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Visualizar el bloque de poder, configurar políticas alternativas

Joan Busca

I

Cualquier movimiento social que aspire a cambiar el mundo debe incluir en su programa de actuación un conocimiento adecuado de la estructura social, de quiénes son los núcleos duros a los que debe enfrentarse y quiénes sus aliados potenciales, cuáles las fuerzas sociales que pueden apoyar su proceso y qué dinámicas le pueden resultar más favorables. Hoy este reconocimiento es aún más necesario que nunca ante los retos que plantean las crisis presentes y la mezcla de impotencia, incapacidad e inmoralidad que muestran las clases dominantes ante las cada vez más acuciantes necesidades sociales. Es también urgente porque en gran parte de los nuevos movimientos sociales el blanco de la crítica se concentra en los políticos institucionales, lo que a mi modo de ver constituye una pérdida de visión de la que pueden deducirse políticas erróneas. La nota que sigue es sólo una invitación a ampliar el debate y a favorecer una reflexión más comprensiva de los problemas con que se enfrenta cualquier política alternativa.

II

Para la vieja izquierda de tradición marxista la respuesta era simple. El poder está fundamentalmente en el capital, en los propietarios de los medios de producción, en “los amos”. El análisis de lo ocurrido en el período neoliberal permite justificar que se trata de un diagnóstico bastante acertado. Si algo ha caracterizado este período ha sido precisamente el de una enorme transferencia de renta y poder hacia una minoría social que encuentra en la propiedad capitalista bajo diversas fórmulas la base de su bienestar e influencia social. El que la globalización y los cambios socio-tecnológicos haya provocado la generación de nuevas estirpes empresariales cambia poco las cosas. Se trata en todo caso de grupos sociales que basan su estatus en un conjunto de instituciones y políticas diseñadas para proteger sus intereses, acrecentar su riqueza y su influencia social. El neoliberalismo ha representado un conjunto de políticas y prácticas que ha sido totalmente útil a sus intereses y ha generado una situación que, hasta el momento, les ha permitido convertir la crisis que estas políticas han creado en nuevas oportunidades para reforzar su hegemonía y favorecer sus intereses.

Este último hecho resulta palmario incluso para bastantes analistas liberales, aunque no saquen de ello conclusiones radicales. Hay sin embargo algunos aspectos diferenciales de la situación actual respecto al capitalismo tradicional, en gran parte provocados por la propia evolución del capitalismo. En el modelo tradicional de empresas familiares, los capitalistas eran un sector claramente visible incluso a nivel local. En la economía mundializada se han convertido en personas muchos menos visibles (menos aquellos a los que les gusta figurar como estrellas del ranking de ricos), camuflados incluso como asalariados en funciones directivas. La propia dimensión y estructura de las grandes corporaciones empresariales ayuda a esta función de camuflaje. E incluso acaba por confundir el propio discurso alternativo: hoy es más frecuente que la nueva generación de jóvenes radicales hable de lobbies (al fin y al cabo uno de los mecanismos por los que estos capitalistas tratan de consolidar su poder) en lugar que de capitalistas. Ellos son sin duda el núcleo de la clase dominante. Cualquier posibilidad de democratización social, de avance hacia una sociedad más igualitaria y sostenible, requiere cortar su poder, sus privilegios. Y para conseguirlo es necesaria una labor política que ponga en cuestionamiento su función social, que muestre de una forma entendible cómo este poder influye negativamente en la vida de millones de personas, cómo impide el desarrollo de formas más sensatas y justas de vida social.

III

Los políticos constituyen a ojos vista el grupo social más directamente cuestionado por gran parte de la ciudadanía. Una crítica sustentada en dos hechos básicos: su incapacidad para promover políticas que garanticen un sistema socioeconómico decente y la enorme variedad de procesos de corrupción y medro personal en que se han visto implicados. Salvando las distancias, parece que volvemos al siglo XIX. Entonces en la mayoría de los países capitalistas el voto era sólo censitario y masculino. Los pobres (la mayoría de la población) las mujeres (todas) y los grupos marginados (negros, minorías nacionales, extranjeros, etc.) no votaban. La casta política era una mera representación de las clases dominantes. La lucha por ampliar la participación democrática y la creación de partidos de matriz obrera fueron el resultado de un enorme proceso de raíz democrático-radical (igualitario) por el que se esperaba conseguir políticas en interés de la mayoría. Aunque el proceso fue convulso, insuficiente, no se puede negar que existe alguna relación entre muchos de los derechos sociales que se llegaron a conseguir en las sociedades capitalistas más desarrolladas y la presencia política de los partidos de izquierdas. Mientras duró la fase de capitalismo de compromiso social posterior a la Segunda Guerra Mundial pareció creíble que estas izquierdas pudieran incluso imponer reformas hacia algún tipo de sociedad poscapitalista, o cuando menos seguir ampliando los derechos sociales. La contraofensiva neoliberal no sólo tuvo una vertiente económica, también afectó a las estructuras políticas. Consiguió al mismo tiempo debilitar las bases sociales de la izquierda e imponer de forma creciente un modelo de representación política basado en una burocracia altamente dependiente del poder económico, fácilmente influenciable y a la que se le ofrecen importantes oportunidades de medro personal siempre que se plieguen a las “políticas adecuadas”.

