Andreu Espasa

¿Cuándo fue la última vez que pensaste en la Unión Europea con ilusión?

Hace un par de años, un amigo estadounidense que estaba trabajando de profesor universitario en Madrid me contó una interesante conversación con sus estudiantes. «Les pregunté si entendían que sus vidas se veían profundamente afectadas por miembros de una comisión en Bélgica que nadie había votado. Y me contestaron que no, que no lo habían pensado de esa manera.» El profesor no era ningún radical. Cuando hablábamos de política estadounidense, tendía a mostrarse satisfecho con la Administración Obama como un mal menor respecto al sadismo extremista del Partido Republicano. En cambio, los resultados económicos y políticos del proyecto europeísta le inquietaban, especialmente la degradación de las democracias europeas como consecuencia de la progresiva pérdida de soberanía. También le desconcertaba la aparente inconsciencia con la que la gente de su alrededor vivía todo este proceso: «¿Por qué centran su ira exclusivamente en contra de los políticos y los banqueros españoles y nunca protestan contra la Unión Europea?».

La respuesta no era fácil. Para empezar, la generalización resultaba un poco injusta. Desde principios de los noventa, Izquierda Unida, la tercera fuerza política estatal, había mantenido una posición muy crítica con la deriva neoliberal de la UE. También le tuve que recordar que España es el país de la Unión Europea donde el entusiasmo por el proyecto europeísta había ido cayendo de forma más notable. En 2004, un 63% de los encuestados tenían una imagen positiva de la Unión Europea. Ocho años más tarde, sólo un 22% mantenían esta opinión. Probablemente, uno de los factores que explica el éxito del nuevo partido de izquierdas, Podemos, es justamente su habilidad para conectar políticamente con el euroescepticismo popular. En la última noche electoral, Pablo Iglesias usó un lenguaje insólito para este tipo de ocasiones: «No queremos ser una colonia de Alemania.»

El hecho de darle la razón y de enmarcarla en un contexto vagamente justificador no convenció a mi amigo. Lo que decía le sonaba a excusas. Por mi parte, habría sido más útil y honesto intentar alimentar su curiosidad contándole algunas de las ilusiones y las esperanzas que el proyecto europeísta había sido capaz de generar, incluso entre militantes de izquierdas contrarios al Tratado de Maastricht (1992) y al fallido proyecto de Constitución Europea (2004). Habría podido seguir su ejemplo y recurrir al uso de la anécdota. Al fin y al cabo, para saber qué se piensa realmente sobre Europa, es francamente difícil encontrar algo de interés en los calculados discursos electorales de la mayoría de líderes políticos.

He aquí algunos ejemplos anecdóticos. En el otoño de 2010, un respetable militante del antifranquismo me soltó: «Yo lo que quiero es que los alemanes nos traguen. Que nos anexionen. Es muy sencillo. Sólo hace falta que hagan lo mismo que con la Alemania del Este». Esta era la conclusión, brutalmente sincera, a la que él había llegado tras constatar que la unión monetaria sólo funcionaría con una auténtica unión política. Para rematar, añadió: «En este tema, en el fondo, no hay debate. No puede haberlo. Es políticamente inviable —es suicida, de hecho— reclamar, desde la izquierda, que se empiecen a dar pasos atrás en el actual proceso de integración europea. Nos acusarían de freaks. Nos lincharían. Olvídate».

Unos años antes, en la primavera de 2003, en una clase de doctorado de Historia Contemporánea, escuché a un estudiante —aplicado y muy progresista— aventurar una hipótesis comparativa sobre la historia económica reciente de México y España: «Actualmente somos mucho más ricos que México. Hace sólo treinta años no era así. Esto es gracias a la Unión Europea. Nosotros tenemos la suerte de tener un vecino fuerte, Alemania, visiblemente acomplejado por su pasado militarista y nazi y que ahora, para compensar, tiene un impulso expansionista moderado, persuasivo... incluso benévolo.» Otro compañero le interrumpió y le preguntó si se daba cuenta de que, según su argumentación, Alemania habría renunciado a seguir sus propios intereses nacionales. «No, no, claro que no», le contestó, «los alemanes se enriquecen más que nosotros, es cierto, pero su modelo de crecimiento no va en contra del nuestro. No practican un modelo mercantilista puro y duro con la intención de empobrecer al vecino. Fíjate en los fondos de cohesión regional. Y mira cómo comparten generosamente su moneda con un país como el nuestro, que hasta hace bien poco les estábamos exportando trabajadores inmigrantes. Además, hablando de inmigración, hay que tener en cuenta que ahora hemos pasado a funcionar como un Estado fronterizo con el Tercer Mundo. Y hay que reconocer que nos pagan bien el trabajo sucio. México, en cambio, tiene que sufrir a los Estados Unidos… un vecino poderoso, insolidario y muy ideológico, con un elevado sentimiento de superioridad moral, convencido de que no debe nada a nadie».

