Gamonal: clase, comunidad y conflicto urbano

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Joan Busca

De golpe un barrio obrero desconocido para la mayoría de izquierdosos del país se ha transformado en un lugar donde centrar las miradas. Posiblemente, de no haber sido por que hubo algún destrozo y ardió algún contenedor, la lucha vecinal hubiera pasado ignorada fuera del marco local. Algunos descubren el Mediterráneo cuando ya se están mojando. Con ello no quiero restarles ningún mérito a los vecinos y vecinas de este barrio obrero, que con su lucha tenaz han conseguido un triple éxito: situar a su barrio en el mapa, poner en evidencia la alianza local de poderes políticos, económicos y mediáticos y parar un proyecto con el que estaban en manifiesto desacuerdo. Para ello han tenido que utilizar el único instrumento que tienen las clases humildes: la movilización. Una movilización que no ha surgido como una respuesta espontánea, sino que ha sido la culminación de un amplio, lento, paciente trabajo de las asociaciones de vecinos del barrio y un tejido de entidades locales. Sin ese trabajo previo, sin una labor de desgaste, de denuncia constante, de intentar interpelar a las autoridades por los canales formales de participación, posiblemente el estallido no se hubiera producido, o de hacerlo probablemente hubiera acabado mal.

La lucha de Gamonal ilumina otros muchos procesos que se han ido reanimando en los últimos años como respuesta tanto a las agresiones que generan en la vida de la gente las políticas de ajuste como el hartazgo provocado por el bloqueo de la participación social en la adopción de  decisiones que afectan a su vida cotidiana. Y lo que muestra es algo muy parecido a lo que ya ocurría en los movimientos vecinales que jugaron un papel activo en la fase final del franquismo, aunque el contexto sea diferente. Entonces estas luchas engarzaban con el contexto optimista de la época, se apoyaban en los referentes europeos (aspiraban a obtener un nivel de bienestar que se suponía alcanzado al norte de los Pirineos) y contaban a menudo con un ambiente mediático favorable. Hoy en cambio se trata en muchos casos de luchas de resistencia frente a unas políticas neoliberales bendecidas urbi et orbe por las grandes instituciones económicas, se desarrollan en el contexto del “no hay más alternativas” que el ajuste, tienen pocos apoyos mediáticos (aunque sobre ello volveré más adelante) y políticos institucionales (aunque no es despreciable el apoyo que habitualmente consiguen de IU, ICV, EUiA y otras formaciones menores). Pero salvando el contexto hay muchos puntos en común que permiten delimitar un espacio de conflicto y que permiten pensar en una línea de acción más ambiciosa.

Hoy, como ayer, la mayoría de estos conflictos suceden en los barrios obreros, donde vive la gente sin muchos recursos, donde la crisis castiga con especial intensidad. No es casualidad: es la gente con menos recursos la que más utiliza los servicios públicos, la que tiene más claro que las privatizaciones la va a excluir del acceso a bienes básicos, la que tiene menos vergüenza en participar de acciones colectivas (al incrédulo, le propongo que haga un autotest: póngase a repartir un puñado de octavillas en distintos puntos de la ciudad y cronometre el tiempo que le cuesta culminar el reparto, el porcentaje de personas que rechazan su ofrecimiento, y después compare en qué sitios la cosa ha sido más o menos difícil). Pero la necesidad por sí sola no garantiza una respuesta. Hace falta organización, sentido colectivo, una mínima confianza en los promotores de la acción. Y esto es algo que también es más fácil conseguir en la comunidad. Esto es lo que hizo el viejo movimiento vecinal: generar una organización comunitaria capaz de convertir una necesidad compartida en un movimiento social. Después la historia se truncó. En parte por la acción del poder (al poder, sea cual sea su color no le suele gustar tener que negociar de tú a tú), cuya  arma preferida para la erosión fue una cooptación y un clientelismo que halló demasiados candidatos y candidatas entre los líderes vecinales (ya se sabe lo que cuesta resistirse a la adulación y a la promoción personal). En parte por el desánimo que generó la transición en muchos activistas, que por razones diversas terminaron recluidos en opciones de vida mucho más solitarias. Y en parte porque una buena porción de lo que quedó de la vieja izquierda radical, y lo que fue naciendo posteriormente, no supo entender el potencial que tenía un movimiento social ligado a la vida cotidiana del territorio.

Este proceso, claro está, no fue lineal ni ocurrió en todas partes de la misma manera. Ha habido gente que ha seguido trabajando en las comunidades, ha habido comunidades locales que han generado una nueva variedad de organizaciones y actividades sociales (a menudo más lúdicas que reivindicativas, pero con una cierta conciencia social) que han sabido encontrar nexos de relación, generar un tejido social de una densidad perceptible, y en ellas ha sido posible mantener un mínimo de capacidad de respuesta social, de exigencia de proyecto de cambio. Y en estas comunidades es donde aún hoy existe mayor capacidad de acción colectiva. Desconozco la historia de Gamonal, pero lo leído en la prensa apunta a que también allí la respuesta no ha sido una mera explosión momentánea, sino que se ha producido en un contexto social y político favorable. Esto, y no tanto el estallido, es lo que vale la pena subrayar, agradeciendo al vecindario del barrio burgalés que nos ayude a recordarlo.

Todo movimiento social de largo plazo requiere organización, generación de una cierta identidad compartida, elaboración de proyectos, etc. Toda la historia del movimiento obrero lo indica: la cultura profesional constituyó un elemento aglutinador del sindicalismo de oficio, el lugar de trabajo compartido del sindicalismo industrial, un espacio de vida cotidiana en la que se generaba comunicación, afectos, respuestas. Gran parte de los cambios en la organización del trabajo de los últimos cuarenta años se han orientado a destruir el potencial de comunidad que estaba en la base de la acción sindical. Por eso hoy el espacio urbano constituye una de las pocas áreas desde la que es posible tratar de reconstruir una cultura de lo colectivo, de lo social. Y en muchos casos siguen existiendo instituciones, espacios físicos, redes que favorecen esta construcción. Que están ahí y que cualquier proyecto alternativo debería desarrollar.

Partiendo de una premisa clara. Que se trata de un espacio que requiere una acción continuada, paciente, contradictoria a veces, que no puede eludir el trabajo institucional, abierta a la disidencia... pero que a la postre posibilita luchas como las que han ido produciéndose en los últimos tiempos y sobre las que Gamonal ilumina. Que una sabia utilización de los canales institucionales no es incompatible con el fomento de acciones autónomas. Que trabajar con los medios de comunicación abre siempre alguna puerta que a veces ayuda a la propia lucha (el mismo caso de Gamonal es ilustrativo: una parte de la prensa ha informado relativamente bien de las buenas razones del barrio, desde la denuncia de las carencias y los recortes experimentados en tiempos recientes hasta la clarificación de los intereses económicos que andan por en medio). Aunque ya se sabe que trabajar con los medios es siempre una labor incierta que da frutos una vez de cada tres. La lección a aprender no es que un estallido puede acabar en victoria, sino que un trabajo continuado en un determinado ámbito puede generar un movimiento que trascienda la mera reivindicación, que ayude a generar una nueva dinámica social. Son tiempos para profundizar en el trabajo comunitario, para enfrentarse a las políticas neoliberales allí donde haya posibilidades de organizar a la gente, de generar fuerza social, de convivir.



28/1/2014

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