Salvador López Arnal

Entrevista al historiador Giaime Pala sobre la situación política italiana

Giaime Pala es un historiador italiano afincado en Barcelona desde hace más de un década y es miembro de los consejos de redacción de las revistas mientras tanto y Segle XX. Revista catalana d’història. Su tesis doctoral, “Teoría, práctica militante y cultura política del PSUC (1968-1977)”, fue dirigida por el profesor y filósofo Francisco Fernández Buey.

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Me gustaría preguntarte sobre la siempre compleja situación política italiana. Antes de entrar en lo más reciente, para situarnos mejor, déjame ubicarme en la dimisión de Berlusconi. ¿Quién hizo dimitir a Berlusconi? ¿Fueron acaso los escándalos judiciales los que lo acorralaron?

Vaya por delante que, de momento, nadie parece conocer toda la verdad acerca de lo ocurrió en 2011. Nos faltan demasiados datos para ello. De modo que yo tampoco tengo un cuadro orgánico de los acontecimientos que llevaron a la dimisión de Silvio Berlusconi en noviembre de 2011. Sólo los historiadores del futuro podrán reconstruir esta historia con la debida exhaustividad. Aún así, soy de la opinión de que, a la luz de lo que sabemos, un relato coherente de los hechos debería incluir algunos puntos de análisis.

Adelante con ellos.

El primero es el desgaste de Berlusconi y de su gobierno: a partir de mediados de 2010, la prensa empezó a publicar las primeras noticias sobre la vida sexual de Il Cavaliere y algunos casos de presunta corrupción económica que afectaron su imagen social; y a partir de 2011, la sintonía entre los ministros de su gobierno ya no era tan buena como antes. El ejemplo más evidente es el del otrora todopoderoso Ministro de Economía, Giulio Tremonti, quien empujaba para “mantener las cuentas en orden” ante un panorama económico potencialmente inestable. Eso significaba aumentar los impuestos y recortar el gasto público, algo a lo que Berlusconi no estaba dispuesto a acceder de ninguna manera. El resultado fue un conflicto entre los dos que se resolvió con la visible pérdida de influencia de Tremonti, un político harto apreciado en los ambientes internacionales.

Un segundo factor a tener en cuenta es la mala relación que Berlusconi mantenía con Nicolas Sarkozy y Angela Merkel. Esto es algo del que los periódicos hablaron bastante en aquellos meses y que era una suerte de secreto a voces. Berlusconi era un político ciertamente populista y pintoresco, pero demasiado imprevisible y, en parte, incontrolable para el eje “París-Berlín”. Cuando dimitió como presidente del gobierno italiano, ni Merkel ni Sarkozy ocultaron su satisfacción. Esta mala relación debió de empeorar si es cierta la noticia que dio el economista alemán Hans-Werner Sinn el año pasado de que, en otoño de 2011, Berlusconi empezó a negociar la salida de Italia del euro para hacer frente a la crisis.

¡Lo ignoraba!

No se ha hablado mucho de ello. En cualquier caso, cabe suponer que la posición de “Merkozy” en aquellos meses no fuera exactamente favorable para Berlusconi.

En tercer lugar, hay que mencionar el papel del presidente de la República italiana, Giorgio Napolitano. Hasta hace unas semanas, la vulgata de esta historia decía que Napolitano se limitó a nombrar presidente del gobierno a Mario Monti después de que Berlusconi se viera forzado a dimitir por no saber controlar la crisis de la prima de riesgo de noviembre de 2011. Pero a principios de febrero de 2014, el periodista estadounidense Alan Friedman desveló, con la colaboración del Financial Times e Il Corriere della Sera, que Napolitano sondeó a Monti acerca de su disponibilidad a encabezar un nuevo gobierno ya en junio y julio de 2011, es decir, antes de que se desencadenara la primera crisis de la prima de riesgo de agosto (y bastante más que la segunda crisis de prima de riesgo de noviembre). El mismo Monti y Romano Prodi confirmaron la noticia, lo que ha provocado un intenso debate puesto que Italia es una república parlamentaria y el jefe del Estado no tiene poderes para plantear (aunque sea oficiosamente) gobiernos alternativos a otro con mayoría en el parlamento. Napolitano es probablemente el único ciudadano de la República que estuvo al corriente de todo lo que ocurrió ese año. Y su papel de protagonista en la caída de Berlusconi está fuera de toda duda.

