¿Y ahora qué?

Comentarios prepolíticos: 19

Joan Busca

Hemos llegado a la fase final de un proceso, el catalán, en el que nadie es capaz de vaticinar como se saldrá. Aunque temo que cualquiera de las salidas va a ser dolorosa. Antes de ponerme a escribir he revisado comentarios anteriores para no repetirme demasiado. Pero lo que uno ha ido escuchando y leyendo en los últimos tiempos tiene más de monólogo para convencimiento propio que de un verdadero intento de buscar soluciones.

I

Me molesta, me ha molestado siempre, el discurso independentista convencional. El de presentar a Catalunya (o cualquier otro territorio) como un paraíso mancillado por los de fuera y al proyecto de nación independiente como una especie de utopia que tocaremos solo con tener fronteras propias. Un discurso que funda su legitimidad histórica en una reinterpretación de una historia que seguramente ocurrió de otra forma (la Guerra de Sucesión era sobre todo una guerra dinástica en la que cada cual jugó en función de sus intereses y donde el vencedor aplicó la lógica de la época: reprimir sin miramientos a sus adversarios e imponer un modelo de estado absoluto en todas partes, más o menos lo que habían hecho sus mismos parientes en su Francia original). Me molesta sobre todo cuando este discurso monocorde se utiliza para tapar las vergüenzas propias (hace pocos días tuve una discusión sobre el caso Pujol en que mi interlocutor me espetó que lo de esa corrupción era simplemente una deriva de nuestro estar en España). Y me preocupa cuando alguién trata de imponer al conjunto su visión de lo que es ser catalán (o español, o francés...). Porque estoy seguro de que yo mismo y la mayoría de la gente a la que quiero escapa a la mayoría de items que conforman el “código del buen patriota”.

Pero hay algo que me resulta igual o más molesto. Y son los argumentos de los opositores a la demanda de consulta y sus argumentos. De hecho el más extendido es simplemente formal: la consulta es ilegal, la democracia es el imperio de la ley y por tanto la consulta es antidemocrática. Lo de ley como metro de medida universal es más que discutible. Un repaso a las hemerotecas permte ver que es el mismo tipo de discurso que empleaba el franquismo para legitimar sus demanes y machacar a la oposición. Si algo tuvo el viejo régimen, aparte de militares, curas y empresarios ligados al poder, fue juristas (muchos de ellos relacionados con la Asociación Católica Nacional de Propagandistas) que realizaron un ímprobo trabajo para dar una cobertura formal a la dictadura. Las leyes dan seguridad en muchas acciones (de hecho gran parte de las leyes actuales de propiedad lo que dan es seguridad a los capitalistas y a los ricos a costa de desproteger al resto, como bien pone en evidencia el movimiento contra los desahucios). Pero las leyes son cambiables y, en muchos casos, están abiertas a interpretaciones diferentes. Decir que la consulta es ilegal es una forma de decir que no queremos negociar el tema, ni entenderlo, ni discutirlo, porque tenemos un arma con la que podemos machacar al oponente.

Un segundo argumento que me parece poco sostenible es decir que la constitución que nos hemos dado todos establece una especie de bien público que es ílicito romper. Considerar que la constitución se estableció de esta forma es otra falsificación grosera de la historia. De hecho, el debate constitucional entre las élites políticas nació acotado por quienes detentaban el poder real (no sólo en lo que respecta a la cuestión territorial, también en otros muchos ámbitos, como la Monarquia, la bandera....). Además, gran parte del contenido social de la Constitución ha sido vaciado por las posteriores reformas y su desguace culminado con la reforma exprés aprobada por PP y PSOE para convertirnos en servidores perpetuos del capital financiero. La historia de España, como la de cualquier otro estado, es el producto de procesos históricos azarosos y las fronteras son siempre el resultado de carambolas curiosas (por ejemplo en Catalunya está integrada la Valh d’Aran, un territorio occitano situado al otro lado del Pirineo y cuya ciudad más cercana es Toulouse; en cambio la Alta Cerdanya es francesa, con la excepción del enclave de Llívia, y el poco poblado alto valle del Noguera Ribargoçana se reparte entre Catalunya y Aragón). Y siempre parecería deseable que los procesos que dieran lugar a nuevas fronteras fueran producto de decisiones democráticas y no de las tradicionales acciones bélicas del pasado.

