Recuento y perspectiva

Juan-Ramón Capella

Al despedir a millones de personas, han conseguido un ejército industrial en activo globalizado y barato, más un impresionante ejército industrial de reserva en todo el mundo, tanto en Occidente como en el mundo más pobre.

Aquí, con el paro, han conseguido disciplinamiento industrial (en las empresas); roto la solidaridad entre los trabajadores (por terror al despido); aceptación de contratos a la baja, a tiempo parcial, con salarios infames; miseria, incertidumbre y achicamiento de las pensiones futuras. De las condiciones de salud y seguridad en el trabajo, ya ni se habla. Han recortado peligrosamente los salarios indirectos en sanidad y educación, generando patologías no curadas y dañando a los niños; han conseguido desprestigiar a los sindicatos que no han podido o sabido impedir todo eso.

Han conseguido destrozar las ilusiones y los proyectos de la mayoría de las personas del país.

El neoliberalismo no se ha venido abajo sino arriba: triunfo de la economía financiera, especulativa, sobre la productiva: resulta más fácil ganar dinero especulando que produciendo y por supuesto trabajando; prosigue la desregulación, tanto financiera como productiva, pasando la autoridad disciplinaria económica a las empresas. No se ha impuesto la Tasa Tobin, y los paraísos fiscales siguen boyantes: son los intocables.

La tributación pública en España es cosa de la gente currante: ricos y profesionales liberales evaden; el IVA es un enorme negocio del Estado que las gentes pagamos poquito a poquito. Y que sirve para la vida beata de los de arriba, para comprar barcos de guerra y cositas como éstas.

La inspección fiscal carece de medios e instrumentos legales suficientes para perseguir a los verdaderos defraudadores, y esa carencia no es indeseada por unos gobiernos con los pies en la mierda.

Seguimos sin un poder judicial independiente del ejecutivo y el legislativo; y falto de una policía judicial propia además. Que no haya un poder judicial independiente es necesario para que no se persiga la corrupción rampante, la colusión de la mafia empresarial con la política.

Aparición de una neo-lengua de los de arriba: reestructuración por despidos, ajuste de plantillas por despidos, departamento de recursos humanos por departamento de personal, etc. Basta abrir los periódicos para ir elaborando el diccionario de esta orwelliana neolengua. Que vehicula un sentido común del que están de antemano excluidos los problemas, los desgarramientos sociales, las zonas oscuras y los pozos ciegos del sistema.

Incremento de las medidas de vigilancia y de represión de masas: basta atender al sofisticado arsenal antimanifestaciones en la reserva: tanques de agua, cañones de calor, cañones acústicos, espumas inmovilizantes, granadas de gas pimienta. Y la fusilería pesada de los maderos.

Los medios de masas, televisiones y prensa, contribuyen a dorar la píldora de unas libertades pasadas por agua. De una parte no pueden criticar a la Coca-Cola o la Nestlé, al Santander, a Telefónica, Iberdrola o las empresas automovilísticas, ni pueden desvelar sus comportamientos: se quedarían sin financiación, y por eso hablan de ellas, si acaso, con la boca pequeña. De otra parte proponen modelos de vida despilfarradores, antisociales, parasitarios, amorales. Ocultan o minimizan o excusan los daños, el sufrimiento cercano, las irracionalidades productivas y la maldad profunda del sistema, presentado todo como una catástrofe natural. Deslegitiman, ponen en solfa y desprestigian sistemáticamente con su policía del pensamiento, una jauría, las creaciones sociales autónomas y alternativas. Se adornan con unos pocos colaboradores decentes que están ahí para despistar.

Han conseguido crear entre la población dos modelos de personal no significativos de la mayoría pero desmoralizadores para ésta, que carga con su peso muerto, y que además son peligrosos. De un lado, la gente asustada de los cambios que opta siempre, contra sí misma, por lo más conservador, por lo que ni merece ser conservado. De otro, la gente temerosa de no estar al día, que no lee pero teclea neuróticamente en los aparatitos, que se tatua, cuyas noches de festivo son putañescamente fashion, que tiene ídolos. Entre ambos modelos generan una zona de idiotez social peligrosa, carne de fascismo —para entendernos, pero no exactamente—, porque esas gentes intuyen que cualquier cambio social alternativo barrerá con ellas.

 

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Si el diagnóstico de inanidad de las actuales democracias representativas es acertado, entonces no hay grandes posibilidades de que una conjunción de grupos de izquierda como los que han ganado muchos votos en las últimas elecciones europeas pueda llegar a gobernar en España, o siquiera a influir fuertemente desde el parlamento.

No hay que hacerse grandes esperanzas. No es por ahí.