¡Pues vaya con Napolitano!

En cuarto lugar, tenemos la crisis de la prima de riesgo en agosto de 2011, para salir de la cual el gobierno italiano tuvo que aceptar las duras condiciones que le presentó el BCE en la famosa carta del 5 de agosto: la compra de deuda pública italiana en los mercados secundarios a cambio de recortes del gasto público, precarización del mercado laboral, reforma de las pensiones, reforma constitucional que sancionara el deber de alcanzar el déficit cero, etc.

Como la que se envió al gobierno español, la carta que acaba de desvelar, dos años y medio más tarde, Rodríguez Zapatero en sus Memorias.

En los mismos términos. Como vemos, unas imposiciones que borraban conquistas sociales logradas a través de décadas de lucha social. Y aquí hay que subrayar un punto importante que los economistas con dos dedos de frente no se cansan de repetir: para los europeos del sur, la deuda pública puede ser un problema porque han adoptado el euro, una moneda que no controlan. Las deudas públicas son sostenibles cuando las adeuda un gobierno soberano en su propia moneda. Pero, como justamente afirmó Paul Krugman en noviembre de 2011, al adoptar el euro Italia se degradó a “nación del tercer mundo que tiene que tomar en préstamo una moneda extranjera, con todos los daños que ello implica”. Esta es la diferencia entre Italia y, por ejemplo, Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón, que tenían niveles de deuda pública aún más elevados pero que podían contar con un Banco Central que actuara de prestamista de última instancia (lo que hizo descender el coste de su deuda casi a cero). El BCE, que como es sabido es independiente de los poderes públicos europeos y no puede comprar deuda directamente a los Estados, se limitó a realizar en agosto una compra puntual de bonos italianos en los mercados secundarios que bajó la prima de riesgo durante unas semanas. El problema se presentó de nuevo a principios de noviembre, cuando los mercados volvieron a especular con la deuda italiana y la prima de riesgo volvió a dispararse.

Un momento difícil.

Lo fue desde luego. Fue entonces que se desató un clima de pánico en el país, atizado por los medios de comunicación, por el cual empezó a hablarse de bancarrota del Estado, de la imposibilidad de pagar las pensiones, la sanidad y los sueldos de los funcionarios, etc. Los grandes diarios hablaban de “tranquilizar a los mercados” y sostenían que el gobierno de Berlusconi ya no estaba en condiciones de hacerlo. Llegó a crearse, pues, una atmósfera de crisis y urgencia tal que al final Berlusconi presentó su dimisión sin pasar por una moción de censura.

Exacto, ahora recuerdo, sin moción de censura.

Sí. El 16 de noviembre, Napolitano encargó a Monti, al que había nombrado senador vitalicio un par de días antes, la formación de un gobierno técnico sostenido por las principales fuerzas políticas nacionales. Poco después de su nombramiento, la prima de riesgo volvió a bajar, un hecho que, según la prensa, demostraba la capacidad de Monti de “dar confianza” a los mercados y que ocultaba un dato muy sencillo: la segunda compra de deuda pública italiana en los mercados secundarios que realizó el BCE antes de Navidad. Fue Mario Draghi el artífice de aquella bajada, de la misma manera que lo sería en agosto de 2012 (cuando la prima de riesgo italiana volvió a alcanzar los niveles de 2011, eso sí, en un clima de sustancial tranquilidad mediática), cuando tranquilizó a los mercados al afirmar que haría lo necesario para salvar el euro. Ello no obstante, en las primeras semanas de su gobierno, Monti fue calificado por no pocos observadores políticos de “salvador de la Patria”.

¿Y qué representó realmente el gobierno técnico encabezado por Mario Monti? ¿Una subordinación a los grandes poderes europeos?

Mario Monti fue el hombre encargado de llevar a cabo el programa que la BCE presentó al gobierno de Berlusconi en la carta de agosto de 2011. No pudo cumplirlo todo, porque duró en el cargo sólo unos 14 meses, pero todas las medidas que tomó su gobierno siguieron las direcciones indicadas en aquella carta: reforma de las pensiones, reforma del mercado laboral, reforma constitucional para sancionar la “regla de oro” por el cual el Estado italiano se compromete a alcanzar el déficit cero en los próximos años, aumento de los impuestos indirectos, recorte contundente del gasto público, etc.

