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Nacionalismo y cosmopolitismo: a vueltas con el caso catalán

Joan Busca

I

La masiva manifestación del pasado 11 de septiembre en Barcelona, el giro independentista del nacionalismo conservador catalán y la aprobación de una moción soberanista por parte del Parlamento catalán han avivado una tensión política siempre latente en el Estado español.

Para mucha gente de izquierdas —entre la que me cuento— la situación es de perplejidad, preocupación y dificultad para encontrar una respuesta clara a la situación. Hay dos cuestiones que constituyen el núcleo principal de estas preocupaciones. En primer lugar, el hecho de que el auge nacionalista permita a la derecha catalana ocultar el debate de las políticas de ajuste, de la contrarreforma ultraliberal, convirtiendo así lo que constituye una clara tensión entre intereses de clase (o entre los intereses colectivos y los de las élites capitalistas dirigentes) en un mero conflicto territorial-nacional. Un cambio de eje que permite a la derecha local una gestión mucho más cómoda de la crisis actual. No es un tema nuevo: los nacionalistas llevan años utilizando el tema del drenaje fiscal para tapar todas las vergüenzas de su política y evitar discutir sobre las debilidades de la economía catalana. Y es una cuestión que ha calado en amplios segmentos de la sociedad. En parte porque tiene una base cierta y en parte, también, por la incapacidad de la izquierda para desarrollar un discurso alternativo y veraz de la situación. Ahora corremos el riesgo de que la ola independentista sepulte la necesaria respuesta política a los recortes, las privatizaciones, la injusticia social. Hasta el momento, al menos, la actuación de ICV-EUiA y de las fuerzas sociales ha sido clara: aceptar el marco de la autoderminación pero seguir denunciando el proyecto económico y social de la derecha. Pero las cosas pueden ser más difíciles si las elecciones dan una mayoría absoluta a Artur Mas. La segunda cuestión preocupante es que, a menudo, tras los proyectos de “construcción nacional” se esconde un proyecto homogenizador (y dirigista) en lo cultural y segregador de los sectores considerados “extranjeros”. En una sociedad tan compleja y plural como la catalana, ello puede generar numerosas vías de tensión, discriminaciones e injusticias intolerables. No puede perderse de vista, por ejemplo, que el auge del independentismo se ha fraguado en el mundo extrametropolitano barcelonés, un mundo más tradicional y homogéneo en temas lingüísticos y culturales que el que caracteriza al área de Barcelona, y es por ello que en las filas independentistas no es difícil encontrar tendencias hacia este unitarismo cultural que a veces raya en la xenofobia. No puede haber ambigüedad en este plano, la homogenización forzada es siempre inaceptable.

II

Más allá de las razones coyunturales subyace una cuestión de fondo. Una cultura de izquierdas debe ser necesariamente cosmopolita. Ningún proyecto serio igualitario puede reducirse a un solo espacio. Debe pensarse en clave planetaria y ofreciendo una propuesta económica replicable en todo el mundo. Hoy tenemos suficiente información y conocimientos para saber que la situación social de cada territorio se basa, en parte, en su relativa posición de poder económico y social en la esfera mundial. Que el desarrollo económico de un territorio radica en parte en su propia capacidad de actuación, innovación y dinamismo, y en parte en su capacidad de imponer reglas de intercambio, políticas globales favorables a sus intereses, de acaparar para sí recursos naturales limitados (lo que supone la exclusión de otros), de transferir males sociales al exterior. Una parte del drama contemporáneo es precisamente el fracaso de tratar de extender las políticas de los vencedores al resto del mundo, algo imposible de realizar. Los intentos de crear el socialismo en un solo país, y de instrumentalizar a la izquierda amiga del resto del mundo en función de estos intereses nacionales, forman parte del fracaso y del drama del movimiento comunista internacional. Lo que sabemos y presenciamos de la crisis ecológica, o la constatación de las cadenas de explotación que genera la internacionalización del cuidado personal (o las redes de la prostitución), o el simple sufrimiento que generan las políticas migratorias, son indicativos de que no puede haber desarrollo exclusivamente nacional que no se sustente en desigualdades injustificables. Una izquierda que se precie debe tener un proyecto de acción planetario, una sensibilidad cultural cosmopolita y una propuesta de acción política que permitan intervenir en los diferentes planos institucionales en los que hoy se dirimen las decisiones reales.

Desde esta perspectiva, cualquier visión que reduce el plano de acción, la solidaridad, a un grupo cerrado, ya sea la familia, la región, la nación o cualquier otro, constituye una limitación que hay que superar. Por ejemplo, vale la pena recordar a los nacionalistas de los países que realizan transferencias netas al exterior (como los alemanes en Europa o los catalanes en España) que su fijación por la balanza negativa ignora tanto la contrapartida de una balanza comercial positiva como, sobre todo, el desigual balance ecológico con el resto del mundo. O que el juego competitivo al que hoy trata de someterse a las naciones conlleva resultados catastróficos para la mayoría. El cosmopolitismo es a la vez un imperativo moral y una necesidad política en un mundo altamente integrado y donde los procesos económicos y políticos se desarrollan en parte bajo dinámicas planetarias.