Juzgar esta deriva como un mero producto de la corrupción moral de los políticos es, además de superficial, una vía muerta para el cambio. Supone practicar un falso maniqueísmo entre la pretendida corrupción de las personas dedicadas a la política profesional y la inocencia intrínseca del resto de la sociedad civil. Esta deriva es a mi entender el resultado de procesos convergentes, no sólo de las presiones directas ejercidas por el capital. Juegan un papel crucial los medios de comunicación, en muchos sentidos: conversión de la acción política en un marketing electoral, importancia de los recursos financieros y de los liderazgos mediáticos para obtener visibilidad, exposición permanente a las críticas de los medios —la inmensa mayoría hostiles a las ideas transformadoras—, conversión del debate en un espectáculo, trivialización de las alternativas en un contexto comunicativo donde están ausentes las evaluaciones morales y sociales… También entran el juego las formulas organizativas que se han ido adoptando y que, tanto en la vertiente del partido stalinista como en la del parlamentarismo occidental, han acabado generando organizaciones jerárquicas donde el debate, la reflexión colectiva y la participación real están ausentes. Y también hay que considerar la estructura social, donde la mayoría de la sociedad está ausente, en su vida cotidiana, de un verdadera participación en la toma de decisiones y donde la participación política es presentada como un espacio para especialistas. La globalización y el creciente papel de las instituciones supranacionales no han hecho sino acrecentar estas tendencias y limitar las posibilidades de participación real.

Y a pesar de ello existen aún más posibilidades de presión social directa sobre las estructuras políticas que sobre las élites económicas. De hecho, sólo es posible debilitar el poder del capital mediante procesos políticos democráticos que transfieran poder a la mayoría de la sociedad. Por eso la cuestión central en la esfera política no es tanto la de la denuncia como la de la construcción de nuevos instrumentos de participación, reflexión, organización e intervención que permitan generar un cambio de ciclo social. La historia de las luchas sociales está llena de fracasos y reconstrucciones. Venimos de un desastre y urge la reconstrucción. Y esta sólo puede venir de la combinación de tres prácticas simultáneas: el balance de la experiencia anterior (de lo que aún es útil y de lo que debe desecharse, de lo que es una vía muerta o de lo que merece ser explorado), la experimentación crítica en nuevas formas de organización (crítica porque a menudo lo nuevo tiene también sus limitaciones y es necesario reflexionar sobre los pasos a dar) y la voluntad solidaria de desarrollar un proyecto común, necesariamente incompleto, necesariamente imperfecto, necesariamente tentativo, necesitado de voluntad de compromiso.

IV

Si la política está en horas bajas, la ciencia goza, en cambio, de un gran predicamento social. Los científicos, los investigadores, los médicos son vistos como la esperanza en una vida mejor. Es claro que el ideal científico de conocimiento desinteresado, crítico, reflexivo es una parte constituyente de cualquier proceso de mejora social, de huir de la vieja dependencia de las creencias irracionales y de los funcionarios y las castas que las gestionan y las imponen.