Reformas que son siempre contrarreformas sociales.

Sí, claro. Los objetivos que se perseguían a corto plazo eran fundamentalmente dos: el primero, como afirmó el mismo Monti en una reciente entrevista a la CNN, era “destruir la demanda interna”, lo que permitía al gobierno equilibrar la balanza de pagos mediante la disminución de las importaciones; el otro tampoco es un misterio para quien tenga nociones básicas de macroeconomía: aumentar el número de parados como condición indispensable para iniciar un proceso de devaluación interna, es decir, recortar los salarios con vistas a impulsar la competitividad de las empresas italianas. En una palabra, aplicar también en Italia las recetas que la Troika ya había impuesto a los gobiernos de Grecia y Portugal.

Lo mismo o muy parecido que en el caso de España.

Sí, sí. Así que, para responder a tu pregunta, no me parece descabellado afirmar que Monti era el hombre ideal para los grandes poderes europeos. Lo cual no debería extrañarnos: formó parte de la Comisión Europea, amén de ser haber sido presidente europeo de la Comisión Trilateral y miembro del comité directivo del Grupo Bilberberg. En este sentido, se podría decir que Monti es una especie de actualización de ese tipo de intelectual “supranacional” y no ligado a su realidad nacional concreta que Antonio Gramsci criticó en los Cuadernos de la cárcel.

Se ha hablado en algún momento de golpe de Estado refiriéndose a la situación política italiana. Incluso Chomsky, si no recuerdo mal, ha usado esta expresión. ¿Es exagerado hablar en estos términos? ¿De qué golpe de estado se está hablando exactamente?

Digamos que fue una operación que no tuvo ninguna legitimidad democrática real y que amplios sectores de la izquierda no entendieron en su momento. Recordemos que el día de la dimisión de Berlusconi se formaron en la calle concentraciones de personas que descorcharon el champán y festejaron lo sucedido. Il Manifesto hasta llegó a decir que la izquierda tenía que “besar el sapo”. Evidentemente, no se enteraron de que Italia acababa de ser comisariada de facto por la UE y el BCE, y que estaba a punto de entrar en un túnel lleno de recortes sociales impuestos desde arriba. Y que, con Monti, se iniciaba una dinámica política en que la soberanía popular iba a contar muy poco a la hora de conformar el gobierno del país, como demuestra el hecho de que Matteo Renzi es el tercer presidente del gobierno (después de Monti y Enrico Letta) que no ha sido elegido por la ciudadanía. Si es cierto, como lo es, que Berlusconi fue un desastroso presidente del gobierno pero con legitimidad democrática, entonces podemos decir que hemos pasado de Guatemala a Guatepeor.

¿Y por qué crees que la izquierda no enteró de algo que, tal como tú lo cuentas ahora, parece bastante elemental?

Insisto en que, cuando hablo de “izquierda”, me refiero a su mayor parte y a una tendencia general, porque hubo voces dentro de ella que, desde el primer momento, no aceptaron lo que estaba ocurriendo. Pues bien, me da que estos amplios sectores de la izquierda, tras tantos años de antiberlusconismo militante, cayeron en la trampa de aceptar el final de Il Cavaliere aunque fuera de forma no democrática. Y también que se creyeron que el país estaba realmente al borde de la bancarrota pese a la evidencia de que eso era imposible, en tanto que ello hubiera significado la salida obligada de Italia del euro y, por ende, la crisis general del sistema del euro. Igual que en agosto de 2012, Mario Draghi habría actuado con contundencia si hubiese advertido el peligro de ruptura del euro.

Voy ahora al gobierno de Enrico Letta, ¿representó un paso adelante respecto al gobierno Monti?