Un tercer argumento trata de presentar la consulta como una acción de salida unilateral. Hoy mismo, cuando redacto estas notas, el titular de el País “Respuesta al desafío secesionista” la trata de presentar en estos términos. De entrada, todo el mundo es consciente de que en el ordenamiento español no existe un derecho de referéndum vinculante. Además, la celebración de la consulta en Catalunya no excluye que después se pueda votar una propuesta de resolución de la cuestión a nivel de todo el estado (que tampoco sería vinculante). Trampear con esto es otra forma de manipulación. Lo que no se quiere es que la ciudadanía tenga derecho a opinar sobre el tema. Seguramente porque se teme que pudiera salir el Si-Si y que la propuesta de independencia refrendada por la mayoría de la población generara un proceso indeseado. Siempre he pensado que la gente que votaría por la independencia dificilmente ganaría (es curioso pero el resultado del referendum escocés es parecido al que tuvimos aquí con la OTAN, quizás porque el miedo al cambio siempre acaba por reunir a más personas), aunque coincido con otras muchas personas en ver que las respuestas que vienen de los “unionistas” han ayudado a ampliar las posiciones independentistas. O quizás es que simplemente hay una enorme aversión en las élites de poder a que la gente corriente pueda opinar sobre el meollo de las estructuras políticas, como puso en evidencia la reforma de la Constitución con nocturnidad y alevosía.

Y un cuarto argumento es que todo el giro independentista es el mero resultado de una persistente campaña de adoctrinamiento nacional lanzada por CiU y ERC. Nadie pone en duda que los nacionalistas son insistentes, en todas partes (no hace falta hilar muy fino, basta con escuchar o ver los programas de deportes). Y que se han basado en eslóganes simplistas para ganar audiencia. Pero esto no permite explicar porque una gran parte de las capas medias urbanas que tradicionalmente votaban al PSOE se han decantado cada vez más por el independentismo. Ni tampoco por qué en Catalunya esta situación se vive con tan poca tensión interior. (El PP ha obtenido más réditos electorales en algunas ciudades obreras cuando ha explotado la vena racista que con el tema de España). El viraje nacionalista se ha decantado fundamentalmente desde las campañas anticatalanas del PP y la desastrosa gestión del Estatut (si alguna vez se consiguiera la independencia se le debería dar algun tributo a la figura de Jose María Aznar). El auge independentista es el resultado de un proceso múltiple en el que hay que anotar tanto el acierto de sus promotores, como el maltrato de sus oponentes, como el descrédito de las izquierdas como referencia utópica, como el hartazgo con las políticas del PP. Días antes del referéndum escocés tuve ocasión de discutir con amigos ingleses, gente universitaria progresista, y su visión era que la deriva escocesa era más producto del rechazo de las políticas neoliberales iniciadas por Thatcher y mantenidas por Blair que de un auge identitario; varios de ellos apoyaban el Sí no por nacionalismo sino por la necesidad de “romper” la estructura de poder de Reino Unido, donde el poder financiero de la City afecta al resto del tejido social. Bastante de ello hay también en Catalunya, a pesar de que la sucesión de escándalos de CiU y sus políticas sociales no permiten generar las mismas ilusiones. Para mucha gente, romper hoy con España es romper con Rajoy, con la gran banca, con Florentino y sus colegas. Por ello, también una parte de la izquierda más radical se apunta animosa al proyecto con la esperanza de que la ruptura territorial pudiera alimentar otras dinámicas sociales. Se puede ser contrario a la independencia, pero no se puede negar que democráticamente la ciudadanía votó a favor de opciones políticas que aceptaban su realización y que ha sido el PSC la fuerza más castigada electoralmente por su posicionamiento.

