Karl Marx

Elogio del crimen

Sequitur, Madrid, 2010, 80 págs.

Delincuentes, pero no tanto

El Edipo de Sófocles y el Ricardo III de Shakespeare; la paulatina sofisticación en la fabricación de billetes y el desarrollo de cerraduras cada vez más seguras y resistentes; toda la policía y toda la administración de justicia penal formada por esbirros, jueces, jurados, etc., el derecho penal mismo, los profesores que imparten esta materia y sus compendios o la hoy cada vez más importante ciencia criminalística; la química práctica que se encarga de vigilar las adulteraciones de mercancías; los organismos que velan por la seguridad y legalidad en las transacciones comerciales; los ingenios mecánicos que la tortura propició, así como todas las ramificaciones en la industria que todas estas actividades llevan aparejadas son ejemplos del conjunto de fuerzas productivas que impulsa el delincuente. Esta era la opinión de Karl Marx en el texto póstumo que escribió entre 1860 y 1862 bajo el título “Concepción apologética de la productividad de todas las profesiones”, y que Sequitur ha editado con el sugerente título Elogio del crimen.

Desde tiempos inmemoriales, el delito se ha venido considerando como algo esencialmente malo, nocivo y el más reprensible de cuantos comportamientos pueda tener una persona que vive en sociedad. Era así en Roma y lo es ahora en la España desquebrajada y supurante de hoy. Karl Marx, empero, analizó la cuestión desde otro punto de vista, haciendo especial hincapié en el entramado de fuerzas productivas que conforman la economía capitalista. Es precisamente aquí donde el delincuente cobra una nueva dimensión y queda despojado de todos los prejuicios que a lo largo de la historia sobre él se han ido acumulando. Pues como tal cumple una función primordial con la producción de delitos. Sí, el delincuente produce, igual que el carpintero o el escritor, y lo que produce son delitos. Siguiendo con su análisis, los delitos a su vez han suscitado todo tipo de transformaciones en la cultura, en la ciencia y en el sistema productivo de las sociedades antiguas y modernas. Por lo tanto, como dice Marx, el delito y el crimen son útiles y cumplen una función social: unas veces a modo de compensación natural y otras como fuerza impulsora de producción, pues sus constantes ataques a la propiedad privada no sólo rompen la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa, sino que también propician el desarrollo de todo un conjunto de fuerzas productivas, que tienen por finalidad la prevención y evitación de sus acciones, en unos casos; y el estudio y comprensión del fenómeno, en otros. También, y no menos importante, son los delitos como fuente de inspiración para artistas de todas las clases y épocas, por lo que su huella en la cultura es indeleble. En todo caso, la delincuencia es un mal, pero es un mal necesario sin el que las sociedades se hubieran estancado y decaído, en palabras que toma de Mandeville. Es una contrafuerza, un motor subterráneo que mueve y conmueve muchas más cosas de las que en apariencia, las apariencias nos muestran en el día a día.

Este pequeño opúsculo se compone —aparte del ya citado texto de Marx— de una Obertura a modo de prólogo de Ludovico Silva, cuatro textos más de Karl Marx, “Pena capital”, “Crimen y pauperismo”, “La ley y el delito” y “Filantrópica burguesía”, que complementan su “Elogio del crimen”, un breve interludio sobre la estupidez de Carlo M. Cipolla y, por último, dos textos suplementarios de Émile Durkheim, “Normalidad del crimen” y “Función del castigo”, que son un contrapunto a todos los anteriores. El editor y traductor Javier Eraso Ceballo compone para Sequitur una excelente obra, breve pero muy concisa, donde el aparente desorden de los textos esconde una cuidadosa selección, pues se interrelacionan y complementan formando un todo, en el que cada pieza cumple una función que enriquece todo el conjunto. Especial atención merece el texto de Silva, ya que resulta muy útil para comprender la importancia de Karl Marx, más como científico social que como el ideólogo o profeta que muchos han querido ver en él. También, porque nos ayuda a entender con agudeza las particularidades de su estilo literario.

Resulta clave comprender, por ejemplo, que la gran metáfora descubierta por Marx es la misma sociedad capitalista, su alienación. Vivimos en un mundo invertido en donde, como él decía, toda cosa está preñada de su contrario. El sentido de la sociedad capitalista no tiene sentido, he aquí la trampa. Y no tiene sentido porque todo en ella son apariencias con formas distintas (régimen jurídico, Estado, etc.), cuyo objetivo principal es ocultar la estructura económica que subyace a la sociedad así constituida. Las cosas ya no valen por lo que son, sino por lo que pueden cambiarse; ya no interesa la calidad, sino la cantidad; ya no es, en definitiva, el valor de uso lo que importa, sino el valor de cambio. Lo fundamental para el sistema ya no es el hombre concreto, sino el hombre abstracto productor de riquezas, y la división del trabajo es ahora división del trabajador. Como bien dice en su Crítica a la economía política: “Un tomo de Propercio y ocho onzas de rapé pueden aspirar al mismo valor de cambio a pesar de la disparidad de los valores de uso del tabaco y de la elegía”. La grandeza de Marx está, precisamente, en lograr caracterizar todo un sistema económico con un solo ejemplo de apariencia insignificante. Y es que se puede conocer más o menos a Marx, se puede ser más o menos marxista, pero ya no es posible no conocer a Marx y pretender al mismo tiempo ser alguien mínimamente científico.

Sebastià Sala López

30/9/2014

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