En recuerdo de Paco Fernández Buey

Joaquim Sempere

Conocí a Paco en Barcelona recién llegado de su Castilla natal. Le conocí de la mano de Manuel Sacristán. Me llamó la atención el hermoso y pulcro castellano que hablaba. Pronto simpatizamos y fruto de esta simpatía, así como de una afinidad intelectual también inmediata, fue la redacción de un trabajo sobre Heidegger que nos publicó la revista Realidad, del PCE, que se editaba en Roma. Con motivo de este trabajo común me di cuenta de que Paco combinaba una inusual inteligencia para comprender a un autor tan abstruso como Heidegger con una gran capacidad para traducir sus abstracciones a conceptos y palabras inteligibles y corrientes. Su aptitud para mantenerse firme con los dos pies en el suelo fue una característica suya que le dio esa facilidad para comunicarse con los demás que se expresaba también en su carisma como líder. Algunos amigos me recuerdan estos días sus intervenciones en asambleas ante cientos de estudiantes durante el tiempo de gestación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, cuando empezó a acreditarse en él una autoridad moral y una popularidad que con el tiempo no haría sino ampliarse.

Pero no era sólo una cuestión de labia. En Paco se notaba de inmediato la sinceridad de sus palabras, tanto las palabras del contacto personal como las del mensaje político. A lo largo de los años Paco se convertiría en un referente moral para mucha gente justamente por esa sinceridad que saltaba a la vista. Era y ha sido siempre la contrafigura del político falaz y tramposo que desacredita la política. Tenía una gran facilidad para percibir el sentimiento colectivo. Era un líder nato, capaz de actuar contra las consignas de su propio partido cuando la intuición política así se lo aconsejaba. Esto era signo también de su independencia de criterio. Se guió a lo largo de su vida más por su criterio personal, arraigado en su solidez político-moral, que por las consignas recibidas. Y cuando discrepó de sus camaradas y de su organización, lo hizo discretamente, sin rupturas ni gestos exhibicionistas. Paco era una persona esencialmente abierta y cordial. Aun discrepando, nunca era con acritud. Para él, que alguien estuviera en la lucha, en su lucha, en nuestra lucha, la de todos nosotros contra la injusticia, era por sí mismo merecedor del respeto y la consideración. Paco era lo más opuesto a un sectario. Y por eso hoy goza de la consideración, la admiración y el respeto de tantas y tantas personas luchadoras, de todas las tendencias de la izquierda, que sabían que el diálogo con él era siempre posible.

Y eso no significaba que no tuviese opiniones propias muy firmes. Las tenía, y así lo demostró siempre que estuvo en las primeras filas de la lucha política. Pero como también le tocó vivir tiempos grises de retroceso y de disgregación de las ilusiones revolucionarias, fue el interlocutor y compañero paciente que sabía escuchar y dar opinión sin herir ni pontificar. Y cuando creía que ya no tenía nada que aportar en uno u otro lugar, se retiraba sin hacer ruido y dejaba que otros siguieran en la labor. Las derrotas nunca le convirtieron en un amargado. Al contrario, no dejó de crecer como persona. Nunca sabremos si hubiera podido vencer el cáncer y prolongar algo más su vida si no hubiera decidido dedicarse plenamente a cuidar de Neus, que murió también de cáncer sólo unos meses antes que él. Lo que sí sabemos, es que se entregó al cuidado de su compañera de toda la vida sin vacilación.

No es intención mía hablar aquí de sus aportaciones intelectuales en detalle. Nos deja una literatura extensa sobre Gramsci, el marxismo cientificista y el marxismo en general. Un marxismo que le interesaba sin “ismos”, como reza el título de unos de sus libros. Escribió sobre método científico. Tuvo una permanente atención hacia los movimientos sociales, el ecologismo y el altermundismo, por esas “redes que dan libertad”, con un deje de nostalgia de alguien que donde se sentía más a gusto era justamente en los movimientos masivos y plurales de lucha emancipatoria. Y nos deja una reflexión muy seria sobre La gran perturbación, su magna obra sobre Bartolomé de Las Casas, el choque de civilizaciones y la consideración de “el otro”, un tema central en el momento histórico que estamos viviendo. A todos estos textos hay que añadir los innumerables artículos publicados en Materiales, en mientras tanto y en tantas otras revistas que acogieron sus reflexiones, y esa acción inasible y capilar de conferencias y debates, pero también de conversaciones privadas, en que dejó sus semillas.

Paco despertaba el aprecio también de muchas personas que no compartían sus ideas. Con el tiempo se acentuó su afabilidad, su sensibilidad personal, su mirada para la anécdota personal y los problemas concretos de quienes vivían a su alrededor. Probablemente se educó en la sensibilidad femenina transmitida por Giulia Adinolfi y por su compañera Neus Porta, y por eso cuando hablaba de feminismo no lo hacía sólo, ni principalmente, como un político o un pensador social, sino como alguien que ha comprendido y asumido un viraje profundo en la civilización humana.

Francisco Fernández Buey puede ser cconsiderado filósofo-activista, con el calificativo que él, significativamente, aplicó a Las Casas. Fue también un fecundo historiador de las ideas, sobre todo de las ideas políticas y sociales. Y fue un compañero inolvidable, una gran persona, alguien que supo hacer de su vida un proceso de crecimiento moral y personal hasta el final de sus días.

3/9/2012

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