Creo que hubo una línea de continuidad evidente entre los dos gobiernos. Recordemos que el candidato del Partido Democrático a las elecciones generales de febrero de 2013 fue Pierluigi Bersani, cuyo programa moderadamente socialdemócrata y que dejaba claro que jamás volvería a gobernar junto a Berlusconi fue votado por el 30% de los italianos. El problema es que el PD no tenía mayoría en el Senado y Napolitano le negó a Bersani la posibilidad de presentarse en el parlamento con un programa y buscar apoyos para formar gobierno. De manera que se llegó a abril sin gobierno y teniendo que elegir al nuevo Presidente de la República. Los días de la elección fueron esperpénticos: se instauró, de nuevo, un clima de emergencia en base al cual se había de elegir a toda prisa a un presidente para no caer en otra crisis de la prima de riesgo. El PD se fracturó por dentro sobre la persona a elegir (lo que costó el puesto de secretario general a Bersani) y, al final, casi toda la clase política pidió la reelección de Napolitano, quien dio a entender que aceptaría sólo en caso de tener voz en capítulo en la formación del nuevo gobierno.

Que, en principio, según antes explicabas, no podía tener teniendo en cuenta las atribuciones de la presidencia de la República italiana.

Exacto. Es por eso por lo que, desde esos días de abril hasta la caída de Letta, Napolitano actuó más como el presidente de una República presidencial que como el jefe de Estado de una República parlamentaria. Él decidió, como con Monti, un Ejecutivo formado por el centro-izquierda y el centro-derecha guiado por Enrico Letta, dirigente del PD y sobrino de la mano derecha de Berlusconi, Gianni Letta. Un hombre, pues, de consenso para guiar un gobierno sin fecha de caducidad clara y con un programa que apuntaba a dolorosas “reformas estructurales” no refrendadas por el pueblo. En suma, volvían a aparecer todos los elementos de la crisis de 2011: creación, por parte de los medios de comunicación y de la clase política, de un clima de emergencia nacional que exigía tomar decisiones rápidas y contundentes; el papel de protagonista de Napolitano, que volvió a ignorar los resultados de las urnas; y la formación de un gobierno de concentración nacional considerado como indispensable para dar respuestas a una UE que exigía las “reformas” de siempre para estabilizar a Italia. En el fondo, es una dinámica que el filólogo Luciano Canfora vio con claridad en un capítulo de su La historia falsa (Capitán Swing, 2013): después de veinte años de reformas electorales mayoritarias para consolidar un bipolarismo considerado como necesario para garantizar la “gobernabilidad” del país y reducir el peso de los partidos pequeños, el PD y la derecha volvían a agruparse en nombre de la “estabilidad” de un sistema político que ellos mismos habían contribuido a desestabilizar.

Por cierto, ya que hemos hablado tanto de Napolitano. ¿Quién es Giorgio Napolitano, cuál es básicamente su trayectoria política? Te pido cuatro, cinco líneas, no más.

Fue uno de los cuadros más importantes del ala derecha del PCI, amén de haber sido durante años el “ministro de Exteriores” del partido. En los años noventa ocupó importantes cargos institucionales y de gobierno. Y en 2006 sucedió a Ciampi como presidente de República. Es un hombre que mantiene excelentes relaciones con Washington, Bruselas y las clases dirigentes de los principales países europeos.

¿Y los grandes sindicatos italianos? ¿Qué hacen, qué proyecto están defendiendo? ¿La clase obrera italiana sigue estando en pie de resistencia?

Lamentablemente, los tres principales sindicatos (CGIL, CISL y UIL) no han estado a la altura de la situación. El caso de CGIL, el mayor de los tres e históricamente el más combativo, es paradigmático: su secretaria general, Susanna Camusso, lejos de promover una respuesta potente a las medidas antipopulares de Monti y Letta, intentó buscar un diálogo con ellos que, obviamente, no podía venir, porque esos gobiernos estaban allí para cumplir medidas impuestas por la UE. Pasará lo mismo con Renzi. A mayor abundamiento, la aguerrida federación del metal de CGIL ha entablado un duro conflicto con Camusso sobre la línea sindical a seguir y la gestión interna de la organización, que pinta muy mal. Se entiende ahora por qué la movilización de los trabajadores italianos ha sido hasta la fecha más débil que la que se ha producido en los otros países del sur. Me temo que los grandes sindicatos italianos no han entendido que la línea económica de la CE y el BCE, o sea el famoso “piloto automático” del que habló Draghi en 2013 y que el gobierno de Renzi está decidido a respetar, es marcadamente antisindical y sin margen de corrección.

Es más que lamentable su incapacidad. ¿Nos explicas los últimos acontecimientos? ¿Qué hay detrás de la dimensión de Letta?

