Carlos Fernández Liria

¿Para qué servimos los filósofos?

Los libros de la catarata, Madrid, 2012, 155 págs.

La utilidad de la filosofía

Cuando Sócrates demostró a Menón que sí que era posible conocer, lo hizo de una manera muy admirable e insólita; mandó traer un esclavo y después de dibujar un cuadrado en el suelo le preguntó si sería capaz de hacer uno el doble de grande. Por medio de las preguntas que Sócrates le iba haciendo, el esclavo logró, finalmente, dibujar un cuadrado el doble de grande sobre la diagonal del primero, aplicando correctamente lo que, sin saberlo, era el Teorema de Pitágoras. Frente a esta demostración tan incontestable, Menón no tuvo más remedio que aceptar que estaba de acuerdo con el esclavo y, por lo tanto, que ambos eran iguales ante la resolución de dicho teorema. Este episodio, muy bien traído por Carlos Fernández Liria en su ¿Para qué servimos los filósofos?, explica el importantísimo papel que jugó la geometría en el nacimiento de la filosofía en Grecia y en el posterior desarrollo de la cultura Occidental, sentando las bases de la Ciencia y el Derecho.

El lema impuesto por el Dios Mercado al nuevo modelo universitario europeo “La universidad al servicio de la sociedad”, que se plasmó en 1999 con la implantación del Plan Bolonia y el nuevo Espacio Europeo de Estudios Superiores (EEES), sirve a Fernández Liria para articular todo un discurso demoledor en contra del desmantelamiento, casi definitivo, del proyecto ilustrado que desde Tales, pasando por Platón y Aristóteles hasta llegar a Kant y Hegel, veía en el Estado de Derecho el mejor de los gobiernos posibles, pero no tal como se entiende ahora, sino tal como debería haber sido de no haberlo impedido el capitalismo; es decir, entendido como el gobierno de la razón y de-sus-leyes, no de los hombres. Dicho lema, sin embargo, encierra el paradigma de la sinrazón actual o, sencillamente, una mentira; pues como muy bien señala el autor, cuando se habla de “la universidad al servicio de la sociedad”, a lo que los ideólogos del Plan Bolonia se estaban refiriendo era, en realidad, a los mercados y a la posibilidad de que los nuevos estudios universitarios respondieran adecuadamente a los intereses y demandas de este. Así, bajo un aparente barniz de razón y generosidad, el autor denuncia la pasividad, cuando no entusiasmo, con el que gran parte del mundo académico recibió la supuesta “revolución” educativa, que llegaba con la promesa de desempolvar la vieja cátedra de los doctores. Y aquí es donde la filosofía juega —siempre ha jugado, de hecho— un papel importante en tanto que observatorio de la realidad, pero bajo un lema bien distinto: “razón, verdad y justicia”. Es importante subrayar esto, ya que son precisamente estas tres cosas las que hacen, justamente, que valga la pena vivir nuestras vidas. El libro repasa las aportaciones más valiosas que desde sus orígenes en Grecia, allá por el siglo VI a.C., ha hecho la filosofía a lo largo de la historia. No son pocas y Fernández Liria se ocupa de desarrollarlas e interrelacionarlas, recordando sus hitos más significativos; muestra, por ejemplo, como la razón, la justicia o la fraternidad, alumbraron avances tan importantes como la ciencia, el derecho y sus correspondientes conquistas ulteriores, como el hiperdesarrollo científico o la Revolución Francesa, por citar algunos ejemplos. También explica muy bien por qué el progreso debe definirse en relación a las libertades ganadas y no en relación a los adelantos que suponga en el tiempo; o por qué la razón necesita de condiciones materiales para realizarse, y lograr así sobreponerse a la insaciable voracidad del tiempo. Acaba el libro reivindicando la función catalizadora de la filosofía que tiene la capacidad de transformar cada esbozo de realidad en conocimiento inteligible, lo que no es poco, si tenemos en cuenta que cada vez resulta más difícil y costoso el acceso a la verdad.

¿Para qué servimos los filósofos? es un libro muy bien madurado y trenzado que abarca muchos de los grandes temas que ayudan a entender mejor por qué se ha llegado a la situación actual y por qué es la universidad, precisamente, una de las piezas clave en las posibilidades de progreso que todavía conservamos. Quizás, el título escogido no hace justicia al libro y podría disuadir a más de un potencial lector antes de comprarlo o de tomarlo prestado en alguna biblioteca —pública, por supuesto—. Pero esto debe entenderse como un detalle menor si se tiene en cuenta la excelente exposición de todo el conjunto.

Su lectura, por tanto, es más que recomendable para todos aquellos que quieran comprender la importancia que tiene, ha tenido —y esperemos que siga teniendo— la filosofía en el desarrollo de las sociedades humanas más allá de Occidente, muy especialmente por lo que respecta a la ciencia y el derecho que, como dice Fernández Liria, son los únicos aspectos civilizatorios que nos permiten saber si avanzamos o retrocedemos cuál brújula de la historia. Después de leer el libro sabemos, por ejemplo, que la proliferación de contratos eventuales en el ámbito universitario —especialmente los de profesores que no han tenido que defender para ello ninguna oposición pública— no responde, como algún ingenuo podría pensar, al interés por reforzar la excelencia educativa ni a un súbito incremento de los alumnos, sino más bien a las exigencias impuestas por un nuevo modelo de universidad, mercantilizado y papanatista, que está mucho más interesado en fomentar el espíritu capitalista del sistema que en seguir siendo estandarte de la verdad, como así había sido su finalidad históricamente. Es por todo ello que conviene no olvidar uno de los mensajes fundamentales del libro, el de que sería un error pensar que la filosofía es una cuestión puramente teórica, pues además de haber posibilitado el desarrollo científico, también puede ser una herramienta inmejorable para la formación ético-política de las personas.

Sebastià Sala López

30/10/2013

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