Por la transcripción: G.P.

Una propuesta comedida

Para prevenir que los viejos pobres de España se conviertan en una carga para sus familias o para el país, y  hacerlos así útiles para el público.

 

La presencia de viejos pobres en las calles y plazas, encorvados sobre sus bastones y caminando sin rumbo, es causa de gran tristeza para quien los contempla. En el deplorable estado actual del Reino, colijo que quien hallare un método limpio, barato y sencillo para hacer de estos ancianos miembros útiles a la cosa pública merecería que se le erigiera una estatua como benefactor de la nación.

Por lo que a mí respecta, tras haber reflexionado largamente sobre esta cuestión y después de valorar con ponderación las medidas tomadas por nuestros gobernantes, hallo que estas han sido totalmente erróneas. Es cierto que los mayores de 65 años de condición precaria ni comen ni visten como cuando eran jóvenes, pero es  justamente esa la edad que propongo para proveer por ellos de tal modo que, en vez de constituir una carga para sus familias, sus ayuntamientos, sus comunidades autónomas, en definitiva para el Estado, contribuyan, por el contrario, al progreso de muchos miles a través de los mecanismos del mercado  libre.

El INE calcula el número de almas de este Reino  en 47 millones. De ellas, el 17% tiene 65 años o más. Se echa de ver que en España viven en la actualidad 8 millones de ancianos, viejo arriba, viejo abajo. De ellos deduciré un 30%, es decir, 2.400.000 individuos que disponen de los recursos necesarios para mantenerse sin importunar al Estado. Y de ellos aún deduciré otros 600.000 ancianos más que morirán muy pronto gracias a las correctas aunque tibias medidas del gobierno para reprimir la sanidad pública y los gastos llamados de dependencia. Aun así, quedan 5 millones de semovientes. He aquí, pues, el tema de nuestro tiempo: ¿cómo librar al Estado de semejante carga? Más allá de los programas electorales, se impone la cruda realidad. No nos engañemos: ni los mercados, ni la UE, ni el BCE ni el FMI van a tolerar que sigamos derrochando insensatamente el dinero para mantener unos activos que, aunque figuren como “circulantes” en el balance del Estado, todos sabemos que son tóxicos. Para que estos productos puedan realizarse a su valor real de mercado, es perentorio y urgente crear un “espacio malo” al que transferirlos:  los tanaderos.

Es de razón que los viejos, como todas las mercancías, sufran obsolescencia y, por lo tanto, pérdida de valor de cambio y desde luego de uso. Para la amortización progresiva de esos activos sin valor, propongo que el Estado los dote obligatoriamente, en un primer año, con un 50% de depreciación.  Es decir, que desde los 66 años, parte de la mercancía pueda ser realizada. Por ejemplo, se puede vender a los hospitales privados uno de los órganos pares de cada individuo: una córnea, un pulmón, un riñón, una mama o un testículo. También tienen salida los componentes capilares y dentales como ya demostró la ingeniería alemana hace más de setenta años. Transcurridos dos años, es decir, cuando el activo castigado al 50% haya cumplido los 67, y al no poder seguir procediendo con el sistema anterior (se incurriría en elevados costes de transacción), deberá procederse a su amortización total, es decir, a darle de baja en libros contables. Se podría proceder a la destrucción de activos (siempre ante notario para tener derecho a las deducciones fiscales correspondientes), pero eso sería desconocer la ley de Say. En efecto, los  activos tóxicos pueden ser muy rentables para la demanda compuesta si se les da un tratamiento integral en los tanaderos. En primer lugar, se procederá al trasplante de los órganos desparejos restantes; acto seguido se separará concienzudamente la piel de la carne y esta de los huesos. Es cierto que la piel de los zancarrones, por su escamosidad, pliegues, verrugas y manchas no puede utilizarse en tenería, pero sí en la fabricación de profilácticos de colores (la tinción compacta la piel) que, más allá de su impacto directo, conlleva una economía de escala por la reducción de posibles nuevos activos que, inexorablemente, tenderán a caer en obsolescencia. La achura tiene una salida mucho más fácil: como que las hamburguesas contienen una mezcla habitual de 62 tipos de mondongo, de distintas especies animales, la adición en la tolva de esta carne humana, sufrida y trabajada, proporcionará a la masa final una suavidad hasta ahora desconocida. Los huesos, junto con las partes de la carcasa que no hayan podido ser aprovechadas en su totalidad (desgraciadamente hay mucha mercancía averiada) serán molidos y luego mezclados en unas hormigoneras ad hoc con nitratos fosfatados  y guano para obtener un abono de alto rendimiento similar al costoso humus  de lombriz.