Hay elementos para pensar que la acción de gobierno de Letta ya no satisfacía a determinados poderes fácticos del país. La patronal italiana, por ejemplo, estaba siendo muy crítica con su tibieza a la hora de sacar adelante las tan cacareadas “reformas estructurales”. Señales parecidas venían de firmas importantes del Corriere della Sera y del influyente editor de La Repubblica, Carlo De Benedetti. Claro está que defenestrar a Letta implicaba mermar la autoridad de su principal valedor, Giorgio Napolitano, sobre quien se dice que podría dimitir antes de final de año. El resto lo hizo Renzi, el cual, desde que ganó las primarias en noviembre de 2013, fue presionando al gobierno hasta postularse como sucesor de Letta (incumpliendo su promesa de asumir la presidencia del gobierno sólo después de haber ganado unas elecciones). Huelga decir que los críticos de Letta están ahora encantados con el nuevo presidente del gobierno. 

Te pregunto por Renzi. ¿Quién es Matteo Renzi, el que hasta febrero ha sido alcalde de Florencia y ahora es el nuevo presidente del gobierno italiano?

Es un hombre que se formó en los años noventa en el partido heredero de la Democracia Cristiana, el Partido Popular Italiano, pero que no tiene casi nada de la cultura democristiana. Su estilo político y su forma de comunicar recuerdan al secretario del viejo Partido Socialista Italiano, Bettino Craxi, y al mismo Berlusconi.

¡Dios mío, Craxi de nuevo!

De Craxi tiene lo que los italianos llamamos “decisionismo”, es decir, una manera de hacer política que tiende a superar situaciones de inmovilismo con actos de voluntad (aunque estos actos puedan ser calificados de no respetuosos con las normas prefijadas). Y Renzi se presenta precisamente como el hombre seguro de sí mismo, “que hace”, toma decisiones arriesgadas y al que no le tiembla el pulso para acometer reformas dirigidas a “modernizar” el país.

De Berlusconi tiene la capacidad comunicativa: sabe lanzar consignas simplonas pero eficaces y atractivas para un electorado transversal y escasamente politizado. Y su visión de la economía es, como él mismo reconoce, parecida a la de Tony Blair: mimar a las clases altas mediante la reducción de impuestos y la “desburocratización” de la economía italiana para favorecer la creación de puestos de trabajo, adelgazar el sector público, resaltar conceptos como “competitividad”, “meritocracia”, etc. Por eso es un político que gusta tanto también al electorado de derecha. El problema está en que son soluciones viejas para problemas nuevos: Renzi quiere afrontar la que es una descomunal crisis de demanda mejorando la oferta. Pero es inútil crear un clima propicio para los negocios cuando no hay quien compre los productos de tus empresas. La demanda interna está hundida por la austeridad y sólo una parte de las empresas italianas está en condiciones de vivir de las exportaciones con un euro tan fuerte como el actual. En fin, todos los problemas que ha padecido la economía italiana en los últimos años, seguirán.

Luego, por tanto, si no cambia de política, crees que el gobierno de Renzi también está condenado al fracaso.

Sí, exacto.

Vuelvo un poco atrás. ¿Berlusconi es realmente un cadáver político? ¿Sigue jugando algún papel en la política italiano?

Sí, considero que es una cadáver político en la medida en que le es imposible volver a gobernar: por de pronto porque, según la ley italiana, un condenado en vía definitiva no puede volver a presentarse a unas elecciones; y en segundo lugar, porque las instituciones comunitarias harían todo lo posible para impedir que volviera al poder. Su capital político, que sigue siendo notable gracias a la influencia de su imperio mediático, le sirve para reforzar su posición ante la magistratura, con la que aún tiene asuntos pendientes. De manera que seguir enarbolando la bandera del “antiberlusconismo” es un anacronismo que nos impide descifrar la actualidad política italiana, bien diferente respecto a la de hace unos años.

En cuanto al movimiento de Beppe Grillo, ¿dónde está situado en estos momentos? ¿Qué opinión te merece este movimiento que algunos tachan de populista?