Pero una cosa es el ideal y otra la realidad concreta. Y la realidad nos dice que una parte no despreciable de las élites científicas y técnicas están directamente implicadas con el poder político y económico. No cabe duda de que hay campos donde se realiza investigación pura, desinteresada. Y que hay mucho trabajo orientado a mejorar sinceramente nuestro entendimiento del mundo material y social y a encontrar formas de mejorarlo. Pero hay también mucha actividad científica dedicada sin excesivos problemas morales a desarrollar instrumentos, técnicas y productos en beneficio de las élites. Y mucha labor intelectual organizada para legitimar el orden existente. Por tanto, el campo de la ciencia y de la técnica forma parte tanto de la búsqueda de soluciones como de la creación de obstáculos y reforzamiento del poder del capital. De hecho, uno percibe que las prácticas neoliberales en el funcionamiento de la investigación y las universidades tiende a reforzar estos aspectos reaccionarios: mayor dependencia de la financiación privada, mayor centralización de los recursos de investigación, sistemas centralizados de evaluación de la misma. Algo que, además, se refuerza con dos elementos coadyuvantes: por un lado la creciente parcelación del trabajo, y en muchos casos la pérdida de una visión global de interrelaciones y procesos (el “especialista” tiende a ser alguien que sólo controla una pequeña parcela, desconecta de las implicaciones de su actividad fuera de su pequeño espacio de acción, se irresponsabiliza); por otro, está la configuración de la actividad científica como una carrera profesional, donde la promoción es tan o más importante que el contenido del trabajo. En este sentido la vida social de muchos científicos está sujeta al mismo tipo de tensiones competitivas, narcicistas, individualistas, que la de los profesionales del espectáculo. Y esto los convierte, colectivamente, en un grupo social bastante manejable para las élites del poder.

La lucha por cambiar las cosas exige también un combate en la esfera de la ciencia y la tecnología. Exige dejar de considerarla un campo neutral, externo, y verla como un espacio en el que es necesaria una iniciativa orientada a bloquear el control capitalista sobre la actividad y el desarrollo de modelos de trabajo que primen la cooperación, la comprensión holística de los problemas y el debate abierto de los problemas ético-sociales que plantean muchos de los desarrollos tecnológicos.

V

La densidad de la clase dominante se debe en parte en esta capacidad de conjugar poder económico, político y cultural. De hecho, para muchos países deberíamos incluir también a las iglesias organizadas y, sin duda, a todo el bloque de los medios de comunicación y el negocio del gran espectáculo (deportistas de élite, artistas glamurosos…). Esto es lo que hace del capitalismo una civilización y no una mera estructura de poder. El hecho que muchas personas con enorme influencia social intervengan desde ángulos diversos para promover un statu quo social. Por ello la transformación social es tan difícil, porque no se trata sólo de poner en cuestión a una minoría de propietarios sin escrúpulos sino de cambiar de raíz una enorme variedad de estructuras sociales e influir en la visión del mundo de miles de personas que, en muchos casos, no son conscientes de su verdadero rol social.

Romper un bloque no puede hacerse a cabezazos, requiere buscar sus puntos débiles, las vías de ataque. En este sentido la apelación a la democracia y al verdadero ideal científico parecen vías más prometedoras que no la apelación abstracta al sistema. De hecho en varios de los terrenos en disputa, por ejemplo el de la crisis ecológica, una parte de la comunidad científica juega un papel progresivo, mientras que en otros la defensa de las libertades políticas y la participación consigue abrir ventanas. Conseguir que el poder del capital acabe siendo reconocido como lo que es, la prerrogativa clasista de una minoría social que decide irresponsablemente la vida de millones de personas, exige por tanto una estrategia que puede reforzarse con propuestas claras de democratización política y debate científico. La reflexión que se ofrece es que conviene pensar en las diferencias del bloque en el poder a la hora de diseñar estrategias. Quizás todo es muy obvio, pero uno percibe que en las propuestas radicales a menudo las cosas se plantean demasiado en abstracto, y ello impide generar estrategias viables.

VI

No quisiera acabar sin pasar por alto una cuestión no abordada en la presente nota. Me parece evidente que la representación del bloque en el poder es bastante adecuada para tratar dos de las grandes crisis presentes: la socio-económica y la ecológica. En ambas la alianza social en el poder bloquea las soluciones. Más compleja es la cuestión que afecta al género, donde el patriarcado no sólo obedece a los designios de un grupo del poder (aunque el papel social de ciertas iglesias es en muchos casos fundamental y en muchos otros la estructura de poder también se beneficia de o se apoya en la persistencia de las desigualdades de género), sino también a micropoderes difusos que afectan directamente a las relaciones personales de hombres y mujeres. Por eso es tan necesario que, al pensar en alternativas al actual bloque de poder, la cuestión de género se configure como una cuestión crucial. El mundo de la igualdad y la democracia sólo es factible y deseable si las nuevas estructuras sirven a todos y todas.

30/8/2013

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