Tras la elaboración de la correspondiente tabla input/output, puedo adelantar una proyección económica que, aunque necesariamente provisional, es compatible con un PER muy elevado. Calculando el material para trasplantes a precios actuales de mercado, se pueden obtener entre 1.500 y 2.000 euros por órgano, digamos 24.000 euros por partida. Como que la piel humana tiene una extensión máxima de 2 m2 (unos 3 kg), solo se podrán obtener alrededor de 70 condones por pellejo, que a 1,50 euros la unidad (precio actual de mercado) representan 105 euros por macana; el cálculo económico del magro es sencillo dado que, según me ha asegurado un conocido político americano amigo mío, los precios de las hamburguesas permanecerán estables en los 4 euros los 100 gramos. A poco que se reflexione y tomando en cuenta la calidad premium propia de esta materia prima, se verá que estamos hablando de 15 euros el kilo que, multiplicado por 60 kg  promedio, alcanza los 900 euros, siempre por unidad. Pelo y dentición (sobre todo la de oro) están muy sujetos a los vaivenes del mercado, pero mi proyección alcanza los 100 euros por pieza. Finalmente, los fertilizantes nitrogenados no se contabilizarían más allá de 1 euro por unidad. En resumen, estamos hablando de 25.000 euros/item que, tomando como base un reciclado completo de un millón de vendejas al año, arrojan un total de 25.000 millones de euros, es decir, el 2,5% de nuestro PIB actual. Si atendemos a los cálculos de rentabilidad, y establecemos el oportuno escenario de cuenta de resultados, advertiremos que los costes industriales oscilarían alrededor de un 15% de la facturación bruta, los de logística estarían en el 5% (incluido el almacenaje) y los gastos generales no sobrepasarían el 10%. Es decir que, tomando la base 100 para el overall turnover, el EBITDA se situaría alrededor del 70, EBITDA que vendría a equivaler al beneficio bruto porque la desgravación fiscal sería doble: por reciclaje de material altamente contaminante y por la creación ex novo de puestos de trabajo, como explicaré más adelante.

Esta comedida propuesta que hago al gobierno de España pone de relieve que en un plazo máximo de cinco años (se puede reducir en función de las nuevas tecnologías) el surtido actual de viejos menesterosos se habrá agotado, pero sin que se produzcan las temidas roturas de stock gracias al mantenimiento constante de los coeficientes de producción que asegurarán, además, las operaciones realizadas en el mercado de futuros. Más allá de los beneficios directos que conseguirá el Estado con la amortización de su carga, afloran una serie de economías de escala  de alto valor endógeno:

Primera: Una  reducción de los costes sanitarios, asistenciales, protésicos y farmacéuticos a una escala infinitamente mayor que la obtenida  hasta ahora por la Comunidad de Madrid, que es la que presenta la mayor ventaja comparativa.

Segunda: Una disminución muy importante en los gastos de la administración por la desaparición de los funcionarios destinados ahora a jubilación y asistencia, en la línea que propugna el gobierno de la Generalitat de Cataluña de reducir el cuerpo de funcionarios públicos a los mossos d’esquadra.

Tercera: Un ahorro notable en el mantenimiento de parques y mobiliario urbano de jardines al acabar con las partidas de petanca que obstaculizan la apertura de nuevos negocios.

Cuarta: El cierre de residencias y centros recreativos de la llamada ahora tercera edad, eliminando definitivamente sus elevados costes y privatizando los antiguos locales que bien podrían ser destinados a sucursales bancarias.

Quinta: Una alternativa de mercado al suicidio de carcamales desesperados que conlleva unos gastos judiciales, policiales y forenses que el Estado no se puede permitir.

Sexta: Los capitales, pertenencias y ahorros que pudieran poseer los vejestorios, aunque seguramente magros, determinarán sin duda en sus herederos una propensión marginal al consumo que coadyuvará a la recuperación económica de España.

Aunque todas estas economías de escala son de considerable entidad, palidecen ante la que será, quizá, la mayor sinergia de todos los tiempos: ¡La amortización de los viejos llevará la tasa de actividad a cumplir la curva de Philips! O sea, +_ 5 % de paro. Así es: los tanaderos que se vayan abriendo deberán concurrir al mercado libre, entrando en competición por el producto del modo que consideren más oportuno: anuncios en los media, sorteos, concursos. packs familiares, ofertas (estancias cortas pero de carácter intenso y emotivo; almacenaje más dilatado en el tiempo, pero con incomodidades e inconvenientes, etc.). En cualquier caso necesitarán contratar una gran cantidad de personal: sociólogos, agentes de reclutamiento, expertos en márketing, psicólogos conductistas, guardas de seguridad, enfermeras, chóferes, recepcionistas, asesores técnicos, almaceneros, reponedores, sanitarios eutanásicos, desolladores, carniceros, molineros, fogoneros, empaquetadores, comerciales, transportistas, técnicos en exportación, personal de mantenimiento, limpiadoras, administrativos y sacerdotes. Los religiosos pueden incrementar o hacer más atractiva la oferta de los tanaderos proporcionando a sus fieles, como estímulo para abreviar su estancia, bulas de indulgencia plenaria a la vista para hacerlas inmediatamente efectivas en cuanto lleguen al paraíso. Partiendo de la capacidad actual del mercado, el número de tanaderos previsible, el promedio de empleados, la productividad per capita y el ritmo de reposición de los inputs, estimo la creación de nuevos puestos de trabajo en el 20 % agregado. No deja de tener la mayor de las importancias el efecto psicológico del feed back sobre los propios ex parados ahora con empleo: no cabe duda de que su productividad hombre/hora será elevadísima y su dedicación máxima con el fin de alcanzar los salarios más altos y poder así costearse una pensión privada que, al cumplir los 65 años, les permita rehuir la obligada amortización estatal por obsolescencia.

Por lo que a mí respecta, tras muchos años de haber perdido el tiempo en ideas vanas, inútiles o utópicas, he tenido la inmensa fortuna de hallar esta solución totalmente innovadora, sólida y realista, de escaso gasto y de mucho provecho, claramente a nuestro alcance y que no incurre en el más mínimo riesgo de perjudicar a España. Solo me queda añadir, desde el fondo de mi corazón, que no tengo ningún interés personal en encarecer que se lleve a cabo esta obra tan necesaria, pues solo me mueve el bien público de mi país y el acrecentamiento de su mercado. He sobrepasado, en mucho, mi fecha de caducidad.

23/5/2013

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