La mía es una opinión negativa. Considero que es un movimiento dentro del cual la democracia, a pesar de los grandes discursos de sus activistas, es muy limitada, y en el que la toma de decisiones sobre las cuestiones políticas fundamentales es prerrogativa de Grillo y del “gurú” del movimiento, el empresario Gianroberto Casaleggio. Desde que el movimiento entró en el parlamento, no han sido pocas las excomulgaciones de aquellos activistas y diputados que no se alineaban con ellos. Por no hablar del ideario de este movimiento: un popurrí en el que conviven interesantes propuestas sobre ecología con posiciones ambiguas sobre la inmigración clandestina y un populismo “anticasta” presentado ingenuamente como la causa del declive económico del país. Tal vez la mejor explicación del Movimiento Cinco Estrellas la dieron los escritores del colectivo “Wu Ming”: un movimiento que ha ocupado un espacio vacío dejado por la izquierda transformadora… para mantenerlo políticamente vacío.

Brillante, muy brillante. Letta, Renzi, son dirigentes del Partido Demócrata, una organización que remite en última instancia al PCI. ¿Qué ha pasado? ¿Qué queda de aquel gran partido de la izquierda europea?

Es una pregunta que me han formulado muchas personas en los últimos años. Por supuesto, no es este el lugar para explicar en profundidad la transformación del PCI en el Partido Democrático de la Izquierda, antes, y en el PD, después. Pero creo no alejarme básicamente de la realidad si digo que, una vez que el PCI se transformó en 1990-1991 en un partido socialdemócrata, siguió la trayectoria de todos los partidos europeos pertenecientes a la Internacional Socialista, esto es, asumir progresivamente puntos sustanciales de la concepción neoliberal de la sociedad. Con todo, el actual PD fue incluso más allá: cuando se fundó en 2007, sus líderes lo presentaron como una organización que superaría a la vieja socialdemocracia europea para mirar al modelo estadounidense de “partido líquido”, de cuadros, sin una ideología definida y genéricamente “reformista”. De ahí que, en su interno, pudieron convivir hasta hace poco socialdemócratas y democristianos, laicistas y católicos conservadores, blairianos y activistas del “tercer sector”. En fin, un partido “atrápalo todo”.

Si he dicho que estas sensibilidades diferentes pudieron convivir hasta hace poco…

Sí, eso, ¿por qué lo has dicho, por qué hasta hace poco?

Porque Renzi ha prácticamente liquidado las corrientes socialdemócrata (la de Bersani) y democristiana (la de Letta) del PD. Tras tantas derrotas electorales, y dos gobiernos no elegidos democráticamente que no han frenado el declive del país, los militantes y electores del PD han otorgado en las primarias abiertas un poder inmenso a Renzi, convirtiendo al PD en un partido personalista. De hecho, han atado su futuro al político de Florencia: si él fracasa, ellos también habrán fracasado. Y me cuesta imaginar cómo Renzi pueda dar un vuelco a la situación: la UE ya le ha comunicado que deberá seguir con los planes de austeridad previstos; y a partir de 2015, entrará en vigor el Pacto Fiscal por cual el gobierno deberá recortar unos 50.000 millones cada año (durante veinte años).

¡50 mil millones de euros anuales! ¿Dices bien?

Sí, digo bien. Así las cosas, el declive económico y el sufrimiento social están asegurados. Con el añadido de que el gran sueño del muy europeísta PD, es decir, la unión político-fiscal de la eurozona que aliviaría la situación con fuertes transferencias fiscales del norte al sur, ni está ni se le espera. 

¡Hombre, como Armada en la Zarzuela el 23-F y con los resultados sabidos! ¿Y la izquierda comunista italiana, muy a tener en cuenta en su día? ¿Dónde está? ¿Qué grupos la representan actualmente? ¿Cuáles son sus propuestas?

La izquierda comunista, y más en general la izquierda transformadora italiana, está en su peor momento desde el nacimiento de la República: fuera del parlamento desde 2008, olvidada por los grandes medios de comunicación y con una militancia menguante y desalentada. Esta es la realidad, mal que pese. Las continuas escisiones y la larga gestión de Fausto Bertinotti, un político seductor que conjugaba la retórica antisistema más sanguínea con una realpolitik parlamentaria de vuelo gallináceo, destrozaron el proyecto de Rifondazione Comunista. Ahora mismo, sólo Sinistra Ecologia e Libertà (una escisión de Rifondazione) tiene diputados en el parlamento, pero sólo porque se alió con el PD en las elecciones de 2013. Y su líder, Nichi Vendola, está empeñado en convencer a los militantes a adherirse al grupo socialista europeo. Esta situación de deterioro se ha notado en la vida política italiana: apenas ha habido una oposición, tanto dentro como fuera de las instituciones públicas, que hablara realmente en nombre de las clases populares. Y, ahora que el gobierno de Renzi aprobará una nueva ley electoral ultramayoritaria, las perspectivas de volver al parlamento en el corto plazo son casi nulas.