III

Tener una visión cosmopolita no puede, sin embargo, llevar a considerar que el único plano de acción es el global y, con ello, que el problema de la acción política se reduce al establecimiento de un presunto gobierno socialista mundial. La realidad es mucho más compleja y los procesos históricos que han determinado la existencia de naciones, regiones, lenguas, etc. cuentan. Como cuentan asimismo las percepciones culturales y los sentimientos de la gente. Las diferencias nacionales, regionales y locales, las familias, las tribus y clanes y las religiones nos van a acompañar por mucho tiempo, y la intervención de los cosmopolitas sensibles no puede ser la de negar estas realidades, sino la de articular respuestas que minimicen sus efectos destructivos y permitan avances hacia una humanidad común. Por ello resulta tan incomprensible tanto la cerrazón mental del localismo nacionalista como la visión de algunos presuntos cosmopolitas que tratan de resolver la cuestión negando el derecho de la gente a plantear alternativas a las estructuras estatales actuales. En mis tiempos mozos tildábamos esta actitud con la frase “mandar a los tanques rojos” para imponer el Estado centralista.

Sorprende, por ejemplo, leer en El País el argumento de un buen amigo apelando a que deba estar excluido de todo debate el derecho a la secesión. Un argumento que, en mi opinión, ignora dos cuestiones básicas. La primera es que las actuales fronteras, todas ellas, son el resultado de un proceso histórico concreto en el que jugaron factores tan variados como el azar, la fuerza o la conveniencia del momento, y que por tanto no parece haber nada inmanente que impida revisarlas si la gente lo prefiere. Y la segunda es que la historia europea reciente es una completa historia de hipocresía al respecto, puesto que mientras se ha negado toda posibilidad de autodeterminación a los movimientos nacionalistas del oeste de Europa, el principio de autodeterminación se ha aplicado hasta la saciedad en el Este. No hace falta ser nacionalista para reconocer que este doble rasero es injusto y entender que algo puede tener que ver con el renacimiento del nacionalismo en algunas zonas de Occidente.

En el nacionalismo catalán, como en todos, se mezclan cosas diversas: sentido de superioridad, xenofobia, intereses insolidarios, sentimiento de agravio, demanda de un espacio político más controlable, etc. Negar los primeros es lo que suelen hacer los nacionalistas. Pero no entender que los segundos pueden haber sido también importantes, impide llevar a cabo una política que permita convertir la vía del enfrentamiento en cooperación. Y en los últimos años, y especialmente protagonizado por el Partido Popular, los agravios no han faltado, muchos simbólicos (pero efectivos a la hora de generar reacciones) y otros directamente políticos. El bochorno del trámite del Estatut de Catalunya, especialmente el de un Tribunal Constitucional bloqueándolo con todas las malas artes posibles, fue en este sentido un importante punto de inflexión. O el impago de partidas previamente acordadas entre Gobierno y Generalitat, que le han permitido a ésta reforzar su discurso de ahogo económico. Uno de los muchos problemas que dejó la transición fue la de tratar de eludir una solución amplia de la cuestión nacional mediante la extensión del Estado de las Autonomías (y el mantenimiento de importantes privilegios fiscales a Euskadi y Navarra). Nunca se creó una verdadera cultura federal ni se aplicaron medidas que funcionan en otros países donde se hablan lenguas diversas, como es el caso de Suiza.

Asimismo, nunca se han querido articular medidas de resolución democrática de estos conflictos como las que existen en otros países, como por ejemplo Canadá o Reino Unido. Sorprende a menudo que, cuando se plantea el derecho a la autodeterminación mediante referéndums democráticos, se diga que eso sería un embrollo, cuando uno sabe que toda convivencia requiere voluntad y mecanismos de resolución de conflictos. Y siempre es mejor una separación hecha con buen tono y negociada que convivir durante años en una pelea continua. La negación de verdaderos mecanismos de debate, participación y resolución de conflictos no es exclusiva de la cuestión nacional. Todo el marco constitucional español está diseñado para minimizar la participación. Y ello se convierte en un problema explosivo cuando se trata de una cuestión que suele llevar aparejada tanta carga emocional.

Es difícil saber en qué punto nos encontramos, si lo manifestado el 11-S obedece sólo a una hábil maniobra de CiU y va a ser un mar de fondo de larga duración, aunque los síntomas que se detectan desde hace tiempo indican que el independentismo en sus diversas variantes ha alcanzado bastante más predicamento que en el pasado. Quizás en buena medida porque la izquierda tampoco ha sido capaz de plantear una respuesta global alternativa en muchos campos. Si ello es así, posiblemente va a ser imposible por bastante tiempo contar en la vida política y social de Cataluña sin tener en cuenta la sensibilidad nacionalista (el españolismo es un espacio que queda indefectiblemente a la derecha, como puede verse de la triste historia de Ciutadans).

IV

Un cosmopolitismo consecuente se enfrenta, por tanto, a una compleja tarea. Por un lado, la de seguir apostando a fondo por aquellas cuestiones esenciales: la lucha contra las políticas neoliberales, la defensa de los derechos básicos de todo el mundo —especialmente de los inmigrantes—, la propuesta de modelos socioeconómicos replicables en todo el mundo, la solidaridad internacional, la promoción de la fraternidad universal (que empieza por romper la falaz contraposición catalanes-españoles). Por otro, la de buscar salidas civilizadas al “conflicto nacional”, y en ello creo que se encuentra la defensa del derecho a la autodeterminación por la vía democrática. Un derecho que no debe eludir la cuestión de cuál es el modelo de organización estatal y territorial que mejor respeta las sensibilidades y resuelve los problemas. Una cuestión que de hecho está abierta por el propio proceso de globalización, en el que coexisten estructuras políticas de diverso nivel. Hay mucho de visceral en el debate nacional, tanto en Cataluña como fuera de ella (sólo hay que haber viajado este año por otras partes del país para contemplar la proliferación de banderas rojigualdas sembradas al calor de las campañas nacionalistas del gobierno aprovechando el éxito de la selección de fútbol). La tarea de los cosmopolitas es la de racionalizar el conflicto, buscar soluciones y tratar de hacer compatibles sentimientos dispares y demandas colectivas...

29/9/2012

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