito de que Holanda, el país donde el empleo a tiempo parcial tiene mayor peso, es también el que lo reparte de forma más igualitaria, pero basta acudir a Eurostat para comprobar que, si bien es cierto que la tasa de empleo a tiempo parcial es mayor en Holanda que en cualquier otro país, también es ahí donde hay mayor diferencia entre hombres y mujeres). Y lo mismo sucede con los empleos con horarios cotidianos más variables, ocupados por jóvenes. O con las horas extra, una cuestión masculina.

En suma, la duración o la variabilidad del horario dependen de las estrategias empresariales, pero éstas tratan de contratar al tipo de personal que mejor se adapta a sus exigencias. La manipulación del horario se traduce en una gestión de la vida de las personas orientada a evitar que surja un renacido movimiento por acotar la prerrogativa capitalista sobre el tiempo.

Pero esta ruptura ha avanzado un paso más en otro terreno diferente. Lo que por una parte explica la dificultad de construir un proyecto alternativo común y por otra indica el carácter totalitario de alguna de las actuales políticas del capital. Es la que se ha producido entre la visión del trabajo común entre la clase obrera —una actividad inevitable, a menudo pesada o insoportable, necesariamente acotable para poder vivir decentemente— y la visión que emana de la perspectiva de la carrera profesional. De la confusión que se establece entre actividad laboral y vida personal, entre el trabajo como necesidad y el trabajo como deseo. Una confusión que atenaza especialmente a los sectores más educados de los asalariados. Especialmente porque se genera en parte en el sistema educativo, en parte en los medios de comunicación (los triunfadores, los artistas, los deportistas de élite, son glorificados precisamente por lo que tienen de obsesivos buscadores de éxito y realización profesional), y que es reforzada en determinados ambientes laborales (de los estratos superiores de las empresas a los centros de investigación y los diferentes espacios de producción cultural).

Esta disociación se percibe estadísticamente en aquellos países donde el nivel superior de asalariados trabaja más horas, está siempre dependiente de los requisitos de su profesión, condiciona su vida familiar (el trabajo de cuidados por supuesto es cosa de otros, o más bien de otras) y social a lo que exige el guión. Se trata de la máxima expresión del control del capital sobre la vida de la gente, puesto es una práctica que acaba por incapacitar para negociar límites al uso del tiempo, a la carrera competitiva del capital. (A menudo también la carrera profesional hace insensible a la gente de los problemas que genera su actividad, de lo útil o inútil que resulta para la sociedad: también en esto la carrera profesional acaba siendo a menudo tan funcional al poder.) No deja de ser paradójico que al final sea la gente más educada la que sucumbe más fácilmente a esta disciplina del tiempo y la vida. La que es más útil al poder.

Las mujeres son quienes experimentan con mayor lucidez esta distorsión y las que padecen más claramente sus efectos. Especialmente las educadas, a las que se les ha inculcado la bondad de la carrera profesional pero que en la vida cotidiana experimentan la necesidad de su vida privada y son conscientes que esta “concialiación” afecta negativamente a su promoción. Más allá de los prejucios machistas, el núcleo del “techo de cristal” que afecta a las mujeres profesionales (para las demás solo hay “suelo pegajoso”, empleos mal pagados, poco respetados, temporales, a tiempo parcial) está ahí: un modelo organizativo y social que exige total sumisión de la persona a las necesidades de la empresa incompatible con un modelo de vida que compatibiliza la presencia en distintos espacios sociales. Para promocionarse, no basta con ser competente, saber hacer un trabajo, sino que es necesario someter el tiempo a las exigencias que emanan desde arriba, olvidarse que hay vida fuera del espacio profesional. Algo que asumen muchos varones porque han sido sometidos a una fuerte cultura patriarcal (y porque saben que fuera cuentan con otras personas que cubrirán las necesidades que ellos son incapaces de hacer).

Esta cultura masculina del tiempo de trabajo tiene su contrapartida en la cultura del ocio mercantilizado, de la compra en el aeropuerto, de la prostitución, de la comida de trabajo, de la relación trivial tan habitual entre los machos alfa del mundo profesional. La inmensa mayoría de mujeres no se adapta a este modelo y por tanto es excluida masivamente del mismo. Lo que ha dicho con toda brutalidad Mónica Oriol (representante de una de las estirpes más rancias del gran capital español) no es más que lo que piensan y practican la mayoría de dirigentes empresariales (y altos profesionales) pero que esconden por hipocresía y temor a la crítica justificada. El mundo de la igualdad solo puede construirse con otro modelo de organización social.

No siempre los exabruptos son las manifestaciones más crueles del poder. La propuesta de Google y Apple a sus empleadas es a este nivel una vuelta de tuerca más, con envoltorio de modernidad. El fondo es el mismo que la más tradicional formulación de Oriol: la profesión sólo es posible con dedicación plena. Lo que se plantea ahora es que la profesión exige alterar el entero ciclo vital, ignorando que la crianza no es sólo más adecuada en unas edades por cuestiones de fecundidad, sino también por capacidad vital, por mayor o menor proximidad generacional. Lo que proponen las tics es que sean las personas las que adapten su entero ciclo vital a la empresa. Porque saben que se saca más jugo de trabajadores jovenes y ambiciosos que de gente adulta que va modelando su vida. Su propuesta se puede tildar claramente de totalitarismo empresarial. Ya no se trata como en los viejos tiempos de obligar a la gente a estar presente durante las horas requeridas en el puesto de trabajo. Sino de exigirle que organice su entero ciclo vital atendiendo a las necesidades de su proyecto empresarial. Y lo sugiere a las mujeres porque por su propia situación han sido menos colonizadas por el capitalismo que los machos alfa triunfadores. No es la primera vez que el capital trata de modelar la vida social de los trabajadores en función de sus intereses. Hay muchos precedentes, por ejemplo en la vida de las colonias fabriles, en los inspectores domésticos que tenía la Ford, en toda la práctica de los eventos de empresa. Pero Google y Apple han puesto la cota más alta. En cierta medida imitan a los mecanismos de las sectas y religiones que incluyen el control de la sexualidad dentro de sus técnicas de control. El capitalismo tecnocrático se parece cada vez más a las religiones totalitarias, en su intento de someter la entera vida social a su modelo de referencia. Denunciarlo es necesario. Desarrollar políticas de desprogamación de la cultura de la carrera profesional, urgente.

31/10/2014

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