Un último ejemplo me lo dio un compañero de los años de instituto, que durante un cierto tiempo orbitó alrededor de un grupúsculo político de raíz trotskista. Era a finales de los noventa. La peseta tenía los días contados y la popularidad de las instituciones europeas pasaba por uno de sus mejores momentos. Entre los que lamentaban los efectos geopolíticos de la caída de la Unión Soviética, no faltaba quien depositara sus esperanzas en un posible relevo europeo: «Bueno, al menos me tendrás que conceder que la Unión Europea puede representar un contrapoder a la hegemonía estadounidense. Sólo por eso, ya vale la pena celebrar su existencia y confiar en que, con el tiempo, acabará haciendo frente a los excesos imperialistas de Estados Unidos en Oriente Medio y en América Latina».

Los tres comentarios provenían de compañeros muy capaces. Hoy en día pueden parecer ideas algo extravagantes. En aquel momento podían pasar por opiniones respetables o, como mínimo, por racionalizaciones hechas con buena fe. Tampoco sería justo pensar que el europeísmo de izquierdas se haya basado sólo en ilusiones sin fundamento. En determinadas ocasiones, la izquierda y los movimientos sociales han querido ver a Europa como un terreno útil para torcer la voluntad de los ocupantes de La Moncloa. Esta estrategia ha funcionado parcialmente, sobre todo en algunos conflictos medioambientales. Las directivas europeas contra el uso del mercurio —a pesar de ser menos restrictivas de lo que recomienda la OMS y la FAO y a pesar, también, de los reiterados incumplimientos de los gobiernos españoles— son un buen ejemplo de ello.

Ahora bien, haciendo balance, es evidente que la perspectiva que da el paso del tiempo ha ido destruyendo la mayoría de ilusiones europeístas entre la gente de izquierdas. La gestión de la crisis española a nivel europeo —rescate bancario, imposición de políticas procíclicas de austeridad fiscal, contrarreformas laborales, “inhibición” del BCE ante la crisis de la deuda, etc.— ha acabado definitivamente con la imagen de una dominación benévola desde Berlín. Los sueños de una unificación política europea inspirada en el modelo de reunificación alemana parecen cada vez menos probables. Tampoco está claro que, desde una óptica progresista, se trate de una opción política deseable. Para los trabajadores de la antigua República Democrática Alemana, el proceso de unión monetaria y política con Alemania occidental no fue precisamente un gran ejemplo de fraternidad desinteresada. Por otra parte, la idea de que el proyecto europeísta pueda representar un desafío geopolítico a la actual posición hegemónica de los Estados Unidos no se corresponde con los hechos. Sólo hay que ver el papel de la Unión Europea en Ucrania y en Gaza. O las negociaciones para un tratado de libre comercio entre Washington y Bruselas. No es casualidad que el mapa de la UE y de la OTAN en Europa sea prácticamente idéntico. Tampoco lo es que la Asamblea Parlamentaria de la OTAN tenga su sede en Bruselas y que, en su composición, haya una cuota reservada para miembros del Parlamento Europeo.

Los resultados de las últimas elecciones europeas han dibujado un escenario que permite pensar en un amplio frente democrático y de izquierdas como alternativa de gobierno en Madrid. Incluso hay quien dice que las próximas elecciones municipales se podrían acabar interpretando como un inesperado plebiscito sobre el actual régimen político. Por el contrario, no parece muy probable que se acabe articulando una hipotética mayoría progresista e influyente en el Parlamento Europeo o que la inminente victoria de Syriza en Grecia sea capaz de forzar un giro en las decisiones del Consejo Europeo. Este contexto obliga a replantearse algunos de los principios dominantes en el europeísmo crítico de izquierdas. ¿La Unión Europea sigue siendo un campo de batalla útil para el cambio social? ¿Es posible reformar las instituciones europeas desde dentro? ¿En cuánto tiempo? La discusión no debería estar basada en clichés periodísticos sobre “eurofans” y “eurófobos”. Más bien se trataría de intentar alcanzar un nuevo consenso de izquierdas sobre la UE que estuviera menos condicionado por las ilusiones del pasado y más fundamentado en un análisis realista del presente. Mientras no exista un auténtico sentimiento de solidaridad nacional a escala europea, no tiene sentido proponer, siempre y en cualquier circunstancia, “Más Europa”, así, en abstracto, como solución a todos los problemas de la UE. Mientras la práctica totalidad de los gobiernos europeos —así como los principales partidos de la oposición— se mantengan fieles a la ortodoxia neoliberal, tampoco se puede continuar cultivando un optimismo ingenuo sobre la posibilidad de instaurar una “Europa Social y de los Trabajadores”. Lo que ahora necesitamos es un programa político sobre Europa que se entienda y que sea, al mismo tiempo, ambicioso y de mínimos, selectivo y concreto, lejos de consignas vacías y pretenciosas. Un programa, en definitiva, que pueda ser útil para volver a situar el vínculo entre democracia, derechos sociales y soberanía popular en el centro de un proyecto emancipador y realista.

 

[Fuente: Rebelión]

27/8/2014

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