Sin embargo, la gran obsesión de los líderes de los partidos de la izquierda radical ha sido la de volver a las instituciones. Y al precio que fuera. En las elecciones de 2013 se presentaron dentro de una coalición liderada por un famoso magistrado antimafia cuyo perfil de izquierdas era más que dudoso. El resultado fue un sonoro fracaso. Ahora, con las elecciones europeas, se repite en parte el esquema: la candidatura de Alexis Tsipras a la presidencia de la CE ha sido monopolizada por seis intelectuales de (o cercanos a) la revista Micromega, quienes han impuesto a los partidos un lema y un símbolo en el que desaparece la palabra “izquierda”, que consideran desgastada y superada. Lógicamente, los militantes de los partidos han reaccionado de mala manera ante tamaña imposición.

¡Con toda la lógica del mundo y de la izquierda!

No sé si el carisma del que goza Tsipras en Italia les puede ayudar a ganar votos. Sea como fuere, no es un problema de porcentajes electorales o de tener más o menos diputados, sino de admitir que un ciclo, iniciado con la disolución del PCI en 1991, ha terminado. Y que no ha terminado bien. Hará falta que nadie (se) oculte la verdad: que la izquierda italiana necesita volver a empezar, con paciencia y tesón, un trabajo de reconstrucción ideológico, organizativo y político. Que es preciso volver a militar en los territorios, a discutir con honestidad intelectual y a formarse. Y rehuir de las lógicas electoralistas que han pulverizado a los partidos. Un trabajo molecular que requerirá años y que ciertamente no es entusiasmante, pero que es el único capaz de devolver al país una izquierda robusta y necesaria.

Cambio y no cambio de tercio. Insisto un poco sobre un punto que acabas de señalar. Hay elecciones al Parlamento europeo en breve. ¿Cómo ves la situación italiana? ¿Hay alguna fuerza política que hable de ruptura o de distanciamiento respecto a la actual construcción europea?

Estas son las primeras elecciones europeas en que se habla realmente del futuro de la UE. El grueso de los partidos italianos, empezando por el PD, se presenta con un programa cuyo lema es “Más Europa”, es decir, avanzar hacia una unión política y fiscal que aliviaría las tensiones que provoca una moneda única destructiva para Italia. Pero nadie sabe cómo llegar a crearla, dada la posición contraria de Alemania. Por su parte, tanto los de Grillo como los partidos y personalidades de la “lista Tsipras” abogan por la reforma de los tratados europeos y una UE más social. Sólo la Liga Norte, siguiendo el ejemplo de Marie Le Pen en Francia, pide la salida de Italia de la moneda única, rellenando un vacío que, en mi opinión equivocadamente, ha dejado la izquierda en este terreno.

A ver, a ver. Has dicho: rellenando un vació dejado, “en mi opinión equivocadamente”, por la izquierda. Te explicas un poco más por favor. ¿Estás hablando de la salida del euro impulsada o vindicada por la izquierda?

Todos los países del sur, y la misma Francia, deben de salir del euro como medida insuficiente pero necesaria para salir del atolladero en que están metidos. Es más, soy de la opinión de que la pregunta correcta no es si deben salir o no, sino cuándo y cómo, porque el euro realmente existente está destinado a implosionar por insostenible. Tiene razón el economista Costas Lapavitsas cuando afirma que el euro es un proyecto que ya ha fracasado en la medida en que, lejos de impulsar la convergencia económica entre los países del norte y el sur del continente, ha provocado una fuerte divergencia y una inaceptable dinámica política por la que un “centro” (Alemania) impone diktats a una “periferia” (los países del sur).

