Antonio Turiel

El canto del gallo

 

—A fin de cuentas —dije yo— si Francia ha entrado en Malí es por el uranio; lo sabes, ¿no?

—Claro que sí. Todo el mundo lo sabe.

Caía la noche, fría, lluviosa y oscura, sobre Burdeos. Me quedé mirando a mi amigo y antiguo jefe. Él miraba al suelo, y prosiguió con voz tranquila:

—Francia tiene 89 centrales nucleares, 59 de ellas comerciales. El 83% de la electricidad es de origen nuclear. No podemos prescindir del uranio.

No dije nada y seguimos caminando. Viví varios años en Francia y aprendí entonces a interpretar esa curiosa muestra de cinismo y pragmatismo con la que los franceses de a pie aceptan algunas barbaridades que hace su Gobierno de turno en pro de la France...

* * *

Desde hace varias semanas Francia está en guerra. Varios miles de soldados y decenas de vehículos blindados han sido enviados raudos al frente de batalla en Malí. Objetivo: evitar el avance del frente islamista que se rebeló en el norte del país después de la caída de Gadafi en Libia, so pena de que el país se convierta en un nido de yihadistas que amenace el mundo occidental. O ésta es, grosso modo, la explicación oficial.

Gadafi se mantuvo en el poder con unidades mercenarias formadas a partir de las tribus tuareg del desierto, y al caer el dictador libio esos mercenarios, con adiestramiento y pertrechos militares, se refugiaron con sus primos del lado maliense. En Malí y en Níger desde hace muchos años periódicamente se han levantado grupos armados que reivindican mejores condiciones de vida para los tuareg; esta vez, sin embargo, sus capacidades militares eran sensiblemente mejores. En poco más de un año los tuareg han tomado el control de dos tercios del país, sin que el débil y corrupto ejército maliense pudiera hacer gran cosa para detenerlo. Que el problema tiene carácter de guerra civil lo evidencia también que no pocas unidades del ejército maliense se hayan pasado al otro bando, y muestra también que el gobierno de Malí no tiene el apoyo incondicional de su población. De hecho, antes de que Francia comenzase el bombardeo el 11 de enero ambas facciones habían acordado un alto el fuego y estaban negociando un acuerdo de paz. Sin embargo, Francia ha pretendido presentar el conflicto interno como una batalla en pro de la democracia y contra el integrismo islamista, y ha organizado una coalición de países africanos como fuerza defensora para no aparecer como la vieja metrópoli que continúa interfiriendo con los asuntos de su ex-colonia; incluso, ha conseguido una resolución de la ONU para justificar la intervención. El apoyo de sus aliados, sin embargo, ha sido tibio. Más allá de unas palabras de apoyo de los EE.UU. y algunos aviones de carga de sus aliados europeos, Francia se ve sola luchando en Malí mientras las fuerzas de la coalición africana no acaban de llegar. El hecho es que Francia comenzó a desplegar sus tropas sin esperar a nadie más, delante de la tesitura de que el Gobierno maliense cayese y los grupos tuareg se alzaran con el poder.

¿Qué es lo que urge de tal manera a Francia en Malí? No es el petróleo ni el gas, materias de las que las cantidades potencialmente explotables en el país no son significativas y que se pueden obtener más fácilmente en otros lugares. No es tampoco los metales preciosos en los que el país es rico. No. Lo que en este momento urge a Francia a actuar es el uranio, en una doble perspectiva a corto y a largo plazo. A largo plazo, la explotación de las minas de uranio de Malí será clave para saciar el hambre gala del material sobre el que pivota todo su modelo industrial, y del que a menudo se enorgullecen puesto que la energía nuclear se considera autóctona (a pesar de que el combustible de base, el uranio, se consigue fuera del país). Las cantidades de uranio son significativas pero no grandiosas (se piensa que en Falea hay 5.000 toneladas de uranio natural, el equivalente a 10 recargas —una cada 18 meses— de una central nuclear de 1 GW) y ni siquiera se ha pasado de la fase de exploración; sin embargo, esas futuras minas serán imprescindibles algún día. En el corto plazo, sin embargo, por lo que Malí es crítico es para el transporte del uranio de Níger —no confundir con Nigeria—, éste sí clave para la industria francesa: un tercio del uranio que consume la antigua metrópoli sale de territorio de Níger. Y los recursos en uranio de Níger sí que son importantes, de los mayores del mundo:

