Percepción catastrofista y acción colectiva progresista

Antonio Antón

Conviene analizar el sentido de la percepción ciudadana y de distintos agentes respecto de la continuidad del proceso de austeridad, con el empobrecimiento y sufrimiento de amplias capas populares, así como del desmantelamiento o reestructuración regresiva del Estado de bienestar, los servicios públicos y la protección social, sin horizontes de mejora del empleo y el bienestar.

Los lemas y la sensación ciudadana de ¡Van a acabar con todo! o ¡No tienen límite! expresan la incertidumbre por el futuro del llamado modelo social europeo, al menos en esos países, y el retroceso material y de derechos de la mayoría de las sociedades. Define el contenido regresivo profundo del proyecto neoliberal, aunque está por ver, dado los contrapesos existentes, el grado de cumplimiento de su programa máximo: destrucción del Estado de bienestar, la regulación y las garantías públicas y debilitamiento del sistema democrático o, en otro sentido, la vuelta a la implantación de la economía y el estado liberal del siglo XIX o primeras décadas del XX.

El temor ciudadano más realista se asienta en la perspectiva inmediata de un paro masivo y prolongado, con poca protección al desempleo y menguadas expectativas de empleo decente, un pronunciado desequilibrio en las relaciones laborales, con fuerte poder y discrecionalidad empresarial, un recorte sustantivo en los servicios públicos (sanidad y educación públicas), con un desmantelamiento progresivo de un débil aunque significativo Estado de bienestar y de protección social. Se está produciendo una brecha profunda respecto de los países del norte, con gran parte de sus clases populares que, en términos comparativos, sobreviven menos mal a los efectos de la crisis y la política de austeridad (otra parte vive en la precariedad, aunque también menos mal que la franja baja del sur –en paro y sin futuro–).

En ese sentido, la incógnita es hasta dónde el bloque de poder que ampara a Merkel puede imponer ese retroceso cualitativo en las condiciones sociolaborales y la dependencia económica y política del sur europeo y, paralelamente, consolidar su hegemonía respecto a las sociedades periféricas, incluyendo el estado francés, sin romper el entramado institucional europeo o recibir un fuerte rechazo popular.

Se está imponiendo un retroceso ‘cualitativo’ (deflación) de las condiciones salariales, laborales y sociales de las sociedades europeas del sur periférico, afectando a Francia, y una dependencia de sus aparatos económicos y productivos. Se agravan las consecuencias sociales y los problemas de cohesión social y deslegitimación de sus élites. Se puede plantear el interrogante: ¿es realista el diseño del poder dominante de prolongar esta situación y cumplir la amenaza de dar otro paso más pronunciado y duradero de sometimiento popular, con mayor reducción salarial y del gasto social, estancamiento económico, descontento ciudadano y desvertebración política?

Se puede constatar la existencia de un proyecto regresivo del sector más neoliberal que no tiene límites y pretende acabar con todo. No obstante, conviene analizar las dificultades para su materialización o bien las tendencias o factores que condicionan la realización de ese programa de máximos de acabar con (desmantelar) el actual Estado de bienestar (Estado social, democrático y de derecho) o en otro sentido, consolidar un capitalismo especulativo e ‘inhumano’, con un sistema político autoritario, con dilución de su carácter social y democrático, aun conservando algunas formas mínimas de representación y legitimación política.

En primer lugar, hay que señalar el carácter destructivo de ese proyecto para el bienestar social de la mayoría de las sociedades europeas, su cohesión y vertebración, así como la deslegitimación de las clases políticas gobernantes. En las actuales circunstancias, la base de apoyo social para esos objetivos máximos sería muy limitada, por lo que el poder tendería a generar dinámicas de división popular con chivos expiatorios o falsos culpables: nacionalismos, racismo y xenofobia, populismos autoritarios. Podría acompañarlo de la involución política y democrática, fuerte control social y autoritarismo institucional (más o menos tecnocrático).

Sin embargo, un factor que condiciona o frena esa dinámica extrema es la propia mayoría de la sociedad con su cultura democrática y de justicia social; la cuestión es su grado de activación, la articulación en movimientos sociales de presión y de representación política e institucional progresista, como agentes sociales que reequilibren esa tendencia dominante. Por tanto, el resultado de esa doble tendencia puede significar la no implantación total del proyecto neoliberal y autoritario extremo.