En realidad, el euro es un marco alemán devaluado, esto es, una moneda demasiado fuerte para los países del sur, y demasiado débil para Alemania. La moneda única, pues, ha permitido a los alemanes solucionar el histórico problema de la apreciación del marco a causa del empuje exportador de sus empresas. Tienen una moneda artificialmente débil que, junto a la devaluación interna impulsada por el gobierno de Schröder (como parte de la “Agenda 2010”) y una tasa de inflación inferior, les ha permitido acrecentar su competitividad, acumular unos niveles de superávits enormes (que corresponden a los déficits de las economías del sur) y enjaular el resto de las economías europeas. Cuando alguien dice que un país como Italia, en caso de salida del euro, debería devaluar su nueva moneda un 20% respecto al euro, se refiere a un hecho tan simple como que el euro actual es una moneda, digámoslo así, “equivocada” un 20% respecto a las características de la economía italiana. Y ninguna economía es capaz de recuperarse de una crisis tan profunda con tamaño “hándicap”.

Con todo, el problema del euro no atañe a lo estrictamente monetario.

¿Y por qué no?

Junto a la moneda, va todo un “pack” de parámetros económicos neoliberales sobre inflación, deuda y déficit públicos, que no tienen ningún fundamento racional y que impiden cualquier tipo de política anticíclica y de izquierdas. En la práctica, nos encontramos ante una situación en que, con el tipo de cambio fijo, sin poder contar con un Banco Central que garantice la deuda pública, con un nivel de deuda exterior y privada preocupante, y sin ni siquiera la posibilidad de imaginar una política industrial socialmente avanzada y ecológicamente sostenible a causa de la imposición de la “regla de oro”, el destino de los trabajadores de los países del sur es terriblemente oscuro.

Hasta ahora, la mayor parte de la izquierda europea se ha negado a tomar en consideración la idea de disolver esta unión monetaria disfuncional y perjudicial para las clases subalternas. El problema es que el proceso de unificación políticofiscal de la eurozona, que sería la única manera para volver sostenible este euro para todos, está completamente estancado y nadie, empezando por el gobierno de Alemania, ha dado señales al respecto. Todo lo contrario: se sigue reforzando el sistema del euro tal y como lo conocemos. Sin embargo, para la izquierda la moneda única sigue siendo un dogma pese a la enorme dificultad que tiene para articular su idea de un “sujeto político europeo”. Por poner un ejemplo, no disponemos de una esfera pública europea ni de un solo medio de comunicación común que nos permita elaborar conjuntamente propuestas eficaces para realidades económicas asimétricas. Además, no nos podemos olvidar de que cualquier reforma de los tratados europeos necesita de la aprobación de todos los países de la UE, por lo que bastaría con el veto de un solo gobierno de derecha para bloquear cualquier modificación de los tratados en un sentido progresista.

Por supuesto no se trata de volver al Estado-nación ni de ver la devaluación de la moneda como la panacea de todos nuestros males, sino de recuperar los instrumentos económicos básicos para plantear un modelo productivo de plena ocupación y que encare el problema del declive energético mundial. Por ende, de tener instrumentos que nos ayuden a plantear una política económica favorable a los trabajadores y que sepa como recomendó Joan Robinson en los años setenta qué, cómo y por qué producir lo que queremos producir. Y eso, con el euro, es imposible, ya que se trata de una jaula dentro de la cual se produce una inevitable lucha de todos contra todos a golpes de devaluación interna y recortes de derechos sociales. En fin, es menester salir de la moneda única.

¿No estamos algo desnudos en este sendero que señalas?

No, no tanto. Para ello, contamos con propuestas y modelos de salida progresistas y que analizan problemas que preocupan a todos: el control de la inflación, la redenominación en la nueva moneda de las deudas contraídas en euros en el país que sale de la moneda única (Lex Monetae), las medidas para controlar el coste de la energía en la fase de transición de una moneda a otra, etc. Sólo hace falta voluntad política para discutirlas entre todos con vistas a construir una Europa verdaderamente fraternal y ofrecer un futuro de esperanza a los millones de parados y precarios del continente.

Gracias por estas esperanzadoras palabras. ¿Quieres añadir algo más?

Darte las gracias por invitarme a pensar en todas estas cuestiones y añadir que Italia empezará a recuperarse de la crisis, que no es sólo económica sino también moral e intelectual, el día en que los italianos vuelvan a ejercer plena y sustantivamente el más preciado derecho conquistado en la edad contemporánea: la soberanía popular.

 

[Esta entrevista se publicó originalmente en el n.º 315 (abril de 2014) de El Viejo Topo]

28/4/2014

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