 

 

Francia ha sufrido muchos contratiempos en Níger que, como Malí, es una antigua colonia suya. Durante años los gobiernos de Níger fueron dóciles y permitieron la explotación de su uranio a bajo precio y sin tener que asumir el desgaste medioambiental —la mayoría de las minas son de cielo abierto— que generaba, degradando las condiciones de vida del pueblo nigerí, quien estuvo sometido manu militari cuando fue preciso. Eso ha generado frecuentes revueltas, huelgas y crecientes dificultades para la explotación de las minas por el hostigamiento armado de grupos separatistas en las prospecciones cerca de la frontera con Malí. De hecho, algunos expertos opinan que la necesidad de reforzar la seguridad de las minas está detrás de la precipitación en la actuación francesa, y los hechos lo confirman directamente.

A las dificultades de explotar el uranio nigerí se le ha unido desde hace unos años una competencia sobre el terreno con China, quien ha conseguido algunas concesiones mineras en Níger y expande rápidamente sus operaciones en ese país. Incapaz de echar a un país tan poderoso, la compañía francesa Areva ha optado por buscar vías de colaboración en algunos proyectos mineros, también buscando abaratar costes. De modo que el recurso que Francia tan desesperadamente necesita es cada vez más escaso, caro y peligroso de explotar, y encima ahora lo tiene que compartir.

Toda esta penuria de nuestros vecinos del norte tiene un contexto general a escala mundial nada halagüeño: el uranio se está volviendo caro y escaso. De momento, se está viviendo un relativo estancamiento de su extracción: de acuerdo con los datos de la Asociación Nuclear Mundial 2012 es el segundo año seguido en que la extracción mundial de uranio ha descendido (54.660 toneladas en 2010, 54.610 en 2011 y 52.221 en 2012). Aunque tales oscilaciones en la producción son frecuentes en la serie histórica y el desastre de Fukushima ha disminuido levemente la demanda de uranio, sigue habiendo un salto considerable entre el uranio extraído y el consumido, que hasta ahora se cubría con el uranio reaprovechado de las cabezas nucleares rusas desmanteladas de acuerdo con el programa Megatons to Megawatts. Desafortunadamente, el programa expira este mismo año 2013 y no se renovará, con lo que se espera un déficit de uranio de en torno al 22% del suministro actual. En este contexto sorprende la caída de la extracción de uranio y se anticipa un escenario de problemas de suministro bastante serio; quizá, la llegada precipitada del temido pico del uranio. Y en ese mercado cada vez más tensionado del uranio es donde Francia se está jugando su raison d'être.

Esta guerra de Francia es una más de las guerras por los recursos, semejante a otras anteriores y a otras que la seguirán. Lo único que la diferencia a ésta y seguramente a las que vendrán es el grado de desesperación del bando agresor. La Francia industrial que resurgió con fuerza en el siglo XX ahora agoniza; su estado financiero no es tan bueno como presume y posiblemente sea pronto blanco de los mismos buitres que no han dejado de acechar a España aunque ahora se pretenda lo contrario.

Francia se juega una parte importante de la supervivencia de su modelo industrial en asegurarse el suministro de uranio nigeriano y maliense. Si ahora falla, el desfalleciente tejido económico e industrial francés ya no podrá costear otra guerra. Esta guerra es el canto del orgulloso gallo francés. Quizá el postrero.

 

[Fuente: The Oil Crash. Antonio Turiel es científico titular del CSIC]

25/1/2013

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