No obstante, esas expresiones vaticinadoras de desastres, pueden tener una doble función sociocultural, de alerta y de temor. Por un lado, refuerza la denuncia del carácter regresivo profundo de ese proyecto y el riesgo de su materialización completa. Por otro lado, puede utilizarse, instrumentalmente, para generar otras dinámicas diversas, ambivalentes o contraproducentes, en la sociedad y la política: 1) el miedo, la paralización o la adaptación individual o grupal, con dinámicas y conflictos competitivos y disgregadores; 2) la deslegitimación del agente inmediato que representa ese proyecto (derecha conservadora – PP) es positiva, pero si es superficial sería insuficiente para asegurar su recambio; 3) hasta ahora, toda la política ‘comunicativa’ para evitar la desconfianza popular en la clase política y gerencial y sus políticas de austeridad ha fracasado, aunque si no se consolida existe el riesgo de neutralizarla con otra estrategia legitimadora más incisiva de cambios limitados o retóricos, o bien con otra forma de gestión consensuada entre las élites (pacto político y social, en posición subordinada para sindicatos y PSOE) sin variar lo sustancial de su estrategia; 4) la conformación de otras dinámicas racistas o xenófobas y representaciones institucionales de populismos autoritarios.

La activación ciudadana y la confrontación sociopolítica democrática, siendo realistas y firmes en el cambio de políticas y agentes, es la principal medida para impedir la involución social, erosionar la legitimidad de la política antisocial del poder económico e institucional dominante y neutralizar otras tendencias problemáticas o contraproducentes.

Es decir, un énfasis similar en el posible horizonte desastroso que espera a la mayoría de la sociedad, puede ser compatible con tres tipos de respuestas o apuestas normativas: 1) resignación colectiva junto con un sálvese individual o grupal de carácter competitivo; 2) un leve cambio institucional para relegitimar a los distintos agentes políticos y sociales; 3) un cambio económico y político sustantivo con el empoderamiento de la mayoría ciudadana, el sujeto democrático y soberano, con una fuerte activación de fuerzas progresistas.

Por tanto, no es suficiente la explicación o el énfasis exclusivo en un diagnóstico ‘catastrofista’ del futuro que nos espera. Estamos en otra fase, si cabe, más complicada. La cruda realidad se ha impuesto en la percepción de la sociedad y ha vencido a todos los intentos liberales y mediáticos de minusvaloración de la misma. La mayoría de la gente es realista al apreciar la fuerte desigualdad social y demuestra un fuerte sentido ético al juzgarla como injusta y señalar a sus responsables. Hay que seguir perfeccionando ese diagnóstico y su percepción popular. Sin embargo, ahora el paso principal es fortalecer esa cultura ciudadana de justicia social y sus valores igualitarios, profundizar en la motivación para la acción colectiva progresista y facilitar los mecanismos para su activación e impulso. Y el análisis empírico y la interpretación teórica de esta nueva dinámica es clave para desarrollar y mejorar esa siguiente tarea.

La realidad de la grave situación que padece la mayoría de la sociedad y la percepción social de las malas perspectivas, automáticamente o de forma unidireccional, no generan necesariamente una mayor disponibilidad para la acción colectiva transformadora. Su correspondencia mecánica (en un sentido o el contrario) sería una interpretación determinista del cuanto peor (el empobrecimiento, los recortes) mejor (la protesta social). Junto con esa realidad, el deterioro de las condiciones y derechos, su percepción y su denuncia, es necesaria la interacción de otros factores sociopolíticos que ayuden a su conformación en la actividad social igualitaria y solidaria. Esa mediación es fundamental. Se trata de la ‘experiencia moral’ de segmentos amplios de la sociedad, con una cultura democrática y de la justicia social, que permita un juicio ético con la convicción del carácter injusto de esa realidad (situación socioeconómica, políticas regresivas, clase política gobernante antisocial) y configure una motivación profunda para cambiarla. Esa realidad y esa conciencia social y ética (que se incorpora a la realidad) facilitan y orientan la elaboración de las demandas u objetivos a reclamar. Es cuando la predisposición de la ciudadanía indignada puede enlazar e interaccionar con las propuestas, la orientación y las iniciativas de los distintos agentes. Y se articula la expresión de esas exigencias, su carácter, dimensión y trayectoria, de acuerdo a las expectativas de su grado de incidencia, su capacidad transformadora, las oportunidades del momento y la credibilidad o confianza en los cauces, los lemas y los liderazgos.

[Antonio Antón es Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid]

13/5/2013

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