Cataluña: la epidemia de las emociones

Laurentino Vélez-Pelligrini

Es habitual que la Diada del 11 de septiembre que se celebra todos los años en Cataluña no brinde grandes novedades: se repiten las posesiones patrioteras y la instrumentalización del pasado en beneficio electoral del nacionalismo. Tampoco ha habido nada singular en términos discursivos en esta ocasión, aunque sí habría que decir que la ridiculez y la demagogia de los discursos victimistas han tendido a superarse a sí mismas. El factor sorpresa está en que, lo que en principio había empezado a convertirse en una rutina susceptible de generar más o menos indiferencia, se haya transformado en un problema de nada insignificante calado.

Es una obviedad que, en la sociedad, las percepciones que los ciudadanos tienen de la realidad y de sus sistemas simbólicos son muy distintas, dándole cada uno el significado y la importancia que considera pertinente y le dicta su subjetividad; en última instancia, su corazón. Esto sobre todo porque la interpretación de los sistemas simbólicos, que en el pasado estaban vinculados a la socialización que aseguraban las instituciones, está ahora en cambio adscrita a los sentimientos y las emociones. Visto así, el delirio identitario que domina en Cataluña no debería sorprender a nadie, a no ser por el grado cada vez mayor de estupidez que está adquiriendo. Al menos si se toma buena nota de aquello sobre lo que nos ha advertido el sociólogo francés Michel Wieviorka: la epidemia precisamente de lo emocional. Y aquí, en Cataluña, parece que somos los más afectados por ella. Las epidemias, al igual que las emociones, son pasajeras y bajan de intensidad con el tiempo. De ahí que en otras circunstancias normales, o sea, en un clima en el que no imperase la crisis económica, el crecimiento acelerado de las desigualdades, el paro y la desestructuración del vínculo social que asegura la sociedad salarial, muy probablemente esta epidemia emocional pasaría por anecdótica.

Como el corazón casi siempre late con más intensidad cuando gruñe el estómago, no estaría de más plantear la hipótesis de que en esa manifestación del pasado 11 de septiembre se canalizaron todo tipo de padecimientos, sobre todo sociales. Muchos catalanes viven en el desconcierto por un desempleo sin precedentes, una pérdida de poder adquisitivo que nos aleja de Europa, así como una disminución generalizada de la calidad de los servicios y del bienestar en general. Es sabido a ese respecto que, cuando falla la articulación y organización de verdaderos movimientos sociales capaces de poner freno a las injusticias sociales y económicas, el factor emocional sustituye al conflicto social y la pasión a la razón. No hace falta recordar que el inquietante ascenso de los populismos en Europa tiene mucho que ver con el vacío que deja la ausencia de conflictos y movimientos ciudadanos en verdaderas condiciones de generar cambios políticos o sociales, primando, en efecto, lo emocional y los elementos más primarios. Ya desde la época del pujolismo “clásico”, la derecha catalana ha sabido cómo instrumentalizar esa parte emocional del ciudadano de a pie.

Aunque con otro estilo quizá más agresivo que el propio Pujol (que sabía dónde y cuándo pararse), CiU sigue jugando con el viejo discurso según el cual todos los males que padece la sociedad catalana son culpa del Estado y de nadie más. Ahí tampoco parece haber novedad ninguna respecto a la tradicional demagogia del nacionalismo conservador. Solo que esta vez con un cinismo que no tiene precedentes: atribuir los recortes en sanidad y educación y el propio y acelerado desmantelamiento de nuestro ya de por sí precario sistema autonómico de protección social a la ausencia de un Pacto Fiscal, es un buen ejemplo de la desfachatez a la que es capaz de llegar ya no solo el gobierno de Artur Mas, sino también de la de aquellos que le están secundado en esa imbecilidad colectiva a la que suele llevar el nacionalismo. Sorprende en relación con esto que la izquierda catalana, o un sector de la misma, apoye el Pacto Fiscal o incluso la independencia, omitiendo que toda insolidaridad intercolectiva se traduce automáticamente en insolidaridad interindividual.

No creo que sea necesario insistir más en lo que ya es de sobra conocido. Pero no estaría mal llamar la atención sobre la verdadera piedra de escándalo que está generando esa misma epidemia de lo emocional: la puesta en marcha de un dispositivo ideológico en aras de justificar las desigualdades tanto territoriales como personales. Hace unos años Italia conoció un fenómeno que fue por ese sendero, sintetizado en la demagogia de Bossi y la Liga Norte, sin que nadie se plantease por aquel entonces que en Cataluña se fuese a producir un experimento similar. Este servidor, si se me permite la mención, planteó hace unos años la hipótesis contraria, haciéndoseme caso omiso sobre mi idea de que la sombra del antisurismo estaba merodeando en el discurso nacionalista. Es más: que el victimismo económico, articulado en torno a la retórica del pueblo expoliado y con motivo de un sistema fiscal y de financiación no siempre con la equidad deseable, acabaría legitimando los llamamientos a la insolidaridad y alimentando los propios discursos secesionistas de carácter xenófobo. A ese respecto, solo un ingenuo podría pensar que detrás de las grandes proclamas independentistas y soberanistas amparadas en la denuncia de una situación supuestamente injusta en las relaciones entre Cataluña y el resto de España (cuestión que exigiría mucho debate sobre su conexión con la realidad tangible), no está el embrión de ideas profundamente antidemocráticas; por supuesto, siempre opacas gracias a la proyección de la amenaza de un fantasmagórico nacionalismo español. A título de inciso, tampoco estaría mal puntualizar que el pronunciamiento de la Asociación Española de Militares, a la que nadie pidió opinión y que parece haber evocado los peores demonios del pasado, ha hecho un flaco favor a quienes llevamos años denunciando precisamente esa mitificación demagógica del españolismo. Esto cuando el fondo del problema tiene menos que ver con el centralismo o el uniformismo, como con una ofensiva ideológica en materia de política social y económica de la que el nacionalismo conservador es copartícipe.

Concluyendo ya, bueno es recordar que en Cataluña parecemos estar pagando el precio de la estrategia desplegada por Pujol, así como las consecuencias de las expectativas de autonomía política y económica suscitadas por su estilo retórico. Sorprende en este sentido que todavía haya comentaristas que se desvivan en elogios al ex Molt Honorable por su supuesta contribución a la normalización política de las relaciones entre Cataluña y el resto de España y a la gobernabilidad del Estado. Esto cuando no dejó de ser otra cosa que un demagogo populista que, en su afán de sacar provecho electoral de los sentimientos más viscerales de un sector de la sociedad catalana, terminó por abrir todas las cajas de Pandora. El tiempo dirá en qué acaba todo esto, y no cabe duda de que tanto el referéndum prometido por Artur Mas sobre la independencia como la convocatoria de elecciones anticipadas, anunciadas también por el actual presidente de la Generalitat, tendrán que aclarar el panorama político, ideológico y parlamentario en Cataluña. En suma, la correlación de fuerzas entre quienes creen en una España plural, donde los individuos estén vinculados entre sí por su ciudadanía, la igualdad y la universalidad del derecho, y entre los que, en nombre de un amorfo “hecho diferencial” cada vez más surrealista, están justificando la insolidaridad territorial. O sea, entre los que apuestan por el sentido común y los que se dejan llevar por la epidemia emocional. Por el momento, me consta que quienes hemos elegido la primera opción nos encontramos claramente en minoría.

26/9/2012

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