Los instrumentos del sistema político español bastan para bloquear el acceso al gobierno de la nueva alternativa y eludir, con reformas de fachada, las reformas de verdad. Recurrirán a la coaligación de las gentes de siempre aunque atraviesen horas bajas.

No se debe olvidar que las elecciones europeas no siguen el sistema electoral de las elecciones municipales y parlamentarias; puede ocurrir incluso, si no espabilamos, que los resultados de las próximas elecciones municipales no vayan, para la verdadera izquierda, en paralelo con las pasadas elecciones europeas. El teatro de un estado que no hace posible un gobierno democrático todavía puede ser eficaz para los conciudadanos crédulos. Y por encima del estado planea la Unión Europea, un organismo extraño a la democracia y a la igualdad.

Todo eso puede deprimir a bastante gente que está albergando ahora esperanzas desmedidas, ilusionada al creer que el deseo y la voluntad de cambio logrará ensanchar significativamente el espacio político a corto plazo. 

El problema que se plantea es qué hacer cuando la izquierda verdadera no puede llegar democráticamente al gobierno, no puede insertarse en el núcleo duro del estado; cuando se ve obligada a jugar a un juego trucado en su contra.

Este problema se ha planteado agudamente en el pasado reciente en dos países: en la República Federal Alemana y en Italia.

La Alemania de la Gran Coalición de la CDU y el SPD, conservadores y socialistas, diseñada para no cambiar nada, llevó a la desesperación a una generación de estudiantes, trabajadores e intelectuales de izquierda. Se formaron grupos de acción política no pacífica que, naturalmente, acabaron aislados y barridos por la policía. La violencia contra las personas no es una solución politica.

En Italia las cosas fueron muy distintas. Tampoco allí podía gobernar la república el principal partido de la izquierda, el PCI, ni siquiera en coalición con el partido democristiano: los Estados Unidos se opusieron a ello con todos los medios —algunos subterráneos—, como parte de su estrategia en la Guerra Fría —una estrategia de influencia mundial que no ha cesado ni mucho menos con el final de aquella guerra—.

Pero allí el partido de la izquierda, que no podía gobernar el país, lo dirigió. De una parte logró gobernar ejemplarmente municipios y regiones. Pero no hubiera podido hacerlo sin que la actuación de sus activistas fuera decisiva en muchos campos: en el mundo de la acción y la solidaridad sindical, en las escuelas, las universidades y otros centros de estudios, en un cine realista y no mixtificador o de evasión, en la televisión, en la edición, en los barrios. Un movimiento que creó su propia prensa, su propio aparato de comunicación —hoy eso está más fácil que entonces gracias a internet—. Claro que nada de eso fue para siempre. Pero tuvo la influencia suficiente para impedir un deslizamiento hacia la derecha reaccionaria y sus políticas durante casi treinta años.

Dicho de otra manera: si no se puede gobernar el país, tal vez sí se pueda dirigirlo. Hacer visibles nuestras razones a los conciudadanos; hacer bien visibles también a aquellos a los que el sistema trata como intrusos o parásitos: los trabajadores inmigrantes, los parados; hacer visibles las desgarraduras de la vida social. Persuadir a las gentes mostrándoles cómo se puede y se debe vivir en colaboración y no predatoriamente; solidarizarnos con quienes sean agredidos, de vez en vez o todos a la vez, por el poder económico y político, como han hecho movimientos y plataformas. Podemos organizarnos para arrinconar social y judicialmente a los corruptos; abroncarles y abochornarles incluso cuando escapan a la justicia; ejercer presión contra el lujo cuando tantos lo pasan mal; aislar críticamente a la prensa y televisión reaccionarias y a la falsamente progre, y a sus sirvientes; practicar la desobediencia civil y actuar en común entre nosotros.

Podemos movilizarnos contra la explotación ecológica y la otra, castigar socialmente las conductas sexistas. Podemos boicotear incluso a grandes multinacionales para ponerlas de rodillas si su comportamiento es más antisocial que el de las demás. Y generar ámbitos de contrapoder, o incluso de poder, en los municipios y en los barrios, tal vez en comunidades enteras. Podemos hacer todo eso y más. Si sabemos aliarnos, confederarnos, aunarnos en nuestra diversidad, eso sí lo podemos hacer.

El abismo abierto entre el sistema actual y la gente corriente es una verdadera oportunidad para proponer —con los comportamientos, con las ideas, con la actividad— otro modo de vivir en común. Nuestro icono central de referencia, con la exigencia a las instituciones públicas de que cumplan sus deberes, será la lucha contra la desigualdad.

25/6/2014

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