La regla del juego

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Joan Busca

El cineasta Jean Renoir dirigió el film homónimo en 1939. En él relata, en un tono desenfadado, una pequeña historia que tiene lugar en el ambiente de la alta burguesía francesa. Un ambiente en el que, debajo de unas formas suaves, rigen estrictas normas no escritas que determinan lo que cada cual puede hacer dentro del orden social jerárquico en el que se mueven los diversos personajes (altos burgueses, aspirantes y sirvientes). Al final las reglas muestran toda su eficacia, el aspirante que ha infringido alguna de ellas muere y todo vuelve a su cauce. Aparentemente, la historia que cuenta Renoir es pequeña, podría hasta verse como una comedia de enredo (aunque el estreno del film en un momento de alta tensión social provocó una brutal reacción de la alta burguesía, que consiguió que fuera prohibida y no se pudiera reestrenar hasta 1960). Creo que lo que cuenta la película constituye un elemento crucial para entender varios acontecimientos políticos recientes.

En las elecciones alemanas, los tres partidos a la izquierda de Merkel (socialdemocrátas, verdes y Die Linke) suman mayoría parlamentaria, pero a nadie se le ocurre que puedan formar gobierno. La coalición rojiverde es impensable. Aquí no nos extraña: mientras que a nivel municipal abundan los pactos del PSOE con IU, a nivel estatal un gobierno de este tipo ni siquiera se plantea. De hecho, siempre que los socialistas han estado en minoría han tendido a pactar con CiU o con el PNV antes que con IU. Hay una izquierda proscrita. Un gobierno en coalición con ella no forma parte de lo que el sistema, en circunstancias normales, está dispuesto a tolerar.

Podríamos pensar que la única norma real es la de la imposibilidad de virar a la izquierda, pero la fuerza de estas normas va más allá, pues también podemos detectar situaciones en las que actúa en otro sentido. Por ejemplo, en la defenestración de Berlusconi (que le obligó incluso a efectuar una pirueta final dando apoyo al gobierno Letta). Berlusconi poseía fuerza parlamentaria suficiente para generar un descalabro institucional, pero al final ha sido despedido y queda por ver cómo le agradecerán los servicios prestados (tiendo a pensar que la retirada se ha obtenido a cambio de la promesa de un trato penal favorable). Al igual que en el pulso presupuestario estadounidense ha sido finalmente la derecha republicana la que ha tenido que ceder y aceptar una cierta derrota. En ambos casos, Berlusconi y el Tea Party han sido forzados a ceder para evitar una situación que ponía en peligro la estabilidad que exigen los grandes grupos de poder.

La regla del juego funciona. El sistema institucional se sostiene en unas normas tácitas que se ponen en funcionamiento (o actúan como mecanismos de prevención) para evitar que determinados comportamientos pongan en peligro la estabilidad del andamiaje social. La cuestión es que, como no se trata de normas escritas ni de figuras institucionales claramente definidas, son difíciles de describir y detectar. La costumbre ha sido siempre un poderoso medio para influir sobre comportamientos, pues tiene la ventaja de que es un mecanismo hasta cierto punto impersonal (aunque la fuerza de la costumbre suele reforzarse con la intervención de personas y grupos que llevan a cabo acciones para forzar su cumplimiento). No obstante, en el campo de la alta política juegan otros procesos menos etéreos que se mueven entre bambalinas pero que mantienen una enorme eficacia social. El poder monetario constituye un poderoso medio para comprar voluntades o condicionar acciones (los medios de comunicación lo saben bien; una información “inadecuada” les puede provocar la pérdida de anunciantes clave), y también lo constituyen las redes que tejen las élites en instituciones formales o en espacios informales, así como las conexiones de estas mismas élites con las altas esferas de la función pública. Entre la conspiración más elaborada y la mera acción individual, existen numerosos sistemas de relación que permiten marcar los límites de lo posible y lo imposible a los dirigentes políticos.

Cualquier cambio radical exige romper estas reglas del juego (y posiblemente imponer otras) y, por tanto, el conocimiento de las mismas, de los mecanismos con los que se desarrollan, es una cuestión crucial para elaborar buenas políticas alternativas. Lo es porque, sin conocer estos mecanismos, resulta casi imposible realizar algo que toda política transformadora necesita hacer: neutralizar los ataques del poder, preverlos, desactivar su fuerza. Y también porque ignorar que estos límites existen conduce demasiadas veces a propugnar políticas que son imposibles de llevar a cabo mientras persistan unas determinadas reglas de juego.

Cambiar las cosas en profundidad exige mucho atrevimiento e imaginación. Pero exige también mucho realismo, conocer los límites reales de nuestras acciones, las reacciones que pueden generar, las dinámicas que hay que provocar para que los procesos no se bloqueen. Uno percibe que en muchos de los planteamientos políticos actuales de los nuevos movimientos sociales hay mucha ignorancia acerca de estas estructuras de poder profundo. Es muy ingenuo pensar que, solo con nuevas reglas formales, las cosas podrían cambiar de golpe. La larga lista de reivindicaciones y propuestas sencillas con las que muchos y muchas solemos coincidir (pienso en muchas de las ideas surgidas del 15-M, o las que actualmente proponen proyectos como el Procés Constituent en Catalunya) carecen sin embargo de esta visión estratégica que exige reconocer que los proyectos propios chocan necesariamente con los intereses del poder. Sin entender cómo funcionan las reglas del juego, sobre cuáles puede incidirse, en qué casos no hay fuerzas para enfrentarse a ellas y cuáles pueden ser alteradas, va a ser imposible generar dinámicas que provoquen cambios sustanciales en nuestra deprimente vida social.

31/10/2013

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