La niña del Guinardó

¡Dejad en paz a Pi y Margall!

Don Francisco no tuvo en vida mucha suerte. Su empeño por construir un cuerpo teórico que interaccionase de manera creativa con los movimientos sociales y políticos que daban respuesta a las exclusiones propiciadas por el Estado liberal y a las opresiones inherentes al orden industrial capitalista y a la moderna propiedad de la tierra generó no pocas resistencias.

Para empezar dio lugar a renuencias entre aquellos de sus compañeros republicanos para quienes tal cosa, el republicanismo, no pasaba de ser un mero entretenimiento pequeñoburgués. Y bien que abundaron. Cierto es que el mismo Pi y Margall originó no poco desconcierto con sus cambios de paradigma filosófico y sus dudas en el ejercicio de la gobernación del Estado en las semanas de 1873 en que tuvo ocasión de mandar. Deslizarse de Pierre-Joseph Proudhon —o de una determinada lectura de Proudhon para ser más precisos— al principio de las nacionalidades podía desconcertar al más ducho en las entretelas del pensamiento pimargalliano.

Visto en perspectiva resulta comprensible. Los tiempos eran movidos: del idealismo se pasaba al positivismo, y a la federación había que darle un sustrato sólido, el que proveía la historia y la geografía, si se quería que la federal siguiese siendo una perspectiva razonable de emancipación futura. Por lo demás, uno podía ser partidario de la soberanía del individuo y del municipio, aunque como hijo de su tiempo fuese fiel, nolens volens, al dato dado por inevitable del Estado-nación. Y, acaso por ese dar por inevitable —de momento— al Estado, se asombrase viendo sus propias contradicciones cuando contra el poder ejecutivo se colocaban unas clases subalternas expeditivas que proclamaban el cantón y, con él y a la que se descuidaban en Madrid, la pronta revolución social.

Pero bien, el hombre perseveró. Se mostró decidido, tras el fracaso de 1873, a recomponer la izquierda de la democracia republicana. Lo hizo a partir de 1880 movilizando al federalismo avanzado y popular en contacto, casi siempre, con las filas más activas del mundo obrero. Su consecuencia y radicalidad se prolongaría, en ocasiones rodeado por las multitudes, a veces en medio de una llamativa soledad, hasta el final de su vida a principios del siglo XX. Dotó al federalismo, y con él a la izquierda política y social, del único programa relativamente serio con el que afrontar la gran cuestión del Novecientos: si el siglo XIX había sido el de la emancipación política, en el XX la gran cuestión, decía, sería la social. Me refiero al programa de 1894. Resistió, en esos mismos años, a toda suerte de nacionalismos y chauvinismos. Se mostró hostil a la guerra y rechazó por principio los patriotismos que apenas ocultaban los intereses de quienes, aquí, explotaban a las clases jornaleras. Por lo demás, aprobó y apuntaló el proceso de regionalización de la perspectiva federal. Entre 1881 y 1883 incentivó la celebración de congresos regionales que, de Gijón a Antequera, de Barcelona a La Coruña, dieron pie a la confección de diversos proyectos de constitución federal regional. Seguía siendo, como en los primeros años 1850, un crítico radical del poder. Libertario. No obstante, sabía ya a ciencia cierta que España, y en rigor toda Iberia, eran un país de materialidad federal que no había sabido darse un marco institucional acorde con dicha naturaleza y no eludía el principio de realidad.

Tras su muerte, a finales de 1901, la cosa de los malentendidos y las utilizaciones matuteras, que ya se habían dado en vida, fue a peor. El hombre no debió advertir que, tal y como estaban las cosas, acudir a unos juegos florales era ponerse a disposición del naciente nacionalismo catalán. Y lo hizo. Y así le fue. El túrmix que todo lo desmenuza hasta lograr integrar los más variados productos de origen en un denso puré catalanista hizo lo propio con Pi. Primero obró el mejunje un tipo culto como Antoni Rovira i Virgili, periodista y ensayista. Por aquel entonces, sin embargo, todavía había legatarios de Pi y Margall que alzaban de tanto en tanto la voz para recordar lo obvio. Cada vez quedaban menos. No sólo en Cataluña. También en España. A menudo las libertarias y los libertarios tuvimos que tomar el relevo. Ya en los años treinta, y el fenómeno se reprodujo cuando en la renovación del republicanismo hace cuatro días como quien dice, se prefirió Manuel Azaña a Pi. Era más ciudadanista, qué duda cabe. Y mucho menos subversivo, no se llamen a engaño. Más tarde, en los años setenta de la pasada centuria, y para compensar la hegemonía más o menos incontestable de los malditos comunistas en el antifranquismo realmente existente, hubo quien forjó un relato de nulo valor heurístico pero de alta capacidad ecuménica, la de la existencia de un catalanismo popular que deglutía sin inmutarse el mundo de las barricadas ochocentistas y se remontaba a la noche de los tiempos.

En ese relato Pi y Margall pasó a ser no ya un federal nacido en Barcelona y, por tanto, incontestablemente catalán, sino un catalán que, por serlo antes que por cualquier otra consideración, intentó reformar el Estado español, unitario, centralista, castellanizador, para dar salida natural a los deseos colectivos de los catalanes, protonacionalistas todos ellos. El patrón sigue funcionando. ¡Cómo no va a ser operativo si estamos en unos momentos en los que, a la que nos descuidamos, a Durruti se le pone barretina y a una servidora mitons! Pues bien, ha llegado el momento de decir basta. A cada uno lo suyo. Y a Pi y Margall, ese federalismo confederal que arrancaba en un momento revolucionario —aquel en el que los pueblos libres se daban un pacto sinalagmático y conmutativo— y que, por lo demás, acababa con un orden económico basado en la explotación social. Ni más ni menos.

¡Dejad en paz a Pi, bellacos!

26/10/2013

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