II

Hemos llegado a la fase de definición y todo apunta a que tendremos un final sin desenlace. El PP simplemente confía en que su demostración de poderío (la que le permitió controlar el Tribunal Constitucional y otros muchos organismos estatales) deshinchará la tensión y derrotará a CiU (el giro independentista de CDC se produjo precisamente cuando vió rebasada su línea política tradicional). Pero es jugar con fuego, puesto que lo que va a conseguir es reforzar el sentimiento de que no hay nada que hacer con las élites centralistas. Posiblemente el tema nacional quedará tan enconado que solapará otros muchos debates necesarios para Catalunya y para el resto.

El PSOE espera recuperar protagonismo con su propuesta federal, pero para ser creíble debería ser una verdadera apuesta de poder. Y hoy por hoy, en Catalunya es casi imposible que recupere los votos que ha perdido por sus políticas sociales y nacionales. Su federalismo suena más a truco de tahur que a un verdadero giro en su concepción del estado. Entre otras cosas porque un giro verdaderamente federalista exigiría un trabajo cultural ante sus propias bases que le obligaría incluso a cambiar de modelo de partido. Y sin un gran partido “nacional” dispuesto a ofrecer un cambio en la estructura de estado el debate nacional quedará bloqueado para mucho tiempo.

Los nacionalistas tampoco lo tienen fácil. Es dudoso que provoquen una escalada que conduzca a un enfrentamiento abierto, del tipo de suspensión de la autonomía (o incluso detención de sus líderes). Entre otras cosas porque la ausencia de un mínimo respaldo internacional a sus posiciones la convierte opción en muy arriesgada. Han tenido la osadía de hacer un juego contundente pero todo apunta a que nadie tiene claro cómo continuarlo (excepto los más dogmáticos, que siempre tienen respuestas simples para cuestiones complejas y son incapaces de valorar los efectos de las mismas).

La izquierda real es como siempre la más compleja. En todas las organizaciones de izquierdas la cuestión nacional es transversal, hay gente independentista convencida (cada cual es hijo de lo que es), hay independentistas circunstanciales (los que piensan que es sobre todo una oportunidad para otra ruptura), hay laicos para los que la cuestión nacional es un tema secundario, hay quienes piensan que es simplemente una forma de desviar el conflicto social, y hay antiindependentistas convencidos (por parecidos motivos sentimentales y personales que los que están en el otro bando). En general esto no genera ningún problema grave porque es gente que coincide en otras muchas cosas. Y en muchos casos es la gente que sabe distinguir entre qué es la demanda de un derecho a votar y qué una posición concreta de voto. En esta ambigüedad se ha mantenido ICV-EUiA y gran parte de los movimientos sociales alternativos. El peligro está en que el cierre a las bravas del proceso puede dar lugar a una radicalización del debate que ponga en cuestión esta compleja, y necesaria, alianza social.

Van a ser tiempos complicados. Pero, tal como están las cosas, a mi entender no queda otra opción que la de seguir exigiendo un sistema participativo, discursivo, democrático, para resolver la participación. Si alguien tiene una propuesta federal tiene que ser consciente de que sólo será aceptable si lo es realmente (o sea, si explica, se defiende y se practica igual en Catalunya que en el resto, si genera una nueva visión del marco estatal donde se entienda que el Estado es al final un encaje entre gente en algunos aspectos diversa). Y se debe proponer un procedimiento de consulta con opciones claras, reglas de juego justas y compromiso de aceptar los resultados. Lo contrario es seguir aportando por mantener enconada la situación, por perpetuar un ambiente de rencor que cuando estalla es catastrófico.

Ahora estamos en un cul de sac. Tal vez el saco se rompa, o tal vez nos quedamos sin salir de él por mucho tiempo. Pensar que la cuestión catalana es el mero resultado de una manipulación nacionalista por arriba es engañarse. Se ha generado una situación enconada y solo se podrá salir con otro tipo de respuestas. Y esto es, también, una necesidad para la izquierda no nacionalista.

30/9/2014

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